EPÍLOGO
Oriol Duarte está sentado en la cubierta del opulento yate de Jason Bennett, con una postura relajada y la mirada perdida en el horizonte.
Han llegado a bordo hace unas horas, después de subir dos cadáveres a bordo del Destiny y estamparlo deliberadamente contra las rocas.
Después, han alquilado una pequeña embarcación de recreo en Port-Joinville que les ha permitido abandonar la isla y alcanzar el puerto de Plaisance de l'Herbaudière.
El lugar en el que Jason atracó el yate antes de que toda esta aventura diera comienzo.
Desde entonces avanzan hacia el norte, dejando atrás la isla de Yeu y todo lo acontecido allí.
Oriol escucha unos pasos a su espalda.
Jason aparece con dos botellines de cerveza en una mano. Se deja caer a su lado y le ofrece uno.
—Reconoce que es buena vida —dice mientras se acomoda.
Oriol acepta la cerveza.
—Solo un necio diría lo contrario.
Jason sonríe, satisfecho.
Oriol lleva el botellín a los labios y bebe mientras contempla el mar.
A su alrededor no hay tierra, barcos ni construcciones.
Solo agua. Una extensión inmensa que parece prolongarse hasta el límite del mundo.
El yate avanza con suavidad, abriendo una franja blanca a su espalda, mientras la brisa le golpea el rostro y el sol de la tarde se refleja sobre la superficie.
—¿Crees que lo habrán encontrado ya? —pregunta Jason.
Oriol bebe otro trago antes de responder.
—Es bastante probable.
—Bueno… ¿No vas a darme las gracias por salvarte la vida?
Oriol gira la cabeza hacia él, sonriendo. Le sostiene la mirada durante unos segundos.
—La verdad es que siempre pensé que sería al revés, pero te doy las gracias, Jason. Tu extraordinaria habilidad con una llave inglesa me salvó la vida.
—No es por alardear, pero si hubiera llegado un segundo más tarde estarías muerto.
Oriol suelta un bufido.
—Tal vez si no hubieras tardado tanto no habría corrido ese riesgo.
Jason abre la boca, indignado.
—¡Venga ya! El coche estaba lejos. Tuve que ir hasta allí para coger la llave y volver sin hacer ruido. Yo no soy como tú. No soy esa especie de ninja que ha aprendido a pelearse en callejones oscuros.
Oriol se ríe.
Es una risa sincera, algo que últimamente aparece con frecuencia.
—Venga —apremia Oriol—. Aún estoy esperando a que termines, porque sé que no has acabado. Hazlo pronto para que pueda terminarme esta cerveza en silencio y disfrutar del mar.
Jason levanta un dedo.
—De acuerdo, en ese caso seré breve. Creo que también debemos mencionar la genialidad de que se me ocurriera colocarte un micrófono.
—Por supuesto.
—Gracias a eso obtuvimos la confesión de Henri Tessier que hemos añadido al USB con el vídeo de Isaac Le Floch. —Jason bebe de nuevo antes de añadir—. Al menos se ha hecho justicia con Célia.
Oriol ladea ligeramente la cabeza.
No responde. Porque en eso no está de acuerdo.
No se ha hecho justicia con Célia Tessier.
La muerte de Henri no compensa el daño. Quizá la grabación sea suficiente para que todo el mundo sepa lo que realmente ocurrió. Quizá Colette pueda, al fin, saber lo que realmente le sucedió a su hija.
Pero nada de eso es justicia.
No existe justicia posible para una niña a la que arrebataron la vida cuando apenas había comenzado a descubrirla.
El daño que este tipo de casos le hacen al inspector Duarte es incalculable y ha terminado de romperlo.
Durante años ha perseguido respuestas creyendo que encontrarlas servía para reparar el mal que generó esas incógnitas.
Ha detenido a asesinos que vagaban libres por las calles, ha descubierto secretos enterrados durante décadas y ha dado con la pista definitiva en casos que ya habían sido archivados.
Nada de eso ha traído de vuelta a las víctimas.
Hasta hace poco creía que este era su estilo de vida, que podía continuar haciendo lo que mejor se le da de manera indefinida.
Pero ya no es así.
No quiere convivir más con esa sensación, con el desasosiego que le ha obligado a tomar la decisión de parar.
Necesita tomarse un tiempo y conectar con los aspectos positivos del mundo que le rodea. Dejar de lado tanta tragedia y vivir una temporada alejado de crimenes atroces.
