Año 2007
Clovis mira a su hermano en la oscuridad y se lleva un dedo a los labios.
—Para ya.
Edme aprieta la cara contra la almohada para contener la risa. No sirve de nada. Sus hombros siguen moviéndose y, unos segundos después, vuelve a escapársele una carcajada ahogada.
—Vas a despertar a la niña —susurra Clovis.
Eso solo consigue que Edme se ría más.
La habitación donde los han instalado es pequeña y demasiado calurosa. Las ventanas están cerradas y no entra aire. Clovis lleva un buen rato destapado, con una pierna fuera de la cama y la camiseta pegada a la espalda.
Hace unos veinte minutos que los adultos se han marchado. Primero han oído voces en la planta baja, después la puerta de entrada y, finalmente, silencio.
Ha fingido que dormía. Cuando Henri ha entrado por última vez para comprobar que todo estaba bien, él tenía los ojos cerrados y respiraba despacio.
Luego ha escuchado cómo se cerraba la puerta y el padre de Célia hablaba con alguien en la puerta.
Entonces se ha puesto de pie y le ha lanzado la almohada a su hermano.
Edme se ha despertado de golpe.
—¿Qué haces?
—Ya se han ido.
No ha necesitado explicar nada más.
Lo habían planeado esa misma tarde. Si los adultos salían y los dejaban solos, aprovecharían esa oportunidad para explorar la casa y hacer alguna gamberrada.
No es que esperen encontrar nada importante, pero resulta muy divertido.
Nunca han dormido en casa de los Tessier y hay algo emocionante en poder moverse por habitaciones que no conocen sin que nadie les diga dónde pueden entrar y dónde no.
Abrir cajones. Mirar dentro de los armarios y descubrir qué secretos guardan los mayores.
Clovis aparta la sábana y pone los pies en el suelo.
—Vamos.
Edme se levanta detrás de él.
Salen al pasillo descalzos y se quedan quietos unos segundos, escuchando. Desde allí ven la puerta de la habitación de los Tessier. Está entreabierta. Célia duerme dentro, en la pequeña cama plegable que sus padres han colocado junto a la pared.
Los hermanos pasan de largo.
Bajan las escaleras con cuidado, tratando de evitar que crujan los peldaños. A mitad de camino, Edme vuelve a reírse sin motivo y Clovis tiene que taparle la boca con una mano.
—Eres idiota.
En la planta baja entra suficiente claridad por las ventanas para distinguir los muebles. La luz de la noche dibuja rectángulos pálidos sobre el suelo y convierte la casa en un lugar distinto al que han visto durante el día.
Empiezan por el salón.
Clovis abre el primer cajón de un aparador y encuentra manteles doblados, servilletas y varias velas. Nada interesante. En el segundo hay papeles, sobres y un montón de cosas que no entiende. Lo cierra.
Edme ya está al otro lado de la habitación.
—Mira.
Sostiene unas gafas enormes con montura marrón.
—Déjalas.
Edme se las pone.
—Soy el señor Tessier.
Frunce el ceño, saca barriga y comienza a caminar con las manos a la espalda.
—Niños, silencio. Soy una persona muy importante.
Clovis se tapa la boca para no soltar una carcajada.
—Dámelas, imbécil.
Se las quita y las deja donde estaban.
Siguen registrando.
En otro cajón encuentran una caja metálica de caramelos que, al abrirla, resulta contener botones, agujas e hilos.
La decepción se apodera del rostro de Edme.
Exploran la cocina en busca de algún dulce que poder echarse a la boca. Pero tras una prolongada búsqueda, no encuentran nada. Abren la nevera. Hay queso, mantequilla, yogures, un recipiente con comida tapado con papel de aluminio y varias botellas.
Edme señala una.
—Mira.
Es una botella de vino abierta.
Clovis la saca.
Los dos se quedan observándola sin decir nada. Han visto beber vino cientos de veces, pero jamás lo han probado. Es una de esas cosas reservadas a los adultos que, precisamente por estar prohibidas, adquieren un interés inmediato.
—Bebe un poco —sugiere Clovis.
—Bebe tú.
Clovis acerca la botella a la boca, pero se detiene antes de tocarla.
—Primero tú.
—Trae, cobarde.
Edme se la arrebata. Inclina la botella y bebe directamente del cuello.
Su expresión cambia.
Aparta la botella y pone una cara tan exagerada que Clovis no puede contener la risa.
—Déjame.
Prueba un sorbo todavía más pequeño.
Le sabe horrible.
Ácido, fuerte y amargo. No entiende por qué los adultos beben aquello durante las comidas y ponen cara de disfrutarlo.
—Es una mierda.
—Te lo he dicho.
Edme se limpia la boca con el antebrazo.
Durante unos segundos discuten en susurros acerca de la posición exacta en la que estaba la botella. Ninguno de los dos lo recuerda. Finalmente, Clovis la mueve unos centímetros hacia el fondo. Tienen que borrar cualquier rastro de su expedición.
Cuando ya no encuentran nada más divertido en la planta baja, deciden subir a las habitaciones.
La aventura les parece mucho más importante de lo que realmente es. Mañana estarán sentados frente a los adultos durante el desayuno y nadie sabrá que han recorrido la casa mientras todos pensaban que dormían.
Será un secreto entre su hermano y él.
Al llegar al piso superior, Edme se dirige hacia su habitación.
Clovis lo agarra del brazo.
