El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17) 1. Fugitivos #2
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1. Fugitivos #2

Phillip se encogió de hombros como un niñato malhumorado de colegio privado. Yo había cuidado de críos exactamente iguales, así que sabía de lo que hablaba. Pero, bajo nuestras miradas colectivas, incluida la de Treth, que Phillip no podía ver pero debía de sentir, palideció.

—Yo... Yo... —Cerró los ojos, volvió a abrirlos y recuperó la compostura—. No soy cazador de monstruos. Me limito a delegar.

—Tiene una pistola —dijo Brett sin rodeos.

—Una pistola que solo he usado contra seres humanos —respondió Phillip, como si admitir que había matado a seres humanos fuera lo más sencillo del mundo—. Los monstruos son bestias de otra índole, como bien sabéis. Yo tengo mi papel en este viaje.

—¿Y puede recordarme cuál es? —preguntó Candace, cruzándose de brazos a imitación de Brett y rezumando suficiente descaro para fundir acero.

—Empezó siendo el conductor —añadí—. Pero no se ha puesto al volante desde que se acabó la carretera. Y eso ocurrió al segundo día de viaje.

—No sé conducir campo a través —respondió Phillip.

—No ha preparado ni una sola comida —añadió Candace.

—Ni ha hecho una sola guardia nocturna —dijo Brett.

—Ni siquiera ha hablado con las patrullas de ogros —dijo Treth, y yo repetí sus palabras.

—Así que, agente —gruñó Brett—, ¿qué hace aquí?

Phillip nos miró y luego suspiró.

—Admito que estas malditas Tierras Baldías me vienen un poco grandes. Pero eso cambiará pronto.

Señaló el horizonte.

—Justo al otro lado de esas colinas está Goldfield. Y allí es donde mi trabajo comienza de verdad.

Lo dudaba muchísimo, pero hacía ya tiempo que había aprendido que discutir con el agente Brown era una pérdida de tiempo absurda. Suspiré.

—Estamos perdiendo horas de luz. Si Goldfield está tan cerca como dice, me gustaría llegar antes de que los rastreadores nocturnos salgan a jugar —dije, volviéndome hacia el Corsa.

Candace se estremeció al oír mencionar a los rastreadores nocturnos. Estaba de guardia cuando nos atacaron por primera vez. Nos robaron casi toda la comida. También nos habrían robado la vida si Brett no hubiera disparado al alfa entre los ojos.

Brett abrió el capó del Corsa y examinó los daños.

Cuando vimos al vaca-escorpión en mitad de la carretera, lanzándose directamente hacia nosotros, salimos de inmediato del coche para luchar.

Por intuición, cualquiera pensaría que permanecer dentro de una mole de acero y maquinaria sería la mejor estrategia contra un monstruo. La intuición se equivocaría.

Lo único que conseguirías quedándote dentro del coche sería acabar con el bloque del motor perforado, el techo arrancado y la tapicería cubierta de sangre.

Habíamos logrado conservar el coche porque mantuvimos la atención del bicho alejada de él. No me gustaba nada la idea de recorrer a pie todo el camino hasta Goldfield.

Llevábamos combatiendo contra toda clase de monstruosidades desde que salimos de Hope City. Teniendo en cuenta que ya habíamos luchado contra monstruos el mismo día de nuestra partida, era de suponer que estábamos bastante agotados.

Phillip y Brett insistían en que dentro de Goldfield habría menos problemas con los monstruos. Eso esperaba. Yo era una luchadora casi sobrehumana, y hasta el brazo con el que empuñaba la espada empezaba a cansarse.

Observé a Candace. Se estaba frotando el codo bajo la sudadera con capucha.

¡Que me tragaran las Brechas si entendía cómo podía llevar esa cosa con semejante calor!

Mi abrigo de salamandra era como una segunda piel para mí y ya me estaba asando.

Y no era que su sudadera le ofreciera demasiada protección.

Supuse que sería cosa de adolescentes.

Me acerqué a ella con disimulo.

—¿Estás bien? —pregunté en un susurro.

Pareció sorprendida de que se lo preguntara. O más bien de no haber percibido ya mentalmente mi preocupación. Conocía esa sensación. Desde que perdimos nuestro vínculo de alma, habíamos tenido que empezar a comunicarnos a la antigua usanza. Costaba acostumbrarse. A ella más que a mí, por lo visto.

Sonrió débilmente.

—Me caí al principio, pero me levanté enseguida. Treth me ayudó.

Señaló a mi compañero fantasmal, que en ese momento recibía una lección de mecánica de Brett. Treth asentía como si entendiera de qué hablaba Brett. No entendía nada.

Sonreí.

—Me alegro. No habría podido matar a esa cosa si tú no hubieras completado la imbución.

Fue sutil, pero casi pareció sonrojarse.

Candace era una persona complicada. A simple vista, solo era una chica de dieciséis años.

Todavía una cría. Vestía de negro como mi amiga gótica, Trudie, pero le encantaban las cosas monas y rosas.

Sin embargo, también era aterradoramente lista.

Una de las personas más inteligentes que conocía.

Y había matado a incontables personas mediante su magia oscura.

