El regalo (Inspector Oriol Duarte 5) 13
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Oriol mira a Jason y le hace un gesto con la cabeza, dándole a entender que es suficiente.

Jason asiente. Mete la mano en el bolsillo, saca el teléfono de Clovis en el que ha estado trabajando mientras Oriol lo interrogaba y lo lanza sobre la cama, cayendo a escasos centímetros de su espalda.

Clovis se sobresalta y se encoge de inmediato, tratando de protegerse. Se le escapa un grito ahogado. Durante un instante solo escucha su propia respiración, demasiado rápida y ruidosa.

Los labios de Jason dibujan una sonrisa.

—Levanta las manos sin girarte, por encima de la cabeza.

Clovis obedece y Oriol corta la brida que le sujetaba las manos.

—Tienes tu teléfono detrás, sobre la cama —dice Oriol—. Ahora vamos a salir de la caseta y tú vas a quedarte aquí. Quiero que cierres los ojos y no te muevas ni enciendas el teléfono hasta que escuches el claxon del coche. ¿Lo has entendido?

Clovis tarda un par de segundos en responder.

—Sí.

La palabra se le rompe en la garganta. Después de pronunciarla rompe a llorar.

Oriol y Jason abandonan la caseta sin decir una sola palabra más.

La puerta se cierra y, una vez fuera, aceleran el paso.

El Suzuki está donde lo dejaron, oculto entre la vegetación. Oriol se coloca al volante y Jason ocupa el asiento del acompañante. En cuanto cierran las puertas, Oriol introduce la llave y pone el motor en marcha.

Toca el claxon.

El sonido se extiende por aquel extremo desierto de la isla. Después, mete primera y se incorpora al camino.

—Le llevará un rato volver a por su moto —comenta Jason.

Oriol no parece interesado en la observación. Mantiene la vista al frente mientras aumenta la velocidad en cuanto el terreno se lo permite.

—¿Lo tienes? —le pregunta.

Jason ya ha sacado su teléfono. Desliza el dedo por la pantalla y abre la aplicación que ha estado esperando utilizar desde que salieron de la caseta.

—Lo tengo. Pero todavía no lo ha encendido.

Eso es lo único que necesitan.

Durante los minutos en los que el teléfono de Clovis ha estado en sus manos, Jason ha instalado una aplicación de monitorización y clonado que les permitirá seguir su actividad en segundo plano.

Clovis no verá ningún icono nuevo ni recibirá ninguna advertencia.

Si todo funciona tal y como Jason asegura, podrán saber dónde está, a quién llama, escuchar la conversación y averiguar todo lo que haga con el dispositivo sin que él sospeche que lo observan.

Ese era el verdadero objetivo desde el principio. El motivo de toda aquella parafernalia ajena a cualquier código policial.

La caseta, el secuestro, las preguntas. Han sembrado una semilla que pronto debería brotar.

Jamás habrían forzado a Clovis para que respondiera. Mucho menos le habrían hecho daño. No es su forma de actuar. Pero para que funcionara el plan, había que asustarlo. Y eso sí es exactamente lo que han hecho.

Lo que de verdad les interesa de Clovis no es la mentira que con total seguridad les ha contado en la cabaña hace unos instantes; la misma que lleva repitiendo durante los últimos veinte años.

Lo que importa es lo que haga ahora. Con quién habla, a quién le cuenta lo que ha sucedido y qué información se le escapa bajo una supuesta intimidad que no existe como tal.

Oriol pisa el acelerador.

El Suzuki gana velocidad por el estrecho camino.

—Tenemos tiempo, tranquilo. Vas muy rápido —se queja Jason, alternando la mirada entre la pantalla y la carretera.

Oriol no responde.

Quedan tres kilómetros hasta la finca que han alquilado.

Atraviesan una pequeña urbanización de chalés donde Oriol levanta el pie del acelerador.

No quiere llamar la atención. Algunas casas permanecen completamente a oscuras; en otras, una luz aislada revela que todavía hay alguien despierto.

A esas horas, la poca actividad nocturna de la isla de Yeu se concentra en Port-Joinville.

En la periferia, los caminos están prácticamente vacíos.

Jason sigue pendiente del teléfono cuando la pantalla cambia.

—Acaba de encenderlo —anuncia.

Oriol desvía los ojos hacia él.

—¿Sigue en la caseta?

Jason comprueba la ubicación. El acceso que ha instalado en el dispositivo de Clovis trabaja en segundo plano y le permite consultar su posición sin que el chico se percate de nada.

Amplía el mapa.

El punto azul no se mueve.

—Sí. Sigue allí.

Jason sonríe ligeramente.

—Ha obedecido tus órdenes. El pobre estaba aterrorizado.

Oriol aprieta la mandíbula. No se siente especialmente orgulloso de eso, pero sabe interpretar un papel.

Solo queda un kilómetro.

La entrada de la finca aparece poco después, protegida por un muro bajo y una hilera de árboles. Oriol reduce la marcha antes de tomar el desvío. El Suzuki abandona la carretera y avanza por el acceso de grava.

Lo han conseguido. Han llegado a tiempo antes de la posible llamada de Clovis a la policía.

—¿Qué hace ahora? —pregunta Oriol.

Jason observa la pantalla en silencio.

—Ahora está marcando un número.

—¿Cuál?

Jason levanta la vista del teléfono.

—El de su hermano.