El regalo (Inspector Oriol Duarte 5) 24
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Oriol y Jason recorren a toda prisa la distancia que los separa del Suzuki.

A sus espaldas, Colette Tessier ha salido hasta la puerta de la casa. Esta vez no intenta contenerse. Sus sollozos llegan hasta ellos, rotos por frases en el dialecto de la isla de Yeu que ninguno alcanza a entender.

Oriol se vuelve una última vez.

La mujer permanece en el umbral de su casa, con una mano sobre la boca y la otra pegada al pecho.

Henri ha salido y los mira con los brazos cruzados.

Él no llora, ni trata de consolar a su mujer.

Lo que sí hace es mantener la mirada clavada en Oriol y Jason, cargada de un desprecio que no se molesta en disimular.

Oriol no va a juzgarlo. Ningún padre merece que la respuesta a la desaparición de su hija llegue casi veinte años después.

Antes de marcharse, les ha pedido paciencia. Les ha asegurado que volverán en cuanto sepan algo más, insistiendo en que todavía es demasiado pronto para sacar conclusiones.

Pero claro, eso no ha servido de nada.

Al volverse de nuevo hacia el coche, una cortina se mueve en la casa contigua.

Oriol distingue tras el cristal el rostro de Margot Corbin, la viuda de Isaac Le Floch.

La mujer observa la escena desde la ventana.

El revuelo debe de haber llamado su atención y ahora contempla a los Tessier con la misma curiosidad con la que, unas horas antes, se ha preguntado quién era aquel desconocido que merodeaba a primera hora por los alrededores de su propiedad.

Cuando ve a Colette doblarse por el llanto, se lleva una mano al pecho y se santigua.

Oriol aparta la mirada.

—Toma —le dice a Jason, lanzándole las llaves del coche. Después saca el teléfono del bolsillo.

Jason las atrapa al vuelo.

—¿Por dónde empezamos?

Oriol busca un contacto mientras abre la puerta del copiloto.

—Lo vi cerca de la finca de alquiler, en la playa de la Gournaise, el otro día. Vayamos allí.

Jason se queda inmóvil junto a la puerta del conductor.

—¿Lo viste?

Oriol pulsa sobre el nombre que aparece en la pantalla.

—Sí.

—¿Y por qué no me dijiste nada?

—Te lo estoy diciendo ahora, Jason.

—Ya, pero…

Oriol levanta una mano y señala su teléfono.

Alguien acaba de responder al otro lado.

Se mete en el coche.

—Elsa. No tengo mucho tiempo para explicarte de qué va esto, pero necesito un favor.

Jason ocupa el asiento del conductor y cierra la puerta. Oriol escucha durante unos segundos.

—Necesito que busques toda la información que puedas sobre una investigación de la fiscalía de Berlín. Un expediente relacionado con la desaparición de una niña francesa llamada Célia Tessier y con un ciudadano alemán, Philipp Werner.

Jason abre la guantera y coge la pequeña caja negra que guardó allí la primera vez que se subió al coche. Se la guarda en el bolsillo, gira la llave y el motor cobra vida.

Oriol continúa tras escuchar las palabras que proceden del otro lado:

—No aparece nada en las bases de datos a las que tenemos acceso. Puede que el expediente sea antiguo, que no se digitalizara o que una parte quedara fuera del sistema. Necesito saber qué ocurrió con esos documentos y si siguen bajo alguna restricción, desclasificados… Sea como sea, los necesito.

Hace otra pausa.

—Sí. Werner. Philipp Werner.

Escucha la respuesta de Elsa.

—Exacto. Te acuerdas… Lo que necesito saber es qué tenía la fiscalía alemana contra él. Porque en algún momento filtraron a la prensa que disponían de indicios suficientes para considerarlo responsable de la desaparición de Célia Tessier; sin embargo, la investigación murió en algún punto.

Elsa dice algo que obliga a Oriol a apartar el teléfono un instante y rascarse la frente, resignado.

—Espera. Te lo repito más despacio.

Jason lo mira de reojo mientras abandona la calle de los Tessier.

Oriol vuelve a empezar.

Esta vez le explica que está en la isla de Yeu.

Le miente diciéndole que ha recibido una pista anónima que ofrece varias conexiones hasta ahora desconocidas.

Le repite lo que se sabía de Werner hasta ahora.

Le cuenta que era un trotamundos con antecedentes de abuso infantil afincado en la isla de Yeu cuando Célia Tessier desapareció.

Le habla de la información publicada en Alemania tiempo después.

También de la petición que recibió Colette para reconstruir la ropa que llevaba el entorno cercano de la niña el día de su desaparición.

Tiene que repetir varios nombres y aclarar fechas para que su contacto pueda ayudarle sin dar palos de ciego.

La conversación se prolonga durante varios minutos.

