El regalo (Inspector Oriol Duarte 5) 23 #2
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La casa no ha cambiado en todo este tiempo.

El salón ocupa buena parte de la planta baja y comunica directamente con la cocina, situada a un lado y separada únicamente por una barra.

Al fondo, unas puertas acristaladas dan acceso al pequeño jardín trasero.

En mitad de la estancia nacen las escaleras que conducen al piso superior.

Las mismas escaleras que Colette subió aquella noche para descubrir que Célia había desaparecido.

Oriol y su compañero se sientan juntos en el sofá. Colette ocupa el sillón frente a ellos.

Durante unos segundos nadie habla.

Ella cruza las piernas y apoya las manos sobre el regazo.

—Bien —dice finalmente—. ¿Qué quieren saber?

—Le prometo, señora Villard, que no la molestaría si no tuviera una razón de peso. Soy muy consciente del calvario por el que han debido pasar usted y su marido durante todos estos años. Así que, si le parece, iré directo al grano.

Colette esboza una leve sonrisa irónica y abre las manos.

—Por favor…

El inspector Duarte mantiene la mirada fija en ella y asiente.

—Tenemos una nueva línea de investigación abierta y creemos que podemos identificar a la persona que se llevó a Célia por la ropa que llevaba puesta.

La sonrisa irónica de Colette desaparece.

Esto es diferente.

—¿Me está tomando el pelo?

—En absoluto.

—¿Después de veinte años pueden saber quién se llevó a mi hija por su ropa?

—Podemos intentarlo —matiza Oriol—. El problema es que no disponemos de suficiente material gráfico de aquel día.

Fotografías, vídeos... cualquier imagen podría servirnos.

La prensa tardó en llegar a la isla y buena parte de lo que hemos encontrado corresponde a los días posteriores.

Por eso nos hemos visto obligados a pedirle ayuda. ¿Es posible que usted conserve...?

—Sí.

La palabra sale tan deprisa que incluso Oriol parece sorprendido.

Colette ya está levantándose sin preguntar cómo han llegado a esa conclusión. No le importa saber qué ha cambiado después de tantos años para que ahora cobre importancia la ropa que llevaban puesta el día que Célia desapareció. Solo quiere ayudar, siente que es importante.

—Tengo algo. Voy a por ello.

Cruza el salón y sube las escaleras casi corriendo. Está nerviosa. Siente cómo le tiemblan las piernas y sus rodillas amenazan con ceder. Cuando llega a la planta superior se obliga a respirar profundo y a relajarse. Es consciente de que no debe hacerse ilusiones.

No lo consigue y deja de luchar contra sus sentimientos.

Abre el armario de la habitación y aparta las primeras cajas. Se le engancha una manga con una percha y tira de ella con impaciencia.

Ese hombre es diferente al resto. Y lo que acaba de decirle, el motivo por el que ha venido, no se trata de una mera formalidad. Hay algo más, lo intuye.

Colette sabe perfectamente lo que está haciendo. Está agarrándose a otro clavo ardiendo. Uno más. Ha tenido demasiados entre las manos durante estos veinte años y todos han terminado quemándola.

Pero hacía tanto tiempo que no aparecía uno nuevo que no sabía lo mucho que lo añoraba hasta que lo ha tenido delante. Solo ha bastado una frase para despertar en ella la dichosa y dañina esperanza.

Abajo, Oriol y Jason escuchan cómo se abre un armario. Después llegan varios golpes sordos, el arrastre de unas cajas y los pasos apresurados de Colette sobre el piso superior.

Cuando vuelve a aparecer en lo alto de las escaleras, carga con una caja de cartón grueso tan grande que le cubre buena parte del pecho y casi toda la cara. Tiene que ladear la cabeza para ver dónde coloca los pies.

Oriol se levanta de inmediato.

—Déjeme ayudarla.

Colette no protesta. Le entrega la caja cuando llega a los últimos peldaños y él la lleva hasta la mesa de centro, apoyándola con cuidado.

Colette ya tiene el teléfono en la mano. Busca un contacto y llama.

—¿Te queda mucho? —pregunta en cuanto alguien responde—. La policía está aquí y tienen que hablar con nosotros.

Escucha durante unos segundos.

—Vale. No tardes.

Cuelga.

—¿Era su marido? —pregunta Oriol.

—Sí. Ya viene.

Colette se apresura a sentarse frente a la caja y apoya ambas manos sobre la tapa.

Durante un momento se queda mirándola.

—Aquí tengo todo lo que he ido acumulando durante estos años. Hubo una época en que pensé en tirarlo. Llegué a creer que lo único que hacía conservándolo era torturarme. Pero siempre he creído que quizá algún día pudiera servir para algo. Me emociona pensar que ese día pueda ser hoy.

La última frase termina por romper a Colette, quien, sin hacer demasiado ruido, ha comenzado a llorar.

Oriol llena su pecho de aire y contempla el rostro de la mujer abatida que tiene delante.

—No puedo garantizarle que encontremos...

—No se preocupe —interrumpe ella, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.

No necesita que la protejan de otra decepción. A estas alturas sabe perfectamente dónde está metiéndose.

