El regalo (Inspector Oriol Duarte 5) 26
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El Suzuki avanza despacio por un sendero que no merece ese nombre.

Oriol lleva varios minutos conduciendo entre árboles, con las ramas invadiendo los márgenes y la vegetación cerrándose a ambos lados del vehículo.

La playa de Les Soux es una de las más recónditas de la isla y llegar hasta ella exige abandonar las carreteras principales, internarse en el bosque y seguir una estrecha pista de tierra que en algunos tramos parece a punto de desaparecer bajo la maleza.

Jason observa por la ventanilla mientras avanzan.

Oriol lo imita cada vez que el terreno le permite apartar la atención del camino.

Buscan cualquier indicio: una tienda de campaña, restos de comida, ropa tendida entre los árboles, una bicicleta, huellas recientes, algo que arroje luz sobre el paradero de Philipp Werner.

Todavía no han encontrado nada, aunque eso no consigue inquietar al inspector Duarte.

Werner puede moverse por la isla, cambiar de playa, dormir una noche en un bosque y la siguiente junto a un acantilado. Es indiferente. La isla tiene un tamaño limitado y tarde o temprano lo encontraran.

El teléfono de Oriol comienza a sonar cuando el Suzuki supera uno de los tramos más estrechos del sendero. Mira la pantalla y reduce la velocidad.

—Hola, Elsa —saluda al descolgar.

—He encontrado lo que me pediste.

La voz de Elsa Wolf suena por los altavoces. Oriol detiene el coche en un ensanchamiento de tierra y apaga el motor. Jason se vuelve hacia él.

—Te escucho.

—He estado revisando el caso para entender los motivos por los que la fiscalía alemana se unió a la investigación de Célia Tessier. Resulta que recibieron una pista anónima.

Oriol apoya una mano sobre el volante.

—Déjame adivinar. Un pequeño fragmento de vídeo en el que se ve a Werner llevando a Célia en brazos.

Al otro lado se produce un silencio.

—¿Cómo lo has sabido?

—Es una larga historia. ¿Tienes algún informe?

—Varios. Están desclasificados e impresos para que no queden digitalizados, por eso no tienes acceso a ellos con tu credencial de la Interpol y yo he tenido que pedirle un favor a un amigo de Berlín.

No pienso enviártelos ni hacerles fotos.

No estoy tan loca y tengo una hipoteca que pagar.

Así que vas a tener que conformarte con que te cuente lo que he leído.

—Me vale, Elsa. Cuéntame.

Oriol saca una libreta de la guantera para tomar notas, pero no encuentra ningún bolígrafo. Jason se da cuenta y se gira hacia el asiento trasero, donde localiza uno junto a la llave inglesa. Se lo tiende y Oriol se lo agradece con un gesto de la cabeza.

—Alguien envió un vídeo desde Francia a un canal anónimo de la policía federal alemana. El archivo iba acompañado de un texto muy breve, escrito en francés. Decía que el hombre que aparecía en las imágenes era Philipp Werner y que la niña que llevaba en brazos era Célia Tessier.

Oriol mira al frente, hacia el camino que continúa adentrándose entre los árboles.

—¿Has podido ver el vídeo?

—No, lo borraron. Hay un informe que lo describe como una grabación en blanco y negro de mala calidad en la que, efectivamente, se ve a un hombre cargando en brazos a una niña.

Se abrió una investigación, pero no consiguieron determinar que la acusación fuera cierta.

Ni al hombre ni a la niña se les veía la cara con suficiente claridad para identificarlos.

Y había otro problema importante: el vídeo no tenía fecha ni hora.

Nada permitía demostrar cuándo se había grabado.

—Podía ser cualquier hombre llevando a cualquier otra niña en cualquier otro momento.

—Exacto. Ni siquiera pudieron acreditar eso de forma concluyente.

—¿Por eso no continuaron investigando? —inquiere Oriol.

—En parte. También coincidió con una época bastante complicada aquí.

La policía venía de recibir un golpe importante por otra investigación que había traspasado ciertos límites y que acabó convirtiéndose en un escándalo muy mediático.

Había bastante presión sobre determinadas actuaciones policiales sin una base suficientemente sólida.

Con Werner tenían una denuncia anónima, un vídeo sin fecha, imágenes deficientes y ninguna forma de identificar con seguridad a las dos personas que aparecían en él.

No era suficiente para seguir avanzando contra un ciudadano alemán por unos hechos que, además, supuestamente habían ocurrido en Francia.

—Así que cerraron el asunto.

—La investigación alemana, sí. Pero no lo ignoraron por completo. Prepararon un informe sobre Philipp Werner, incluyeron sus antecedentes y toda la información que tenían sobre él, y dieron aviso a la gendarmería francesa para que quedara constancia. Después desclasificaron el resto.

