El regalo (Inspector Oriol Duarte 5) 20 #2
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—Sí. A las afueras. Después de dejarlos allí, volví para echar una mano con la búsqueda de Célia.

Oriol se lleva una mano al mentón con premeditada lentitud.

—¿Volvió inmediatamente?

Rémi lo mira.

—¿Cómo?

—Isaac Le Floch testificó que tanto usted como Henri Tessier desaparecieron en sus respectivos coches durante al menos dos horas antes de regresar a casa de los Tessier, al lugar donde había desaparecido Célia.

Es mucho tiempo teniendo en cuenta que la distancia desde la que era su casa en Port-Joinville hasta la casa de los Tessier se recorre en menos de cinco minutos en coche.

Algo cambia en la expresión de Rémi.

Jason vuelve a escribir.

—Mi mujer y los niños estaban consternados —dice Rémi—. Me quedé un rato con ellos. Lo estábamos pasando mal.

—¿Cuánto rato? —inquiere Oriol.

—No lo recuerdo.

—¿Una hora?

—Ya le he dicho que no lo recuerdo.

Oriol asiente.

—Continúe.

—Cuando salí de casa, no regresé directamente. Di un rodeo y fui recorriendo la isla. Célia podía estar en cualquier parte.

—Claro porque una niña de tres años podría haber caminado hasta la costa para tener vistas al mar.

—Oiga…

Oriol se inclina un poco hacia delante.

—No se tomaron muestras de su coche, ¿verdad? —pregunta, interrumpiéndole.

Rémi parpadea.

—¿Qué?

—De su coche. En concreto del maletero. ¿Alguien lo analizó?

El silencio que sigue es distinto a los anteriores.

Rémi mira primero a Oriol y después a Jason, que sostiene un bolígrafo que vuelve a moverse sobre el papel.

—Pero... ¿de qué va esto, hombre? —Rémi se incorpora, visiblemente enfadado—. ¿Qué está usted insinuando? ¿Se ha vuelto loco?

Oriol no modifica el tono.

—No he hecho ninguna insinuación. Le he preguntado con claridad si se tomaron muestras de su coche. Porque no encuentro constancia de ellas por ningún lado.

Rémi abre la boca para responder, pero se contiene. Se pasa una mano por la frente y vuelve a apoyarse en el respaldo.

—No. No se tomaron.

—¿Conserva todavía ese coche?

Rémi lo mira con incredulidad.

—Obviamente no. Era un viejo trasto. Acabó en el desguace hace muchísimos años.

Oriol asiente despacio.

—Qué lástima.

Jason vuelve a escribir. Esta vez durante bastante más tiempo.

Rémi no aparta los ojos de la libreta.

Oriol deja que el silencio se prolongue un poco más. Rémi continúa pendiente de la libreta de Jason, intentando adivinar qué ha escrito.

—¿Hace mucho que se separó de su mujer?

Rémi vuelve la cabeza hacia él.

—Hace quince años. ¿Qué tiene eso que ver con la investigación?

—¿Y ha rehecho su vida?

—¿A qué viene esa pregunta?

Oriol hace un gesto con la cabeza y señala las dos copas de vino de la mesa.

—Veo que hace poco tuvo compañía.

Rémi levanta las manos con las palmas abiertas.

—Miren, no sé de qué va todo esto, pero hasta aquí podíamos llegar. Lo que yo haga con mi vida es asunto mío y de nadie más.

Oriol no se mueve.

—Hace unos días vimos a Colette, la madre de Célia, llamar a su puerta. ¿Una de esas dos copas es suya?

La reacción es inmediata.

—Márchense de mi casa. No tengo nada más que hablar con ustedes.

Jason cierra la libreta y lo fulmina con la mirada.

—Siéntese, señor Clairmont. Estoy seguro de que va a querer escuchar lo que mi compañero tiene que decirle —dice Jason.

Rémi señala la puerta.

—¡He dicho que se vayan!

Ni Oriol ni Jason se levantan.

—Hemos recibido una pista anónima sobre el incidente de sus hijos con el paracetamol de Célia aquella noche.

El comentario provoca que el mundo de Rémi Clairmont deje de girar.

—No sé de qué están hablando.

La voz le falla al final de la frase.

Oriol ya tiene lo que buscaba.

—Con la información que tenemos es más que suficiente para solicitar la reapertura del caso.

Por supuesto, eso supondría volver a poner la desaparición de Célia Tessier en el centro de la atención pública.

Habrá periodistas. Muchos. Y cuando se conozca esta nueva línea de investigación, tanto usted como sus hijos aparecerán en todas partes.

Señala a Jason antes de continuar.

—Mi compañero, el inspector Puzzo, está convencido de que sus nombres llegarían a las portadas de todos los periódicos en cuestión de horas.

Jason asiente con absoluta seriedad.

—Sin ninguna duda.

Rémi mira a uno y a otro.

—Si quiere que eso suceda —continúa Oriol—, nos marchamos ahora mismo. No hay ningún problema. Pero, si prefiere evitarlo, haga el favor de volver a sentarse y cuéntenos de verdad qué ocurrió aquella noche.

Rémi no se mueve.

Pasa un largo minuto sin abrir la boca, pensativo. Mira hacia la puerta, luego hacia las copas, después al suelo.

Finalmente regresa al sillón y se sienta en el borde.

—Por favor... —dice—. Mis hijos no tienen nada que ver con esto. No los metan en este asunto. Tienen su vida hecha.

Oriol lo apremia con un gesto de la mano.

—Eso dependerá de lo que nos cuente.

