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Markus vuelve a mirar la hora en la esquina inferior de la pantalla. Han pasado casi cuarenta minutos desde que Gisèle le ha pedido que no la interrumpa y, durante todo ese tiempo, él ha respetado su deseo, aunque haya tenido que morderse el labio en un par de ocasiones.
Se encuentran de nuevo en la comisaría de distrito centro de la Policía Nacional de Santander, solo que en esta ocasión las circunstancias son bastante distintas.
Después de solicitar permiso por los cauces oficiales y explicar que colaboran en una investigación de carácter internacional, les han cedido una sala para ellos solos.
Ahora nadie entra a preguntar qué están haciendo.
Nadie se coloca detrás de Markus con los brazos cruzados para observar cada movimiento en la pantalla.
La intimidad es algo que agradecen. La sala, en cambio, es austera.
Tan solo cuentan con una mesa rectangular, dos sillas de oficina y un archivador metálico arrinconado.
Sobre la mesa hay dos ordenadores enfrentados, conectados a la red interna de la comisaría, y junto a uno de ellos descansa un teléfono fijo que parece llevar allí desde principios de siglo.
Markus y Gisèle trabajan desde hace horas sentados uno frente al otro.
—Creo que tengo algo.
Markus aparta la vista de su pantalla y corre a colocarse junto a Gisèle.
La pantalla en la que ella trabaja tiene abiertas varias ventanas y una hoja de cálculo llena de nombres, fechas y números que Markus no alcanza a distinguir desde donde está sentado.
—Lo tengo —confirma.
Markus se coloca bien las gafas.
—¿Y bien?
—Te aviso que lo que he encontrado no es nada bueno.
Con un par de golpes de ratón, la pantalla cambia a una imagen satelital de la costa cantábrica atravesada por varias líneas y pequeños marcadores.
Markus resopla.
—Cuéntame.
—He utilizado el software de mi amigo Andrea Cialdoni.
Markus tarda un instante en recordar de quién habla.
—Ah… Sí. El informático italiano.
—Sí. Entró en la Interpol hace unos meses. Es joven, pero es muy bueno. Conoce a Oriol, por cierto. Trabajaron juntos en un caso en Roma hace tiempo.
—Continúa —apremia Markus.
Ella vuelve a la pantalla.
—Andrea lleva tiempo trabajando en un sistema para rastrear estructuras en imágenes tomadas por satélite. Vehículos, embarcaciones, contenedores, objetos de cierto tamaño... En realidad, lo que ha hecho es incorporar varias mejoras al software que ya utilizábamos nosotros.
Pulsa unas teclas y amplía una zona de la costa.
—Antes podíamos comparar imágenes y establecer coincidencias, pero requería mucho trabajo manual —continúa Gisèle—.
Su sistema utiliza inteligencia artificial para filtrar los resultados, de tal manera que integra tonalidades de color, dimensiones aproximadas y determinadas particularidades geométricas que facilitan el rastreo.
Markus observa la imagen.
—Te refieres a la forma del velero, ¿no?
—Sí. Una vez capturada la imagen del velero, el programa ya determina la forma exacta, la eslora, la manga, la proporción entre determinadas partes de la embarcación y las tonalidades visibles desde arriba. Cuantos más parámetros se reconocen en la imagen, más se reduce el número de coincidencias.
—Comprendo…
Ella comienza a teclear algo.
En la pantalla aparece ahora la fotografía que ya conocen. La costa cercana al lugar donde encontraron abandonada la motocicleta de Oriol. Mar adentro se distingue una embarcación pequeña: el velero que constituye la única pista sólida que tienen sobre lo que hizo Oriol después de dejar la moto.
—Basándonos en esta imagen, he conseguido trazar la ruta que hizo con el velero.
Markus mira las líneas que recorren el mapa.
—Tenemos varias capturas tomadas en momentos diferentes —explica Gisèle moviendo el ratón.
Una sucesión de puntos aparece sobre el Cantábrico.
Markus los sigue con la mirada.
El primero está frente a la costa, muy cerca del lugar donde apareció la motocicleta.
El segundo, bastante más lejos. En Bayona.
Gisèle amplía la imagen hasta que el mismo velero aparece rodeado de agua.
—¿Esa fotografía se tomó al día siguiente de desaparecer Oriol? —pregunta Markus.
—Sí.
Hace avanzar la secuencia y abre una nueva fotografía.
Markus reconoce de inmediato la embarcación. Esta vez la calidad es mucho mejor. El velero navega con suficiente luz para distinguir la cubierta, el mástil y parte de la cabina.
—Mira aquí.
