38. Chapter 38
El Velo
Hasta la arena de la playa había quedado negra y calcinada. O quizá siempre había sido así. No podía imaginar que ni siquiera un ejército de muertos fuese capaz de ennegrecer la arena. Aunque tal vez sí. Había cosas mucho más desconcertantes en aquel mundo extraño y retorcido por la magia.
Estaba sentada en una silla solitaria, contemplando las mareas de un azul oscuro y el verde lejano de la otra orilla de la bahía. Aquel parecía un lugar tan apropiado como cualquier otro para enfrentarse a un ejército de fantasmas. Sobre todo, fantasmas vikingos.
Puede que solo fuese una teoría, pero mi instinto me decía que era correcta.
¿Por qué, si no, iba Odin a interesarse tanto por los fantasmas?
Bueno, quizá porque habían destruido una de las naciones de su Liga.
Pero que un ejército de vikingos fantasmales no fueran las huestes abandonadas del Valhalla parecía bastante improbable.
El sol se puso y la oscuridad cayó sobre nosotros. Lo único que iluminaba el mundo eran la luna y las estrellas, libres de contaminación lumínica. Mi abrigo roncaba, emitiendo un tenue resplandor que se apagaba al ritmo de sus inhalaciones y exhalaciones.
Candace y Brett estaban ya muy lejos. A salvo. Eso esperaba. Por la mañana podrían venir a recogerme. O podía ir volando hasta allí. Y, si El Velo acababa siendo demasiado para mí, siempre podía echar a volar. Otra razón por la que tenía que hacer aquello sola.
Yo era mucho más poderosa que mi novio y mi hermana de alma.
Eso no me tranquilizaba. Solo hacía que temiera por ellos.
Porque, pese a toda la valentía, resistencia y destreza de Brett, no dejaba de ser humano.
Y, pese a todas las facultades mágicas de Candace, seguía siendo muy joven y estaba destrozada por dentro.
No lamentaba haberles dicho que se marcharan. No iba a ponerlos en peligro. No si podía evitarlo.
Pero, después de aquello, regresaríamos a Europa. De nuevo a las llamas del conflicto. ¿Sobrevivirían mis seres queridos al resto de aquella guerra?
Y, aunque lo hicieran, ¿qué pasaría después?
—Treth, ¿estás ahí? —pregunté en voz baja, contemplando el reflejo de la luna sobre las olas.
—Siempre.
Ya lo sabía. Entre todas mis dudas, inseguridades y temores, aquel no era uno de ellos. Podía confiar en él. Siempre podía contar con él.
—Yo… —empecé, pero vacilé—. No creo que vayamos a salir indemnes de Europa.
—Sobrevivirás, Kat. Y Candace y Brett también. Siempre lo hacéis. Y os tenéis los unos a los otros. Sé que todos volveremos a casa.
—Pero ¿seguiremos siendo nosotros de verdad?
Treth no respondió a aquella pregunta cargada de peso. Suspiré profundamente. No me proporcionó ningún alivio.
—Estoy agotada, Treth. Destrozada, traumatizada, apaleada y llevada más allá de todo límite imaginable. Me siento como las cenizas de una hoguera extinguida hace mucho. Yo… No me siento yo misma.
Noté que las yemas de mis dedos rozaban la arena fría bajo la silla. Treth no respondió. Se limitó a escuchar. Tal vez porque eso era lo que necesitaba.
—Creía que entendía la guerra, Treth. Que ya me había enfrentado a ella en Hope City. Pero esto es diferente. Nunca termina. No hay tregua. No hay un bien y un mal claros. No existen fronteras entre la paz y la violencia. No es más que…
—Caos infinito.
Asentí, mordiéndome el labio. Noté un atisbo de humedad formándose en un ojo, pero las lágrimas no llegaron. Ni siquiera me quedaba lo bastante de mí misma para llorar.
—Te conozco, Kat. Conozco tu fortaleza y tu resistencia. Y conozco tu dolor. Y esta eres tú. Volverás a sentirte tú misma. Y esto te hará más fuerte.
—¿De verdad? No me siento fuerte. Cada día me siento más débil.
Menos segura. Confío menos en mi propio criterio.
¡Brechas, Treth! ¿Qué hago siquiera aquí?
Debería estar en Hope City, luchando contra monstruos de verdad.
Librando batallas que entiendo a cambio de dinero rápido.
Al menos aquello estaba contenido. Terminaba. Pero esto… esto…
Me apreté la cabeza entre las manos, mirando la arena bajo mis pies. Silencio.
Empecé a desear haber permitido que Brett y Candace vinieran conmigo. Aunque solo fuese para llenar el vacío. Estaba demasiado cómoda con Treth. Más que con cualquier otra persona. Y eso dejaba que mi vulnerabilidad se apoderara de mí. En el peor momento.
—Hay cosas que desearía haber hecho de otro modo, Kat. En Avathor.
Alcé la vista cuando Treth posó su mano espectral sobre mi hombro y me dedicó una sonrisa reconfortante, aunque triste.
—Podría haber luchado mejor. Podría haber salvado a más gente.
Podría haberme sacrificado más o menos. O podría no haber hecho nada de aquello.
Podría haber contemplado la guerra y haberme alejado.
Quizá esa habría sido la mejor opción. La guerra nunca es fácil.
