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Markus Graff ha tenido que discutir durante casi diez minutos para conseguir que nadie toque los cadáveres.
Lo que ha comenzado siendo una petición se ha convertido en una orden impuesta por un inspector de la Interpol que, además, es médico forense.
El agente de la Guardia Costera se había mostrado inflexible. Decía que los dos cuerpos recuperados del mar debían ser trasladados a Nantes para que se les practicara la autopsia y se procediera a su identificación.
Lo cierto es que ese es el protocolo. No hay ninguna razón para retenerlos en la isla, salvo el componente emocional de Markus por la naturaleza del caso.
Al final, ha conseguido lo que pretendía y ambos cadáveres lo esperan en una pequeña estancia habilitada en las dependencias de la guardia costera en el puerto de Port-Joinville.
Resulta evidente que la sala no está preparada para recibir cadáveres.
Es una estancia pequeña y rectangular, con paredes blancas y un suelo de baldosas grises marcado por años de uso y consumido por su cercanía al mar.
Una mesa metálica ocupa el centro. Han apartado contra una pared dos escritorios y varias sillas para dejar espacio alrededor.
En una esquina hay un archivador, un perchero con dos chaquetas reflectantes y una caja de material de primeros auxilios.
Un potente foco ilumina la habitación desde el techo.
Sobre la mesa descansan dos bolsas mortuorias de color blanco.
Markus y Gisèle se detienen al verlas.
El agente de la Guardia Costera que los ha acompañado hasta allí cierra la puerta y señala los cuerpos.
—Han aparecido hace unas horas.
Markus no responde.
El hombre continúa:
—Los recuperamos cerca de la costa. Por suerte el mar estaba tranquilo. Si la marea hubiera sido fuerte, como de costumbre, hubiera sido imposible encontrarlos. Este mar se lo traga todo. Los primeros indicios apuntan a que viajaban en un velero que ha acabado destrozado contra las rocas.
Markus aparta por fin la vista de las bolsas.
—¿Han conseguido identificar la embarcación? —pregunta el inspector Graff.
—Eso es lo extraño. Hemos recuperado una matrícula que no aparece registrada a nombre de un titular.
—Lo sabemos. Nos ha pasado lo mismo.
El agente sostiene una carpeta contra el pecho.
—La primera constancia que tenemos del velero es en Bayona. Fue captado por el radar del puerto que le solicitó identificación. Después se alejó hacia el norte y se perdió su rastro hasta que apareció aquí, en Port-Joinville.
Gisèle se acerca un poco más.
—También lo hemos investigado. Conseguimos localizarlo con imágenes satelitales.
El agente asiente y cruza los brazos por detrás de la espalda.
—Hemos localizado a un hombre que tenía su barco amarrado en el pantalán contiguo. Lo conozco personalmente. Es italiano, pero lleva años navegando por esta zona y viene con frecuencia a la isla. Dice que estaba allí cuando llegó el velero.
Markus mira de nuevo las dos bolsas.
—¿Vio a sus ocupantes?
—Sí. Dos hombres que según él debían rondar entre treinta y cuarenta años. Los vio realizar la maniobra de atraque y bajar al pantalán. No volvió a encontrárselos durante los días siguientes.
Markus inspira hondo intentando contener sus nervios. No necesita mirar a Gisèle para saber que siente exactamente lo mismo. Observa la cremallera de la bolsa más cercana. Solo tiene que alargar la mano, abrirla y salir de dudas.
Pese a la incertidumbre, se carga de valor.
El agente sigue hablando, pero Markus deja de escucharlo.
El inspector Graff ha visto cientos de muertos. Los ha examinado sobre mesas de autopsias, los ha encontrado en escenarios que todavía aparecen de vez en cuando en sus sueños y ha aprendido a contemplar un cadáver por lo que es: una fuente de respuestas para quienes siguen vivos.
Pero esta vez es diferente.
Porque conoce al hombre al que teme encontrar ahí dentro.
Markus se gira y abre el pequeño armario metálico situado junto a la pared. Encuentra una caja de guantes desechables. Saca un par, se los coloca y regresa hasta la mesa.
Gisèle se sitúa detrás de él en completo silencio.
Introduce dos dedos bajo la pestaña de la cremallera de la primera bolsa y tira de ella.
El sonido rompe el silencio de la estancia.
Cuando descubre el rostro, Markus expulsa de golpe el aire que contenía.
No es Oriol.
De eso está seguro.
—No es él —dice.
Gisèle se tapa la boca con una mano.
Markus se inclina sobre el cadáver. El tiempo que ha permanecido en el agua ha alterado sus rasgos.
La piel está hinchada y descolorida, y una identificación visual fiable resultaría complicada para cualquiera que no conociera bien al fallecido.
Sin embargo, hay algo evidente: aquel hombre es bastante mayor que Oriol.
Tiene barba, los dientes amarillentos y un aspecto descuidado que ni siquiera la muerte consigue borrar por completo. La herida de bala que tiene en el pecho parece ser la causa de la muerte.
