El regalo (Inspector Oriol Duarte 5) 20
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Oriol detiene el coche unos metros antes de llegar a la casa de Rémi Clairmont.

La calle es estrecha y tranquila, flanqueada por casas bajas de fachadas blancas, contraventanas de colores claros y pequeños jardines diseñados con entropía. La presencia de dos desconocidos como Oriol y Jason no pasa inadvertida en esta zona residencial.

Un hombre que está sacando unas bolsas del maletero de su coche levanta la cabeza cuando los ve pasar.

Más adelante, una mujer que riega unas plantas junto a la puerta de su casa alterna la mirada entre ambos.

Ninguno de los dos parece encajar allí y los vecinos no disimulan demasiado el esfuerzo por averiguar quiénes son y qué hacen recorriendo la calle a pie.

Oriol continúa sin prestarles atención hasta que llegan a uno de los pocos claros que quedan entre las viviendas.

Un solar sin construir, cubierto de hierba seca y delimitado por un muro bajo de piedra.

Se detiene allí. Desde ese punto ya pueden ver la casa de Rémi Clairmont unos metros más adelante.

—Recuerda lo que hemos dicho. Yo le enseñaré la placa. No debería insistir, pero, si lo hace, di que eres el inspector Puzzo. Tienes acento italiano.

Jason ladea la cabeza haciendo una mueca.

—Inspector Puzzo. Me gusta.

—Deja que lleve yo la conversación, ¿de acuerdo?

Jason asiente, aunque no parece dispuesto a seguir caminando todavía. Mira hacia la casa de Clairmont y después se vuelve hacia Oriol.

—¿Sabes? He estado dándole vueltas... Hay algo que no termino de entender.

—¿El qué? —inquiere Oriol.

—¿Por qué Isaac Le Floch no mostró esas imágenes a la policía? ¿Por qué guardó el archivo en un CD dentro de una caja de seguridad?

Oriol lo observa durante un instante. Él también lleva horas haciéndose esa pregunta. Desde que han visto la grabación y Jason se ha puesto a trabajar intentando, sin mucho éxito, mejorar la calidad de las imágenes.

—Ya lo hemos hablado, Jason. Isaac está muerto, así que tal vez nunca lleguemos a saberlo.

—Pero la clave de todo este caso puede estar ahí.

—Yo también lo he pensado y, más o menos, me hago una idea de por dónde pueden ir los tiros. Pero no quiero precipitarme.

Jason abre una mano, invitándolo a continuar.

—Póngalo en común, por favor, inspector Duarte —lo apremia con sorna.

Oriol vuelve la vista hacia la casa de Rémi.

—Por lo que sabemos, Isaac actuaba de manera extraña con los gemelos Clairmont cuando los invitaba a su caseta. Tal vez no quería que la policía pusiera el foco en las grabaciones que había estado realizando.

—También lo he pensado. Sin embargo, Clovis asegura que Isaac no les hacía nada. ¿No te parece raro?

—Por desgracia, ya sabes que hay muchos niños que sufren abusos y no cuentan nada por miedo o por vergüenza.

A Jason le cambia el rostro. Entorna los ojos y aprieta los dientes con rabia.

—Lo sé. Pero hay algo que no termina de convencerme. Clovis estaba cagado cuando hablamos con él; cuando estás tan asustado, no tienes demasiada capacidad para inventarte una historia.

Oriol se encoge de hombros. En eso Jason tiene parte de razón. Clovis no parecía estar calculando sus respuestas. Más bien parecía preocupado por decir algo que no debía.

Pero eso tampoco significa que les contara toda la verdad.

—Por otro lado, está la posición de la cámara.

Apunta directamente hacia la casa de los Tessier.

No cubre la entrada de la vivienda de Isaac Le Floch ni ninguna zona de su propiedad que tuviera sentido vigilar.

Esa cámara estaba ahí para espiar. —Oriol se aclara la garganta antes de continuar—.

Isaac no se llevaba bien con Henri. Todos sabían que habían discutido por lo del aparcamiento.

Tal vez instaló la cámara porque temía que Henri le hiciera algo al coche.

Jason niega despacio.

—Eso podría explicar por qué estaba allí la cámara, pero no explica por qué escondió el vídeo.

Durante unos segundos ninguno añade nada.

Ambos saben que les falta esa pieza. La que justifica el motivo por el que Isaac Le Floch decidió conservar la grabación durante tantos años en una caja de seguridad en lugar de entregársela a la policía.

Tras el trabajo de Jason y el análisis de la tonalidad de grises, ahora saben que existen muchas posibilidades de que la camiseta que vestía el hombre que se llevó a Célia fuera verde o azul.

A pesar de las limitaciones del vídeo en blanco y negro, es una pista muy importante que podría haber sido clave de haberse descubierto en el año 2007.

—Tenemos que seguir investigando, Jason. Creo que lo tenemos cerca.

Sin añadir nada más, ambos reemprenden la marcha hacia la casa de Rémi Clairmont.

Oriol pulsa el timbre.

Tardan unos segundos en escuchar pasos al otro lado. Después, la puerta se abre y Rémi Clairmont aparece ante ellos.

Es un hombre mayor, aunque resulta difícil calcular su edad a primera vista.

Debe de haber superado los sesenta, pero se conserva bien.

Está delgado, lleva el cabello gris cortado con esmero y luce un polo azul ajustado que delata su esfuerzo en el gimnasio.

