El regalo (Inspector Oriol Duarte 5) 25
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Markus está agotado. El repiqueteo constante de la lluvia contra el parabrisas, monótono e hipnótico, amenaza con vencerlo.

El paisaje apenas ha cambiado desde que dejaron atrás la periferia de París.

Campos verdes, pequeños núcleos de población con sus características torres de agua elevándose sobre las llanuras y largas rectas que parecen no terminar nunca.

Tiene los hombros rígidos y nota los ojos secos después de tantas horas despierto, pero ni siquiera se plantea detenerse.

Desde que salieron de Santander, todos sus esfuerzos se han centrado en encontrar la manera más rápida de llegar a la isla de Yeu.

Un coche patrulla los llevó hasta Bilbao y allí consiguieron subir al primer avión con destino a París.

Los problemas comenzaron nada más aterrizar.

El siguiente vuelo a Nantes no salía hasta siete horas después y no estaban dispuestos a esperar tanto.

Alquilaron un coche en el aeropuerto y Markus se puso al volante.

Lleva más de tres horas conduciendo sin detenerse cuando el navegador anuncia que faltan veintidós minutos para llegar a Fromentine. En el puerto los espera una lancha de la Guardia Costera francesa que los llevará hasta la isla de Yeu.

Lefebvre se ha encargado de moverlo todo desde Lyon. Markus no recuerda la última vez que vio a su jefe tan implicado en algo. A su juicio, solo puede significar una cosa: él también está preocupado.

—¿Quieres que vuelva a llamar? —pregunta Gisèle.

Markus niega con la cabeza sin apartar la vista de la carretera.

—Déjalo. Lefebvre ha dicho que nos informará en cuanto tenga novedades. Me parece increíble que hayamos llamado varias veces y no nos contesten.

Gisèle deja el teléfono sobre sus piernas.

—Es una isla con poca población. Imagino que debe de haber cinco policías como máximo.

—Eso me da igual, Gisèle. Por pocos que sean, descolgar el teléfono e informar no cuesta nada.

Ella lo observa unos segundos.

—Tranquilízate, Markus. Estamos haciendo lo que podemos. No hemos parado ni un segundo desde que salimos de Santander.

—No es suficiente —espeta él.

Sabe que la respuesta es injusta. Gisèle no tiene la culpa y, probablemente, tampoco esos policías a los que lleva horas maldiciendo. Pero la sensación de ir siempre unos pasos por detrás empieza a resultarle insoportable.

En ese instante, la pantalla del navegador cambia. El mapa desaparece y un nombre ocupa el centro.

Es Lefebvre .

El tono de llamada suena por los altavoces.

Markus pulsa el botón del volante antes de que termine el primer tono.

—Hola, jefe.

—Hola, Markus. ¿Dónde estás?

La voz llena el habitáculo.

—Llegando a Fromentine. A unos veinte minutos.

—¿Está Gisèle contigo?

Markus gira ligeramente la cabeza hacia ella.

—Sí, claro. Está a mi lado.

Gisèle también lo mira. Los dos perciben algo distinto en su voz.

Su energía brusca e inconformista ha desaparecido dando paso a un tono sereno y tranquilo que no augura nada bueno.

Markus afloja el pie sobre el acelerador.

—¿Va todo bien, jefe?

Lefebvre no responde.

Se escucha su respiración al otro lado de la línea.

—¿Jefe?

—No sé muy bien cómo decirte esto, Markus. Aún no tengo toda la información.

Sus dedos se cierran con fuerza alrededor del volante.

—¿De qué...? ¿De qué está hablando, señor?

Otra pausa.

—La Guardia Costera ha estado realizando tareas de búsqueda después de encontrar los fragmentos del casco del velero que identificasteis como el Destiny .

Markus espera mientras Lefebvre guarda silencio otra vez. Tanta pausa le da tiempo para que algo empiece a encajar en su cabeza. No sabe qué es todavía, pero daría lo que fuera por no tener que escucharlo.

—¿Y qué ha pasado? —lo apremia.

A su lado, Gisèle se inclina hacia el salpicadero.

—Han ampliado la búsqueda por la zona —continúa Lefebvre—. Han enviado varias embarcaciones y un equipo ha estado rastreando los alrededores de las rocas… Han encontrado los cadáveres de dos hombres.

Markus deja de respirar por un instante.

Gisèle abre los ojos y se lleva una mano a la boca.

La carretera continúa delante de ellos, recta, indiferente.

—¿Han identificado los cuerpos? —pregunta Markus con el corazón en un puño.

—Todavía no. Acaban de llevarlos a un depósito en la isla. Un equipo forense está en camino.

Markus mira de nuevo el navegador.

Diecinueve minutos hasta Fromentine.

De pronto, le parecen una eternidad.