Rémi entrelaza las manos y baja la mirada.

—¿Cuál es esa pista que involucra a mis hijos?

Oriol levanta las cejas y niega con la cabeza.

—Señor Clairmont, no se ande con rodeos. Sabemos que sucedió algo con sus hijos y el paracetamol. Vamos a llegar hasta el fondo de este asunto, así que, si quiere que podamos ayudarle, será mejor que nos cuente todo lo que sabe.

Una nueva pausa que se alarga.

—De acuerdo… Voy a contarles la verdad. Es algo que no sabe nadie. Pero les aseguro que mis hijos no son culpables de nada.

—Adelante —dice Oriol, haciendo un gesto con las palmas.

—Aquella noche, cuando fui a casa de Henri y Colette a revisar a los niños, escuché risas arriba. Supuse que serían cosas de críos. Entonces subí y fui hasta la habitación de Célia.

Hace una pausa.

—¿Y qué vio? —pregunta Oriol.

—A Célia. Ella tenía toda la boca roja. Los labios, la lengua... Entonces vi el frasco encima de la mesilla mal cerrado, se había derramado en parte. Me imaginé que mis hijos habían hecho una travesura.

—No consta información sobre ese frasco en ningún informe. ¿Usted lo retiró?

Rémi asiente.

—Me asusté muchísimo, la verdad. Cogí el bote y me lo llevé de allí. Pero Célia estaba bien, lo juro.

Oriol chasca la lengua.

—Defina «bien».

—Estaba dormida. Respiraba y se movía. No le había pasado nada.

—¿Tiene idea de cuánto paracetamol le dieron sus hijos a Célia?

—El frasco todavía tenía bastante cantidad dentro.

—Eso no significa que Célia no hubiera ingerido una dosis peligrosa.

Rémi levanta la mirada.

—Yo no me llevé a Célia. Se lo prometo. Simplemente me callé lo del paracetamol por proteger a mis hijos. Pero la niña estaba bien cuando la vi por última vez.

—Entonces reconoce que mintió en su declaración cuando dijo que entró en la casa y, tras no escuchar nada extraño, la abandonó sin haber visto a Célia. Usted sí llegó a verla.

Rémi se encoge de hombros.

—Yo solo quería proteger a mis hijos y por eso me llevé el paracetamol. Pero estoy seguro de que lo que faltaba de aquel frasco no era suficiente para matar a nadie.

Oriol lo observa. No le interesa su opinión, le interesan los hechos.

—¿Por qué no avisó a sus padres?

Rémi aprieta las manos.

—Porque me asusté. Porque pensé que no había pasado nada y que aquello solo había sido una trastada.

—¿Sabe que existe un antídoto para las sobredosis de paracetamol? —pregunta Oriol con firmeza.

Rémi se tapa la cara con una mano. No responde.

—Bien. Quiero que vuelva atrás. Sus hijos le dan el medicamento a Célia. Usted entra en la habitación, encuentra el frasco y se lo lleva.

—Sí.

—¿Clovis y Edme vieron que se lo llevaba?

Rémi piensa antes de responder.

—No lo sé. Entré en su habitación y les recriminé lo que habían hecho. Les dije que se quedaran allí y que no volvieran a salir.

—Y después, de repente, Colette descubre que la niña ha desaparecido. Sin que esa desaparición tenga ninguna relación con el incidente de sus hijos y el paracetamol.

—Es lo que sucedió. Sí.

—Todo esto coincide con el intervalo de tiempo en el que usted abandona la cena para ir a por tabaco. ¿Es cierto?

Rémi asiente.

—Así que tuvo tiempo de sobra para llevarse a Célia, meterla en el maletero de su coche y deshacerse de ella más tarde.

—¡Dios! ¡No! ¿Por qué iba a hacer eso?

—Tal vez porque estaba muerta, porque sus hijos le habían dado una cantidad mortal de paracetamol. No lo sé. Dígamelo usted.

—No es tan rápido. Usted debería saberlo —se queja Rémi.

—No. Yo no lo sé. No soy médico. Pero parece que usted sí. Tal vez sabía que ya no había opción para ella o simplemente no quería pasar por el trago de decirle a Henri y a Colette que sus hijos habían envenenado a Célia.

Rémi resopla.

—Todo eso que dice no es verdad.

—¿Tenía ya una relación con Colette por aquel entonces?

Rémi se queda quieto mirando a Oriol. En ese momento Oriol entiende que ha tensando demasiado la cuerda y acaba de romperse. No le importa. No quería marcharse de allí de otro modo. Necesita que sea así; tiene todo pensado al milímetro.

—Quiero que se marchen. Si tienen que volver a interrogarme será con un abogado presente.

Oriol y Jason se miran y asienten a la vez. Los dos se levantan al unísono y caminan hacia la puerta. Justo antes de llegar al umbral, Oriol se gira.

—Una cosa más. ¿Recuerda qué ropa llevaba puesta el día que desapareció Célia?

—Pues no. La verdad. No recuerdo la ropa que llevaba puesta hace veinte años.

Oriol no responde. Jason tampoco.

Salen de la casa y dejan a Rémi en mitad del salón.

No hablan hasta que han recorrido unos metros. Oriol sabe que ahora viene la parte importante. Rémi lleva dos décadas protegiendo un secreto que afecta a sus hijos y acaban de hacerle creer que ahora están en peligro.

Si actúa tal y como Oriol espera, no tardará en ponerse en contacto con él.

Y cuando lo haga, ellos estarán escuchando con el teléfono hackeado de Clovis.