6. CUENTAS ROJAS
La auditoría comenzó a las siete de la mañana.
Arthur reunió a la directora financiera del grupo, dos abogados externos y Noah en una sala sin teléfonos. Marcus llegó diez minutos después y no pareció satisfecho al descubrir que la reunión ya había empezado.
Helena había exigido que los asesores externos firmaran compromisos de confidencialidad distintos de los habituales.
Explicó que la información no se refería únicamente a las cuentas de los Rivonsdill: incluía datos de empleados, acreedores y pequeñas empresas cuyas operaciones podían quedar expuestas si alguien utilizaba aquella auditoría para ajustar cuentas personales.
Arthur aceptó la condición. Noah revisó el contenido de los teléfonos antes de dejarlos en una caja cerrada.
Marcus comentó que aquella reunión parecía una comisión parlamentaria; nadie se rio.
Los informes estaban ordenados por fecha.
Arthur pidió empezar por los más antiguos, no por la transferencia de mayor importe.
Quería ver el momento en que el patrón había cambiado.
Durante los dos primeros meses del periodo, Edmund autorizó operaciones que respondían a compromisos habituales.
Después apareció una serie de solicitudes con urgencias extraordinarias, cada una asociada a una sociedad distinta y siempre por cantidades que evitaban ciertos umbrales de notificación al consejo.
—Eso no significa necesariamente que intentara ocultarlo —advirtió Helena—. Hay operaciones legítimas en las que se divide un pago por motivos fiscales o contractuales.
—¿Aquí lo eran?
Helena señaló la hoja de cálculo.
—Las justificaciones no coinciden. Podrían serlo por separado. Juntas plantean preguntas que no puedo responder sin acceder a la contabilidad americana.
Arthur reparó en que la mujer hablaba con extrema precaución.
No trataba de proteger a Edmund. Intentaba evitar que sus propias conclusiones fueran utilizadas como sentencia contra cualquier persona.
Le pidió que continuara exactamente así.
Podía necesitar hombres dispuestos a actuar deprisa más adelante, pero aquella mañana le hacía falta alguien que supiera distinguir una irregularidad de una prueba.
Marcus recibió la petición de acceso a las filiales americanas con una expresión neutra.
Ofreció llamar a Victor Shaw para conseguir cooperación.
Arthur le indicó que lo haría él cuando llegara el momento.
No era una afrenta; la diferencia era que quería escuchar la primera respuesta del responsable americano sin un aviso previo de alguien que llevaba dos décadas interpretando lo que Edmund habría preferido oír.
En las últimas veinticuatro semanas, Edmund había movido algo más de dieciocho millones de libras.
No a una sola cuenta. A doce.
—Todas las transferencias tienen respaldo documental —explicó la directora financiera—, pero algunas sociedades receptoras son nuevas y varias están vinculadas a Estados Unidos.
—¿Pérdidas? —preguntó Arthur.
—No exactamente. Adelantos, préstamos intercompañía, compra de deuda... sobre el papel es defendible.
—No he preguntado si es defendible.
La mujer entendió.
—No sabemos dónde está una parte del dinero.
La directora financiera se llamaba Helena Finch.
Había trabajado para el grupo desde que Arthur estudiaba en el extranjero y jamás había levantado la voz en una reunión.
Colocó sobre la mesa una segunda versión del cuadro de transferencias: junto a cada sociedad, una columna indicaba quién había aprobado el movimiento y otra mostraba el momento en que se había solicitado la autorización.
Las operaciones ordinarias seguían el ritmo previsible de los cierres mensuales.
Seis de las nuevas habían sido firmadas de madrugada o durante fines de semana.
—¿Accesos comprometidos? —preguntó Noah.
—No puedo afirmarlo. Las credenciales son correctas.
El problema es que hay órdenes idénticas con justificaciones distintas.
Una figura como anticipo comercial; otra, como préstamo entre sociedades; otra, como compra de deuda.
El efecto económico es casi el mismo, pero nadie que revise una sola entidad verá la suma.
Helena no pidió que le creyeran. Fue mostrando cada soporte.
En una sociedad figuraba un contenedor retenido como garantía de un anticipo; en otra, el derecho sobre futuras rentas de un inmueble que aún no había terminado de construirse.
Arthur reconoció la estructura: Edmund la había utilizado años atrás para proteger inversiones legítimas frente a acreedores oportunistas.
La diferencia era que ahora alguien parecía estar utilizando sus propias defensas para impedirle conocer el volumen real de riesgo.
—¿Cuánto tiempo llevas viendo estas anomalías? —preguntó Arthur.
Helena tardó en contestar.