Ese es el verdadero motivo por el que está sentado en la cubierta de ese yate con destino a las islas Sorlingas.
El pequeño archipiélago británico situado en el Atlántico, frente al extremo suroccidental de Cornualles.
Será su primera parada. Jason dice que es un buen lugar para vivir una temporada y pasar desaparecido entre la población autóctona, cultivando narcisos y disfrutando de los paisajes.
Después de eso...
Después no hay ningún plan.
Cuando lleguen decidirán cuánto tiempo quieren quedarse. Quizá unos días. Quizá más. Después escogerán otro lugar y volverán a zarpar. No han estipulado una fecha límite.
Solo tendrán que decidir cómo quieren ocupar el tiempo de su nueva vida.
Jason guarda silencio ahora. Parece que se ha dado cuenta de que Oriol no está de acuerdo con su afirmación sobre Célia.
Durante varios minutos, los dos hombres se limitan a terminarse la cerveza y observar el horizonte.
—¿Estás seguro de que esto es lo que quieres? —pregunta Jason rompiendo el silencio.
Oriol lo mira y asiente lentamente.
—Sí. Ese ya no es mi sitio. No puedo ceñirme a unas normas que no comparto. No quiero perder mi vida pidiendo permiso para reabrir casos que la gente ha olvidado sin dar respuestas.
Jason permanece atento, sin interrumpirlo.
—Ya he cometido demasiadas irregularidades, Jason. La primera fue dejarte en libertad. —Hace una pausa—. No es bueno ni para mí ni para nadie que siga siendo agente de la Interpol.
—Entonces somos algo así como compañeros.
Oriol arquea una ceja.
—Supongo que sí.
—Pues tendremos que comprarnos un coche para patrullar las calles y elegir cómo vamos a llamarnos.
—Creo que has visto demasiadas películas.
Oriol observa la cubierta que los rodea. Madera impecable, asientos de piel, cristales oscuros. Es un yate de lujo.
—Por cierto, ¿a nombre de quién está este yate? Porque es de todo menos discreto.
—De un ciudadano inglés llamado Richard Cavendish.
Oriol arquea las cejas.
—¿Existe de verdad?
Jason adopta una expresión ofendida.
—Por supuesto que no. Hackeé el sistema e incluí su ficha. Richard Cavendish es un ciudadano ejemplar. Cincuenta y siete años, residente en Poole y con un historial intachable. Solo una multa de tráfico por no llevar puesto el cinturón hace más de quince años.
Oriol niega con la cabeza y vuelve la mirada hacia el mar.
El yate continúa avanzando y la costa hace tiempo que ha desaparecido a sus espaldas.
Pese al daño sufrido tras resolver el caso de Célia, siente cierta emoción por su cambio de vida. Era algo que necesitaba desde hace tiempo, aunque hasta ahora no se había atrevido a admitirlo. Ha pasado demasiados años aceptando que su vida debía avanzar por un camino trazado de antemano.
Ya no quiere vivir así.
Tal vez tenga algo que ver con su infancia. Quizá perdió una parte de sí mismo cuando su padre le privó de la libertad. Quizá por eso le resulta tan difícil aceptar que otros decidan por él.
O puede que simplemente necesite vivir su propia vida.
Quiere viajar. Conocer lugares nuevos. Despertarse sin saber dónde dormirá la semana siguiente.
Navegar, conducir, caminar por ciudades desconocidas sin que al final del trayecto lo espere la escena de un crimen.
Quiere aprender a relajarse. A ser feliz.
A escucharse a sí mismo antes que a todos los demás.
Y, sobre todo, quiere sentirse libre.
Quién sabe. Tal vez algún día conozca a alguien que merezca la pena. Alguien con quien quiera compartir algo más que unos días. Nunca se había planteado esa clase de futuro, pero ahora tampoco siente la necesidad de descartarlo.
Oriol mira de reojo a Jason.
Está tumbado en el asiento, con los ojos cerrados y el botellín apoyado sobre el abdomen.
El inspector Duarte sonríe.
Porque es muy consciente de que también puede cambiar pronto de opinión y aceptar la llamada del nuevo misterio que se presente ante él.
Si eso ocurre, ambos estarán preparados.
Pero esta vez no tendrán que pedir permiso a nadie.
—FIN—