Año 2007
Henri Tessier observa a Élodie desde el otro lado de la mesa.
Se han quedado los dos solos.
Hace apenas unos minutos eran cuatro en aquel restaurante. Bebían, hablaban y fingían ser lo que se supone que son: dos matrimonios que han encontrado una excusa para salir de casa un rato. Ahora solo quedan ellos dos, un par de vasos a medio terminar y una conversación que Henri apenas escucha.
Élodie habla demasiado de asuntos que para él carecen del más mínimo interés. Le cuenta algo acerca de una mujer con la que se ha cruzado esa mañana, después salta a una historia sobre una tienda y de ahí pasa a quejarse de un problema que ha tenido con el coche.
Henri asiente cuando cree que corresponde. Alguna vez incluso fuerza una sonrisa sin saber si procede. No tiene ni idea de qué contestar.
En su mente solo hay una pregunta que se repite en bucle.
¿Ella lo sabe?
Tal vez Élodie no tenga ni idea de que su marido está ahora mismo en algún lugar cercano con Colette. Quizá crea de verdad que Rémi ha salido un momento a por tabaco y que ha coincidido con que Colette ha ido a comprobar que los niños estén bien.
También existe la posibilidad de que lo sepa perfectamente y lleve meses haciendo lo mismo que Henri: fingir que no ocurre nada.
Henri baja la mirada hacia su vaso.
Da igual lo que Élodie sepa o no. Él lo descubrió hace tiempo.
Al principio solo fueron sospechas. Pequeños detalles aislados a los que no dio importancia. Después llegaron las coincidencias, las ausencias, ciertas miradas que se alargaban más de la cuenta. Hasta que un día siguió a su mujer y todas las dudas se disiparon.
Colette y Rémi.
Solo pensar en ellos dos juntos le acelera el pulso. Le asquea imaginar que esas cenas no son más que un plan orquestado entre ambos para reírse de él.
Élodie sigue hablando sin que Henri le preste atención.
Durante meses ha pensado en enfrentarse a Colette, en plantarse frente a ella y exigirle que reúna el valor para ser sincera. Pero el que no se atreve es él.
Porque la realidad es que le aterra la idea de perder a su mujer.
Puede estar furioso con ella. Puede sentir que lo ha humillado y ridiculizado, que no se merece su cariño, pero no puede negar que sigue queriéndola y que desea recuperarla.
Eso es lo único que importa ahora.
Por eso esta noche todo va a cambiar.
Lleva tiempo preparándolo.
No es una decisión tomada en caliente ni una ocurrencia provocada por los celos.
Lo ha pensado una y otra vez, ha repasado cada detalle hasta convencerse de que puede funcionar.
Colette necesita un escarmiento. Necesita comprender lo que está poniendo en peligro.
Sentir el dolor que supondría perder aquello que más quiere.
Solo entonces lo entenderá.
Y lo hará gracias a él y a Célia.
Siente una punzada de incomodidad al pensar en su hija, pero aparta rápidamente cualquier duda. No va a ocurrirle nada. Por supuesto que no. Ella ni siquiera sabrá lo que está pasando. Solo será una pequeña parte del plan.
Unas horas de su colaboración serán suficientes para salvar su matrimonio.
Le resulta curioso que siempre haya sido él quien se opusiera a dejarla sola.
Desde la primera vez que Colette propuso aquellas cenas, Henri dejó claro que no le parecía bien dejar a Célia sola en casa. Su mujer, sin embargo, insistía en que estarían muy cerca y que, si ocurría algo, tardarían apenas unos minutos en volver.
—Eres un amargado, Henri —le decía.
Cuántas veces habrá escuchado esa frase o alguna de sus variantes… Que siempre encuentra un problema para todo. Que no sabe disfrutar. Que se pasa el tiempo discutiendo en lugar de pasarlo bien. Que debería relajarse un poco, dejarse llevar y permitir que las cosas fluyan.
Fluir.
Colette utiliza mucho esa palabra últimamente.
Élodie se lleva el vaso a los labios y mira hacia el interior del restaurante, quizá preguntándose por qué su marido tarda tanto en volver.
Henri la observa con atención y consulta la hora en su reloj.
Ya falta poco.
Célia no se enterará de lo que va a suceder esta noche. No verá a nadie entrar en su habitación, no se asustará ni hará preguntas. Cuando despierte, todo habrá terminado. Para ella será una noche más, como tantas otras, sumida en un sueño profundo.
La idea se le ocurrió hace un par de semanas.
Fue Colette, paradójicamente, quien puso la primera pieza en su camino al ordenarle que limpiara el armario de los medicamentos.
Henri protestó, por supuesto. Últimamente protesta por casi todo, según ella.
