El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17) 1. Fugitivos
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El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17)

El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17)

Por Nicholas Woode-Smith

© inepub.com

1. Fugitivos

Fugitivos

Cuando salgas de viaje, lleva siempre lo imprescindible. Un cepillo de dientes, algo de picar, un abrigo llameante. Y, por supuesto, una espada mágica.

Nunca se sabe cuándo puede hacerte falta.

—¡Sal y ayúdanos a luchar contra esta maldita cosa! —grité mientras arrojaba una piedra a una criatura que solo podía ser un cruce entre una vaca y un escorpión. Naturalmente, tenía el tamaño de un todoterreno.

Brett, mi novio, se lanzó a cubierto cuando el vaca-escorpión reaccionó a la piedra que yo había arrojado con petulancia con la clase de furia que cabría esperar de una bestia incapaz de decidir si quería producir veneno o leche.

Clavó el aguijón en el peñasco que un instante antes tenía yo a la espalda.

—¿Era demasiado esperar que se le rompiera el aguijón?

—preguntó Treth, mi caballero fantasmal y compañero.

Había desenvainado la espada y embrazado el escudo.

No es que fueran a servir de mucho. Mi compañero espectral y todos los fantasmas que residían en un reino cósmico dentro de mi alma solo podían combatir contra bestias consideradas malignas.

Esta criatura no era maligna. Al parecer. Quizá solo una incomprendida. Pero, como amenazaba con poner fin a nuestro viaje por carretera antes incluso de que hubiera empezado de verdad, no podía evitar albergar ciertas dudas sobre la concepción cósmica del mal que tenía el universo.

Me volví hacia un hombre encogido detrás de un viejo Corsa lleno de abolladuras. Ya había conocido tiempos mejores antes de empezar este viaje. Ahora se enfrentaba a una jubilación más que merecida, si no a un billete de ida al desguace.

—¿Va usted a intentar siquiera dispararle o piensa seguir meándose encima, agente?

El agente Phillip Brown. Asuntos Exteriores. Agente secreto. Gilipollas integral. Llevaba una pistola, así que pensamos que al menos intentaría dispararla.

¡Qué equivocados estábamos! Ni siquiera levantó la vista; se limitó a cubrirse la cabeza como si estuviera ensayando un simulacro de bombardeo.

—¡No sabe lo que está en juego... vacuno! —se rio Treth entre dientes. Ya no sabía si intentaba ser un mentor serio o un bromista sarcástico.

—¡Kat, tenemos un problema! —gritó Candace antes de reanudar sus ensalmos.

Me volví hacia el vaca-escorpión y estuve a punto de soltar un grito ahogado. Brett estaba atrapado en una pinza, encajado entre una pezuña y una garra. La criatura lo había levantado del suelo mientras él pateaba sin resultado su pellejo correoso y quitinoso.

Apreté los dientes. Phillip podía esperar. Con una explosión de fuego, mi abrigo llameante creó una pira de luz abrasadora. Salí disparada de ella como un cohete, con un par de alas angélicas llameantes brotándome de la espalda.

Candace remató su ensalmo con un crescendo triunfal que envolvió Ithalen en fuego mágico. Ninguna espada normal, ni siquiera una encantada, habría soportado semejante calor. Pero Ithalen no era una espada cualquiera.

Como el ser del que tomaba su nombre, era indestructible. Al menos en espíritu.

Giré, curvando las alas para dar vueltas en el aire. Como una barrena de fuego. Había practicado la maniobra durante buena parte del viaje, pero aún me daba náuseas. Aunque eso no importaba. Brett estaba en peligro.

Sentí el impacto contra el caparazón de la bestia reverberarme por el brazo cuando Ithalen entró en contacto con él.

Mi pirueta se detuvo cuando la espada se hundió hasta la mitad en el pellejo del vaca-escorpión.

Ampollas y llamas brotaron alrededor de la herida mientras la criatura chillaba y dejaba caer a Brett al suelo.

Mi novio no perdió ni un segundo: recogió la escopeta que se le había caído, la apretó contra la deforme cabeza de vaca que sobresalía de entre las mandíbulas del escorpión y abrió fuego. Bum. Chof. Todo el espectáculo.

La bestia se quedó inmóvil y se desplomó.

Podría haber soltado un suspiro de alivio.

En vez de eso, gruñí disgustada cuando un chorro de sangre gelatinosa me salpicó el abrigo mientras extraía Ithalen del monstruo ya muerto.

La sangre siseó sobre mi abrigo de salamandra.

Tampoco a él le gustaba que lo rociaran con pringue de bestia.

Desde luego, no era lo bastante inflamable.

¡Donde estuvieran la parafina, el alcohol puro o la gasolina, que se quitara aquello!

Hasta yo probablemente los habría preferido a esa porquería.

Brett se frotó el cuello mientras yo bajaba de un salto del cuerpo desplomado de la criatura que casi había decapitado a mi novio. Mis alas habían desaparecido. No hacía falta invocar durante demasiado tiempo el poder de la Vasija y de su habitante angélico. Me parecía una descortesía.

—¿Estás bien? —pregunté. El ceño furioso de Brett se suavizó al ver la preocupación en mis ojos. Sonrió.

—He estado peor. Y a ti te ponen las cicatrices en el cuello, ¿no?

