El regalo (Inspector Oriol Duarte 5) Año 2007
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Año 2007

Henri Tessier hace el papel de su vida.

No tenía ni idea de lo bien que se le daba interpretar. Nadie, absolutamente nadie, se ha dado cuenta.

Tiene que contenerse para no mirar demasiado a Colette, por mucho que se deleite con su desesperación.

La mira de soslayo cada cierto tiempo, procurando que en su rostro aparezca una respuesta lógica a lo que está viviendo.

Trata de mostrar miedo, desconcierto y sufrimiento.

Ese dolor que cualquier padre mostraría tras perder a su hija.

Aunque sea mentira.

Le reconforta ver sufrir a su mujer.

Colette lleva varios minutos sentada en uno de los escalones de la entrada, con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos cubriéndole la cara.

Llora sin ningún pudor. Ya no intenta contenerse.

Cada cierto tiempo levanta la cabeza y repite las mismas palabras.

Un grupo de personas la rodea e intenta calmarla transmitiéndole mensajes esperanzadores.

—No debería haberla dejado sola… No debería haberla dejado sola —balbucea.

Henri la observa.

No, no deberías, piensa.

Después desvía la mirada antes de que alguien pueda reparar en su expresión cargada de odio.

Rémi tampoco está mucho mejor. Se mueve de un lado para otro sin encontrar un lugar en el que quedarse. Hace preguntas, se ofrece a ayudar, desaparece durante unos minutos y vuelve a aparecer para preguntar si hay novedades. Está pálido. Él también se merece algo así.

El plan se ha ejecutado a la perfección.

Como era de esperar, la desaparición de una niña en una isla pequeña no tarda en convertirse en una preocupación colectiva.

La noticia corre de una casa a otra y en menos de media hora la calle se llena de vecinos.

Algunos entran en la vivienda. Otros recorren los alrededores pronunciando el nombre de Célia.

Alguien propone revisar los caminos que conducen hacia La Croix.

Otro grupo se dirige hacia los campos. Un hombre asegura que deberían acercarse al puerto por si la pequeña ha seguido a algún adulto.

Henri escucha todas las propuestas y asiente. Incluso participa organizando los grupos.

Cada nueva dirección en la que alguien decide buscar le produce una satisfacción difícil de describir.

Porque nadie menciona el acantilado de Soux.

¿Por qué iban a hacerlo?

Célia tiene casi cuatro años. Nadie creerá que una niña de esa edad haya podido llegar hasta allí sola, caminando por el angosto y abrupto sendero que conduce hasta ese lugar.

Se decantan por lo lógico, por buscarla cerca de casa, recorriendo los caminos, preguntando en las tiendas y registrando cualquier rincón al que pueda haber llegado caminando.

Si amplían el radio, lo harán poco a poco.

Henri mira de nuevo a su mujer.

Colette se ha puesto en pie y habla con una vecina. No consigue terminar las frases. La mujer la abraza cuando vuelve a repetir que no debería haber dejado sola a Célia.

Henri aprieta los labios.

Hay algo que Colette no dice.

Tampoco debería haber desatendido a su hija para comportarse como una colegiala.

Tampoco debería haberse escabullido para verse a escondidas con el padre de dos niños cuyo rostro ahora está desencajado por el miedo. Es tarde y Rémi decide llevarlos a casa antes de volver para continuar colaborando en la búsqueda.

Henri se dirige al interior de su casa y sube las escaleras para dirigirse al dormitorio principal, donde hace solo unas horas su hija dormía plácidamente.

Coloca los brazos en jarra y pierde la mirada en las sábanas revueltas, pensativo. De repente, un recuerdo lo saca de su ensimismamiento: recuerda el frasco modificado de paracetamol.

¿Dónde lo ha dejado? No está seguro.

Intenta reconstruir sus últimos movimientos. La tensión del momento lo ha llevado a actuar demasiado deprisa y quizá haya cometido un error.

¿Lo olvidó en la mesilla de noche? No puede ser, allí no está.

Ha entrado y salido tanta gente de su casa en la última media hora que resulta imposible saber si alguien lo ha movido de sitio.

Henri aprovecha que en ese momento está solo. Entra en el baño y cierra la puerta.

Levanta la vista hacia el falso techo.

Se sube al borde de la bañera, desplaza una de las placas y mete la mano en el hueco donde lo ha escondido hasta ahora. Palpa con cuidado.

Nada. Tampoco está allí.

¿Lo ha tirado?

Sí. Ha debido ser eso. No concibe otra posibilidad. Además, era lo más seguro.

Aunque no lo recuerde, debe de haberlo hecho. Es lo más lógico.

