El regalo (Inspector Oriol Duarte 5) Año 2007
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Año 2007

Philipp se ha quedado dormido.

No era su intención. Había decidido esperar despierto hasta que Henri recogiese a su hija, pero el cansancio y el alcohol terminaron imponiéndose.

Durante un buen rato estuvo tumbado en el interior de la cueva, con las manos cruzadas sobre el pecho, pensando en lo que haría al día siguiente. Por fin dispondría de algo de dinero.

Henri le ha prometido una cantidad que para él supone una pequeña fortuna. Es bastante posible que no quede nada de ella en un par de días.

Se merece un capricho… O dos. Ha decidido comprar Duvel en lugar de cerveza de marca blanca. Siempre que ve esos botellines en los estantes se queda mirándolos con deseo.

Mañana será diferente; mañana podrá llevárselos consigo.

También ha pensado en dormir una noche en el hostal mugroso del puerto. El dueño le deja una habitación por diez euros cuando no tiene todas ocupadas.

No es gran cosa. Las sábanas tienen manchas y las paredes son tan finas que se escucha hasta cuando alguien tose dos habitaciones más allá, pero hay una cama.

Una cama de verdad, con colchón y somier.

Eso, por sí solo, supone un paraíso en comparación con su saco de dormir, donde solo una fina tela repleta de agujeros lo separa del suelo.

Se lo merece.

Eso es justo lo que piensa antes de quedarse dormido junto a la niña.

Hasta que los gritos lo despiertan.

Al principio forman parte del sueño. Una voz le llega desde algún lugar lejano y Philipp intenta apartarla, aferrarse unos segundos más al sopor. Entonces alguien vuelve a gritar y esta vez reconoce un nombre.

—¡Célia!

Abre los ojos, desorientado.

—¡Célia! ¡Despierta!

Philipp se incorpora de golpe.

Durante unos segundos no entiende dónde está. La oscuridad de la cueva lo abarca todo hasta que distingue la entrada y la claridad tenue que llega desde el exterior. Después ve al hombre.

Henri Tessier está arrodillado a pocos metros. Tiene a su hija entre los brazos.

—¡Célia! —grita otra vez—. ¡Célia, despierta!

La zarandea.

Philipp tarda demasiado en comprender qué hay de extraño en aquella imagen. La niña se mueve al ritmo de las sacudidas de su padre. La cabeza cae hacia un lado, después hacia el otro. Los brazos no ofrecen resistencia.

Henri vuelve a llamarla a gritos entre sollozos.

Philipp se pone en pie, tambaleándose.

—¿Qué pasa? —pregunta.

Henri gira la cabeza hacia él.

La luz de la luna que entra en la cueva apenas permite distinguir sus facciones, pero Philipp consigue ver sus ojos. Están enrojecidos, desorbitados. Hay algo en ellos que le hace detenerse.

—¿Qué le has hecho? —inquiere Henri.

—¿Qué?

Henri deja a la niña en el suelo y se levanta de un salto.

—¡¿Qué le has hecho?!

Se abalanza sobre Philipp antes de que pueda reaccionar. Lo golpea con todo el cuerpo y, aunque Philipp pesa bastante más que él, el impulso consigue hacerle perder el equilibrio. Los dos caen al suelo.

Henri queda encima.

—¡Hijo de puta! ¡¿Qué le has hecho?!

—¡Yo no le he hecho nada! ¿Qué coño dices?

Henri le asesta un puñetazo.

La cabeza de Philipp gira hacia un lado. El golpe no le hace daño. Henri no sabe pegar. Lo intenta de nuevo, con la desesperación de quien no busca hacer daño sino destruir aquello que tiene delante.

—¡La has matado!

Philipp deja de escucharlo, con su rostro orientado hacia Célia. La niña está tendida de lado.

La observa, y algo dentro de él empieza a desmoronarse.

Célia tiene los ojos entreabiertos, pero no mira a ninguna parte. Philipp espera ver el movimiento de su pecho. Una inspiración. Cualquier gesto que demuestre que sigue allí.

Nada.

Henri vuelve a golpearlo y él ni siquiera levanta los brazos para protegerse.

La piel de la pequeña refleja su palidez bajo la claridad que alcanza el interior de la cueva. Demasiado blanca e inerte.

El mar golpea las rocas en el exterior, pero Philipp deja de oírlo.

Ya no existe la cueva. Ni Henri. Ni los puñetazos.

Solo esa niña tendida en el suelo.

La niña que él ha sacado de su casa y cargado entre sus brazos. La niña que creía dormida.

—Yo no le he hecho nada —repite.

Henri sigue golpeándolo.

Los puñetazos se mezclan con insultos, amenazas y gritos que terminan convertidos en palabras incomprensibles.

Philipp podría apartarlo fácilmente, pero no lo hace.