—Unos cuatro meses. Elevé dos informes a Edmund. Me devolvió el primero con preguntas. El segundo volvió sin una sola nota. A la semana siguiente recibí instrucciones para excluir las filiales americanas de mi revisión trimestral.
Arthur se volvió hacia Marcus. El asesor examinaba la tabla con la misma atención que habría dedicado a una factura corriente.
—¿Tú firmaste esa exclusión?
—La ejecuté.
—No es lo que he preguntado.
Marcus señaló la firma de Edmund en el margen.
Era auténtica, al menos a simple vista. Aquello no exculpaba a nadie.
Significaba que su padre conocía las irregularidades o que alguien había construido una falsificación capaz de engañar a la mujer que llevaba veinte años viendo sus rúbricas.
Arthur pidió que conservaran el papel original y que no se modificara ningún permiso de acceso hasta completar una copia forense.
Helena asintió y, por primera vez aquella mañana, pareció respirar con menos dificultad.
Marcus tomó uno de los informes.
—Edmund tenía autoridad para moverlo.
—Eso tampoco responde —dijo Arthur.
Noah dejó una carpeta sobre la mesa.
—Hay más.
Dentro había dos fotografías policiales.
Noah no había conseguido las fotografías por un cauce oficial.
Le habían llegado a través de un antiguo contacto de seguridad privada que seguía colaborando con las autoridades de Nueva York.
Arthur observó primero el escenario del fallecimiento de Keane: un callejón de Brooklyn, un vehículo abierto, una bolsa de comida rápida sobre el asiento.
El móvil había aparecido a metros del cuerpo.
No parecía la escena de un hombre que hubiese ido preparado para enfrentarse a nadie.
La imagen de Hall era distinta. Un dormitorio pulcro, una mesilla con un vaso de agua y un cuaderno sin abrir junto a la cama.
A Arthur le incomodó más esa habitación que la sangre del callejón.
Conocía el modo en que su padre contrataba contables: hombres discretos, obsesionados con sus rutinas y suficientemente bien pagados para no necesitar aventuras.
Si Hall había muerto por sobredosis, algo en su vida se había roto de un modo que nadie había registrado.
Si alguien lo había matado, había elegido una coartada diseñada para parecer una caída privada, no una ejecución.
—¿Quién habló con sus familias? —preguntó Arthur.
Noah respondió que un representante americano había gestionado las condolencias y la compensación contractual.
El nombre del representante era Victor Shaw.
Arthur anotó esa información junto a la transferencia más antigua.
No pensaba convertir a Victor en culpable por haber hecho su trabajo, pero tampoco permitiría que una orden de silencio transformara aquellas dos muertes en simples líneas de presupuesto.
Dos hombres muertos.
Arthur reconoció al primero: Daniel Keane, responsable de seguridad de un almacén en Brooklyn. Al segundo lo había visto una vez en Londres.
—Peter Hall.
—Contable de Atlantic Holdings —confirmó Noah—. Keane murió hace cinco semanas. Atraco, según Nueva York. Hall hace doce días. Sobredosis.
—Hall no consumía drogas —dijo Marcus.
Arthur levantó la vista.
—¿Lo conocías?
—Lo contraté yo.
La información cayó entre ellos.
—¿Por qué no se informó al consejo?
Marcus cerró la carpeta.
—Porque Edmund ordenó que se tratara como un asunto americano.
—¿Y un hombre muerto por sobredosis te pareció un asunto administrativo?
—Me pareció una orden de tu padre.
Arthur se levantó.
—A partir de hoy esa frase deja de servir como explicación.
Marcus lo observó con una calma casi paternal.
—Te parecerás más a él de lo que crees.
—Eso no es un argumento.
—No. Es una advertencia.
Después de la reunión, Noah siguió a Arthur hasta el pasillo.
—Hay una tercera cosa.
Le mostró una copia del informe preliminar del Bentley.
—La policía aún no ha terminado, pero el técnico vio desgaste irregular en una línea del sistema de frenado.
Arthur dejó de caminar.
—¿Manipulación?
—No ha dicho eso.
—Te lo pregunto a ti.
Noah tardó en responder.
—Digo que tu padre no conducía con lluvia, preparó un testamento para mandarte a Nueva York, dos hombres vinculados a Nueva York murieron antes que él y ahora aparece esto.
Arthur miró la carpeta.
—Consigue el coche.
—Está bajo custodia policial.
—No he dicho que lo robes.
Noah alzó una ceja.
—Todavía.
Arthur se permitió una sonrisa breve.
Duró poco.
—Quiero saber quién tocó ese coche.
—Lo sabremos.
—Y Noah... nadie de la familia.
—¿Ni Julian?
Arthur pensó en la fotografía de Mayfair.
—Especialmente Julian.