Jason no interviene. Se limita a conducir mientras Oriol responde con monosílabos, formula alguna pregunta y termina diciendo:

—Todo lo que puedas encontrar. Aunque sea una referencia interna, un número de expediente o el nombre del fiscal que llevó el asunto.

Otra pausa.

—Gracias, Elsa. Te debo una.

Cuelga.

Jason espera unos segundos.

—¿Quién era?

—Elsa Wolf. Una inspectora de policía que conocí en Alemania. En Stade, cerca de Hamburgo.

—¿Es amiga tuya?

—Digamos que acabamos trabajando juntos en un asunto que se torció.

Oriol guarda el teléfono.

—Recuerdo aquel caso, Oriol. Ya seguía tus pasos por aquel entonces. ¿Crees que podrá ayudarnos?

—Es muy capaz. Si queda algún rastro de esa investigación, lo encontrará o sabrá a quién preguntar.

Jason se ve obligado a decelerar en una curva muy cerrada.

Oriol mira por la ventanilla. Las casas van quedando atrás y la carretera se abre entre campos bajos castigados por el viento.

—Así que fue Werner —recapitula Jason.

El rostro de Oriol cambia, cierra los ojos sin poder disimular lo mucho que le repugna esa parte de su trabajo. Desearía no haber visto el vídeo, pero sabe que debe velar por la justicia.

—Werner se la llevó. Lo que no sabemos es qué hizo con ella después.

Jason parece asombrado tras escuchar aquello.

—Sabes que es imposible que esté viva. ¿Verdad?

Oriol asiente y desvía la mirada.

—Lo sé. Y soy consciente de que es improbable que recuperemos el cadáver. Pero eso no lo hace más llevadero.

—¿Cómo crees que la fiscalía alemana llegó a sospechar de Werner? —pregunta Jason.

—Me hago una idea de lo que pudo pasar. Creo que siguieron el mismo camino que nosotros y se encontraron con las limitaciones de la burocracia.

Jason pone cara de no entender nada.

—Explícate.

—El único vínculo que existe entre este caso, Philipp Werner y la fiscalía alemana es que dicha fiscalía ya había acusado y condenado a Werner por abuso infantil. Eso era algo que ya sabíamos y por lo que estuve investigando esa relación —comenta Oriol.

—¿Y bien? —apremia Jason.

—¿Te suena la revista política Cicero ?

—En absoluto.

—Cicero es una revista de tinte político que se publica en Alemania. Una vez, hace años, esta revista publicó cierta información procedente de un informe confidencial de la policía criminal federal alemana en la que se hablaba sobre Abu Musab al-Zarqawi, un terrorista vinculado a Al Qaeda.

—¿Qué demonios tiene todo eso que ver con Célia?

—Ahora lo entenderás —contesta Oriol antes de aclararse la garganta—.

La fiscalía alemana sospechó que los documentos sobre el terrorista se habían filtrado por parte de un funcionario y ordenó el registro de la redacción e incautó materiales de la revista.

Lo que sucedió fue que todo esto acabó con la sentencia Cicero, en la que se declaraban inconstitucionales dichos registros e incautaciones alegando que una mera sospecha no basta para justificar medidas de investigación invasivas.

Fue un duro golpe para la fiscalía alemana y creo que eso les llevó a actuar con cierta cautela en el caso de Célia, que tuvo lugar solo unos meses después.

Jason hace una mueca de desconcierto.

—Pero eso no explica cómo consiguieron la prueba.

—Sospecho que el propio Isaac Le Floch se la envió —revela Oriol—.

Mantuvo la prueba en secreto desde el principio porque no quería que nadie supiera que grababa a sus vecinos.

Conociendo su historial con los gemelos Clairmont y sus escapadas a la caseta clandestina, es muy probable que tuviera material delicado y no quisiera llamar la atención.

Jason chasca los dedos.

—Cuadra. Por eso, como Werner era alemán, la envió de manera anónima al país que sí tenía derecho a condenarlo.

—Tenemos que esperar a que Elsa nos confirme, pero parece lo más plausible.

La dureza de la conversación provoca el silencio dentro del vehículo que continúa avanzando hacia el otro extremo de la isla, dejando atrás el barrio de Saint-Sauver donde viven los Tessier.

El paisaje se vuelve más abierto. Jason conoce ya el camino, por lo que no necesita indicaciones.

Toma el desvío que conduce hacia la costa y sigue la carretera hasta la zona de la Gournaise.

Oriol observa cada esquina, buscando a Philipp Werner. Respira hondo intentando calmarse. Sabe que debe controlar su ira cuando lo encuentre.

Jason reduce la velocidad y estaciona el Suzuki cuando llegan a la playa de la Gournaise. A unos pocos metros se perfila la finca que Jason alquiló.

Ambos bajan del coche. Oriol observa la playa y señala hacia su izquierda.

