EL REINO DE LOS RIVONSDILL 3. EL FUNERAL DEL REY
9%

3. EL FUNERAL DEL REY

Edmund Rivonsdill fue enterrado cuatro días después bajo un cielo sin lluvia.

La iglesia no pudo contener a todos los asistentes. Empresarios, jueces retirados, concejales, propietarios de clubes, antiguos boxeadores, abogados y hombres que oficialmente no conocían a la familia ocuparon los bancos con la misma solemnidad.

Arthur reconoció el verdadero mapa del imperio en la disposición de los asientos.

Los que debían favores se sentaban cerca. Los que querían cobrarlos permanecían atrás.

Evelyn Carter aún no tenía rostro para él. Nueva York tampoco. Aquel día el mundo terminaba en Londres.

Noah se situó dos filas detrás de la familia. Marcus, junto al abogado. Julian permaneció a la izquierda de Rose.

Durante la ceremonia Arthur no escuchó casi nada.

El sacerdote había conocido a Edmund lo bastante como para evitar la santidad de ocasión.

Habló de un hombre generoso con las instituciones que elegía, severo con sus compromisos y poco dispuesto a pedir disculpas.

La congregación escuchó esa descripción desde lugares muy distintos.

A la derecha de Arthur, Rose mantuvo las manos unidas sobre el regazo; Julian tenía la mandíbula contraída y miraba el ataúd como si pudiera exigirle una respuesta.

En la última fila, un ejecutivo que Edmund había rescatado de la bancarrota permanecía entre dos hombres que nunca antes acudían juntos a actos públicos.

Arthur conocía el lenguaje de los funerales de su familia.

Quien venía solo quería expresar una posición; quien acudía acompañado mostraba respaldo; quien enviaba flores en lugar de presentarse estaba comunicando una distancia calculada.

Distinguió a dos socios de la actividad logística que no se saludaron pese a haber compartido oficina durante años.

También observó que un representante de los almacenes del este había situado su abrigo sobre el banco contiguo, reservando un asiento para alguien que no llegó.

Tomó nota sin escribir nada. El duelo no había detenido las maniobras. Solo les había cambiado el vestuario.

Cuando el sacerdote invitó a la familia a acercarse, Rose fue la primera.

Colocó sobre el ataúd una fotografía pequeña, tan gastada que Arthur no distinguió la imagen desde su sitio.

Julian depositó una pluma antigua que Edmund le había regalado al acabar sus estudios.

Arthur había llevado en el bolsillo una moneda de una libra que su padre utilizó para enseñarle, de niño, lo que significaba una deuda: se la prestó y le hizo ganarla de vuelta.

Llegado el momento, no quiso dejar la moneda.

La guardó otra vez y se retiró sin ofrenda.

La elección le produjo vergüenza y alivio al mismo tiempo.

En el cementerio vio por primera vez la tumba abierta junto a la de sus abuelos.

Edmund había elegido la parcela antes de enfermar ni de que nadie hablara de muerte.

Arthur recordaba haberlo acompañado a visitarla después del entierro de un tío: su padre señaló la tierra sin sentimentalismo y dijo que en todas las familias acababa llegando el día en que alguien tenía que quedarse para cerrar la puerta.

Arthur creyó entonces que hablaba de morir.

Ahora sospechaba que hablaba de lo que ocurría después.

Recordó a Edmund enseñándole a anudarse una corbata.

A Edmund rompiéndole un teléfono contra la pared a los diecisiete porque había utilizado el apellido para amenazar a un profesor.

A Edmund, años después, ofreciéndole la dirección de una de las empresas legítimas y diciéndole: «Si quieres vivir lejos de mi sombra, aprende primero cuánto mide. »

La primera conversación no fue una condolencia, sino una advertencia envuelta en cortesía.

Un hombre de un club de Mayfair comentó que las renovaciones de dos contratos podrían posponerse hasta que se aclarara la sucesión.

Arthur respondió que las nóminas no quedaban suspendidas por un fallecimiento y que esperaba el pago en la fecha pactada.

El hombre miró a Julian, buscando una opinión alternativa.

Julian no se la dio. Se limitó a acercarse a Arthur lo suficiente para que el visitante entendiera que, por el momento, ambos hermanos seguían presentando el mismo frente.

Pocos minutos después, una mujer que dirigía una fundación beneficiaria de las donaciones de Edmund tomó las manos de Rose.

