El regalo (Inspector Oriol Duarte 5) 23 #3
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Colette trata de reconstruir aquella conversación. Han sido demasiadas llamadas, demasiados policías de distintos lugares, demasiadas preguntas repetidas durante demasiado tiempo.

—Lo mismo que ustedes. Querían saber qué ropa llevábamos puesta aquel día. Nosotros y todo el círculo cercano a Célia.

Oriol y Jason cruzan una mirada.

Esta vez dura más que las anteriores.

—¿Y por qué la policía alemana? —pregunta Oriol.

—Eso no lo sé. Nunca me lo explicaron. Pero recuerdo que no tenía muchas fotografías de aquella noche, así que hice una lista con lo que llevaba puesto cada uno.

—¿De memoria?

—Sí. Ahora sería incapaz, pero entonces no había pasado tanto tiempo. Supongo que todavía lo tenía fresco.

Oriol se inclina hacia ella.

—¿Dispone de esa lista, Colette?

—Sí. O eso creo. Debe de estar en algún sitio.

Empieza a buscar con más cuidado.

Saca una carpeta gruesa, repleta de fotografías y recortes, y la deja sobre la mesa para poder llegar al fondo de la caja.

Jason la señala.

—¿Puedo?

Colette mira la carpeta.

—Claro. Por supuesto.

Jason la coge y se acomoda de nuevo en el sofá.

Desde que ha entrado en casa, Colette solo le ha oído unas pocas frases a ese hombre. Hay algo difícil de descifrar en él. Mientras Oriol pregunta, explica y dirige la conversación, él parece sentirse mejor quedando al margen, quizá atento a detalles que nadie más considera importantes.

Abre la carpeta y empieza a pasar fotografías. En ese momento, el ruido de la puerta al abrirse los sorprende.

Colette reconoce los pasos.

Henri entra en el salón y se detiene al descubrir a los dos desconocidos sentados frente a la mesa cubierta de recuerdos de su hija.

No pregunta quiénes son. Se limita a observar.

—Henri —dice ella sin mirarle—. Son policías. Él es Oriol Duarte y su compañero...

Se da cuenta de que ni siquiera sabe su nombre.

—Jason —completa él.

Ambos se levantan y Oriol es el primero en tender la mano, pero Henri no se la estrecha.

—¿Puedo ver sus placas?

Oriol y Jason intercambian una mirada de sorpresa.

—Sí, claro.

El inspector Duarte mete la mano en el bolsillo trasero, saca de nuevo la identificación y se la muestra.

Henri la examina sin acercarse demasiado.

Colette deja escapar un bufido.

—Henri, por favor.

Jason lleva una mano al bolsillo. Después al otro con urgencia. Arruga la frente.

—Vaya... —Vuelve a comprobar un bolsillo—. Lo siento, pero he debido de dejármela en el hotel.

Henri lo mira con suspicacia.

—¿No tiene ninguna identificación?

—No, aquí no. Lo lamento —contesta Jason.

—No son periodistas, Henri —interviene Colette—. Son policías. Me han pedido fotografías del día que desapareció Célia. Solo quieren comprobar la ropa que llevaba la gente aquella noche.

Henri aparta por fin los ojos de Jason.

—¿Y eso por qué?

Oriol guarda su identificación.

—Tenemos una nueva pista y creemos que podemos identificar al responsable de la desaparición de su hija por la ropa que llevaba puesta aquel día.

La expresión de Henri cambia al instante. Se sienta despacio en el brazo del sofá.

—¿Cómo han llegado a esa conclusión? —pregunta.

—De momento no puedo darle mucha más información, señor Tessier. Lo lamento.

Henri no insiste y permite que el silencio se apodere de nuevo de la estancia.

Todo se reanuda con Colette rebuscando en la caja.

Jason con su atención puesta en el contenido de la carpeta que sostiene entre las manos y Oriol revisando de nuevo las fotografías que ya han descartado.

Durante un rato solo se escucha el roce del papel y algún comentario en voz baja entre los dos hombres.

Colette encuentra un nuevo sobre lleno de documentos. Lo abre y aparecen varias hojas dobladas, facturas y una carta de la Gendarmería. Es la copia de una declaración.

Nada que arroje luz. Sigue buscando.

Entonces ve un papel doblado en cuatro con unas anotaciones hechas por ella misma.

Lo reconoce antes de abrirlo.

—¡Aquí lo tengo!

Los tres hombres la miran.

Colette despliega la hoja. La tinta ha perdido intensidad, pero su letra sigue siendo perfectamente legible.

—En esta lista escribí lo que llevábamos puesto todos aquel día. Bueno... nosotros y los Clairmont. No recordaba mucho más.

Oriol se la quita prácticamente de las manos. Henri sigue el movimiento con la mirada.

Jason, en cambio, ya ha regresado a la carpeta. Está concentrado en una fotografía en concreto y ni siquiera levanta la cabeza.

Oriol lee la lista de arriba abajo. Le basta con leerla una vez. Como imaginaba, no le resulta útil.

—Gracias por buscarla, Colette, pero no nos sirve.

Le extiende el papel a Jason; él no lo coge. Sigue mirando la fotografía.

Oriol observa a Henri de reojo y se inclina ligeramente hacia su compañero.

—Según esta lista, ninguno de los cuatro llevaba puesto algo que coincida con el color o con el tipo de prenda —le susurra en italiano.

El cambio de idioma llama la atención de Henri, que se incorpora.

—¿Qué es lo que ha dicho?

Oriol vuelve la mirada hacia él.

—Mi compañero y yo hablamos italiano entre nosotros. Le he dicho que no es lo que buscamos. Lo siento.

Henri lo observa durante unos segundos, visiblemente molesto por haber quedado fuera de la conversación.

Pero antes de que pueda quejarse, Jason habla.

—Mira esto —le dice a Oriol con un tono distinto de voz.

Oriol se vuelve.

Jason sostiene una fotografía de tamaño estándar entre los dedos. Oriol la coge y durante unos segundos parece no entender qué está viendo.

Colette reconoce la imagen desde donde está. No pertenece al día de la desaparición.

Fue tomada varios días después, en Port-Joinville, durante una de las concentraciones que se organizaron cuando toda la isla estaba pendiente de Célia.

Decenas de vecinos llenaban la plaza con pancartas de apoyo a la familia.

Habían colocado flores, velas y fotografías de la niña junto a un pequeño memorial.

La gente ocupaba prácticamente todo el espacio disponible.

Jason señala con el índice.

—Ahí.

Oriol sigue la dirección de su dedo y abre mucho los ojos cuando lo descubre.

Acerca todavía más la imagen a su rostro.

—Buen trabajo, Jason.

Colette se levanta.

Ya no soporta permanecer al otro lado de la mesa.

—¿Qué sucede? —pregunta con evidente nerviosismo.

Se coloca junto a ellos cuando Oriol señala a una figura entre la multitud.

Un hombre aparece de espaldas a la cámara con la cara de perfil. Se sitúa a pocos metros de quien tomó la fotografía. No se distingue su rostro al completo, pero sí su complexión y, sobre todo, la prenda que lleva.

Una camiseta verde en cuya parte posterior, cerca de la manga la izquierda y justo debajo del hombro, se distingue una forma negra. Parece un parche cosido, un estampado o algún tipo de emblema.

La imagen tiene suficiente calidad para apreciarlo con claridad.

Colette deja de mirar la camiseta y se fija en el hombre.

Lo reconoce perfectamente.

Oriol la observa antes de formular la pregunta.

—¿Puede confirmarnos que este hombre es Philipp Werner?

Colette no duda.

—Sí. Es él.