El regalo (Inspector Oriol Duarte 5) 27
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Philipp abre los ojos.

Ha bebido demasiada cerveza y el mundo gira a su alrededor.

Ha estado a punto de quedarse dormido, pero algo lo ha sacado de su letargo.

La última lata sigue a su lado, encajada entre dos piedras para que no ruede hacia el agua, y la caña permanece exactamente donde la ha dejado, inclinada hacia el mar.

Hay un hombre a pocos metros que lo mira fijamente.

Parpadea varias veces, sorprendido. Nadie viene nunca hasta allí.

Precisamente por eso eligió aquel sitio hace años como uno de sus principales asentamientos.

No hay senderos cómodos que conduzcan hasta las rocas, ni arena donde extender una toalla, ni nada que pueda interesar a los turistas porque, además, las aguas son muy peligrosas para el baño.

Ese rincón es suyo.

Allí puede pasar horas tumbado, con los brazos detrás de la cabeza, esperando que algún pez tenga la mala idea de morder el anzuelo.

A veces pesca algo. La mayoría de las veces, no.

Le da igual. Lo importante es que nadie le habla, nadie le hace preguntas y nadie le dice dónde puede o no puede estar.

Solo regresa a Port-Joinville cuando necesita cerveza.

Entonces sube hasta el puerto, compra lo que puede y regresa.

Su mísera pensión solo sobrevive unos días después de cobrarla.

Nunca ha sabido administrar el dinero y tampoco se esfuerza demasiado en aprender a estas alturas.

Cuando se queda sin él, roba todo lo que puede.

Comida, bebida, cualquier cosa que pueda necesitar y sea fácil de esconder.

También recorre los contenedores de la isla buscando metales, cables, piezas viejas, restos de electrodomésticos y cualquier chatarra por la que pueda sacar algo en el pequeño astillero del puerto donde le compran algunas cosas a cambio de calderilla.

Allí van acumulándolo todo hasta que, una vez por semana, llega un barco que carga el material aprovechable y se lo lleva para reciclar.

No es gran cosa, pero le permite comprar cerveza.

Philipp entorna los ojos para enfocar y descubre entonces que ese hombre plantado de pie junto a él no es un desconocido.

Lo ha visto antes. Hace unos días, en la playa de la Gournaise.

El recuerdo lo aviva y le despeja parte del mareo. Aquel hombre estaba furioso; le clavó una mirada que pretendía intimidarlo, una de esas cargadas de rabia que Philipp conoce demasiado bien porque lleva media vida recibiéndolas.

Ahora lo tiene delante.

Es joven. Bastante más joven que él. Va limpio, aseado y desprende ese aire de suficiencia de la gente que todavía tiene una casa a la que volver cada noche y ropa decente esperando en un armario.

Como todos aquellos con los que se cruza por el puerto y apartan la mirada antes de cambiarse de acera.

Philipp sonríe.

—¿Hablas francés? —pregunta el hombre.

El tono es serio. No parece haber bajado hasta allí para mantener una conversación agradable.

—Depende de quién lo pregunte.

El hombre aprieta los labios antes de hablar.

—Lo pregunta el inspector Oriol Duarte, agente de la Interpol.

La palabra consigue lo que no ha logrado su mirada.

Philipp retira los brazos de detrás de la cabeza y se incorpora con torpeza hasta ponerse en pie. El movimiento hace que el paisaje se desplace durante un instante ante sus ojos. Cierra los párpados, espera un segundo y vuelve a abrirlos.

Ha bebido demasiado.

—¿De la Interpol? —repite.

Oriol Duarte asiente despacio.

Philipp se pasa una mano por la barba y mira alrededor. Primero hacia las rocas, después hacia el mar y finalmente hacia el bosque.

Es entonces cuando descubre que hay otra persona.

Está más lejos, agazapado entre las rocas que dan comienzo al acantilado. No es capaz de ver bien a lo lejos, con lo que no puede saber quién es. Solo sabe que ese inspector no se ha atrevido a venir solo.

Philipp deja de sonreír.

—¿Qué es lo que quieres de mí? —pregunta.

Coloca los brazos en jarra y sacude la cabeza para vencer el mareo.

Se yergue; es más alto que el tal Duarte y, sobre todo, mucho más voluminoso.

Fácilmente le saca veinte o treinta kilos.

Está borracho, sí, pero si aquel tipo ha bajado hasta allí buscando pelea, peleará.

No sería la primera vez. Y en una pelea el peso importa y juega a su favor.

El otro hombre todavía está demasiado lejos para intervenir.

—Quiero hablar de la noche en que desapareció Célia Tessier.

Esa frase lo serena por completo. El mareo desaparece de repente y se tensa; siente cómo su corazón ha comenzado a bombear con mucha fuerza.

Célia Tessier. Otra vez ese nombre.

Philipp se queda inmóvil. Hacía mucho tiempo que nadie lo pronunciaba delante de él. Años. Pensaba que por fin podría continuar con su vida sin que nadie volviera a sacarle el tema.

Le resulta curioso que ese hombre la haya mencionado allí.

Precisamente allí.

Porque fue en ese lugar donde...

—No sé de quién me hablas —miente.

