El regalo (Inspector Oriol Duarte 5) 18
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—Tengo que hacer algo de deporte. Creo que me he hecho una rotura de fibras en la carrera después de tirar los petardos. Un poco más y me alcanza la mole que había dentro del banco.

Oriol no lo mira. Está demasiado pendiente de los cables que cuelgan de la parte trasera del viejo ordenador que han comprado en una tienda de artículos de segunda mano de Port-Joinville.

Aun así, se ríe. Tiene que reconocer que lamenta profundamente haberse perdido la imagen de Jason huyendo por la calle después de lanzar los petardos.

—La pobre mujer del banco casi se muere del susto. Tendrías que haber visto su cara.

—Entonces… ¿vas a reconocer que ha sido una idea brillante?

Oriol deja de manipular los cables y levanta la cabeza.

Llevan un rato intentando poner en marcha aquel trasto.

Hacía años que no conectaba un equipo así.

Durante unos segundos se ha quedado mirando el cable del monitor sin recordar cómo se conectaba.

No hay HDMI ni ninguna conexión que se le parezca.

El ordenador utiliza un viejo VGA azul que tiene que encajar en el puerto correspondiente y asegurar después girando los dos pequeños tornillos laterales.

—Reconozco, Jason Bennett, que una vez más ha tenido usted una idea brillante.

Que el plan ha funcionado a la perfección y que nuestra actuación de esta mañana eleva a más de cien las irregularidades que hemos cometido en esta investigación.

Lo cual me recuerda que pronto voy a tener que buscar un nuevo trabajo.

Jason suelta una carcajada.

—Sabía que acabarías admitiéndolo.

Se dirige hacia la cocina mientras Oriol conecta el último cable y pulsa el botón de encendido. El ordenador responde con un zumbido grave. Después, nada.

Oriol espera.

—¿Crees que esto funciona? —pregunta.

—Dale tiempo. Tiene más años que tú.

—Es posible...

Desde la cocina llega el sonido de la cafetera. Oriol vuelve a mirar la pantalla negra y, justo cuando empieza a pensar que tendrán que buscar una alternativa, aparece una línea de texto. Después otra. El disco duro trabaja con una lentitud desesperante.

Jason regresa con dos cafés.

—Está arrancando, ¿verdad? —pregunta Oriol.

—Supongo que sí. En cualquier caso, podría arreglarlo. Lo que importa es que funcione el lector.

Oriol coge una de las tazas y bebe un sorbo sin apartar la vista del monitor.

El ordenador continúa arrancando.

Transcurre casi un minuto hasta que finalmente aparece el logotipo de Windows 95 sobre el fondo azul.

Oriol sonríe al verlo. Tiene la extraña sensación de haber retrocedido veinte años.

La interfaz termina de cargarse y deja paso a un escritorio casi vacío, con los iconos enormes y aquella combinación de colores arcaica que había relegado al olvido.

Deja el café sobre la mesa y coge el CD, sosteniéndolo unos segundos entre los dedos.

Todo lo que han hecho esta mañana ha sido para conseguirlo. Los petardos, la carrera de Jason, la distracción de los empleados, su entrada en la sala de las cajas de seguridad. Una sucesión de decisiones que pueden haber valido la pena o haber sido una auténtica pérdida de tiempo.

Se disponen a averiguarlo.

Pulsa el botón de la unidad. La bandeja sale despacio. Oriol coloca el disco en el centro y vuelve a cerrarla.

Tras un par de segundos, el lector cobra vida.

Primero se escucha un breve chasquido mecánico.

A continuación, el disco empieza a girar cada vez más deprisa y la unidad emite ese sonido tan característico de los antiguos lectores de CD: un zumbido agudo que aumenta de intensidad, se interrumpe de golpe y vuelve a arrancar, acompañado por pequeños golpes secos mientras el cabezal busca la información en distintas zonas del disco.

Jason deja su taza. Los dos miran la pantalla.