Aun así, terminó haciéndolo y, entre cajas olvidadas de fármacos que llevaban años sin utilizar, encontró un antiguo frasco de Rivotril en gotas que le habían recetado a Célia cuando solo tenía un año, después de que un pico de fiebre le provocara una convulsión febril.
Por suerte, nunca llegaron a usarlo.
Célia no sufrió ninguna otra crisis y no tuvieron que recurrir a aquella medicación de rescate: un sedante potente que relaja el tono muscular y provoca un sueño profundo.
Henri sostuvo el frasco durante unos segundos mientras una idea comenzaba a abrirse paso en su mente.
Hubo que perfeccionar el plan, claro. Al principio fue solo una ocurrencia disparatada. Después, la idea fue tomando forma a medida que pensaba en ella, hasta el punto de convertirse en una obsesión.
Vertió parte del contenido del frasco de Rivotril en otro casi acabado de paracetamol y se lo guardó en el bolsillo.
Después le dijo a Colette que el Rivotril estaba caducado y se aseguró de que ella lo viera tirarlo a la basura.
Si alguna parte del plan se torcía, debía tener las espaldas cubiertas.
Escondió el frasco manipulado de paracetamol en el falso techo del cuarto de baño y aguardó pacientemente hasta que, hace dos días, se presentó el momento adecuado: Célia se acatarró y comenzó a quejarse de dolor de garganta.
Entonces Henri comprendió que aquella era la oportunidad que llevaba esperando.
El universo había querido que sucediera de esa manera.
Por eso, esa misma noche, antes de salir de casa, ha recuperado el falso frasco de paracetamol de su escondite y le ha administrado a su hija una pequeña cantidad del medicamento sedante oculto en su interior.
Le tranquiliza pensar que ha calculado la dosis, ajustada a su nuevo peso, que el pediatra le recetó en su día. Solo quiere que Célia duerma profundamente cuando vayan a por ella.
Antes de abandonar la casa, dejó la ventana abierta, tal como le había prometido a Philipp Werner.
El hombre perfecto para confiarle el secuestro pactado de su hija; el único capaz de obedecer cualquier orden a cambio de unos cientos de euros para comprar cerveza. Alguien a quien nadie creerá si mete la pata y acaba delatándolo.
Solo tuvo que acercarse a él y proponerle una tarea fácil a cambio de dinero.
Como no podía ser de otra manera, Werner aceptó.
Es un plan sencillo.
Entrará por la ventana. Cogerá a Célia, que estará profundamente dormida, y saldrá por el mismo sitio. Después llevará a la niña hasta el lugar acordado: la cueva del acantilado cercano a la playa de Soux.
Henri hará el resto.
Cuando su mujer descubra que Célia ha desaparecido, comenzará el caos. Colette se derrumbará. Habrá gritos, desesperación, sufrimiento. Tendrá que afrontar las consecuencias de su deplorable comportamiento.
Él dejará que sufra un poco. Solo lo necesario para provocar una reacción.
Cuando considere que la lección está aprendida, encontrará la manera de escabullirse e irá a por su hija.
Werner lo estará esperando junto a Célia, todavía dormida, y la recuperará sana y salva.
Será un héroe.
Habrá salvado a su familia después de hacer que Colette experimente durante unas horas el terror de perder aquello que más quiere.
Necesita que comprenda de una vez que no puede continuar comportándose como una adolescente irresponsable, escapándose con el marido de otra mientras deja a su hija sola en casa.
Henri imagina a Colette cuando todo haya acabado. La ve abrazando a la niña, llorando, incapaz de separarse de ella. Se imagina acercándose a ambas, rodeándolas con los brazos.
Los tres juntos de nuevo.
Élodie lo saca de sus pensamientos al anunciar que su marido está de vuelta.
Henri levanta la cabeza y ve a Rémi acercarse.
Ahí está el muy cabrón.
Regresa con una sonrisa relajada y una cajetilla de tabaco en la mano. Camina hacia la mesa sin la menor prisa, se coloca detrás de Élodie y le da un beso en la coronilla antes de ocupar la silla a su lado.
Henri tiene que apartar la mirada porque el gesto le resulta repugnante.
La conversación se recompone rápidamente. Rémi hace algún comentario sobre lo lejos que ha tenido que desplazarse para encontrar tabaco. Élodie retoma la absurda historia que estaba contando y los demás fingen escuchar.
Poco después llega el primer grito.
Lejano al principio, pero lo bastante intenso para atravesar el murmullo del restaurante y hacer que varias personas vuelvan la cabeza.
Henri reconoce de inmediato la voz de Colette.
Un segundo grito.
Esta vez, desesperado.
Élodie deja de hablar.
Rémi se levanta, atónito.
Henri lo imita.
Y mientras todos a su alrededor intentan comprender qué sucede, él es muy consciente de ello.
La función acaba de comenzar.