Me reí.

—Me gustarán las cicatrices en el cuello si a ti empieza a gustarte el parche.

—El parche no me molesta, Kats. Me molesta el motivo por el que tienes que llevarlo.

Sí, aquella historia no era agradable. Además, el parche no me estaba ayudando precisamente en la caza.

Aprender a luchar con un ojo cerrado no era apto para pusilánimes.

Pero, después de que el Mentor robara de la cabeza de Candace el ojo que era mío, podía utilizarlo para espiarme en cualquier momento.

Así que más valía mantener tapado a su compañero.

—Cuando encontremos mi otro ojo, podré quitármelo y volver a parecer un husky —añadí.

—Un husky monísimo —respondió Brett. Me reí y fingí quitarle importancia al comentario, pero aun así me sonrojé.

Me volví hacia los demás miembros de nuestro grupo. Candace también llevaba un parche. Al fin y al cabo, el ojo que habían robado era el que estaba en su cuenca. Aunque fuera mi ojo. Sí, intercambiar ojos mediante magia volvía las cosas un tanto confusas.

Baste decir que antes compartía un vínculo de alma con Candace gracias a un ritual nigromántico en el que intercambiamos los ojos. Eso nos permitía percibir las emociones y la presencia de la otra, e incluso hablar entre nosotras en ocasiones.

Pero ahora ya no teníamos nada de eso. Y yo no sabía qué le pasaba por la cabeza a mi hermana de alma.

—¿Estás bien, Candace? —pregunté con el ceño profundamente fruncido por una preocupación evidente.

Su frente, en cambio, relucía de sudor cuando me dedicó una sonrisa exhausta.

—Has evitado que me alcanzara, Kats, así que todo ha salido bien. Siento que la imbución haya tardado tanto.

Quité importancia a la disculpa con un gesto.

—No puedo esperar que mantengas memorizada una imbución de Espada de Damocles. Esa cosa te pudre el cerebro.

Candace hizo una mueca. Me arrepentí de haberlo expresado así. Las palabras de un hechizo no eran como las palabras normales. No podías limitarte a memorizarlas y pronunciarlas sin pagar algún tipo de precio. Al fin y al cabo, las propias palabras eran poderosas.

Cuando un mago memorizaba un hechizo, imprimía literalmente parte de sus efectos en su cerebro. No podía ni empezar a imaginar cuánto dolor tenían que soportar Candace y mi amigo Pranish cada vez que lanzaban hechizos de fuego como aquel.

Pero lo que hizo estremecerse a Candace fue lo de «te pudre el cerebro».

Candace era una maga oscura en recuperación; al menos, eso esperaba.

La magia oscura no era como los demás tipos de magia.

Permanecía en el cerebro mucho después de que uno olvidara deliberadamente las palabras del hechizo.

Y retorcía a quienes la usaban. Candace estaba loca cuando la conocí.

Todavía no se había recuperado del todo, pero yo tenía que creer que estaba mejorando. Aunque aún quedaran cicatrices.

Treth apareció a nuestro lado.

—¡Ha sido un hechizo impresionante! Deberías haberlo usado contra el trol de roca.

—Entonces no tenía las líneas wey. Ahora estamos más cerca de Goldfield, así que hay más energía con la que jugar —respondió Candace a mi compañero espectral.

Era una de las pocas personas capaces de verlo.

Habíamos temido que perder mi ojo implicara que ella también perdería la capacidad de verlo, pero parecía que haber estado a punto de morir en el Entremedio la había vuelto lo bastante sensible a los espíritus de forma natural como para no necesitar ya mi ojo para eso.

Treth y Candace se pusieron a charlar sobre el hechizo, y yo lo agradecí. Se llevaban bastante bien y siempre podía confiar en que mi amigo fantasmal me cubriera las espaldas cuando yo decía algo inoportuno.

Treth había cambiado mucho desde que era aquel sermoneador caballero paladín que me había exigido matar a una nigromante joven y desesperada. Yo también había cambiado mucho. El tiempo y la caza de monstruos tenían la costumbre de envejecer a la gente.

Dirigí mi atención al agente Phillip Brown, que se sacudía la arena de los pantalones negros del traje. Aún conservaban manchas de barro y algunos desgarros en la tela. Aquellos pantalones de vestir, antes elegantes y hechos a medida, habían conocido tiempos mejores.

Pese a haber estado a punto de añadir todavía más manchas a sus pantalones, Phillip Brown esbozó esa clase de sonrisa que alguien con una confianza absoluta en su propio encanto consideraría cautivadora. A mí me dieron ganas de propinarle un puñetazo en plena mandíbula.

—¡Un combate impresionante, como siempre, Ultima Luz! —exclamó Phillip mientras yo le clavaba un dedo con fuerza en el pecho. Retrocedió.

—¡Uno de nosotros casi ha muerto, Phillip! Y usted se ha quedado ahí sin hacer nada. ¿Cuántos monstruos nos han atacado estos últimos días? ¿Contra cuántos nos ha ayudado a luchar?

—Diez monstruos —respondió Candace por él, plantada detrás de mí y fulminándolo con su único ojo descubierto.

—Y cero intentos de ayudarnos —añadió Brett, cruzándose de brazos, cubiertos de sangre y cicatrices, mientras irradiaba pura amenaza.