23
A la mañana siguiente, poco después de amanecer, Oriol y Jason se encuentran dentro del Suzuki, que está aparcado en el punto exacto donde desapareció Célia Tessier.
Hasta ahora, Oriol solo había visto esa casa en fotos y vídeos. Ahora la tiene delante y no puede evitar sentir cierta repulsión al rememorar lo que sucedió allí.
Un hombre entró en la habitación de Célia. Alguien lo bastante alto para que su silueta quedara recortada frente a la ventana. Se llevó a la niña y salió por la parte trasera de la vivienda sin ser visto.
Han pasado veinte años desde aquello y nadie ha visto a Célia desde entonces.
Célia no llegaba a los cuatro años. El inspector Duarte sigue sin comprender qué podría llevar a un ser humano a arrebatarle la vida a una niña inocente, ni puede controlar la ira que lo altera cada vez que se enfrenta a un caso como este.
Apaga el motor. Durante unos segundos, ni él ni Jason hacen ademán de salir.
La calle está desierta. Las persianas están bajadas en varias casas y no se escucha ningún vehículo acercándose. Frente a ellos se ubica la vivienda de los Tessier. Al otro lado de la calle, ligeramente desplazada, la de Isaac Le Floch.
—Vamos —dice Oriol abriendo la puerta.
Jason lo imita.
Oriol se queda unos instantes junto al coche, estudiando ambas propiedades. Intenta eliminar mentalmente los vehículos modernos, las reformas, los elementos que han cambiado con el tiempo. Intenta reconstruir cada detalle en su mente.
Cruza la calle y se dirige hacia la casa de Isaac Le Floch.
Jason lo sigue con la mirada.
Se detiene frente a la propiedad, levanta la vista hacia la fachada y después gira sobre sus talones para mirar la casa de los Tessier.
—Tuvo que ser desde aquí.
Da un paso hacia la vivienda del difunto Isaac y señala hacia atrás, sin apartar la mirada de la ventana de los Tessier.
Jason se acerca y se coloca a su lado.
—Por el ángulo de la imagen que encontramos en la caja de seguridad, tuvo que grabarse desde esta parte de la casa —repite Oriol.
Jason observa primero la ventana y después la fachada que tienen delante.
—Sí. Y era una cámara exterior.
Oriol lo mira.
—¿Estás seguro?
—Completamente. Si hubiera estado detrás de un cristal, se habría notado en la imagen. Algún reflejo, pérdida de contraste, suciedad, cualquier interferencia. Pero no había nada de eso.
Oriol vuelve a examinar la casa. Se acerca un poco más. Sus zapatos pisan el jardín delantero de la propiedad. No hay valla que le impida avanzar, aunque sabe que está cruzando un límite que no debería.
Eso nunca le preocupa demasiado.
Se detiene a pocos centímetros de la fachada.
La madera está castigada por los años. Algunos tablones han sido sustituidos y otros conservan pequeñas grietas que recorren la superficie. Oriol observa con atención hasta que encuentra lo que busca.
—Jason.
Su compañero se acerca. Oriol señala el marco.
—Ahí —dice, señalando dos pequeños agujeros en la madera.
Están a la misma altura, separados solo unos centímetros. No parecen producto del deterioro natural. Son demasiado limpios; demasiado simétricos.
Oriol saca el teléfono y hace una fotografía.
Luego otra, más cerca.
Está comprobando la imagen cuando detecta movimiento al otro lado del cristal. La cortina acaba de apartarse.
Oriol alza la cabeza y encuentra a una mujer que lo observa desde el interior.
Durante un instante ninguno de los dos reacciona.
Es mayor. Mucho más de lo que Oriol recuerda de las fotografías que ha visto durante la investigación.
Tiene los párpados hundidos y el rostro demacrado, marcado por un cansancio que parece haber forzado su envejecimiento.
Su pelo, gris y escaso, le cae sin demasiado orden a ambos lados de la cara.
La reconoce por sus ojos verdes característicos.
Es Margot Corbin, la viuda de Isaac Le Floch.
La mujer mira primero a Oriol y después baja la vista hacia el teléfono que sostiene en la mano.
Oriol levanta una mano a modo de disculpa y se da la vuelta para regresar junto a Jason.
—¿Era la mujer de Isaac? —pregunta este en voz baja.
—Sí. Tal vez tengamos que hacerle una visita pronto.
—¿Crees que servirá de algo?
—Si nos proponemos que descubra lo que hacía su marido en su caseta secreta con Jade Fournier y los gemelos Clairmont, tal vez decida ayudarnos.
Jason sonríe. Siempre le ha gustado la manera irónica que Oriol tiene de hablar.
Cruzan la calle y se plantan frente a la casa de los Tessier. Suben juntos el pequeño acceso hasta la puerta principal.
Oriol pulsa el timbre. La espera es corta hasta que se escucha movimiento en el interior. Unos pasos. Después, el sonido de una cerradura.
La puerta se abre.
Colette Villard aparece ante ellos.