La piel bronceada y los hombros todavía firmes sugieren que no es de los que han decidido abandonarse con los años.

Rémi los mira alternativamente.

—¿Puedo ayudarles?

Oriol saca la placa y no se anda con rodeos.

—Señor Clairmont, soy el inspector Oriol Duarte, agente de la Interpol. Él es mi compañero. Estamos investigando de nuevo el caso de Célia Tessier a raíz de una nueva pista.

La reacción es inmediata.

Rémi abre un poco más los ojos.

—¿Célia?

Oriol asiente.

Con cara de asombro vuelve a mirar la placa que Oriol todavía sostiene. Finalmente se aparta.

—Pasen.

Los conduce hasta el salón. La estancia encaja con el perfil de un hombre que vive solo y no tiene demasiado interés en disimularlo.

Hay ropa doblada a medias sobre una silla, varios periódicos acumulados junto al sofá y correspondencia sin abrir en un extremo de la mesa.

Un mando a distancia descansa en el suelo, cerca de una zapatilla que ha perdido a su pareja.

Algo llama de inmediato la atención de Oriol. Sobre la mesa baja hay dos copas de vino.

Están vacías, pero en el fondo quedan restos secos. Nadie se ha molestado en retirarlas.

Oriol no hace ningún comentario.

Se sientan. Rémi ocupa un sillón frente a ellos y apoya las manos sobre los muslos.

—Bien. Díganme en qué puedo ayudarles.

Es en estos momentos donde Oriol se siente más cómodo.

Ha estudiado mucho la psicología humana y sabe perfectamente lo que ha de hacer.

Irá directamente al grano. No quiere darle tiempo a asimilar que hay dos investigadores en su salón.

Necesita comprobar hasta dónde es capaz Rémi de aguantar sus nervios.

—Estamos barajando una nueva línea de investigación —empieza Oriol—. Creemos que existe la posibilidad de que Célia fuera intoxicada la noche de su desaparición.

Tarda un instante en reaccionar.

—¿Intoxicada? ¿Cómo?

—Se han encontrado restos de un medicamento potencialmente mortal.

Él pone cara de no entender nada.

—Pero... ¿ha aparecido el cuerpo?

—No.

—Entonces… No entiendo.

Oriol mantiene la mirada sobre él, observando cada reacción.

—La línea de investigación se sostiene en unas muestras tomadas durante los días posteriores a la desaparición de Célia. Algunas se conservaron y han podido analizarse con técnicas que no estaban disponibles entonces.

Rémi se reclina ligeramente en el sillón.

—Ah... ¿Y puedo preguntarle de qué sustancia se trata?

Oriol decide dar un paso más.

—Puede. Aunque he de decir que me sorprende su interés.

Rémi levanta las cejas.

—¿Perdone?

—La sustancia hallada es paracetamol.

Silencio.

Se produce un intercambio de miradas entre los tres.

—¿Paracetamol? ¿No es un medicamento muy común en niños?

Oriol afirma con la cabeza y una leve sonrisa.

—Usted tiene dos hijos, ¿verdad? Los gemelos Clovis y Edme.

—Sí, así es.

—Entonces sabrá que superar la dosis recomendada de paracetamol puede ser muy peligroso.

—Pues no, lo siento. —Rémi se frota una rodilla—. Todo eso lo hacía mi mujer. Medicamentos, pediatras, dosis... Ella se encargaba de esas cosas.

—Ya veo. ¿No se preocupaba por la salud de sus hijos, señor Clairmont?

Jason, siguiendo las directrices de Oriol, saca una libreta del bolsillo y escribe algo en ella solo con la intención de provocar una respuesta en Rémi.

—Claro que me preocupaba por la salud de mis hijos. Es solo que no entiendo de esas cosas.

Un nuevo silencio que solo se rompe por el roce del bolígrafo de Jason sobre el papel.

—El motivo por el que queríamos reunirnos con usted —continúa Oriol— es que necesitamos reconstruir los hechos de aquella noche.

Rémi deja caer la cabeza hacia atrás.

—He reconstruido aquella noche un montón de veces. Perdí la cuenta de las veces que fui a declarar. No sé qué esperan que recuerde ahora, veinte años después, que no recordara entonces.

—Solo quiero que vuelva a contármelo —pide Oriol.

Rémi mira hacia una de las ventanas y exhala despacio.

—Le echaré una mano para recordar. Según los testimonios, usted aseguró que aquella noche no permaneció todo el tiempo con los Tessier ayudándolos en la búsqueda.

Rémi se acomoda en el sillón.

—De acuerdo, se lo contaré otra vez. Cuando supimos que Célia había desaparecido, empezamos a buscarla alrededor de la casa.

Al principio dábamos por hecho que iba a aparecer enseguida.

Pensábamos que estaría escondida, que habría salido sin que nadie la viera...

No fue hasta que pasó una media hora y seguíamos sin encontrarla cuando empezamos a preocuparnos de verdad.

Pensamos que quizá se había alejado y se había perdido.

—¿De verdad pensaron que una niña de tres años se había ido sola?

Rémi hace una mueca.

—Fue un momento muy difícil. Ninguno de los presentes pensábamos con claridad. Estábamos todos en shock . El caso es que mis hijos estaban allí y, con todo el revuelo, se despertaron. Entonces subí a mi mujer y a los niños al coche y los llevé a casa.

—A Port-Joinville, ¿cierto?