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Jason observa a Oriol desde la distancia, sentado en un banco de madera bajo la sombra de uno de los pinos marítimos que salpican Port-Joinville. Se ha puesto las gafas de sol pese a que hoy es un día nublado. No las necesita. Las quiere para poder fijar la mirada sin que nadie lo note.
Al otro lado de la calle, tras la amplia cristalera de la sucursal bancaria, Oriol espera sentado en una pequeña sala adyacente a la zona de atención al público.
Lleva allí algo más de diez minutos. De vez en cuando cambia de postura o dirige la mirada hacia alguna de las personas que esperan junto a él.
Como ese hombre grueso de casi dos metros que ha entrado un poco después que él.
Esta vez la idea ha sido de Jason. Y está especialmente orgulloso de ella.
Para que sea útil, por supuesto, todo depende de que la llave que encontraron en la caseta de Isaac Le Floch pertenezca realmente a ese banco y abra una de sus cajas de seguridad.
Es la posibilidad más plausible, pero sigue siendo solo eso.
Una posibilidad. Podrían haberse equivocado desde el principio y estar a punto de montar todo aquel numerito en balde.
Solo que, si están en lo cierto, el plan debería funcionar.
Hay algo que le concede cierta tranquilidad: Oriol ha aceptado llevarlo a cabo.
Jason sabe perfectamente lo que significa.
El inspector Duarte no suele entusiasmarse con sus ocurrencias.
Más bien al contrario. Las escucha con esa expresión suya de profesor cansado ante un alumno especialmente problemático y después empieza a enumerar todo lo que puede salir mal.
Que esta mañana se haya limitado a escucharlo, hacer un par de preguntas y decir «de acuerdo» significa, inequívocamente, que el plan es perfecto.
Jason vuelve a mirar hacia la sucursal.
Oriol continúa esperando con expresión cansada, aunque intente disimularlo.
Jason sí ha conseguido dormir algo, aunque tampoco demasiado.
Se acostó tarde porque quería monitorizar la actividad de Clovis Clairmont después de que lo dejaran marchar.
Habían invertido demasiado esfuerzo en conseguir acceso a su teléfono para desconectarse justo cuando podía empezar a proporcionarles información.
Y como no podía ser de otra forma, así fue.
Después de que Edme le colgara, Clovis volvió a llamar a su hermano un total de siete veces.
Ninguna obtuvo respuesta.
También le escribió varios mensajes.
«¿Por qué me has colgado?»
Y, poco después:
«Joder, Edme, necesito que hablemos.»
Su hermano tampoco respondió a eso.
Jason siguió entonces la ubicación del teléfono.
Clovis regresó andando al punto donde Oriol y él lo habían abordado, en la playa de la Belle-Maison, recuperó la moto y condujo hasta casa de su madre, en la rue du Camp de Port-Joinville.
Oriol le explicó que la mujer vive allí desde que se separó de su marido, hace unos diez años, en la planta baja de un pequeño adosado.
Hasta ese momento, todo entraba dentro de lo previsible. Lo que sucedió después fue bastante más interesante, siendo lo más llamativo que Clovis no llamase a la policía.
Jason esperaba que lo hiciera. Después de lo ocurrido, habría sido la reacción lógica: dos desconocidos lo habían interceptado, retenido contra su voluntad y sometido a un interrogatorio.
Sin embargo, no buscó ayuda. Tampoco llamó a ningún amigo.
Ni siquiera a su novia, la camarera del camping de La Meule.
A nadie.
Cuando la señal del teléfono confirmó que ya estaba en casa, Jason activó el acceso al micrófono del dispositivo y dejó el audio abierto durante un rato.
No escuchó ninguna conversación. Clovis tampoco despertó a su madre, que probablemente dormía a esas horas.
Solo se encerró en su habitación y comenzó a buscar cosas en internet.
«Paracetamol sobredosis».
Después llegó otra.
«Paracetamol tóxico».
Y otra.
«Paracetamol cantidad máxima niños».
Se detuvo en una página web que explicaba las propiedades del medicamento.
Allí pudo leer que se trataba de un fármaco muy común para combatir la fiebre en niños y adultos.
Una parte del texto hablaba de las consecuencias de una sobredosis, describiéndola como una urgencia médica debido a su alta toxicidad que puede generar fallo hepático y la muerte.
A partir de ahí, el asunto cambió.
«Cuándo prescribe un asesinato».
Jason tuvo que leer dos veces lo que Clovis escribía.
La siguiente terminó de despejar cualquier duda sobre lo que ocupaba la cabeza de Clovis aquella noche.
«Diferencia entre asesinato y homicidio»
Durante casi dos horas continuó saltando de una página a otra.
Mientras piensa en todo ello, Jason se quita las gafas un instante y limpia uno de los cristales con el borde de la camiseta manteniendo la vista en la sucursal bancaria.
Aquello, por sí solo, no demuestra que Clovis y Edme mataran a Célia Tessier por accidente. Ni siquiera demuestra que el chico sepa exactamente qué ocurrió aquella noche. Pero de cara a la investigación constituye una duda razonable.