Lleva ropa de estar por casa y el cabello recogido sin demasiado cuidado. Mira primero a Oriol y luego a Jason.
No pregunta quiénes son. No parece sorprendida por la presencia de dos desconocidos en su puerta a primera hora de la mañana.
Colette piensa que su intuición es infalible. No se equivocó cuando vio a aquellos dos hombres pasar en coche hace unos días frente a la casa de Rémi Clairmont.
No sabría explicar qué sintió exactamente.
Fue una certeza incomprensible que no se sostiene en ningún fundamento; una de esas ideas que aparecen sin que haya un motivo concreto al que aferrarse.
Los vio reducir la velocidad frente a la casa, observó sus rostros durante unos segundos y supo que no sería la última vez que los vería.
Lo que no imaginó es que acabarían llegando tan lejos y llamarían a su puerta.
—Hola —dice con tono serio.
—Hola.
Es el hombre de gesto más severo quien responde. El mismo que iba de copiloto aquel día. Lleva el pelo corto y una expresión que no cambia cuando se lleva una mano al bolsillo trasero del pantalón.
Colette se tensa hasta que descubre que lo que saca es una placa.
—Me llamo Oriol Duarte. Trabajo para la Interpol. Usted es Colette Villard, ¿verdad?
Ella asiente sin decir nada.
Antes de volver a mirarlo, se fija bien en la identificación. No se limita a echarle un vistazo. Examina la fotografía, el nombre, los distintivos. Después levanta los ojos hacia él para comprobar que el rostro coincide.
Parece auténtica.
Con los años ha aprendido a distinguir esas cosas. Desgraciadamente.
En más de una ocasión algún periodista ha intentado engañarla.
Uno llegó a presentarse como miembro de la Gendarmería para conseguir que le abriera la puerta.
Otro aseguró que colaboraba con la investigación y que necesitaba hacerle unas preguntas que ya le habían formulado cientos de veces.
Todo por una declaración, una fotografía del interior de la casa o alguna frase que después pudieran convertir en un titular.
Siempre le ha sorprendido la escasez de escrúpulos de esas personas.
Sin embargo, estos dos no son periodistas. Y eso es un alivio.
—A mi compañero y a mí nos gustaría hacerle unas preguntas sobre la noche en que desapareció Célia.
Colette pone los ojos en blanco.
Durante unos segundos se plantea decirles que no. Que se marchen y la dejen tranquila. Que consulten las declaraciones que prestó hace veinte años, las posteriores, las ampliaciones, las reconstrucciones y todos esos documentos que deben de llenar cajas enteras en algún archivo.
No tiene ganas de volver a hablar de aquella noche porque nada ha cambiado. Y ella no puede recordar nada más. Son ellos los que deberían haber encontrado a su hija a estas alturas.
Con toda probabilidad, estos hombres tampoco tendrán respuestas para ella. Nunca las tienen.
Durante estas dos décadas, cada cierto tiempo han ido apareciendo policías dispuestos a removerlo todo.
Cada vez con una excusa distinta: una revisión del expediente, una muestra que se ha vuelto a analizar gracias a una técnica que antes no existía, un error en la cadena de custodia, una nueva interpretación de una declaración, una comprobación rutinaria…
Siempre parecía existir un motivo para regresar al principio y obligarla a revivir otra vez su calvario.
Una agonía que no ha tenido más remedio que vivir, a pesar de que el resultado nunca cambie, porque Célia sigue sin aparecer.
Colette piensa que los hombres que hay frente a su puerta habrán descubierto alguna irregularidad en cualquiera de los cientos de pruebas recogidas después de la desaparición.
Quizá una muestra mal etiquetada. Una anotación que no coincide.
Algún detalle burocrático que para ellos justifica una visita y que para ella significa perder media mañana contestando las mismas preguntas por enésima vez.
Pero tampoco tiene fuerzas para discutir.
Se aparta de la puerta.
—Adelante. Pasen. Mi marido no está. Tenía revisión con su médico para renovar unas recetas. No creo que tarde.
—Gracias —dice el hombre que se ha presentado como Oriol.
Los dos acceden a la vivienda y Colette cierra la puerta tras ellos, observándolos mientras avanzan unos pasos.
Como no podía ser de otra forma, aparece la misma reacción de siempre.
Primero miran el salón. Después las escaleras. Luego el resto de la planta baja. Sus ojos van de un lugar a otro intentando encajar la casa real con las fotografías que seguramente han visto en el expediente.
«Sí, señores. Fue aquí donde desapareció Célia Tessier. Tómense el tiempo que necesiten para procesarlo. Yo aún no lo he hecho», piensa.
Con el paso de los segundos, Colette advierte una diferencia. Algo inusual. Estos dos hombres no miran como lo hacen los demás.
Parece que están tratando de dar una explicación al misterio que nadie ha podido resolver durante años; que han aparcado el morbo y la curiosidad para buscar respuestas. Por asombroso que le pueda parecer, tiene la sensación de que están trabajando de verdad.
Solo con eso, han conseguido captar su verdadera atención.
—Pueden sentarse.
Señala el sofá.