—Vamos...

Entonces aparece una ventana en el monitor. Solo hay una carpeta. La abre con un doble clic. Dentro encuentra un único archivo.

Es un vídeo.

Oriol mueve el cursor hasta el archivo y pulsa dos veces sobre él.

Se abre el reproductor y la imagen aparece por fin en la pantalla.

Es una grabación en blanco y negro de una calle durante la noche. La escasa iluminación y la baja resolución no permiten distinguir los detalles, pero Oriol reconoce el lugar de inmediato.

La casa que ocupa buena parte del encuadre es, sin ninguna duda, la de los Tessier.

—Esto se pone interesante —dice Jason.

Oriol acerca la cara al monitor. Hay algo en aquella perspectiva que le resulta familiar. Observa la carretera, el muro que delimita la parcela y la posición de la vivienda hasta que comprende desde dónde se ha realizado la grabación.

—Fíjate en el ángulo —dice señalando la pantalla—. Está tomada desde la casa de Isaac Le Floch.

Jason se inclina a su lado.

Durante los primeros segundos no sucede absolutamente nada. La cámara permanece inmóvil y la imagen cambia tan poco que podría pasar perfectamente por una fotografía. No hay coches, nadie cruza la calle y tampoco se aprecia movimiento en el exterior de la vivienda.

Hasta que algo cambia.

Una silueta aparece tras una de las ventanas delanteras del piso superior.

—Espera.

Oriol hace clic y detiene el vídeo. Retrocede unos segundos y vuelve a reproducirlo.

La figura aparece otra vez.

—No se ha visto entrar a nadie —comenta Jason.

—No.

—Puede que el vídeo esté cortado. O que haya entrado por detrás. Por la ventana que Colette aseguró haber encontrado abierta cuando fue a revisar a su hija.

Oriol vuelve atrás una vez más. Esta vez deja que la secuencia avance lentamente.

—También podría ser uno de los gemelos —sugiere Jason.

—No. Fíjate en la altura.

Detiene la imagen justo cuando la figura pasa frente a la ventana y señala el marco.

—Es demasiado alto para tratarse de un niño de ocho años. Y por el volumen... —Oriol entrecierra los ojos—. Yo apostaría por un hombre.

Vuelve a pulsar el botón.

La silueta desaparece.

Tras unos segundos sin que ocurra nada, vuelve a aparecer caminando en dirección contraria.

Esta vez lleva algo entre los brazos.

Oriol detiene el vídeo de inmediato.

No es algo. Es alguien. Lo más probable es que sea Célia.

Jason se recoloca en su asiento, nervioso.

—Joder…

Oriol retrocede. Reproduce. Pausa de nuevo.

La imagen es pésima. El rostro del hombre queda reducido a una mancha gris y resulta imposible distinguir cualquier rasgo que permita identificarlo.

De Célia apenas se aprecia el cuerpo pequeño sostenido contra su pecho.

La lleva en brazos, con los brazos extendidos, tal como la familia Williams describió al hombre que vieron aquella noche transportando a una niña con un pijama rosa.

Oriol amplía la imagen.

Los píxeles deforman enseguida los contornos.

—Más no —dice Jason—. La estás destrozando.

Oriol reduce ligeramente el aumento. Hay un detalle que le ha llamado la atención. Está en la camiseta del hombre, en la parte posterior, justo debajo del hombro izquierdo.

—Mira eso.

Jason tarda unos segundos en localizarlo.

—¿Qué es?

—No lo sé.

Parece un pequeño cuadrado. Quizá un dibujo, un parche, parte de un logotipo o algún elemento estampado en la propia camiseta. Con aquella resolución resulta imposible saberlo. Cada vez que Oriol intenta ampliar la zona, los bordes se descomponen hasta convertir el detalle en un puñado de píxeles.

Saca su móvil y toma varias fotografías del fragmento en el que se ve al hombre llevando a la niña en brazos y del detalle de la camiseta.

