21
La tarde empieza a agotarse sobre el Atlántico.
Desde la terraza de la finca de alquiler, Oriol contempla durante unos segundos la línea del horizonte, recortada bajo un cielo que ha ido perdiendo intensidad con el paso de las horas.
El océano se extiende frente a ellos, salpicado de destellos de luz que desaparecen a medida que el sol desciende hacia poniente.
Jason está sentado al otro lado de la mesa.
Delante de él tiene el portátil. Abre y cierra ventanas desde las que controla la actividad de Clovis Clairmont. En una de ellas aparece un mapa de la isla y, sobre él, el punto que indica su ubicación. Lleva horas sin moverse del mismo lugar.
Ambos han pasado buena parte de la tarde pendientes de ese punto, tratando de anticipar sus próximos pasos.
Tras lo ocurrido el día anterior, estaban convencidos de que Clovis terminaría hablando con alguien. Con su hermano otra vez, con algún amigo, con su novia… Pero el chico no ha dicho una sola palabra sobre el secuestro.
A Oriol le resulta extraño. No parece el comportamiento lógico de alguien a quien han introducido a la fuerza en el maletero de un coche.
Lo normal sería contarlo y pedir ayuda. Sin embargo, los negocios poco lícitos de Clovis podrían explicar que prefiera ser cauto y pasar desapercibido.
Es una incógnita que todavía no han conseguido despejar.
Lo que sí ha dado resultado es el anzuelo que Oriol lanzó a primera hora de la mañana. Rémi Clairmont ha contactado con su hijo.
A primera hora de la tarde, Jason ha levantado una mano para llamar la atención de Oriol.
Acababa de ocurrir algo.
Clovis había recibido un mensaje de su padre.
«¿Estás en la isla?».
Clovis respondió afirmativamente y la siguiente pregunta no tardó en llegar.
«¿Puedes pasarte por casa?».
Veinte minutos después, el punto que indicaba la ubicación de Clovis empezó a desplazarse por el mapa.
Jason siguió su recorrido hasta que se detuvo en casa de Rémi Clairmont. Entonces activó el acceso remoto al micrófono.
Oriol y Jason cerraron todas las ventanas y guardaron silencio para compensar la mala calidad del audio. A ratos se oía el roce de la ropa de Clovis contra el teléfono o algún sonido demasiado cercano al micrófono, pero, por suerte, las voces se distinguían con suficiente claridad.
Lo primero que les llamó la atención fue la frialdad entre padre e hijo.
No hubo un saludo cordial, ni una frase afectuosa, ni siquiera esa amabilidad impostada que algunas familias conservan más por costumbre que por verdadero apego.
Rémi preguntó a su hijo cómo estaba su madre. Clovis se limitó a responder que estaba bien. Nada más. No añadió ningún detalle y su padre tampoco insistió. Poco después, sin rodeos, Rémi abordó el asunto que realmente le interesaba y le preguntó si se había metido en algún lío últimamente.
La pregunta ha provocado un silencio durante el que Oriol y Jason han intercambiado una mirada.
Clovis ha comenzado respondiendo con evasivas, pero su padre ha insistido hasta que él ha terminado cediendo.
Solo entonces, cuando ya resultaba evidente que Rémi sabía algo, le ha contado que el día anterior unos hombres lo metieron a la fuerza en el maletero de un coche y lo llevaron a un lugar apartado de la isla.
Ahí ha mentido. O, más bien, ha omitido ciertos detalles.
No le ha dicho que reconoció el lugar en el que se encontraba: la caseta de Isaac Le Floch, donde ya había estado de pequeño.
Tampoco le ha contado nada sobre aquella extraña e incómoda costumbre de dejarle caramelos en los calcetines ni sobre las reuniones a escondidas con él y su hermano.
Para Oriol, esas omisiones tienen una gran relevancia.
La reacción de Rémi ha sido inmediata. No ha podido creer lo que estaba escuchando. La conversación ha subido de tono hasta convertirse prácticamente en un monólogo en el que Rémi recriminaba a su hijo no haber avisado a la policía.
Clovis ha tratado de calmarlo, pero solo ha conseguido ponerlo aún más nervioso. Rémi incluso ha amenazado con llamar él mismo a la Gendarmería.
En ese momento, la actitud de Clovis ha cambiado. Ha adoptado un tono más conciliador y le ha suplicado que no llamara a nadie, que no se metiera y que dejara las cosas como estaban porque cualquier intervención podía empeorarlo todo.
