30
Oriol Duarte ha escuchado la historia con atención, sin perder detalle y sin apartar los ojos de Henri Tessier.
En algún momento cometerá un error.
Mantiene las rodillas ligeramente flexionadas y los músculos tensos, preparado para reaccionar. No espera que la oportunidad sea perfecta. Le basta con un resquicio de duda; una distracción, un movimiento demasiado amplio de la mano que sostiene la pistola.
Entonces se abalanzará sobre él y le arrebatará el arma.
Y después...
Oriol aprieta los dientes.
Después no está seguro de ser capaz de contenerse.
Hubo una época en la que habría rechazado ese pensamiento.
Una época en la que todavía confiaba en la frontera que separa a los policías de los psicópatas a quienes persiguen, una línea que creía infranqueable y que, con los años, se ha ido difuminando hasta no distinguirse.
Las peleas clandestinas le sirvieron durante un tiempo para contener una parte de sí mismo aletargada.
Tras lo sucedido en Stade, Alemania, supo que necesitaba un cambio.
Aquello funcionó durante un tiempo, pero solo fue un parche.
La realidad es que tanto su propio pasado como ciertos casos lo han herido de manera irreversible
Ya no cree en la justicia. No cree en un sistema que para él no castiga lo suficiente a quien comete un delito capital. Le parece inconcebible que un asesino quede libre a los pocos años de cometer un crimen.
Se plantea la utilidad de perseguirlos, de poner su vida en riesgo en cada caso sin obtener el resultado que desearía, en una demostración constante de las diferencias entre la ley y la justicia.
Y ahora tiene delante a Henri Tessier.
Un hombre que provocó la muerte de su hija y que la arrojó al mar para protegerse a sí mismo.
¿Se puede ser más miserable?
Henri merece morir.
Su confesión ha servido para hacer que Oriol comprenda lo que sucedió aquella noche. Tal vez sea la única persona que haya entendido lo ocurrido.
Las piezas que llevaban días acumulándose en su cabeza han terminado de encajar: el medicamento, la mesilla, la confesión de Clovis, el frasco que Rémi hizo desaparecer después.
Los gemelos Clairmont eran niños. Dos niños haciendo una travesura que no alcanzaban a comprender. Le dieron a Célia una cantidad excesiva de Rivotril creyendo que trataba de un jarabe para el dolor de garganta; nunca pudieron imaginar las consecuencias.
La muerte de Célia, en última instancia, fue un accidente.
Una nefasta imprudencia acompañada de una mala decisión infantil.
Eso Henri no lo sabe.
Y Oriol no piensa decírselo. Ni a él ni a nadie si logra salir con vida de esta cueva.
Clovis y Edme no tienen por qué pasar el resto de sus vidas cargando con una culpa que nunca les correspondió. Ya han convivido demasiado tiempo con las preguntas, con el miedo a haber provocado algo terrible sin saber exactamente qué ocurrió. Eran niños. No hubo intención. No hubo maldad.
Henri, en cambio, sí tomó decisiones.
Todas malas y en cadena.
Hoy será él quien decida cómo aplicar la justicia y no le concederá ninguna clase de alivio.
—Ni siquiera has tenido el valor de decirle a tu mujer lo que hiciste —reprende Oriol.
Henri clava los ojos en él con la pistola firme en su mano.
—Bien —dice finalmente—. No quiero alargar mucho esto. Te he oído antes, en la playa. ¿De dónde sacaste la grabación?
Oriol arquea las cejas.
No quiere responder, pero es una buena manera de ganar tiempo. Cada segundo cuenta.
—Tu vecino Isaac Le Floch lo sabía —responde—. Había colocado una cámara apuntando hacia vuestra casa. Tal vez porque habíais discutido y temía que le rayaras el coche. O tal vez porque le gustaba mirar donde no debía. ¿Quién sabe?
Henri niega con la cabeza y mira al suelo.
Sucede en una mínima fracción de segundo, pero Oriol lo aprovecha para avanzar un paso.
Henri se percata y levanta de inmediato la pistola, endureciendo el brazo.
—Quieto.
Oriol clava sus pies en el suelo.
—Así que esa era la nueva pista que teníais —dice Henri.
Con un leve movimiento de cabeza, el inspector Duarte afirma con la cabeza.
Algo cambia en la expresión de Henri Tessier. Lentamente se convierte en la mirada decidida de un hombre que ha estudiado sus posibilidades y ha tomado una decisión.
—Entonces... no me queda más remedio que solucionar este desastre.
Gira la pistola y aprieta el gatillo.
El disparo retumba dentro de la cueva cuando Philipp Werner recibe el impacto en el pecho.
Su cuerpo se sacude, pero no cae. Permanece de pie con los ojos muy abiertos, mirando a Henri, incapaz todavía de comprender qué acaba de suceder.
Oriol no espera. Se acaba el tiempo y podría no haber una oportunidad mejor.
Se lanza sobre Tessier.
Los separan un par de metros e intenta salvar esa distancia con rapidez. Al apoyar el pie derecho para impulsarse, la mala suerte se ceba con él y la suela de su zapato encuentra una piedra húmeda en la que resbala.
Cuando pierde el equilibrio, sabe que está perdido. Aun así, no se rinde y estira el brazo.
Sus dedos buscan alcanzar a Henri, cualquier parte de su cuerpo o de su ropa a la que pueda aferrarse para tirar de él e intentar derribarlo. Las yemas llegan a rozar la tela.
Pero no es suficiente.
Henri retrocede y dispara.
La bala pasa junto a Oriol y golpea una de las paredes de la cueva. El proyectil rebota entre las rocas con varios chasquidos secos, violentos e imposibles de localizar.
Oriol cae primero sobre una rodilla y no pierde tiempo mirando atrás.
Flexiona las piernas para volver a impulsarse.
Cuando levanta la cabeza, Henri ya se sitúa delante de él con el cañón de la pistola apuntando directamente a su entrecejo.
Lo último que ve Oriol antes del estruendo es el dedo de Henri tensándose sobre el gatillo.