El regreso del Highlander (Los indomables Kincaid 6) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Kenneth abrió y cerró la boca varias veces antes de mantener finalmente los labios sellados.

Había planeado casi todos los aspectos de lo ocurrido durante el último mes, con la excepción de enfermar.

Pero incluso eso lo había aprovechado en su beneficio.

Que Fenella y Gavin se enamoraran fue un giro inesperado, aunque Kenneth nunca había dudado de que su hermano la protegería de alguna manera.

La incorporación improvisada del ejército a Strathmore también había sido algo que no esperaba, pero, en última instancia, no cambiaba el hecho de que Gavin se vería obligado a luchar contra Cedric.

Kenneth se oponía a un ejército por todas las razones que había expuesto. No quería un derramamiento de sangre masivo. Pero, sobre todo, necesitaba que Gavin se levantara y luchara por Strathmore. Era el catalizador para conseguir que aceptara el lugar que le correspondía como terrateniente.

Kenneth nunca había considerado que pudiera acabar negociando con Cedric.

Aquello no lo arruinaba todo. Fenella estaba a salvo y feliz. Él y Gavin ya no estaban distanciados, pero su felicidad, y la de su esposa e hija, estaban de repente en juego. Todo porque no se había dado cuenta de lo buen estratega que era Gavin.

No todo está perdido , se dijo Kenneth. Tenía un poco de tiempo y mucho ingenio. Antes de que acabara el día, Gavin estaría por fin de vuelta en casa y para siempre.

Gavin se encontraba en lo alto de la muralla adyacente a las puertas de madera.

La mayoría de los sirvientes tenían familia en el pueblo y a los pocos que no la tenían se les había ordenado permanecer a puerta cerrada, ya fuera en la capilla o en los almacenes de la pequeña torre de anclaje anexa a los establos.

Strathmore, que normalmente era un hervidero de actividad, parecía extrañamente abandonada de lo tranquila que estaba.

Pero no para cualquiera que se acercara al castillo.

Para ellos, lo único extraño era que las grandes puertas de la entrada estuvieran inusualmente cerradas.

Gavin se mostraba relajado mientras observaba cómo se acercaba el numeroso grupo de hombres, todos empuñando armas y listos para la batalla.

La estimación de Bryan Kyldoane había sido un poco baja.

El ejército de Cedric rondaba los cien hombres, no ochenta.

Eso complicaría las cosas, pero los hombres más letales iban al frente con Cedric, quien, sin temor a lo que pudiera encontrarse, iba a la cabeza.

Habían pasado varios años desde que Gavin había visto a aquel hombre y, aparte de su cabello negro azabache que se estaba volviendo gris en las sienes, había cambiado poco.

Como la mayoría de los montañeses, era un hombre corpulento, ancho y musculoso por las horas dedicadas a empuñar armas y vencer a sus oponentes.

Su rostro era algo plano y ancho, con una mandíbula de granito y labios finos que parecían gruñir incluso cuando sonreía.

Cedric se detuvo frente a la puerta. Hizo una pausa y evaluó a Amon y a los once hombres que lo acompañaban. Ninguno iba a caballo ni bloqueaba la entrada. Estaban de pie a un lado, en una patética demostración de fuerza.

—Veo que Kenneth os ha reclutado a ti y a algunos más. —Cedric miró hacia atrás, a sus hombres—. Yo también.

Amon esbozó una sonrisa sincera que hizo que Cedric arquease una ceja con curiosidad. Amon no dijo ni una palabra. Solo levantó la vista.

Cedric siguió su mirada hacia la muralla, donde se encontraba Gavin. Al reconocerlo, su expresión cambió a una de comprensión. Sonrió y luego volvió a centrar su atención en Amon.

—Los Kincaid siempre hacen que uno se sienta invencible. Pero sé que Gavin no es un verdadero Kincaid.

Entonces Cedric volvió a levantar la vista. Su mirada seguía siendo fría y sin miedo.

—Déjame entrar, Gavin.

Gavin cruzó los brazos y, en su lugar, utilizó la barbilla para señalar a los hombres que estaban detrás de Cedric.

—Kenneth ha accedido a recibirte, pero solo a ti y sin tus armas. Solo quiere la paz.

La sonrisa de Cedric se amplió.

—Esto se puede resolver pacíficamente, Gavin, algo que estoy seguro de que tu hermano está deseando que ocurra. Solo dile a Kenneth que me ceda el liderazgo y Strathmore y que me muestre dónde guarda el dinero; entonces no se derramará sangre.

Gavin frunció los labios y miró a los dos centinelas apostados en cada torre, y luego bajó la vista hacia el patio.

Asintió con la cabeza como si estuviera recibiendo instrucciones. Después volvió a centrar su atención en Cedric.

—No soy yo con quien tienes que negociar, y Kenneth te pide una vez más que entres y negocies con él. Solo que sin tus armas.

Cedric se deslizó del caballo.

—A menos que hayas traído contigo un ejército de los Kincaid, tengo efectivos suficientes para tomar Strathmore.

Tú lo sabes; por lo tanto, Kenneth también.

No se negocia cuando la otra parte no tiene nada con qué presionar.

Voy a entrar por estas puertas, mis armas vienen conmigo y mis hombres también.