Rémi no entendía nada.
Hasta que ha llegado la confesión.
Su hijo ha terminado admitiendo que tenía una deuda con el hombre que le proporcionaba marihuana y cocaína para el menudeo.
Por la reacción de Rémi, aquello no era ningún secreto: sabía que Clovis había traficado con droga en el pasado.
Lo que desconocía era que su hijo había empezado a pedir cantidades mayores para distribuirlas entre adolescentes de los pueblos cercanos y aumentar así sus ingresos.
Uno de ellos había perdido la droga y ahora Clovis debía dinero.
Por eso no quería denunciar a la policía lo ocurrido el día anterior. Con toda probabilidad, hacerlo perjudicaría tanto sus intereses como su propia situación.
Tras escuchar a su hijo, Rémi ha perdido el control.
Oriol y Jason han oído un golpe seco, seguido del sonido de algo rompiéndose contra el suelo. Un vaso, probablemente.
A partir de ahí, la discusión ha ido creciendo y se ha prolongado durante varios minutos.
Rémi le ha preguntado cuánto debía.
Clovis se ha negado a responder.
Su padre le ha exigido el nombre de su proveedor.
Clovis ha repetido que no pensaba dárselo.
Después ha llegado un silencio prolongado, de esos que anuncian que algo importante está a punto de suceder.
Con la voz temblorosa, Clovis le ha dicho a su padre que quería hacerle una pregunta y le ha pedido que respondiera con sinceridad.
Rémi, todavía molesto, le ha exigido que la hiciera de una vez.
Tras unos segundos, Clovis le ha preguntado si había tenido algo que ver con la desaparición de Célia Tessier.
Oriol ha clavado la mirada en el altavoz del portátil.
Silencio.
Jason ha mirado a Oriol con el corazón en un puño.
Desconcertado, como si necesitara asegurarse de haberlo entendido bien, Rémi le ha preguntado si de verdad creía que él podía haberse llevado a Célia. Si era capaz de pensar algo semejante de su propio padre.
El silencio de Clovis ha desatado su indignación.
Rémi ha elevado la voz de nuevo, aunque ya no sonaba igual que durante la discusión por las drogas. Había algo distinto en su reacción, una mezcla de incredulidad y ofensa que resultaba difícil de fingir.
Clovis le ha explicado entonces que nunca habían hablado de lo ocurrido aquella noche, pero que él no lo había olvidado.
Recordaba que Edme y él habían entrado en la habitación donde dormía Célia.
También el medicamento que había sobre la mesilla y algunas imágenes difusas de ambos administrándoselo a la niña.
Le ha dicho que recordaba cuál era aquel medicamento, que había estado buscando información y había descubierto que, en cantidades elevadas, podía resultar muy tóxico e incluso provocar la muerte.
Su voz se ha quebrado al explicar que solo eran unos críos y no sabían lo que estaban haciendo, que en aquel momento les había parecido divertido, que solo pretendían gastarle una broma a Célia y ni siquiera sabían exactamente qué le estaban dando.
Entre lágrimas, le ha preguntado directamente a su padre si Edme y él habían matado a Célia. Si la niña había muerto por su culpa y él había tenido que deshacerse después del cuerpo.
Esta vez, el silencio ha resultado angustiante.
Hasta que Rémi lo ha negado rotundamente y le ha preguntado a su hijo, nervioso, si había hablado de ese asunto con alguien.
A través de los altavoces, Oriol y Jason han oído movimiento. Primero unos pasos y después la voz de Rémi, mucho más cerca.
Clovis se ha derrumbado.
Ha empezado a llorar sin intentar disimularlo y su padre ha tratado de tranquilizarlo.
Le ha pedido que lo mirara y le ha asegurado que ni él ni Edme habían matado a Célia.
Ha confesado que sabía lo ocurrido con el paracetamol y había retirado el frasco para evitar problemas, pero le ha jurado que Célia estaba bien cuando él la vio por última vez.
Durante las dos horas siguientes, padre e hijo han hablado sobre el caso y sobre qué pudo ocurrirle a Célia. Sobre la reapertura del caso y sobre dos investigadores que estaban haciendo demasiadas preguntas incómodas.
Rémi ha insistido una y otra vez en convencer a su hijo de que ni él ni su hermano tuvieron nada que ver.
Después, la conversación ha derivado hacia asuntos intrascendentes que Oriol y Jason se han turnado para escuchar hasta que Clovis ha regresado, por fin, a casa de su madre tras comprometerse con su padre a guardar silencio sobre todo lo que habían estado hablando.
