15
Oriol señala el teléfono que Jason sostiene entre las manos.
—Pon el altavoz.
Jason obedece y deja el móvil sobre el salpicadero. En la pantalla aparece la imagen clonada que ofrece el teléfono de Clovis Clairmont y, debajo, el número al que está llamando. El programa que han instalado continúa ejecutándose en segundo plano.
El primer tono rompe el silencio del coche.
Después otro.
Oriol se lleva el puño al mentón, muy atento. El Suzuki se encuentra dentro de la finca alquilada. Ambos esperan en su interior. De vez en cuando, una claridad lejana procedente de la carretera más próxima se desplaza entre los árboles y desaparece antes de llegar hasta ellos.
Tercer tono.
Jason mira la pantalla.
Cuarto.
—Vamos —murmura.
Quinto.
La llamada está a punto de desviarse al buzón cuando alguien responde.
—¿Clovis?
Oriol reconoce de inmediato la tensión en aquella voz. No hay sorpresa, tal vez cierta hostilidad.
—Edme… Necesito hablar contigo.
—¿Ha pasado algo? Es muy tarde allí.
—No sé cómo... Joder... Estoy muy nervioso.
El tono de Edme cambia.
—¿Qué pasa? ¿Dónde estás?
—En la isla. He venido a pasar unos días. Yo... Estaba en la playa con Antoine y sus primos y, cuando iba a volver a casa de mamá...
—Clovis, me estás asustando. ¿Le ha pasado algo a mamá?
—No. No, tranquilo. Mamá está bien.
Una pausa.
—Entonces, ¿qué pasa? —inquiere Edme.
La respiración de Clovis resuena al otro lado de la línea. Cuando vuelve a hablar, lo hace deprisa.
—Unos tipos me han puesto un saco en la cabeza y... me han metido en un maletero.
—Joder, Clovis. ¿De qué coño estás hablando?
—Me han llevado a la caseta de Isaac. A la que veníamos de pequeños.
Eso provoca un silencio que se alarga unos segundos.
Oriol aparta la vista de la carretera y mira a Jason.
Jason le devuelve la mirada.
Cuando Edme vuelve a hablar, su voz ha perdido parte de la urgencia.
—Clovis, ¿me estás tomando el pelo? ¿Es una puta broma de las tuyas? Porque esto no tiene ninguna gracia.
—¡Te estoy diciendo la verdad, Edme! Me va a dar un infarto. Estoy volviendo a la playa. Mi moto debe de estar ahí, pero la isla está oscura y no veo una mierda.
—¿Te han llevado hasta esa caseta y te han soltado?
—Sí.
—¿Y por qué cojones no llamas a la policía?
Clovis no responde.
—¿Clovis?
—No... No puedo.
—¿Cómo que no puedes? Voy a llamar a papá. Dime dónde estás y le diré que vaya a por ti.
—No, Edme. Espera.
—¿Qué?
—Esos tíos... —Clovis vuelve a atascarse—. Esos tíos sabían algo.
Oriol se incorpora ligeramente en el asiento.
Jason acerca una mano al teléfono, quizá por el impulso absurdo de querer escuchar mejor.
—¿Sabían algo de qué? —pregunta Edme.
—Yo...
—¿Te has vuelto a meter en algún lío vendiendo mierdas? ¿Es eso? Eres un pedazo de inútil, Clovis. Te dije que lo dejaras. Te dije que acabaría mal.
—No, Edme. No es eso.
—Entonces, ¿qué coño es?
Clovis tarda en responder, tanto que Oriol mira la pantalla del teléfono por si se ha cortado la llamada.
—Sabían algo de lo de Célia.
La frase precede a un silencio sepulcral.
Oriol cuenta los segundos sin proponérselo.
Uno.
Dos.
Tres.
La llamada se corta.
Jason levanta la cabeza. En la pantalla aparece el aviso de llamada finalizada.
Oriol sigue mirando el teléfono, pensativo.
Jason es el primero en reaccionar.
—Parece que tu plan ha funcionado a la perfección.
Oriol no comparte su entusiasmo. Al menos, no todavía. Vuelve a recostarse en el asiento y repasa mentalmente lo que acaba de escuchar.
—Edme es mucho más listo que Clovis —dice Oriol.
—Eso tampoco parece muy difícil.
—No ha querido decir nada por teléfono. Ni una sola palabra que pudiera comprometerlo. En cuanto Clovis ha mencionado a Célia, ha colgado.
—Quizá simplemente se haya asustado.
—No. —Oriol niega despacio—. Si tu hermano te llama diciendo que lo han secuestrado y después menciona a una niña que desapareció cuando teníais ocho años, haces preguntas. Muchas. Edme no ha hecho ninguna.
Jason vuelve a coger el teléfono.
—Monitorizaré la actividad de Clovis. Sus búsquedas, sus mensajes... Viendo lo inocente que es, es cuestión de tiempo que nos lo ponga en bandeja.
—¿Qué puedes ver exactamente?
—Prácticamente todo lo que haga con el teléfono. También puedo acceder al micrófono.
Oriol vuelve la cabeza.
—¿Aunque no esté haciendo una llamada?
—Aunque esté guardado en el bolsillo.
Jason hace una pausa.
—También a la cámara.
—¿Puedes monitorizar también la actividad de Edme? —pregunta Oriol.
—Con el equipo que tengo aquí en la isla, no. —Jason guarda el teléfono—. Y viendo lo precavido que ha sido con esta llamada, apostaría a que me llevaría un buen rato encontrar un resquicio por donde entrar.
Oriol asiente.
—Intentemos descansar un poco. Mañana tenemos mucho trabajo por delante.