No pidió nada. Le contó una historia sobre su marido, al que Edmund había ayudado años atrás sin pedir reconocimiento.

Arthur contempló a su madre escucharla y se descubrió incómodo.

No dudaba de la generosidad de su padre; le desconcertaba que hubiese sido capaz de practicarla en secreto y, al mismo tiempo, hacer negocio con el miedo ajeno.

No sabía todavía qué parte de las historias que estaban contándole debía aceptar como auténtica.

Quizá lo insoportable fuera que varias podían serlo a la vez.

Al salir, comenzaron las condolencias.

Arthur estrechó manos durante casi una hora.

Al otro lado del cementerio, Julian hablaba con dos responsables de los clubes sin abandonar a Rose más de unos pocos metros.

Arthur reconoció que estaba realizando un trabajo que él evitaba: responder preguntas pequeñas con paciencia, recordar esposas e hijos, explicar cuándo se reanudarían los pagos benéficos.

Su hermano no parecía un intruso en la sucesión, sino alguien que había estado sosteniendo parte del edificio mientras todos miraban a Edmund.

Un antiguo juez le pidió a Arthur una cita para la semana siguiente.

No le dijo de qué quería hablar. Arthur respondió que los asuntos personales esperarían hasta que la familia pudiera respirar.

El hombre, acostumbrado a recibir excepciones, se sorprendió.

A continuación llegó un banquero que ofreció revisar discretamente cualquier necesidad de liquidez del grupo.

Esa oferta sí interesó a Arthur, aunque no por las razones que el banquero suponía.

Una persona bien informada no ofrecía préstamos en un funeral sin sospechar que existían deudas por atender.

—¿Le ha pedido Edmund que me diga algo? —preguntó Arthur.

El banquero tardó en responder.

—Hablamos hace semanas. Su padre parecía preocupado por los plazos de un préstamo americano.

—¿Cuál?

—No puedo comentarlo aquí.

—Entonces envíeme un escrito con lo que pueda comentar en su despacho.

El hombre se alejó sin dar la mano otra vez.

Arthur comprendió que su apellido había cambiado de significado durante la ceremonia.

Hasta la víspera podía ofrecer una instrucción y esperar que el interlocutor asumiera que Edmund la respaldaba.

Ahora tendría que comprobar qué obedecían los demás: el contrato, el miedo, la costumbre o una persona concreta.

El hombre que acababa de irse conocía al heredero.

Todavía no conocía las condiciones en las que ese heredero pensaba mantener el negocio.

—Tu padre era irrepetible.

—Una pérdida para Londres.

—Si necesitas cualquier cosa...

La última frase era la más peligrosa. En el mundo de Edmund, ofrecer ayuda siempre significaba registrar una deuda.

Un hombre de cabello blanco esperó hasta que Rose se alejó.

Arthur lo reconoció como Henry Ashcombe, antiguo socio portuario de su padre.

—Arthur.

—Henry.

—Edmund y yo tuvimos diferencias, pero lo respetaba.

—Él decía lo mismo de usted.

Ashcombe sonrió.

—No. Tu padre decía que yo era un cabrón con buenos modales.

Arthur casi sonrió.

El anciano le estrechó la mano y dejó algo en su palma.

Un trozo de papel doblado.

—¿Qué es esto?

—No me lo has dado tú —dijo Ashcombe—. Y yo no te he visto.

Se alejó.

Arthur esperó hasta estar dentro del coche para abrirlo.

Solo había una frase escrita a máquina.

NO VAYAS A NUEVA YORK.

Debajo, una fecha: 17.9.96.

Noah leyó por encima de su hombro.

—¿Te dice algo?

—No.

Arthur dobló el papel.

—¿Ashcombe?

—No creo. Le pagaron para entregarlo.

—¿Por qué?

—Porque quien lo escribió quería que supieras que puede llegar hasta ti incluso en el funeral de tu padre.

Arthur miró por la ventanilla. Julian ayudaba a Rose a entrar en otro vehículo. Marcus hablaba con dos hombres del consejo.

—O quería asegurarse de que fuera a Nueva York.

Noah lo observó.

—Eso también.

Arthur guardó la nota en el bolsillo interior.

Aquel fue el primer mensaje que recibió después de la muerte de Edmund.

No sería el último.