Deja que le pegue. Deja que descargue sobre él toda su rabia porque, de alguna forma que todavía no consigue ordenar en su cabeza, siente que se lo merece.

Ha participado en esto. No importa que no supiera lo que iba a ocurrir. No importa que Henri le dijera que la niña estaría dormida.

Él entró en aquella casa, la cogió y la trajo hasta aquí.

Cuando Henri se agota, los golpes pierden fuerza hasta convertirse en manotazos torpes. Aparta por fin la vista de Célia porque no soporta seguir mirándola. Percibe la acusación de su mirada a través de unos ojos entreabiertos.

De pronto, la culpa se convierte en rabia.

Philipp se incorpora y aparta a Henri de encima con un movimiento brusco. El hombre cae de espaldas, pero vuelve a levantarse casi de inmediato y avanza otra vez hacia él.

Esta vez Philipp no se lo permite y lo golpea sin demasiada fuerza, pero la diferencia entre ambos es enorme y basta para que Henri vuelva a caer al suelo. Esta vez Philipp no deja que se levante. Se acerca, se agacha y lo agarra por el cuello de la camisa, obligándole a mirarlo.

Por la expresión de su rostro vencido parece que ha asimilado que Philipp podría destrozarlo con poco esfuerzo.

—¿Le diste algo? —pregunta Philipp.

Henri no responde.

—¿Le diste algo a la niña para que se durmiera? —insiste.

Silencio.

—Contéstame.

Henri empieza a llorar y Philipp aprieta los dientes.

De repente todo tiene sentido.

Que Célia estuviera tan profundamente dormida. Que no se despertara cuando él entró por la ventana. Que no reaccionara al levantarla de la cama ni mientras la llevaba hasta la cueva. Philipp no se había hecho preguntas porque Henri ya le había advertido que sería así.

Le aseguró que la niña estaría dormida.

Pero no está dormida. Está muerta.

—Eres un desgraciado hijo de puta.

Henri niega con la cabeza y cierra los ojos. No hace falta que responda.

Philipp vuelve la cabeza hacia Célia cargado de arrepentimiento. La ira se apodera de él.

Durante unos segundos piensa en apretar las manos alrededor del cuello de Henri hasta que deje de moverse igual que ha dejado de moverse su hija.

—Debería matarte. Pero voy a dejar que sigas vivo. Quiero que cada mañana, cuando abras los ojos, lo primero que recuerdes sea esto. Quiero que pienses en ella. Quiero que recuerdes que tú mataste a tu hija. —Hace una pausa—. Y espero que te atormente hasta el día en que te mueras.

Se cubre la cara con las manos sumido en un llanto incontrolable.

Philipp se levanta y se marcha sin atreverse a mirar a Célia de nuevo.

Sale de la cueva y avanza entre las rocas sin saber exactamente adónde va. Solo quiere alejarse de allí.

Sube hasta la parte superior del acantilado y continúa unos metros hasta encontrar un punto desde el que puede ver el mar. Se sienta en el borde.

Abajo, las olas revientan contra las rocas ambientando una noche propia de la peor pesadilla imaginable.

Sin capacidad de reacción, los minutos pasan sin que él se mueva. Mira hacia abajo y calcula la distancia.

No sabe cuántos metros hay hasta las rocas, pero sí sabe que son suficientes. Si se deja caer desde allí no tendrá que preocuparse por nada más. Ni por la policía. Ni por Henri. Ni por el remordimiento.

Puede saltar o puede esperar a que amanezca, vender la ranchera que ni siquiera arranca en el desguace y con el poco dinero que le den comprar cerveza.

Se acerca un poco más al borde y cierra los ojos.

Aguanta la respiración.

Cuando los abre, encuentra a Henri saliendo de la cueva.

Lleva a Célia desplomada sobre su hombro, con los brazos colgando a ambos lados del cuerpo.

Philipp se pone en pie y lo observa dirigirse hacia una lengua estrecha de roca que se adentra en el mar. Conoce esa zona. El fondo cae casi de inmediato y las corrientes son fuertes incluso cuando el agua parece tranquila. Con el mar así, embravecido, nadie en su sano juicio se acercaría.

El hombre alcanza la punta. Las olas chocan contra ambos lados del saliente y levantan agua suficiente para empaparle los pantalones. Henri se tambalea, pero consigue mantener el equilibrio.

Henri mira hacia el mar. Después baja la vista hacia Célia.

Desde donde está, Philipp no distingue su rostro, pero ve cómo la abraza.

Después de un largo minuto, Henri arroja a su hija al mar.

El pequeño cuerpo desaparece en la oscuridad.

Philipp alcanza a verlo una vez más cuando una ola lo levanta entre la espuma. Solo dura un instante. Después el agua lo arrastra hacia el espacio negro que se abre entre las rocas.

Y Célia Tessier desaparece.