Oriol aguarda en silencio unos segundos.

Ahora entiende por qué, tantos años después, Colette recordaba a la policía alemana haciendo preguntas sobre la ropa que llevaban aquel día.

No estaban investigando la desaparición de Célia desde cero.

Intentaban averiguar si aquel vídeo podía pertenecer realmente a esa noche.

Por fin han descubierto el motivo por el que la fiscalía alemana sospechaba de Werner desde el principio.

—Muchas gracias por todo, Elsa. Te debo una.

—Espero que te sirva.

Oriol mira a Jason antes de responder.

—Más de lo que imaginas.

Cuelga el teléfono y dirige una mirada a Jason.

—Acertaste.

—Era lo más lógico. Al final, esto es un juego en el que se trata de deducir. Si pones las piezas en su sitio, acabas encontrando la salida del laberinto.

Jason está a punto de decir algo cuando se fija en un punto más allá de la playa.

—Mira.

Señala hacia la base del acantilado.

Oriol sigue la dirección de su dedo. Al principio solo distingue las rocas oscuras que se acumulan junto al agua, pero después descubre una caña de pescar encajada entre dos piedras.

Está inclinada hacia el mar, con el sedal perdiéndose entre las pequeñas olas que rompen contra la costa.

Unos metros más atrás, la pared rocosa forma una abertura estrecha que da acceso a una pequeña cueva.

No hay nadie junto a la caña.

Oriol examina el mar. Tampoco ve a ningún bañista ni a alguien nadando cerca de las rocas.

—¿Nos acercamos? —pregunta Jason.

—Sí. Esa caña tiene que ser de alguien. Averigüemos quién es.

Dejan atrás el Suzuki y continúan a pie.

La arena termina pronto y da paso a una franja irregular de piedra que los obliga a reducir el paso.

Oriol busca dónde apoyar los pies mientras avanza hacia el acantilado.

El mar golpea abajo con una cadencia tranquila, dejando espuma entre las grietas antes de retirarse.

El aire trae salitre y pequeñas gotas de agua que alcanzan las rocas más próximas a la orilla.

A esa distancia, el rumor de las olas se impone sobre cualquier otro sonido.

La caña aparece y desaparece entre las formaciones de piedra a medida que avanzan.

Cuando están a menos de veinte metros, Oriol distingue algo junto a una roca plana.

Se detiene.

Un hombre está tumbado boca arriba.

Desde donde se encuentran solo ven parte de su cuerpo.

Lleva unos pantalones gastados y una camiseta que alguna vez debió de ser clara.

Tiene las piernas estiradas y los brazos cruzados detrás de la cabeza.

De vez en cuando levanta una mano y hace un movimiento perezoso delante de la cara para espantar alguna mosca que se acerca demasiado.

Oriol da dos pasos más.

Ya puede verle el rostro.

La barba descuidada. El pelo largo. La piel castigada por demasiadas horas bajo el sol.

—Es él —murmura.

Jason se tensa a su espalda. Su mirada pasa inmediatamente del hombre a la entrada de la cueva y después recorre las rocas de alrededor, buscando cualquier otra presencia.

Oriol continúa observando a Werner.

Lo han encontrado.

—Quédate lejos —dice Oriol—. No te acerques demasiado.

Jason lo mira.

—¿Seguro que no quieres que avisemos a la policía?

—Puedo encargarme. Haz lo que te digo.

—De acuerdo. Pero llévate esto.

Jason se mete una mano en el bolsillo y saca la pequeña caja negra de plástico que cogió de la guantera.

La abre y extrae un pequeño dispositivo parecido a un botón.

Oriol lo reconoce de inmediato. Es un micrófono y no le hace falta preguntarle por qué le sugiere que lo lleve.

Jason se lo ajusta cerca del cuello de la camiseta, donde pasa desapercibido.

—Reconozco que es una buena idea —dice Oriol.

Jason sonríe, orgulloso.

Se despiden y Oriol reanuda la marcha.

Avanza solo los últimos metros mientras Jason se queda atrás. Werner continúa con los ojos cerrados. La punta de la caña se mueve ligeramente con el agua, aunque él ni siquiera se molesta en comprobarla.

Cinco metros. Tres. Dos.

Oriol pisa una piedra suelta y esta se desplaza bajo la suela.

Werner no reacciona.

Solo cuando Oriol se coloca a su lado, a poco más de medio metro, el hombre percibe que alguien le está tapando parte de la luz. Abre los ojos y gira la cabeza.

Durante un instante, la sorpresa se apodera de su expresión.

Lo mira a los ojos.

Oriol espera una reacción defensiva, quizá que se incorpore de golpe o que le pregunte quién es y qué quiere.

Pero Werner no hace ninguna de esas cosas.

En lugar de eso, sonríe.