Probablemente lo arrojó a la basura y ahora, con todo lo ocurrido, su cabeza mezcla unos momentos con otros. No sería extraño. Ha tenido demasiadas cosas en las que pensar.

Además, ¿por qué iba alguien a cambiar de sitio un inocente frasco de paracetamol?

La idea consigue tranquilizarlo.

Se mira en el espejo antes de salir. Necesita recuperar la expresión adecuada.

Dos agentes de policía han llegado hace un rato.

Malo Rousselet está al mando. Henri lo conoce desde hace muchos años, igual que prácticamente todos los habitantes de la isla.

Rousselet lleva más de tres décadas destinado en la isla de Yeu y está a punto de jubilarse.

Es un hombre tranquilo, al que no le gustan los problemas.

Henri lo ha visto intervenir en accidentes de tráfico, discusiones entre vecinos, peleas de borrachos y robos menores durante el verano.

Pero nunca en algo parecido a esto, y eso se nota.

Lo acompaña una mujer joven a la que Henri no había visto antes; parece novata. Tiene una libreta entre las manos y una expresión que intenta disimular sin demasiado éxito. Mira a Rousselet antes de hacer cada pregunta, esperando su aprobación.

Henri los observa desde la entrada de la casa.

Rousselet habla con los vecinos. La chica toma notas. Después cambian de persona y repiten el procedimiento. Preguntan quién ha visto a Célia por última vez, a qué hora, si tenía costumbre de salir de casa, si podía haberse marchado detrás de alguien.

Preguntas. Solo preguntas cuyas respuestas no van a conducirlos a ninguna parte.

Llega un momento en que Colette ya no puede más.

Henri la ve entrar en el salón arrastrando los pies, con los brazos pegados al cuerpo y la mirada perdida.

Lleva demasiado tiempo llorando. Tiene los ojos hinchados y el rostro enrojecido, y cuando alcanza el sofá ni siquiera se sienta con normalidad.

Se deja caer, vencida, y permanece allí con la cabeza inclinada.

Por primera vez desde que se instauró el caos, están solos.

El silencio solo se rompe por la voz que llega desde fuera. Es la del agente Rousselet, que en estos momentos habla con Isaac Le Floch.

Se acerca al sofá y se acuclilla junto a Colette. Ella tarda unos segundos en reparar en su presencia. Henri le pasa un brazo por los hombros y la atrae hacia él. Su mujer no ofrece resistencia. Apoya la cabeza contra su pecho y cierra los ojos.

—Lo siento —dice.

Henri baja la mirada hacia ella.

—No es culpa tuya —le susurra.

Le da un beso en la coronilla.

Colette niega lentamente.

—Tenías razón. No debí insistirte en dejar a Célia sola.

Henri permanece callado, saboreando aquellas palabras sin permitir que la satisfacción se adueñe de su rostro.

—Célia va a aparecer —dice—. Voy a coger el coche y voy a buscarla. No puede haber salido de la isla. Está aquí, Colette. En algún sitio. Y voy a encontrarla.

Ella levanta la cabeza. Lo mira de una forma que Henri no veía desde hacía mucho tiempo.

Necesita creer en él.

—¿Y si alguien le ha hecho daño?

Las últimas palabras consiguen salir de su boca antes de romper a llorar de nuevo.

Henri la abraza con más fuerza.

Siente cómo los sollozos sacuden el cuerpo de su mujer y mantiene la mejilla apoyada sobre su cabello. Desde fuera, cualquiera que pudiera verlos contemplaría a dos padres destrozados, unidos por el peor momento de sus vidas.

La imagen resulta perfecta.

—Voy a encontrarla —repite—. Y nosotros vamos a estar bien, ¿de acuerdo? Quiero que volvamos a ser una familia feliz.

Colette no responde. Continúa llorando.

Henri espera unos segundos antes de separarse de ella. Le sostiene el rostro entre las manos, la mira y le da otro beso, esta vez en la frente.

—Volveré pronto.

Se incorpora y sale de la casa.

Rousselet sigue hablando con Le Floch. Henri pasa junto a ellos sin detenerse. El agente levanta una mano para indicarle que después necesitará hacerle algunas preguntas y Henri asiente mientras sigue caminando.

Isaac Le Floch lo mira, pero aparta los ojos en cuanto su mirada se cruza con la de Henri.

Llega hasta el coche, abre la puerta y se acomoda al volante. Mete la llave en el contacto y arranca. Antes de incorporarse a la carretera mira hacia la casa una última vez.

Después pisa el acelerador y avanza unos metros.

La casa desaparece a su espalda y, cuando está seguro de que nadie puede verlo, Henri deja de interpretar.

Las facciones se le relajan. Sus manos descansan sobre el volante.

Y una sonrisa empieza a dibujarse en sus labios.