Candace no estaba bien antes de que nos conociéramos. Yo había querido matarla. Pero entonces la conocí. Descubrí que bajo sus maneras infantiles, su inteligencia y su oscuridad había algo semejante al dolor que yo sentía en lo más hondo de mi alma.

Nos parecíamos en muchos sentidos. Sabía que eso seguía siendo cierto, aunque ya no tuviéramos aquella misma conexión entre nuestras almas.

Brett cerró el capó de golpe con un chirrido oxidado. Sin duda necesitaba que lo revisara un profesional. ¡Gracias a Atenea que Brett había hecho ese viaje una vez en un coche todavía más destartalado! Mi novio nunca dejaba de impresionarme.

—¡Este cacharro aguantará un poquito más! —anunció Brett, y se dirigió al asiento del conductor.

Candace fue a ocupar su asiento mientras yo le apretaba el hombro. Alzó la vista hacia mí, expectante.

Sonreí, incapaz de ocultar un leve asomo de tristeza en mi ojo descubierto.

—Dime si hay algo que te preocupe, Candy. Estoy aquí para lo que necesites.

Ella me devolvió una débil sonrisa.

—Lo sé, Kats. Lo sé.

Subimos al coche; Treth optó por viajar en el techo. Le gustaban las vistas y, de todos modos, los insectos lo atravesaban.

—Próxima parada —anunció Brett mientras metía una marcha en el resoplante coche—: Goldfield.

Nos pusimos en marcha, dejando tras nosotros polvo, arena y el cadáver de un monstruo.

***

En otro tiempo había creído que Hope City era la ciudad más grande del mundo.

Por supuesto, sabía que me había equivocado.

Había leído libros sobre la conurbación de Londres y la megaciudad de Berlín.

Sabía que Ulundi, en el Imperio, era enorme.

Y, por supuesto, sabía que la extensa metrópolis de Goldfield empequeñecía Hope City. Al menos en teoría.

Pero nunca me lo había creído de verdad, en lo más hondo. Hasta ahora.

Nos acercamos a Goldfield por un camino de tierra, dejando atrás granjas, pueblos y barrios de chabolas.

Ante nosotros se extendía un mar gris interminable que desaparecía más allá del horizonte.

El paisaje estaba salpicado por más rascacielos de los que había en toda la extensión urbana de Hope City.

Una auténtica jungla de hormigón, cristal y hierro.

¡Era infinita de verdad!

—Antes eran tres ciudades —explicó Brett—. Al menos, eso recuerdo que me contaba mi abuelo. Johannesburgo, Centurion y Pretoria. Tres ciudades con un poco de campo en el Entremedio. Ahora es así. Una extensión interminable.

—¿Alguna vez la echas de menos? —preguntó Candace.

Brett chasqueó la lengua, irritado.

—Es como los suburbios marginales, pero más alta. No puedes escapar de ella. Y, al igual que esos barrios, oculta muchos horrores. Demasiados.

Y, antes de ir a Hope City, el trabajo de Brett había consistido en hacerlos salir de sus escondrijos. Había sido miembro del Cuerpo de Exterminio. Un niño soldado. Brett ya cazaba monstruos cuando yo todavía jugaba a videojuegos con Trudie y Pranish. Costaba asimilarlo.

—Seguro que no puede albergar tantos horrores como el Karoo, ¿verdad? —preguntó Treth, asomando la cabeza a través de la ventanilla.

Estuve a punto de transmitirle su pregunta a Brett, olvidando que ahora podían oírse.

—Goldfield tiene bajo control sus problemas con los monstruos, aunque haya más —dijo Brett, pero no parecía demasiado satisfecho.

—De una forma mucho más expeditiva que Hope City —añadió Phillip, mirándome desde su sitio en el asiento del acompañante —. Este no es un hogar para cazadores de monstruos. A menos que ese cazador vista uniforme y cobre un sueldo del gobierno.

—Riaan debía de adorar Goldfield —respondí.

Phillip frunció el ceño. Una rara muestra de sus verdaderas emociones. Por lo general, el agente era tan falso como un demonio ofreciendo caridad.

—Al igual que nuestro querido amigo difunto, sospecho que Goldfield está en manos del Cónclave —dijo—. Tienen una forma de imponerse a la gente y conseguir que parezca que merece la pena.

—¿No está el Imperio también en manos del Cónclave? —pregunté—. ¿Por qué iban a luchar entre sí dos títeres del Cónclave?

El Cónclave del 6 .º Convento. Mi enemigo.

La sociedad que había estado dirigiendo el caos mágico y monstruoso por todo el mundo y apoderándose de los gobiernos de países desde Nueva Zelanda hasta Alemania.

Al parecer, tanto Goldfield como el Imperio Zulú estaban bajo su control.

Pero también se preparaban para combatir en una guerra brutal. Una de muchas.

—Al Cónclave no le importa lo suficiente como para gobernar por completo a sus títeres —respondió Candace, ahorrándole el esfuerzo a Phillip.

Después de todo, ella era una fuente de información más fiable.

Había pertenecido al Cónclave. Bajo las miradas conjuntas de Treth, Phillip y la mía, Candace continuó con cierta timidez.

—No necesitan gobernar de forma directa. Consumiría demasiado tiempo e influencia. Solo les importa lo suficiente para dar a sus títeres un empujoncito en la dirección correcta.