Gavin estudió a Cedric durante un segundo y luego volvió a mirar hacia el patio casi vacío. Asintió varias veces.

—¡Deja de dar largas, Gavin! —gruñó Cedric, dejando al descubierto su desprecio por cualquiera relacionado con Strathmore y con su débil líder—.

Sabes tan bien como yo que Kenneth no está capacitado para ser terrateniente y que tú dejaste esta vida hace mucho tiempo.

Vete ahora mismo y te juro que nadie te hará daño.

Gavin descruzó los brazos y se puso las manos en las caderas.

—No necesitas cien hombres para negociar, Cedric. Deja a la mitad aquí fuera.

Cedric blandió su espada ante Gavin.

—Yo decidiré cuántos hombres necesito para negociar. ¡Y digo que los necesito a todos! ¡Ahora abre las puertas!

Gavin señaló al ejército de Cedric.

—No hay espacio suficiente.

Cedric miró a Gavin con ira. El patio de Strathmore era grande, pero no lo bastante para cien soldados a caballo.

Sin embargo, había espacio de sobra si entraban a pie.

Y, al ver a los centinelas temblorosos y asustados en las torres, Gavin seguía utilizando a los patéticos guardias que había dejado atrás.

Si había una batalla, sería rápida y desigual.

Cedric hizo una señal a sus hombres para que desmontaran. La mayoría obedeció, pero unos cuantos mercenarios dudaron.

—Si Gavin ha sido tan tonto como para convencer a algunos de los guardias de que luchen a su lado, quizá tengamos que darles una lección. Los caballos son una desventaja.

Al ver la lógica, los mercenarios se deslizaron de sus monturas. Entonces Cedric le devolvió la sonrisa a Gavin.

—Ya está. He negociado.

—Una cosa más antes de que entres —dijo Gavin con naturalidad—. Kenneth no te guarda rencor a ti ni a nadie de tu grupo, pero antes de aceptar abrir las puertas quiere una simple promesa.

Cedric sabía que Gavin le estaba provocando, intentando incitarlo a cometer alguna estupidez. Se negó a mostrar que se había enfadado.

—Si es una simple promesa —dijo con el mismo tono indiferente y cantarin que había adoptado Gavin.

—Solo quiere que prometas estar dispuesto a hablar con él sobre una resolución pacífica.

Cedric se rió a carcajadas y luego se volvió hacia los mercenarios que seguían con gran interés el intercambio. Ninguno conocía a Gavin, pero algunos habían oído hablar de él. Sin embargo, todos conocían a los Kincaid.

—Parece que Kenneth ha encontrado un comandante aún más patético que él mismo.

Uno de los mercenarios dio un paso al frente. Tenía los ojos entrecerrados y ardían de duda.

—Yo no me meto con los Kincaid.

Luego agarró las riendas de su caballo y se marchó.

Cedric vio que varios más iban a seguirlo y gritó:

—¡Gavin no es un Kincaid! Es un MacCallum que huyó de su esposa y de su señorío hace más de una década.

Algunos se detuvieron.

—Si os marcháis, volveréis con nada —les recordó.

Su vacilación cesó y Cedric supo que había recuperado el control. Pero ya estaba harto de esperar.

—He terminado de hablar. Abrid las puertas o las quemaré para abrirlas.

Gavin se encogió de hombros como si no le importara y luego hizo un gesto con el brazo. Un momento después, las puertas se deslizaron lentamente hacia un lado.

Al verlas abiertas, Cedric levantó la espada y corrió hacia dentro.

La masa de hombres que tenía detrás lo siguió y ya había dado varios pasos cuando se dio cuenta de su locura.

Era demasiado tarde para detenerse. Un centenar de hombres avanzaban a toda velocidad detrás de él y, si se detenía, lo arrollarían.

No tenía más remedio que continuar. Pero cuando él y sus hombres salieran del túnel, se armaría un buen lío.

Cedric siguió avanzando por el túnel, lo que le obligó a entrar en la planta baja de la torre principal.

Las antorchas de la pared estaban apagadas, pero los agujeros de arriba proporcionaban suficiente luz para que viera a Jollis y Lumley haciendo guardia junto a la que ahora era la única puerta de la torre.

Eran tan incompetentes que casi los había echado a ambos de su guardia antes de marcharse, pero también eran del tipo que se mostraba leal a quienes tenían poder.

Así que les había encomendado la gran misión de observar lo que sucedía mientras él estaba fuera.

A ninguno de esos dos idiotas se le ocurrió que contarle lo del túnel después de que él hubiera tomado Strathmore no serviría de nada.

Les hizo un gesto con la espada.

—¡Bueno, no os quedéis ahí parados, abrid la puerta!

Jollis dio un respingo e intentó abrir la puerta.

No se movió ni un milímetro. Empezó a entrar en pánico.

Gavin le había dicho que vigilara la puerta y estuviera preparado para abrirla a Cedric cuando regresara.

En aquel momento le había parecido una tarea ideal, y que todos los rumores sobre que Gavin era un gran guerrero y estratega eran infundados.

Con cada patada y cada empujón que lanzaba contra la salida enrejada, se daba cuenta de lo equivocado que había estado.