Duarte lo observa con una media sonrisa. Después inspira profundamente, llena los pulmones, retiene el aire durante un segundo y lo expulsa de golpe. Da un paso hacia él.

—Voy a serte sincero. Me está costando mucho controlarme, porque lo cierto es que lo que más deseo en este momento es estamparte el cráneo contra esas rocas hasta que dejes de respirar.

Eso no se lo esperaba. Intenta contestar, pero está tan sorprendido que no le salen las palabras.

—Tengo una grabación en la que se te ve llevando a Célia en brazos —continúa Duarte—. Así que te lo voy a preguntar una vez más. Solo una. Y esta vez quiero que me cuentes la verdad. ¿Qué hiciste con Célia Tessier?

Philipp lo mira sin reaccionar.

¿Este hombre es policía de verdad?

Acaba de decirle que quiere matarlo. Se pregunta si aquella escena está sucediendo en realidad o es producto de su imaginación.

Un supuesto inspector de la Interpol acaba de plantarse delante de él, sin testigos, en un rincón apartado de la isla, y le ha explicado con absoluta tranquilidad que está deseando darle una paliza.

Y peor aún, dice que tiene una grabación.

No. No puede ser.

Eso es mentira.

Tiene que serlo.

Si existiera una grabación de él con Célia en brazos, no habrían transcurrido todos esos años sin que nadie fuera a buscarlo. Lo habrían detenido aquella misma noche o al día siguiente. Habrían registrado sus cosas, lo habrían interrogado hasta averiguar...

Está mintiendo.

Ese hombre solo está intentando asustarlo.

—¿Dices que eres policía?

—Sí.

—Enséñame la placa.

Oriol chasquea la lengua.

Y todo sucede muy rápido.

Philipp no llega a ver cómo inicia el movimiento porque lo lleva a cabo a una gran velocidad.

Duarte gira sobre sí mismo y Philipp siente un impacto brutal en la parte posterior de las piernas.

Las rodillas se le doblan. Su centro de gravedad desaparece y sus cien kilos dejan de ser una ventaja para convertirse en un problema.

Cae de espaldas.

El golpe contra el suelo le vacía los pulmones. Se le escapa un gemido y durante unos segundos solo puede quedarse tumbado, incapaz de respirar, con la boca abierta y las costillas aún vibrando.

Cuando consigue enfocar de nuevo la vista, tiene una placa de policía a pocos centímetros de los ojos.

Duarte la sostiene delante de su cara.

—Aquí la tienes. ¿La ves bien?

Philipp no puede responder. Un nuevo golpe llega de lado.

El metal le cruza la mejilla y un fogonazo de dolor le hace girar la cabeza. Nota cómo la piel se abre y enseguida siente algo caliente deslizándose hacia la barba.

No entiende qué está pasando.

Lo han detenido muchas veces. Robos, peleas, altercados, borracheras. Conoce la metodología de la policía y sabe hasta dónde suelen llegar. Ha recibido empujones, algún golpe disimulado y amenazas de todo tipo.

Pero nunca algo así.

—¿Te vale o quieres verla otra vez?

Philipp levanta una mano.

—Para... Por favor.

Oriol guarda la placa.

—¿Qué hiciste con Célia Tessier?

—Yo no... Yo no le hice nada. Lo juro.

—¿Por qué te la llevaste?

—Yo... Yo solo...

—¿Tú solo qué? ¡Dilo! —grita.

Philipp abre la boca, pero las palabras no salen.

Y entonces ve algo. Una silueta detrás del inspector Duarte.

Alguien se aproxima entre las rocas aprovechando que el mar embravecido amortigua el sonido de sus pasos.

Oriol está demasiado concentrado en él. Demasiado furioso.

Philipp devuelve la mirada a Oriol y se arrepiente en el acto. Un puñetazo le alcanza de lleno.

Esta vez no hay metal. Solo el puño.

El impacto le sacude la cabeza contra el suelo con tal fuerza que pierde la visión. No siente dolor al principio, solo un temblor que le atraviesa el cuerpo entero.

Ese hombre sabe pegar.

Cuando consigue abrir los ojos, distingue el brazo de Duarte elevándose otra vez.

—¡No! —ruega.

Pero el puño desciende y le impacta una vez más en la cara.

Philipp se gira instintivamente y se encoge sobre un costado. Se lleva las manos a la cabeza, protegiéndose la cara mientras intenta alejarse arrastrándose por las piedras.

—¡Yo no la maté! —grita—. ¡Yo no maté a esa niña!

—Entonces dime qué hiciste.

Oriol lo agarra de la ropa y tira de él, obligándolo a girarse.

—¡No sabes lo que pasó! —exclama Philipp entre gemidos.

Duarte se detiene.

—Cuéntamelo.

Philipp respira por la boca. Nota sangre en los labios y en la mejilla. Tiene la cabeza embotada y alza una mano pidiendo una pausa. Ahora solo quiere ganar tiempo.

Porque el hombre que se acerca despacio está mucho más cerca y ahora sí lo reconoce.

Tres metros.

Oriol sigue sin captar su presencia.

—Yo... —balbucea Philipp.

Duarte se inclina hacia él.

—Habla.

Philipp mira por encima de su hombro.

Entonces una voz se impone sobre el ruido del mar.

—Quieto o disparo.