El regalo (Inspector Oriol Duarte 5) 14
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Se ha hecho muy tarde y Markus empieza a asumir que hoy no van a encontrar a Oriol.

Ha pasado toda la tarde buscándolo, envuelto en conversaciones con policías que no saben quién es Oriol Duarte ni entienden por qué un inspector alemán está tan interesado en averiguar qué hizo después de abandonar una cabaña perdida en Cantabria.

Han reconstruido parte de sus movimientos, han revisado carreteras, cámaras, posibles rutas hacia Francia.

Nada concluyente. Aunque gracias a un mapa interactivo se han establecido las dos posibles rutas que recorrió con su moto, teniendo en cuenta que no fue captado por ninguna cámara de seguridad.

Ambas rutas se dirigen al norte, zona que han explorado hasta que se ha hecho demasiado tarde para seguir recorriendo la costa.

Gisèle está sentada frente a él sin decir nada. Markus tiene el teléfono pegado a la oreja y la mirada perdida en el mantel. De vez en cuando cambia el aparato de mano, comprueba la pantalla y vuelve a llevárselo al oído.

Son los últimos clientes del bar del hotel. Los camareros ya han retirado los platos y las servilletas. Solo han dejado sus bebidas. Un gesto lo bastante educado para no resultar incómodo y lo bastante evidente para que entiendan el mensaje: van a cerrar.

Gisèle se incorpora en su asiento.

—¿Te parece si salimos fuera? Necesito fumar.

Markus hace un gesto con la mano y asiente.

Se levantan. Él se acerca a uno de los camareros y le pide que cargue la cena a la cuenta de la habitación. Después atraviesan la recepción y salen del hotel.

La noche resulta agradable. La temperatura ha descendido bastante respecto a las horas centrales del día y el aire húmedo de Cantabria suaviza el calor que todavía conserva el suelo.

A esas horas no hay movimiento en los alrededores.

Algún coche pasa de vez en cuando por la carretera y las luces del hotel iluminan parte del aparcamiento.

Gisèle saca un paquete de tabaco, se coloca un cigarrillo entre los labios y lo enciende.

Markus señala el teléfono que sigue sosteniendo junto a la oreja.

—Llevo esperando más de media hora —se queja.

—¿Pero no te han dicho que la habían encontrado?

—Eso me ha parecido entender. —Markus chasca la lengua—. El policía que me ha atendido no hablaba bien inglés y mi español no es muy bueno que digamos. Iban a pasarme la llamada con alguien que pudiera atenderme.

Gisèle da una calada y expulsa el humo hacia un lado.

—Cuelga y vuelve a llamar. Total, tampoco vamos a poder hacer nada a estas horas de la noche.

Markus mira la pantalla. Treinta y cuatro minutos.

Niega con la cabeza.

—Voy a esperar. Si se confirma que esa moto que han encontrado cerca del acantilado es la de Oriol, quiero que la examine la policía científica y mañana a primera hora contactaré con la Guardia Costera. Intentaremos averiguar si se subió a alguna embarcación.

—De acuerdo, Markus. —Gisèle lo observa por encima del cigarrillo—. Pero te recuerdo que ha sido idea mía.

Él la mira y hace un pequeño gesto con los labios.

No puede discutirlo. Está diciendo la verdad.

Durante horas, Markus había estado concentrado en averiguar adónde podía haber ido Oriol después de abandonar la cabaña. Había partido de la premisa lógica: si se marchó en moto, debía existir algún rastro de ese desplazamiento. Una cámara, un peaje, una gasolinera, un control fronterizo. Algo.

Pero no había nada.

Gisèle fue quien planteó la cuestión desde el ángulo contrario.

¿Y si solo utilizó la moto para llegar hasta el mar?

En el vídeo se le veía abandonar el lugar en su motocicleta.

Eso, y que se dirigió hacia el norte, era lo único que sabían con certeza.

Después, desaparecía. Ninguna cámara de tráfico había registrado una matrícula coincidente en las rutas principales hacia Francia y tampoco constaba que hubiera cruzado la frontera.

Las posibilidades se reducían bastante.

O había cambiado las placas de matrícula para evitar que pudieran seguirlo o la moto continuaba en algún lugar de Cantabria.

Markus había pedido entonces ayuda a la policía local. Y la suerte parecía dispuesta a colaborar.

Esa misma mañana, un hombre había llamado para denunciar la presencia de una motocicleta abandonada en su propiedad.

No se trataba exactamente de una finca. Era una pequeña parcela de terreno cerca de la costa, una de esas extensiones en las que no existe permiso para construir y que acumulan malas hierbas.

El propietario había acudido allí después de varios días y se había encontrado la moto oculta entre la vegetación.

Tras buscar al dueño y no encontrarlo en las proximidades, decidió llamar a la policía.

Los agentes habían dado aviso a una grúa para retirarla y esa es la razón por la que Markus está ahora pendiente del teléfono. Espera que comprueben en el atestado si la matrícula coincide.

Mira otra vez el teléfono.

Gisèle consume el cigarrillo en silencio durante unos segundos.

De repente, una voz suena al otro lado del teléfono y Markus se pone nervioso.

—Buenas noches. Soy el inspector Fran Navarro, de la Policía Nacional de Cantabria.

—Buenas noches —saluda Markus—. Yo soy el inspector Markus Graff. He llamado hace un rato por una motocicleta encontrada cerca de la costa.

Una pausa.

—Sí, puedo confirmarle que la motocicleta que ha sido hallada esta mañana cerca de la costa es una BMW R nineT Scrambler con matrícula 1011 LRM.

Markus se endereza y Gisèle deja de fumar.

—Necesito que proteja ese vehículo para que no se contamine más hasta que consiga una orden para enviarla al laboratorio.

—Cuente con ello. ¿Algo más?

—Sí. Envíeme la ubicación exacta donde ha sido encontrada, por favor.