17
Markus se ajusta las gafas con el índice y acerca un poco más la silla al escritorio.
En la pantalla de uno de los ordenadores de la comisaría del distrito Centro de la Policía Nacional de Santander aparece un mapa de la costa cántabra, atravesado por líneas, coordenadas y pequeñas ventanas que muestran datos sobre la localización.
Gisèle está sentada a su lado. Tras ellos, cuatro agentes españoles esperan con los brazos cruzados a que terminen de utilizar el software de la Interpol al que Markus ha solicitado acceso.
Tras el saludo inicial han dejado de prestarles atención.
Hablan entre ellos, se interrumpen, alguno se ríe.
Markus no entiende más que palabras sueltas, pero resulta evidente que están hablando de fútbol.
—Selecciona ese archivo —dice Gisèle.
Markus vuelve a concentrarse en la pantalla.
—¿Este?
Señala una de las carpetas que acaba de desplegarse en la barra lateral. El programa muestra en el centro la imagen de la zona exacta donde la policía encontró la moto de Oriol, a pocos metros del acantilado.
—Sí. Aunque... Déjame a mí. Voy más rápido.
Gisèle le arrebata el ratón antes de que pueda protestar.
Markus levanta las manos.
—Adelante.
Ella tarda solo unos segundos en demostrar que tiene razón. Abre dos ventanas, modifica unos parámetros y despliega un menú que él ni siquiera había visto.
—Los satélites no están grabando vídeo continuamente —explica—. No funciona así. Pero sí realizan capturas periódicas por cuadrantes. Depende de la órbita, del satélite, de las condiciones... Podemos consultar las imágenes disponibles y comprobar si alguna coincide con el intervalo que buscamos.
Markus guarda silencio y la observa trabajar.
Gisèle accede al historial y aparece una sucesión de fechas. Selecciona una tomada varios días antes de la desaparición de Oriol.
La imagen tarda unos segundos en cargar.
La costa aparece desde arriba, recortada con una nitidez sorprendente. Gisèle amplía la zona del acantilado y Markus se inclina hacia delante. Reconoce la carretera, el camino de tierra y el punto aproximado donde la policía localizó la moto.
—Si bajó hasta la playa, tuvo que hacerlo por aquí —dice, señalando la pantalla.
Gisèle sigue con la mirada el lugar que indica.
—Sí. He pensado lo mismo. Las rocas le cortan cualquier otro paso.
Aumenta un poco más la imagen. El sendero desciende hasta una pequeña franja junto al agua y desaparece bajo la pared del acantilado.
Gisèle selecciona ahora una captura perteneciente a varios días después de la desaparición.
—Esta es posterior.
Markus tarda un instante en verlo.
—Ahí.
Una pequeña mancha oscura aparece junto al camino.
Gisèle amplía hasta que los píxeles empiezan a deformar los contornos, pero es suficiente. La silueta de la motocicleta de Oriol Duarte resulta inconfundible.
—Ya estaba allí —dice Markus.
—Sí.
—¿Hay más?
Gisèle consulta la lista.
—Una. Se tomó dos días antes de esta última.
—Ábrela.
Hace clic.
La nueva fotografía llena la pantalla.
Está tomada al atardecer. La luz cae oblicua sobre el acantilado y permite distinguir con bastante claridad la carretera y buena parte de la costa. Markus busca directamente el lugar donde aparecerá después la moto.
No está, lo que significa que la imagen fue tomada antes de que Oriol llegara.
Va a decir algo cuando Gisèle acerca la cara al monitor.
—Espera.
Markus sigue la dirección de su mirada. No está observando la carretera. Mira el mar.
—¿Qué ocurre?
Gisèle mueve el cursor hacia una pequeña figura situada junto a la costa.
—Eso.
Markus entrecierra los ojos y descubre una mancha que ocupa apenas unos milímetros.
—Es un barco —dice Gisèle.
Amplía la imagen.
La figura comienza a definirse.
—No entiendo mucho de navegación —añade—, pero ¿no es peligroso que esté ahí? Está demasiado cerca de las rocas.
—Amplía más.
Gisèle obedece.
La imagen pierde definición, pero ahora pueden distinguir perfectamente el casco con una inscripción en letras rojas donde puede leerse «Destiny». También se distingue el mástil y una vela recogida. Es un velero pequeño que se ubica prácticamente pegado a la costa.