El hombre desaparece de la ventana con Célia en brazos.

La grabación sigue. Dura menos de cincuenta segundos.

Cerca del final, Oriol detecta un nuevo movimiento en uno de los laterales de la vivienda. No llegan a ver al hombre ni tampoco a la niña. Solo una sombra que atraviesa durante unos instantes la zona posterior de la casa y continúa alejándose hasta confundirse con la oscuridad.

Después, nada.

La reproducción llega al final y la pantalla queda congelada en el último fotograma.

Oriol y Jason recapacitan sobre lo que acaban de ver.

—Así que este era el secreto de Isaac Le Floch. Aquello que lo atormentaba en su lecho de muerte, como le dijo a Jade Fournier.

—No vamos a poder reprocharle que mantuviera en secreto la grabación. Está muerto.

—¿Por qué no le daría estas imágenes a la policía? —inquiere Jason.

—Porque grababa ilegalmente a sus vecinos, porque grabó algo más que no quería que se viera, por sus propios secretos, por venganza por el incidente del aparcamiento…

Puede haber mil razones más, pero ninguna importa ahora porque como te he dicho, está muerto.

Centrémonos en el vídeo. ¿Puedes mejorar la imagen? —pregunta Oriol.

Jason hace una mueca antes de acercarse al ordenador.

—Algo. Quizá jugando con los blancos, los negros y el contraste consiga definir mejor algunos contornos. Pero no esperes milagros. Es una cámara muy antigua y está grabando en blanco y negro.

—Me interesa la camiseta por encima de todo.

—Ya me lo imaginaba.

Jason se sienta frente al ordenador y retrocede hasta el momento en que el hombre aparece con Célia en brazos. Congela la imagen y estudia durante unos segundos aquel pequeño detalle cuadrado situado debajo del hombro izquierdo.

—Con las tonalidades de gris puedo hacer un análisis de luminancia y respuesta espectral. Comparar cómo refleja la luz esa zona respecto al resto de la camiseta e intentar reconstruir información que ahora mismo no vemos. Quizá consiga aproximarme a la tonalidad original.

Oriol lo mira.

—¿En serio puedes conseguir averiguar el color?

—A una estimación. No confundamos las cosas.

—Jason señala la pantalla—. Esto no va a convertirse de repente en una fotografía en color.

Dependiendo de cómo respondan los distintos materiales y pigmentos a la luz, puedo intentar acotar posibilidades, pero con una grabación monocroma y sin conocer exactamente las características de la cámara no hay forma de garantizar que el color que obtengamos sea el real.

Dos colores distintos pueden acabar representados prácticamente con el mismo gris.

—Jason, ¿puedes sacar algo o no?

—Eso espero.

A Oriol le basta.

—Ponte con ello cuanto antes. Es la mejor pista que tenemos hasta ahora. En cuanto termines, vamos a hacerle una visita a Rémi Clairmont.

Jason deja de mover los dedos.

—¿Y ese cambio de paradigma?

—Ahora es el momento —se justifica Oriol.

—Hasta hace una hora querías evitar que supieran que estamos investigando.

—Hasta hace una hora no teníamos un vídeo de un hombre sacando a Célia de su casa la noche en que desapareció.

Ya no importa si Rémi decide llamar a las autoridades porque dos individuos se han presentado en su casa haciendo preguntas —continúa—.

Con esta nueva prueba, cualquier juez reabriría el caso.

La investigación oficial va a ponerse en marcha en cuanto este vídeo llegue a las manos adecuadas.

—Entiendes que, si esto va a más y la policía toma el caso de la investigación, yo me tendré que marchar, ¿verdad?

—Lo sé, Jason. Pero esto ya no es solo una corazonada. Lo importante es Célia, no nosotros. ¿Tienes preparada una vía de escape?

Jason asiente con absoluta tranquilidad.

—Siempre la tengo, amigo.