Llega en los peores momentos y siempre deja cicatrices en aquellos a quienes no se lleva por completo.
—Creía que ya tenía suficientes cicatrices, Treth. Que ya lo había visto todo.
Treth asintió y me apretó el hombro con más firmeza al percibir el leve temblor de mi voz.
—Has visto mucho más de lo que una sola persona debería soportar.
Pero sobreviviste. Y resististe. Sin embargo, la magnitud de la carnicería puede marcar la diferencia.
Puede corroernos y abrumarnos. Nadie debería tener que enfrentarse al apocalipsis tantas veces como tú.
Pero lo has hecho. Y volverás a hacerlo. ¿Y sabes qué?
Se agachó y me miró a los ojos.
—Seguirás siendo mi Kat. Y mirarás sin pestañear a las fauces del olvido y te enfrentarás a él de frente. Porque eres tú. Y nunca te rindes.
Parpadeé para contener las lágrimas que amenazaban con brotar y esbocé una leve sonrisa. Treth se desmanifestó y me dejó sumida en la oscuridad. Justo cuando las huestes de enfermizo color verde de El Velo cruzaron la bahía y se detuvieron frente a la playa.
No se parecían a los espíritus vasija. No había el menor rastro de identidad, libre albedrío o vida pasada en sus andares ni en sus expresiones vacías.
No parecían putrefactos ni esqueléticos.
Sin embargo, no podía evitar pensar que había más vida en el cadáver voraz de un zombi que en aquella horda de guerreros muertos.
Permanecieron inmóviles y en silencio por encima del apagado romper de las olas en la orilla. Sus harapos, pieles y capas ondeaban con una brisa inexistente. Empuñaban sus armas con la confianza de soldados curtidos durante toda una vida.
Hablaron al unísono. Un sonido elemental, como el silbido del viento al atravesar un agujero. Un sonido de melancolía, furia e insistencia.
—Únete en vida. O únete en la muerte.
Sencillo. Breve.
Me puse en pie y mi abrigo despertó, iluminando la playa con su fervor llameante. Los fantasmas no se arredraron.
—Sé quiénes sois —bramé—. Y sé lo que sois, huestes del Valhalla.
No se inmutaron ni dieron señal alguna de reconocimiento.
—Vuestro tiempo de saqueos y devastación toca a su fin. Os ofrezco redención. Expiar el abandono de vuestros puestos en la batalla final. La oportunidad de hallar consuelo en un propósito verdadero.
Silencio. Y después, aquel espantoso silbido del viento. Hablaron. Como uno solo. Porque eran uno solo. Colosal e indivisible. No estaban unidos, pues no había separación entre ellos que hiciera necesaria la unidad.
—Se acerca el Ragnarök. Tendremos lo que se nos prometió. La batalla final. Un final definitivo. Únete a nosotros en vida o únete a nosotros en la muerte.
—Se acerca el Ragnarök —bramé en respuesta—. No me uniré a vuestras huestes. Pero puedo liderarlas.
Treth apareció a mi espalda. Y, junto a él, el Ejército de la Vasija.
Resplandecían en espléndidos tonos plateados, azules, blancos y dorados.
Gorgo y Allandrea con su magia de purificación.
Arden y los Caballeros de Albin a caballo.
Los Hombres de Ithalen con sus lanzas, hachas y espadas.
Incluso el cañón que habían construido para su resistencia final.
El jinete espectral de Mansión Tokai. El espíritu de la peste al que había concedido la redención, liberándolo de Loviatar.
Hammond, Busani y unas huestes de otros Cruzados.
Y, sobre ellos, Ariel volaba con alas angelicales, empuñando su bidente.
Se colocaron a mi lado, como habían hecho frente a las hadas oscuras que amenazaron con arrastrar Hope City a las tinieblas, y mantuvieron la línea. Cara a cara con la horda interminable de El Velo.
Miré a mis amigos, a mis camaradas y a quienes habían confiado en mí para que los protegiera durante toda la eternidad. Aquellos a quienes había perdonado. Y aquellos que lucharían a mi lado contra cualquier terror.
Y noté que el cansancio y el vacío se retiraban de mi espíritu. Me mantuve firme ante El Velo y les planteé mi ultimátum final.
—Uníos a mí y podré concederos lo que buscáis. Un propósito final. La oportunidad de encontrar la paz.
Dejé que aquellas últimas palabras flotaran en el aire y resonaran a través de la bahía. No obtuve respuesta. El Ejército de la Vasija se enfrentaba al Ejército de El Velo.
Y, finalmente, respondieron con un susurro.
—Entonces será la muerte.
La marea de fantasmas cargó. Flechas espectrales volaron sobre sus cabezas. Arden y sus jinetes se lanzaron al frente y arrollaron la primera fila de amortajados, mientras Treth y los Hombres de Ithalen alzaban los escudos hacia el cielo para protegerme de la lluvia de flechas.
Apreté los dientes. De verdad había creído que podría hacerlos entrar en razón. Por lo general, me entendía bastante bien con los fantasmas.
Pero, con la Vasija a mi lado, no sentía la misma ansiedad y el mismo miedo que al cargar hacia una trinchera Imperial. Sentía la certeza reconfortante de estar haciendo lo correcto. Y de que los sabios y los buenos me seguirían hasta las puertas del Infierno si fuese necesario.