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Henri Tessier se sienta en la misma roca en la que lleva sentándose las últimas dos décadas.
No sabría decir cuántas veces ha venido hasta la punta des Chancrelles, en la parte occidental de la isla. Cientos, probablemente. Siempre acaba eligiendo el mismo sitio, una roca ancha y ligeramente inclinada desde la que contempla el Atlántico sin que nada se interponga entre él y el horizonte.
No es que allí encuentre la paz que le ha faltado durante estas dos largas décadas, pero le gusta ir allí.
Se siente cómodo escuchando cómo el océano golpea las rocas varios metros por debajo y viendo cómo el agua se retira dejando una espuma blanca que desaparece.
Nunca hay nadie alrededor. Solo él, el mar y, de vez en cuando, alguna avioneta que cruza el cielo hacia el aeródromo de la isla de Yeu.
A eso ha quedado reducida su vida.
Hace unos días le sorprendió descubrir que no encontraba nada nuevo que ver en Netflix. Pasó casi una hora navegando por las categorías hasta que comprendió el motivo.
Ya lo había visto todo. Absolutamente todo.
Series buenas, malas y mediocres. Documentales sobre crímenes, animales, guerras, sectas y deportistas de los que jamás había oído hablar.
Películas francesas, estadounidenses, españolas, coreanas.
Producciones que cualquier persona habría abandonado a los diez minutos y que él ya había terminado simplemente porque necesitaba que algo siguiera moviéndose en la pantalla mientras sus pulmones respiran y su corazón late, manteniéndolo con vida.
Sus días son monótonos: ve la televisión, duerme, come, la sesión semanal de diálisis y el paseo posterior. La caminata que lo lleva hasta ese lugar de la isla es lo único que conserva cierta importancia.
Henri baja la vista hacia sus manos. Todavía siente los efectos de la sesión de diálisis de hoy.
El agotamiento se instala durante horas en cada parte de su cuerpo y a veces viene acompañado de náuseas, dolor de cabeza o una debilidad que cada día que pasa lo azota con más fuerza.
Cualquier otra persona regresaría a casa y se metería en la cama.
Pero él aprovecha ese momento para venir hasta aquí. Precisamente porque se encuentra mal.
Eso es justo lo que necesita sentir.
Fue en este mismo lugar donde detuvo el coche después de recorrer la isla el día que su hija Célia desapareció.
Los recuerdos son vagos y distorsionados.
Aún le parece que ciertas imágenes grabadas en su retina eran parte de una película de terror.
Su mujer histérica, el desconcierto, los voluntarios entrando y saliendo de su casa rebuscando hasta en los armarios.
La esperanza inicial que se diluía a cada segundo.
La sensación de estar a punto de explotar, la necesidad de aislarse…
De algún modo, cuando Henri llegó a este lugar y miró hacia el mar, entendió que jamás volvería a ver a su hija.
Aquello lo rompió.
Ese día fue el primero en el que pensó en saltar y cerrar los ojos. En esa parte la marea es salvaje y las olas rompen de manera hostil contra las rocas. En cuestión de segundos todo acabaría. No tendría que lidiar con la ansiedad que lo asfixiaba.
No fue una idea fugaz. De hecho, el mismo pensamiento lo invade cada vez que se acerca al acantilado, y por eso vuelve cada semana con la esperanza de reunir el valor que no tiene ni tendrá jamás. Le gustaría levantarse, caminar hasta el borde y saltar.
Solo que no tiene valor para hacerlo.
Henri contempla las olas pensando en cuánto tardaría en morir si se lanzara al mar.
Después aparta la vista.
Tampoco será hoy.
Respira hondo y se pone en pie con esfuerzo. Las piernas protestan después de tanto tiempo sentado. Consulta la hora.
Ya es suficiente.
Avanza despacio, administrando las pocas fuerzas que le quedan. Ha alargado el paseo como de costumbre para que Colette haya tenido tiempo de regresar a casa y ducharse. Porque le resulta repugnante el olor que desprende cada vez que ella se encuentra con él.
Aunque su mujer crea que no. Henri sabe desde hace mucho tiempo que lo engaña con Rémi Clairmont.
Durante años ha pensado en decírselo, pero…
¿Qué ganaría con eso? Su mujer y él dejaron de ser un matrimonio hace mucho tiempo.
Viven juntos porque se arrastran juntos por este mundo desde lo que sucedió.
Pero no siente que tenga siquiera el derecho de recriminarle nada.
Son dos desconocidos que una vez fueron y cuyo destino fue sádico y cruel.
Continúa caminando.
Cuando llegue a casa, probablemente Colette ya se habrá duchado. Él entrará, la saludará sin mirarla y ella fingirá que no ocurre nada.
Después Henri se sentará en el sofá, cogerá el mando a distancia y encenderá una vez más el televisor.
O se atreverá, por fin, a abrir la caja que guarda en el fondo de su armario, sacará la pistola que allí esconde y se pegará un tiro en la sien.