Abre la caja.

—Las fotografías no están ordenadas, pero podré decirles cuáles son de aquel día.

Comienza a sacar carpetas y sobres.

Dentro hay recortes de periódico doblados, fotografías reveladas, fotocopias, páginas impresas de internet, notas escritas a mano. Algunos documentos están dentro de fundas transparentes; otros, simplemente amontonados.

Oriol y Jason no apartan la vista de las manos de Colette. Su expectación es máxima.

Ella conoce buena parte de aquel material. No necesita leer las fechas de muchos recortes para saber cuándo fueron publicados. Aun así, se toma su tiempo. Todo lo que corresponde al 12 de abril de 2007 o a las primeras horas de la madrugada siguiente lo coloca en una pila aparte.

Cada vez que deja algo allí, uno de ellos lo recoge. Lo observan. Lo analizan y lo descartan.

Les entrega una fotografía que muestra el exterior del restaurante donde cenaron aquella noche con los Clairmont.

La tomó una vecina desde cierta distancia, atraída por el movimiento de coches y policías, y terminó vendiéndola a la prensa al día siguiente.

La imagen está algo desenfocada. Se distinguen varios curiosos, dos agentes y algunas personas agrupadas cerca de la entrada.

Jason la examina durante unos segundos.

—No —le susurra a Oriol.

Duarte coincide con él y dejan la foto a un lado.

Colette sigue buscando.

Encuentra otra fotografía, esta vez en blanco y negro publicada por Ouest-France .

Según le explicaron entonces, el periódico la obtuvo a través de una fuente vinculada a la policía local.

Para cuando fue tomada, habían transcurrido ya varias horas desde la desaparición y la investigación había cambiado de dimensión.

Lo que inicialmente se trató como la búsqueda de una niña que podía haberse alejado de casa pasó a considerarse un posible secuestro.

La Gendarmería asumió la dirección del operativo y ordenó ampliar y asegurar el perímetro alrededor de la vivienda.

Colette recuerda perfectamente la indignación que aquello provocó posteriormente. Para cuando acordonaron la zona, demasiada gente había pasado ya por allí: vecinos, amigos, policías, personas que querían ayudar, personas que querían curiosear.

Oriol acerca la fotografía a sus ojos.

Jason señala a alguien en un extremo.

—Ese.

Oriol observa el punto que señala su compañero y niega con la cabeza.

—Tiene rayas, ¿lo ves?

Jason la agarra de nuevo y termina apretando los labios y asintiendo con resignación.

La fotografía acaba en la pila de descartes, junto a la anterior.

La siguiente que Colette les entrega le trae malos recuerdos.

Un turista estaba haciendo fotografías aquella noche, antes de que todo precipitase, en el restaurante donde cenaban los Tessier y los Clairmont.

En una de ellas, tomada sin ninguna relación con la desaparición, Henri y ella aparecían al fondo de manera accidental.

También Rémi y Élodie. Una imagen trivial que unas horas más tarde se convirtió en una de las fotografías más reproducidas del caso.

Constituía la prueba fehaciente de que estaban riendo y bebiendo vino mientras Célia dormía sola en casa. Justo antes de desaparecer.

Colette recuerda los titulares. Los debates en televisión. Los expertos que opinaban sin conocerlos. Las preguntas sobre qué clase de padres dejan sola a una niña que no llega a los cuatro años para irse a cenar.

Esa carga la arrastrará siempre.

Jason toma la fotografía y Oriol la mira por encima de su hombro.

Nada.

También queda descartada mientras Colette continúa rebuscando.

Poco a poco, la mesa de centro va llenándose. Fotografías a un lado. Recortes al otro. Sobres abiertos. Folios con anotaciones. Los dos hombres trabajan cada vez más deprisa, pero no de forma descuidada. En cuanto ella identifica algo perteneciente a aquella noche, se lo pasan de uno a otro.

Jason se detiene de pronto.

—Mira esta.

Oriol coge la fotografía.

Colette intenta ver qué ha llamado su atención, pero él tapa buena parte de la imagen con la mano.

—No —dice Oriol una vez más.

—Podría ser —insiste Jason.

—Es más amarilla que verde.

Jason pone cara de no estar de acuerdo.

—Con esa iluminación...

—Y lleva camisa. Fíjate en el cuello. Buscamos una camiseta.

Eso parece terminar de convencerle y termina descartando la foto.

Colette comienza a impacientarse. Nada de lo que les ofrece les sirve, pero no se rinde y sigue buscando dentro de la caja.

Extrae sobres y fotografías que ya ni recordaba tener.

Oriol y Jason apenas hablan. De vez en cuando intercambian una imagen, señalan a alguien o apartan un recorte que no les sirve.

Colette recuerda algo y lo suelta de repente.

—Ahora que lo pienso… Hace años, casi al principio de todo, me contactó la policía alemana por algo relacionado con la ropa.

Los dos hombres se detienen.

Jason deja la fotografía que estaba examinando. Oriol levanta la cabeza.

—¿A qué se refiere?

—Fue al año siguiente de desaparecer Célia. O tal vez dos años después. No estoy del todo segura.

—¿Y qué querían?