Markus se inclina hacia delante.
Junto a la rueda del timón se distingue la silueta de un hombre. No hay resolución suficiente para identificar un rostro, pero sí para apreciar su cuerpo y la posición de sus brazos.
—¿Oriol? —pregunta Markus.
—No puedo asegurarlo.
—¿Está solo?
—Es la única persona que se aprecia en cubierta.
Markus asiente.
—Sigue.
—Un día y medio después tenemos esto —comenta Gisèle.
La imagen cambia. Esta vez aparece una pequeña isla rodeada de mar.
—Es l’Île du Pilier —dice Gisèle—. Cerca de Nantes.
Markus no conoce el lugar.
—¿Qué hizo allí?
—No lo sé. Pero parece que estuvo un tiempo.
Amplía otra zona de la fotografía.
La inclinación del satélite permite ver una parte del perfil del barco con el nombre «Destiny» pintado en inconfundibles letras rojas. Está fondeado cerca de la costa.
—Tenemos más de una captura de la embarcación en esta posición. No puedo decirte cuánto tiempo permaneció exactamente en la isla, pero por lo menos cinco horas.
Markus se queda mirando la pantalla.
—Y medio día más tarde —continúa Gisèle— aparece aquí. En la isla de Yeu.
Otro clic.
Esta vez el velero está dentro de un puerto.
Markus vuelve la mirada hacia ella.
—¿La isla de Yeu?
—Sí. Atracó en Port-Joinville.
Gisèle amplía la fotografía hasta centrar el velero entre otras embarcaciones. Markus distingue el casco y la cubierta. No hay duda.
Es el Destiny.
—¿Cuándo?
Gisèle le da la fecha y la hora de la captura.
—Y aquí es donde la cosa se vuelve interesante. He encontrado imágenes de los días posteriores. El barco permaneció en la isla.
—¿Cuántos días?
—Varios.
Markus se incorpora.
—Entonces Oriol puede seguir allí. ¿Dónde está el barco ahora?
Gisèle no responde.
Markus la mira.
Hay algo en su expresión que no estaba hace unos segundos.
—¿Qué pasa?
—El barco ya no está.
—¿Y dónde está? ¿Lo has localizado?
Gisèle aparta las manos del teclado.
—El sistema no lo ha localizado en ningún otro sitio. Y eso me resultaba muy extraño.
Markus frunce el ceño.
—Explícate, Gisèle.
—He ampliado la búsqueda. Costa francesa, golfo de Vizcaya, rutas hacia el norte, hacia el sur... He cambiado parámetros para contemplar variaciones de posición, orientación e incluso errores de identificación. Nada.
—Supongo que tendremos que dar más tiempo al satélite para tomar imágenes —dice el inspector Graff.
Markus nota el cambio de su mirada.
—Quiero enseñarte algo, Markus.
Mueve el ratón y cambia a la ventana del navegador donde puede leerse una noticia con un gran titular que ocupa media pantalla.
«Un velero aparece destrozado contra las rocas en la isla de Yeu»
La noticia viene acompañada de unas imágenes.
Al principio, Markus no procesa lo que está viendo. Una franja de costa. Mar abierto. Rocas. Espuma blanca alrededor de varios salientes oscuros.
—Esta noticia es de ayer —explica Gisèle—. Sucedió en la costa atlántica de la isla de Yeu, cerca del faro de la Pointe des Corbeaux.
Amplía una parte de la imagen.
—Es una zona complicada para navegar. Hay bajos y formaciones rocosas muy próximas a la costa. Ningún barco debería acercarse por allí.
Entonces Markus lo ve.
Entre las rocas aparece un objeto blanco. Es una pieza alargada. Concretamente una parte del casco del velero que se estrelló contra las rocas.
Una parte inconfundible donde puede leerse el nombre en letras rojas: «Destiny».
El fragmento está destrozado. La proa, o lo que queda de ella, parece encajada entre las rocas.
Gisèle sigue hablando, pero Markus ya no la escucha. Le arrebata el ratón y se acerca a la pantalla para leer la noticia. Según descubre, alguien dio aviso del naufragio, pero no hay rastro de la tripulación. Los servicios de salvamento marítimo continúan realizando labores de búsqueda.
Se levanta de golpe.
—Coge tus cosas.
Gisèle lo mira.
—¿Qué?
—Vamos a coger un avión.
—Pero, Markus, será mejor que informemos a…
—Ahora, Gisèle —interrumpe el inspector Graff.
Ella permanece inmóvil un instante.
—Tenemos que informar primero a Lefebvre.
—Informa desde el coche. Nos vamos a la isla de Yeu.