Cuando Jason se ha levantado esta mañana, Oriol ya estaba despierto y, por el aspecto que tenía, probablemente no había dormido ni un minuto.
Se ha pasado toda la noche revisando informes del caso en busca de algún indicio que encajara con el nuevo enfoque que plantean: la posibilidad de que los gemelos mataran a Célia intoxicándola y alguien los protegiera.
Jason se yergue cuando percibe movimiento al otro lado de la cristalera.
Oriol se levanta y se dirige al mostrador.
Por fin.
La mujer conversa con Oriol e intercambia documentación. Luego le indica que la acompañe hacia el interior de la sucursal. Unos segundos más tarde, ambos desaparecen de su campo de visión.
Jason mira la hora.
Es el momento de comprobar si su brillante idea funciona.
Oriol espera su turno sin mostrar impaciencia. Está completamente metido en el papel que ha decidido representar desde que ha cruzado la puerta. Es un cliente más. Un hombre que entra en un banco para realizar una gestión sencilla y que, cuando termine, se marchará.
Sabe por experiencia que actuar con normalidad es la mejor manera de pasar inadvertido.
Delante de él solo quedan dos personas. Un anciano que espera apoyado sobre un bastón y una mujer de unos cincuenta años que lleva varios minutos hablando con la empleada acerca de las condiciones para refinanciar su vivienda.
La conversación avanza despacio, llena de cifras, porcentajes y preguntas que Oriol escucha sin poder evitarlo.
La sucursal es tan pequeña como habían previsto Jason y él. Dos puestos de atención al público, aunque a esa hora únicamente uno está ocupado.
Han elegido deliberadamente la hora del almuerzo.
Como esperaban, uno de los dos trabajadores, el hombre de unos sesenta años que debe estar a punto de jubilarse, se ha marchado hace cinco minutos y la mujer que atiende el mostrador se encuentra sola.
El escenario propicio para llevar a cabo su plan.
Oriol no mira hacia el ventanal. No le hace falta comprobar que Jason sigue fuera. Conoce su posición y sabe que estará preparado cuando llegue el momento.
Después de otros cinco minutos, la mujer que preguntaba por la refinanciación recoge una carpeta y abandona la sucursal. El trámite que realiza el anciano es breve; en menos de dos minutos la empleada le abona el cheque al portador que llevaba y el hombre se marcha encorvado, dando pasos cortos.
Es el turno de Oriol. Un hombre enorme aprovecha que se levanta y ocupa su silla.
La empleada lo saluda al verlo acercarse.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?
Oriol se acerca al mostrador.
La mujer aparenta unos cuarenta años. Lleva el cabello recogido y una placa metálica prendida a la camisa en la que puede leerse Léonie Marchand.
—Hola.
Oriol levanta el sobre que lleva en la mano.
—Me gustaría alquilar una caja de seguridad para guardar estos documentos.
Léonie mira el sobre antes de dirigir la atención hacia la pantalla.
—Por supuesto. ¿Reside en la isla o está de paso?
—Estoy de paso. Serán solo unas semanas.
—De acuerdo. No hay problema. No exigimos que tenga una cuenta abierta con nosotros para alquilar una caja. Pero sí necesito un documento de identidad, una dirección postal y que firme los contratos que voy a imprimir.
Oriol mete la mano en el bolsillo trasero de su pantalón, saca el pasaporte y se lo entrega.
Léonie comprueba la fotografía, introduce los datos en el ordenador y hace algunas preguntas rutinarias. Oriol responde sin apresurarse.
La impresora comienza a trabajar a espaldas de la mujer.
Léonie recoge varias hojas, las ordena sobre el mostrador y marca con un bolígrafo los lugares donde debe firmar.
—El periodo mínimo de alquiler es de un año. Son noventa y siete euros para las cajas pequeñas que, viendo el sobre que me ha enseñado, será suficiente.
—Sí. Es justo lo que necesito.
—¿Efectivo o tarjeta?
—Efectivo.
Oriol cuenta los billetes y los deja sobre el mostrador.
Léonie registra el pago, imprime el recibo y entonces se agacha frente a uno de los cajones inferiores del mueble situado detrás de ella.
Ese movimiento sí le interesa.
Oriol observa sin girar la cabeza. La mujer abre el cajón, busca durante unos segundos y extrae una llave. Nada más verla se percata de las similitudes que guarda con la llave encontrada en la caseta de Isaac Le Floch.
Cierra de nuevo.
—¿Ha alquilado alguna caja de seguridad anteriormente?
—Sí.
—Entonces ya conocerá el procedimiento, pero tengo que explicárselo igualmente. Para abrirla hacen falta dos llaves. Esta es la suya y corresponde a la caja número 222.
Deposita la llave sobre el mostrador.
Oriol la recoge.
—La segunda es la llave maestra del banco —continúa Léonie alzando levemente la llave que ha cogido del cajón—. Nosotros la custodiamos y solo facilitamos el acceso al titular debidamente identificado o cuando exista el requerimiento legal correspondiente.
—Lo sé. Gracias.
Léonie sonríe.
—Perfecto. Acompáñeme.