—Busca alguna identificación. Matrícula, banderas, logotipos… Lo que sea.
Gisèle amplía otra vez.
—Vete olvidando… Desde arriba y con esta resolución es imposible. Confórmate con esas letras rojas, debe ser el nombre del barco.
—Tú prueba.
Mueve la imagen, modifica el contraste y lo intenta con otra herramienta del programa. Después retrocede, vuelve a acercarse y examina primero la proa y después la popa. Markus aguarda en silencio.
Pasan un par de minutos.
—Nada.
—Tiene que haber algo.
—Pues yo no lo veo.
Gisèle cambia de nuevo el encuadre y fuerza la imagen hasta el límite. El casco se convierte en una sucesión de formas cada vez menos definidas.
Finalmente suelta el ratón.
—No puedo ver nada, Markus.
El inspector Graff se acerca todavía más a la pantalla.
Gisèle señala uno de los laterales del velero.
—Debería estar aquí, ¿no?
Markus asiente despacio.
—Sí. La identificación debe ser visible en el casco, en ambos costados, por encima de la línea de flotación.
Gisèle vuelve a mirar la imagen.
—Pues… O no podemos verla con esta imagen, que sería lo más normal, o la han quitado.
Markus guarda silencio, pensativo.
La conversación de los agentes españoles continúa a sus espaldas. Uno protesta por algo y los demás se ríen. Dentro de aquella sala, nadie parece haber reparado en lo que ellos acaban de encontrar.
Gisèle cruza los brazos.
—¿Qué piensas?
El inspector Graff se quita las gafas y las deja sobre la mesa.
Intenta comprender el motivo por el que Oriol habría llegado hasta aquel lugar. Por qué abandonaría allí la moto con tal de desaparecer sin utilizar un aeropuerto, una estación o cualquier medio de transporte que se pudiera rastrear.
—Creo que es posible que utilizara ese barco y que, si lo hizo, fue para llegar a Francia.
Gisèle lo mira, extrañada.
—¿Por qué Francia?
—Porque se subió a ese velero para evitar la frontera.
Ella vuelve la vista hacia la pantalla.
Markus señala el barco.
—Si hubiera querido ir a cualquier otro lugar de España, no necesitaba hacer esto —continúa Markus—.
Podría haber cambiado las placas de la moto, conseguir otro vehículo, alquilar uno con documentación falsa...
Habría tenido opciones mucho más sencillas.
Pero si quería abandonar el país sin dejar constancia, cruzar la frontera por carretera era un problema.
Gisèle observa el mapa.
—En cambio, por mar... Tiene sentido.
Markus vuelve a ajustarse las gafas.
Dirige la mirada al techo y amplía mentalmente el mapa que tiene delante. Cantabria. Vizcaya. Guipúzcoa. La frontera francesa. Después, toda la costa atlántica extendiéndose hacia el norte.
Mira de nuevo el velero. Es demasiado pequeño.
Eso puede convertirse en su ventaja.
—No pudo alejarse demasiado de la costa con una embarcación así de pequeña. Y necesitaría combustible, provisiones, agua. Incluso aunque navegara a vela, tarde o temprano tendría que acercarse a algún puerto —señala Markus.
Gisèle comprende adónde quiere llegar.
—Podemos intentar localizarlo si es lo que estás pensando.
—Eso vamos a hacer. —Markus abre un mapa y señala con el dedo la línea de costa—.
Contactaremos con todos los puertos importantes en dirección norte.
Preguntaremos por un velero de estas características y enviaremos la imagen.
Capitanías, marinas, clubes náuticos, gasolineras de puerto, cámaras de seguridad...
cualquier sitio donde pudiera haber quedado registrado.
Su dedo avanza por la pantalla.
—Bilbao. San Sebastián. Hondarribia. Hendaya. Biarritz...
—De acuerdo. Ponte con eso —contesta Gisèle—.
Yo voy a seguir con las imágenes. Tal vez tenga algo de suerte y consiga localizar el mismo velero en algún lugar de la costa.
Conozco a un tipo que diseñó un software capaz de buscar un objeto determinado en el histórico de imágenes.
Por probar no perdemos nada —comenta Gisèle.