—Lo vi por allí. Estaba dando un paseo y se detuvo cerca de unas niñas que jugaban en la arena. Yo iré hacia ese lado. Tú ve hacia el otro. Pregunta a la gente que encuentres.

—¿Qué les digo?

—Alguien debe haberlo visto. Vive en tiendas de campaña y merodea por la isla; es muy conocido aquí.

Jason se coloca las gafas de sol.

—De acuerdo. ¿Qué quieres que haga si lo encuentro?

Oriol comienza a caminar, pero se detiene.

—Nada. Solo llámame y voy donde estés.

Jason hace una mueca y se separan.

Son casi las once de la mañana y los primeros turistas han empezado a ocupar la arena.

La Gournaise no es una de las playas más concurridas de la isla, pero el buen tiempo ha atraído a varias familias.

Hay niños cerca del agua, algunas sombrillas recién abiertas y parejas que buscan un lugar apartado donde extender las toallas.

Oriol no les presta atención.

Avanza por la zona más alejada de la orilla, cerca de las dunas y de la vegetación litoral que delimita la playa.

Matorrales bajos, pinos marítimos y encinas se adueñan poco a poco del terreno a medida que la arena desaparece.

Es allí donde concentra su búsqueda. En los rincones que quedan fuera de la vista.

Pequeños accesos entre la maleza, claros protegidos por los árboles, senderos que se internan hacia el interior.

Si alguien quisiera instalar una tienda de campaña buscaría uno de esos lugares.

Se acerca a una pareja que camina con un perro. Oriol les ofrece una descripción rápida. Un hombre de unos sesenta años, alto, barba descuidada, ropa sucia, aspecto de llevar mucho tiempo viviendo en la calle. Les pregunta si lo han visto por la zona.

La mujer niega enseguida. El hombre tarda algo más en responder, pero tampoco le suena de nada. Les da las gracias y continúa.

Quince minutos después pregunta a un hombre que recoge sus aparejos de pesca. Reconoce que sabe quién es, pero dice que hace tiempo que no lo ve.

No importa lo que tarde, piensa encontrarlo, aunque tenga que peinar cada centímetro de esa isla.

Tiene muy presente que, llegados a este punto, debería empezar a comportarse como el policía que realmente es. Detener la investigación paralela, poner todo lo que han descubierto en manos de las autoridades francesas y solicitar que un juez autorice las medidas necesarias contra Werner.

Ese sería el procedimiento habitual.

También sería, probablemente, el fin del caso.

Para empezar, tendría que explicar de dónde ha salido el vídeo. Sin que exista una sola posibilidad de legalizar una prueba obtenida tras acceder sin autorización a una caja de seguridad.

Curiosamente, las repercusiones personales de aquello son lo que menos le preocupa.

Puede enfrentarse a una investigación interna. A una suspensión. Incluso a algo peor.

Ya se ocupará de eso llegado el momento.

Lo que no está dispuesto a aceptar es que una cuestión de procedimiento vuelva a enterrar el caso durante otros veinte años.

Le resulta indignante que suceda algo así. Que los casos se enquisten entre solicitudes, autorizaciones y competencias territoriales. Comprende la necesidad de las normas, pero no que sean absurdas y entorpezcan una investigación favoreciendo al culpable.

Célia Tessier lleva casi veinte años desaparecida. Oriol está cerca de atrapar al responsable y no piensa regalarle ni un día más en libertad.

Se interna unos metros por uno de los senderos que nacen detrás de la playa. Aparta unas ramas y encuentra un pequeño claro. Hay restos de comida, una botella de plástico aplastada y las cenizas de una hoguera antigua.

Se agacha para examinarlas. Pero no hay nada que permita saber quién las dejó allí.

Continúa buscando.

Durante la hora siguiente recorre los límites de la playa y varios caminos próximos. Pregunta a otras dos personas. Se acerca a cualquier rincón que pueda servir de refugio. Incluso inspecciona desde fuera un cobertizo medio oculto entre la vegetación.

Nada.

Philipp Werner no está allí.

Poco después del mediodía decide regresar.

Vuelve sobre sus pasos siguiendo la misma franja de vegetación hasta que distingue a Jason a unos cien metros. Camina hacia él con las manos metidas en los bolsillos y una expresión que Oriol conoce demasiado bien.

Tampoco él ha tenido suerte.

—Nada —dice Jason cuando están lo bastante cerca.

—Yo tampoco.

—He preguntado en un par de bares —añade Jason.

Oriol se detiene.

—¿Y?

—En uno no tenían ni idea de quién hablaba.

En el otro sí. Uno de los camareros sabía quién era.

No conoce su nombre, pero lo ha llamado «El loco que apesta y hurga en los cubos de basura».

Dice que la última vez que lo vio fue hace unas semanas, pescando desde un acantilado cerca de la playa de Soux.

Oriol dirige la mirada en esa dirección.

Tienen otro lugar donde buscar.