El alivio dura poco.
Todavía queda otra bolsa.
—¿Alguien ha identificado a este hombre? —pregunta Markus.
—Oficialmente, no, señor —responde el agente—. No llevaba documentación ni ninguna otra pertenencia encima. Ya sabe que la identificación tendrá que confirmarse por los procedimientos habituales. Pero uno de los guardacostas que participó en la recuperación asegura conocerlo.
—¿Y quién se supone que es?
—Un hombre que lleva tiempo por la isla. Una especie de vagabundo. Por lo que cuentan, vive en una tienda de campaña y pasa buena parte del día bebiendo cerveza y pescando.
Markus vuelve a observar el cadáver.
—Comprendo.
Markus cierra la bolsa y no pierde un segundo más.
Se desplaza hasta el segundo cadáver y agarra la cremallera.
Esta vez no quiere prolongarlo.
Tira de ella de golpe.
El aire de la pequeña dependencia se vuelve más difícil de soportar. La humedad adherida al cadáver mezcla el rastro del agua de mar con los primeros signos de descomposición.
Markus relaja los hombros en un acto reflejo al descubrir que tampoco es Oriol.
El segundo hombre presenta un traumatismo brutal en el lado derecho del cráneo. El impacto ha hundido parte del hueso y deformado los rasgos de ese lado de la cara. Aun así, no necesita examinarlo demasiado para saber que no está mirando a su amigo.
Inspira y se vuelve hacia Gisèle. Ella se acerca, le pone una mano sobre el hombro y le da un par de palmadas.
Oriol no está allí, aunque eso no significa necesariamente que esté bien.
—¿Y este hombre? —pregunta al fin—. ¿Saben quién es?
El agente asiente.
—Este llevaba la cartera encima. Henri Tessier.
Markus arruga la frente.
—Tessier... Me suena ese apellido.
—Su hija desapareció hace muchos años. Célia Tessier. Era una niña de tres años. El caso tuvo bastante repercusión en Francia y también fuera del país. Probablemente le suene por eso.
Célia Tessier.
Markus baja la mirada hacia el cadáver.
Ahora lo entiende todo.
Levanta la cabeza y busca a Gisèle. Ella le devuelve la mirada y ambos se entienden sin necesidad de cruzar palabra alguna.
Acaban de comprender el motivo por el que Oriol Duarte ha terminado en esa isla.
Una vez más se trata de un caso sin resolver.
Debería habérselo imaginado.
Los casos que todos los demás han terminado aceptando como imposibles siempre han ejercido sobre Oriol una atracción difícil de explicar.
Cuanto más tiempo ha pasado, cuanto menos queda por investigar y más personas aseguran que ya no existe ninguna respuesta, más difícil resulta conseguir que se mantenga alejado.
Célia Tessier desapareció hace años. Su padre acaba de aparecer muerto. Y Oriol está, o ha estado, en isla de Yeu.
Las piezas encajan demasiado bien. Como también encaja la certeza de que Oriol ha vuelto a romper las reglas.
Se ha aventurado hasta allí sin contarle a nadie qué estaba haciendo, sin importarle demasiado todo lo que dejaba atrás ni las consecuencias de equivocarse.
Markus aprieta los labios.
Cuando lo encuentre, ya decidirá si lo abraza o lo estrangula.
—También hemos encontrado esto —anuncia el agente de la guardia costera.
La voz del agente lo devuelve a la sala.
Markus se gira y lo encuentra sosteniendo una bolsa transparente. Dentro hay otra bolsa hermética y, a través de la maraña de plástico, Markus distingue varios objetos.
Un CD antiguo dentro de su caja, una fotografía y una memoria USB.
Da un paso hacia él.
—¿Le ha entrado agua al USB? ¿Puede recuperarse la información?
—No debería. Todo estaba dentro de esa bolsa hermética.
—¿Lo han comprobado?
—No hemos tocado nada —responde el agente, y esta vez hay cierto reproche en su voz—. Usted dio orden de que no hiciéramos nada hasta que llegara. ¿Lo recuerda?
Markus le arrebata la bolsa de las manos.
—Perfectamente.
La levanta hacia la luz.
El CD tiene escrito «2007». El USB parece corriente, uno de esos modelos que podrían llevar años guardado en un cajón.
Después está la fotografía.
Markus la acerca un poco más.
Se distinguen decenas de personas que abarrotan una plaza. Algunas sostienen pancartas. Otras levantan fotografías de una niña rubia. Aunque el plástico y los reflejos dificultan leer todos los mensajes, hay un nombre que se repite.
Célia.
Markus deja de prestar atención al agente.
Mira el CD. Después el USB, luego la fotografía.
Tres objetos juntos. Protegidos concienzudamente del agua y encontrados junto al cadáver del padre de una niña desaparecida hace años.
Markus conoce demasiado bien a Oriol como para saber que nada de lo que acaba de encontrar dentro está dispuesto al azar.