—Espera.
Señala la puerta entreabierta al final del pasillo.
La habitación de Henri y Colette donde duerme Célia.
Edme niega con la cabeza.
Clovis sonríe y avanza unos pasos. Empuja despacio la puerta. Dentro reina la penumbra. Célia duerme en su pequeña cama, ajena a todo lo demás.
Clovis se frota las manos, dedicándole esa sonrisa que su hermano conoce perfectamente.
Su hermano tiene que taparse la boca con las dos manos.
—Para —susurra, ahogando la risa.
La niña sigue dormida. Está boca arriba, con la cabeza ladeada sobre la almohada y un dedo metido en la boca. Respira tranquila. Probablemente sueña con algo agradable.
Clovis mira alrededor.
Si registrar la planta baja ha sido divertido, aquello es mucho mejor. Están en el dormitorio de Henri y Colette. Un lugar restringido para ellos.
Se acerca a la cómoda y abre el primer cajón.
Está lleno de ropa. Lo cierra.
En el siguiente encuentra varias cosas pequeñas y, al fondo, una caja de colores que reconoce enseguida.
La saca y la alza mirando a Edme con cara de asombro.
Los dos empiezan a reír.
—Son preservativos —susurra Clovis.
—Ya sé lo que son.
Lo saben desde hace poco.
Fue su padre quien se lo explicó. No con demasiados detalles, pero sí los suficientes para que ambos entendieran por fin qué eran aquellas cajitas de colores que habían visto tantas veces junto al mostrador de la farmacia.
Después, cuando estuvieron solos, pasaron un buen rato hablando del asunto, haciéndose preguntas que ninguno sabía responder y riéndose de todo lo que imaginaban.
Clovis vuelve a guardar la caja.
Edme está mirando ahora la mesilla de noche. Hay un frasco con un líquido rojo.
Lo señala y después mira a Célia. La niña continúa con la boca abierta alrededor del dedo.
Después coge el frasco.
—¿Qué es esto?
Clovis se acerca y lee la etiqueta.
—Paracetamol. Es ese jarabe asqueroso que nos dan cuando nos ponemos malos.
Clovis observa a Célia. Después mira el frasco y sonríe.
—¿Le damos un poco?
Edme vuelve a taparse la boca.
—No.
—Solo un poco —insiste Clovis.
—Se va a despertar.
Clovis le quita a su hermano el frasco de las manos. No es consciente de la toxicidad del medicamento que sostiene entre las manos. Para él aquello solo es una inocente travesura. Una más de las muchas tonterías que hacen cuando nadie los vigila.
Carga una cantidad abundante del líquido rojo en la pipeta.
Edme abre mucho los ojos.
—Tío...
Clovis se acerca a la cama.
Con cuidado, saca el dedo de la boca de Célia.
La niña protesta entre sueños y mueve la cabeza, pero no despierta.
Clovis contiene la risa mientras le administra el líquido poco a poco. Célia traga por reflejo, arruga la cara y vuelve a abrir la boca.
Eso acaba con Edme, que se deja caer al suelo de la risa.
Se retuerce intentando no hacer ruido, con las rodillas contra el pecho y la cara roja por el esfuerzo de contener las carcajadas.
Clovis lo mira y eso lo anima a continuar.
—¿Quieres más, Célia? —murmura tratando de hacer reír a su hermano.
Vuelve a llenar el dosificador.
—Venga. Un poquito más.
Edme golpea el suelo con la palma de la mano.
—Para, para, que me voy a mear.
Le da otra tanda a la niña. Célia vuelve a hacer una mueca.
—Se va a beber todo el bote —dice Clovis.
Clovis vuelve a acercar la mano al frasco. Edme deja de reír durante un instante.
—No le pasará nada, ¿no?
La pregunta queda suspendida entre los dos.
Clovis mira a Célia. Abre la boca para contestar cuando escucha un ruido en la planta baja.
La puerta de la calle se ha abierto y ambos se quedan paralizados.
A toda velocidad, Clovis enrosca de nuevo la pipeta en el frasco y lo deja exactamente donde recuerda haberlo encontrado.
—Corre.
Salen del dormitorio y cruzan el pasillo. Cuando entran en su habitación, Clovis cierra la puerta sin hacer ruido y los dos se lanzan sobre sus respectivas camas.
Se tapan con las sábanas y cierran los ojos.
Clovis intenta controlar la respiración. No sabe quién ha entrado.
Quizá los adultos han regresado antes. Quizá Colette o Henri han olvidado algo. Quizá alguien los ha visto desde fuera y ha venido a comprobar qué estaban haciendo.
Transcurren unos segundos. Después escucha pasos que suben por la escalera y aprieta los ojos cuando llegan al piso superior.
Se detienen. Una puerta se abre. Debe ser la del dormitorio de los Tessier.
Clovis escucha movimiento al otro lado de la pared. Después silencio.
Quiere mirar a Edme, pero no se atreve.
Entonces los pasos regresan al pasillo. Se aproximan a su habitación y, finalmente, la puerta se abre.
Alguien entra y enciende la luz.
Clovis mantiene los ojos cerrados un segundo más, hasta que comprende que fingir que duerme ya no sirve de nada.
Los abre.
Su padre, Rémi Clairmont, está junto a la puerta. Pero no parece enfadado, parece preocupado.
Mira primero a Clovis y después a Edme.
—¿Qué habéis hecho?