Ahora, Oriol sostiene una cerveza fría entre las manos mientras contempla el mar desde la terraza. El sol ha descendido lo suficiente para dejar el océano cubierto por una luz apagada. A su lado, Jason bebe directamente de la botella mientras sigue trabajando con el portátil.
Ninguno de los dos ha hablado durante los últimos minutos.
—¿Qué haces? —le pregunta Oriol.
—Busco fotos de aquel día. Del día que desapareció Célia. Quiero ver si encuentro a alguien con una camiseta verde o azul, con algún detalle en la espalda que pueda cuadrar con lo que vimos en la grabación de Isaac Le Floch.
Jason amplía una fotografía.
Varias personas caminan cerca de La Meule.
La imagen no tiene suficiente calidad y la descarta.
—¿Has encontrado algo?
—De momento, nada. Tampoco te creas que hay mucho. La prensa tardó un par de días en llegar y empezar a registrarlo todo.
—Sí. Y los informes policiales de aquel día son muy incompletos.
Jason levanta la vista.
—¿En qué sentido?
—No mencionan cómo iban vestidos los testigos.
Tampoco hay fotografías tomadas durante las primeras declaraciones.
Nada. Quizá sea demasiado pedir, pero a mí me gusta recoger ese tipo de detalles precisamente por esto.
En el momento parecen irrelevantes y, veinte años después, pueden marcar la diferencia.
Jason lo observa con curiosidad.
—¿Tú escribes eso en tus informes?
Oriol da un trago a la cerveza.
—Creo que soy de los pocos que lo hace.
—No sé por qué no me sorprende.
Oriol sonríe levemente.
Jason vuelve a las fotografías, aunque solo tarda unos segundos en abandonar la búsqueda.
—¿Qué opinas de los Clairmont?
Oriol apoya la botella sobre la mesa.
—Difíciles de interpretar.
Ordena mentalmente lo que acaban de escuchar antes de continuar.
—Parece evidente que Clovis ignora lo que le sucedió a Célia. Si tuviera la certeza de que la mataron, no actuaría como lo está haciendo.
—A menos que lleve veinte años fingiendo muy bien.
—No me parece el caso.
Jason asiente.
—Entonces queda el padre. —Oriol dirige la mirada hacia el océano—.
Sigue existiendo la posibilidad de que Rémi fuera el hombre que vimos en el vídeo de Isaac Le Floch.
Es nuestro principal sospechoso. Aquella noche, cuando supuestamente salió a comprar tabaco, dispuso de una ventana de tiempo en la que pudo llevarse a Célia.
Es cierto que en un principio lo descarté porque el intervalo de tiempo en el que pudo hacerlo era escaso, pero ahora sabemos, además, que ocultó una prueba relacionada con Célia.
Jason se queda pensativo.
—Sin embargo, acaba de decirle a Clovis que no tuvo nada que ver con la desaparición.
—Puede estar protegiéndolo o puede estar diciendo la verdad. ¿Quién sabe? Sería interesante averiguar cómo iba vestido Rémi aquella noche.
Jason deja escapar una breve risa.
—Perfecto. ¿Y se te ocurre cómo? Porque no encuentro una sola fotografía.
Oriol no tarda en responder.
—Tenemos que visitar a Henri y Colette Tessier.
Jason se vuelve hacia él con cara de sorpresa.
—¿Tenemos?
—Sí.
Jason lo mira ahora directamente a los ojos.
—Ya sabes que, si voy contigo, vas a tener problemas. A estas alturas nos habrán visto juntos varias veces. Esto está a punto de estallar, Oriol. Es cuestión de tiempo que Rémi, Henri, Colette o cualquier otro implicado avise a la policía y se nos acabe el juego.
Oriol sabe que tiene razón.
Desde que llegó a la isla ha actuado confiando en disponer de unos días antes de que alguien decidiera hacer demasiadas preguntas. Ese margen se está agotando. Quizá ya se haya agotado y ellos todavía no lo sepan.
Pero eso ha dejado de preocuparle.
—Me da igual lo que suceda, Jason. Solo quiero resolver este caso. Y para hacerlo te necesito. Lo que venga después me da absolutamente igual.
Jason lo observa durante unos segundos.
Finalmente, levanta la botella de cerveza en un pequeño gesto de aprobación y asiente.
—De acuerdo, entonces.