Año 2007
Philipp Werner no mira atrás. No se atreve.
La ventana estaba abierta, exactamente como le habían prometido. Ni siquiera ha tenido que forzarla. Ha esperado oculto en la oscuridad hasta ver salir a aquel hombre después de reñir a sus hijos y, cuando ha estado seguro de que no regresaría, se ha acercado a la casa y ha entrado.
Ha sido muy fácil.
Dentro ha procurado hacer el menor ruido posible.
Cada movimiento lo ha realizado con cuidado, temiendo que alguna tabla crujiera bajo sus pies, pero sobre todo que la niña despertara.
Ese era su mayor miedo: que abriera los ojos, encontrara a un desconocido inclinándose sobre ella y comenzara a gritar.
Pero no ha ocurrido.
Estaba profundamente dormida. Philipp la ha cogido con cuidado, deslizando un brazo bajo sus piernas y otro por detrás de la espalda, preparado para que se removiera o soltara algún quejido.
Sin embargo, la cabeza de la pequeña ha caído contra su pecho y los brazos se le han ido hacia atrás, inertes. Ni siquiera ha abierto los ojos.
No esperaba que resultara tan sencillo.
Ahora camina deprisa con ella en brazos, alejándose de la casa.
Todavía queda un buen trecho hasta las rocas y sabe que cada segundo aumentan las posibilidades de encontrarse con alguien.
Se obliga a mantener un ritmo normal. No puede correr.
Un hombre corriendo de noche con una niña inconsciente en brazos llamaría la atención; uno que lleva a su hija dormida de regreso a casa, no.
Eso es lo que debe parecer.
Su hija.
Acomoda a Célia contra el pecho y continúa avanzando.
Siempre le han gustado los niños, aunque no de la forma que algunos se empeñaron en insinuar hace años.
Aquellas acusaciones todavía lo persiguen y lo han llevado a vivir de forma solitaria solo por ser diferente.
Ha tenido que lidiar con miradas y con comentarios a sus espaldas que lo comparaban con un ser repugnante.
Pero él no era nada de eso. Nunca lo ha sido.
Le gusta estar con niños porque disfruta de su compañía, porque le divierte jugar con ellos y escuchar las ocurrencias que tienen.
Jamás tocaría a ninguno. Jamás les haría daño.
Y tampoco se lo hará a esa niña. Claro que no.
Todo tiene una explicación y está justificado.
Él solo debe cumplir su parte y llevarla al lugar acordado.
Sabe perfectamente que la niña estará a salvo.
Escucha voces y reduce el paso.
Proceden del camino que tiene delante. Son muchas, acompañadas de risas y conversaciones que se superponen unas a otras.
Piensa en apartarse y esconderse entre la vegetación, pero ya es demasiado tarde.
Varias figuras aparecen delante de él: dos hombres, una mujer y más personas detrás.
Ocho o nueve en total, quizá más. Una familia entera.
Aún no lo sabe, pero se trata de la familia Williams y dentro de poco declararán haber visto en ese lugar a un hombre con una niña en brazos.
Philipp sigue caminando y los observa de reojo, lo justo para comprender que son turistas.
De no ser así, los reconocería. Conoce prácticamente a todo el mundo en la isla, no necesariamente por sus nombres, pero sí las caras, quién trabaja en cada sitio y quién vive en cada casa.
A esas personas no las ha visto nunca. Probablemente regresen a algún hotel después de cenar.
Baja la mirada y acomoda a Célia una vez más entre sus brazos. No tiene que hacer nada extraño. Solo continuar andando, mantener la calma y comportarse con naturalidad. Nadie tiene motivos para sospechar que esa niña no es suya.
Uno de los hombres pasa a menos de dos metros y Philipp percibe que lo mira.
No acelera. Mantiene la vista baja y continúa caminando mientras el grupo pasa a su lado. Las voces quedan a su espalda, todavía acompañadas de risas, y durante unos segundos Philipp espera escuchar que alguien lo llama o que los pasos se detienen.
Pero eso no sucede.
Cuando se atreve a mirar por encima del hombro, la familia ya está alejándose.
Entonces sí, acelera.
Abandona el sendero principal en cuanto encuentra el desvío y se interna entre los árboles.
La oscuridad aumenta allí dentro, aunque la luna consigue atravesar algunos claros y deja suficiente luz para distinguir las irregularidades del terreno.
Philipp conoce la zona y sabe hacia dónde debe dirigirse, pero avanzar con Célia en brazos resulta más complicado de lo que había imaginado.
Tiene que vigilar dónde pisa, apartar las ramas bajas con el hombro y evitar que alguna la golpee.
Ella continúa sin moverse, lo que empieza a inquietarlo.
La mira de vez en cuando mientras camina.
Sigue dormida, con la cabeza apoyada contra su pecho.
No ha reaccionado al movimiento, ni al encuentro con aquella familia, ni a los cambios de postura.
Philipp se pregunta qué clase de sueño puede mantener a una niña de su edad tan profundamente inconsciente.
Da unos pasos más y el pie se le engancha en una rama.
Pierde el equilibrio antes de poder reaccionar. Intenta sujetar a Célia sin éxito. Una rodilla golpea primero el suelo y después la otra. El peso de la niña se le escapa de los brazos y ambos terminan cayendo entre las ramas.
Philipp tarda unos segundos en orientarse. El golpe ha sido doloroso y nota una punzada en la muñeca, pero no presta atención a ninguna de las dos cosas. En cuanto se incorpora va en busca de la niña.
La encuentra tendida sobre el suelo, boca arriba.
Inmóvil.
—Célia —susurra.
Se acerca y le toca el hombro, pero no obtiene respuesta. La oscuridad no le permite comprobar si el pecho se mueve y siente un miedo repentino que le retuerce las tripas. Se inclina sobre ella y apoya una mano en su pecho.
Espera.
Durante un instante no nota nada.
—Vamos...
Mantiene la palma apoyada y entonces percibe una leve elevación. Después otra.
Está respirando.
Philipp deja escapar el aire y observa a la pequeña. Es increíble. La caída debería haberla despertado. A él todavía le duele medio cuerpo y Célia ni siquiera ha abierto los ojos.
Vuelve a cargarla en brazos y continúa.
El camino se hace cada vez más estrecho conforme se aproxima a la costa.
Los árboles dan paso por momentos a zonas cubiertas de matorral y el sendero serpentea entre la vegetación, primero ascendiendo y después descendiendo hacia las rocas.
Entre las ramas aparece de vez en cuando el reflejo de la luna sobre el océano y Philipp utiliza esa claridad para orientarse.
Ya falta poco.
Conoce el lugar perfectamente. Desciende con cuidado el acantilado escuchando los rugidos de un mar embravecido. Procura no resbalar de nuevo hasta que alcanza la abertura entre las rocas.
Se adentra en una cueva oscura, casi indistinguible desde la parte alta del acantilado.
Avanza unos metros hasta que la luz de la luna queda atrás. Busca una superficie suficientemente plana, se agacha y deposita a Célia con cuidado, primero la espalda y después la cabeza.
La deja boca arriba.
Durante unos segundos permanece junto a ella, observando su rostro inmóvil y tratando de distinguir su respiración.
Se gira hacia sus mugrosas pertenencias y coge una de las latas de cerveza que robó a unos turistas mientras se bañaban en la playa.
Ahora solo tiene que esperar.