12
El miedo se ha apoderado de Clovis de una forma que no consigue controlar. Tiene el estómago revuelto y una presión desagradable en la garganta. Lleva varios minutos aguantando las ganas de vomitar, aunque cada vez le cuesta más.
Le duele mucho la rodilla, comienza a darse cuenta ahora. La adrenalina de la situación no le ha dejado percibir ese dolor punzante que le llega hasta los dedos. Ha debido golpearse cuando pataleaba en el maletero.
La brida alrededor de sus muñecas le hace daño cada vez que intenta mover las manos. Su piel se ha rasgado allí donde el plástico le comprime y lo obliga a dejar de forcejear. No sirve de nada.
Ha pensado en lo que haría si consiguiera zafarse. Recuerda cómo lo agarró aquel hombre cuando estaba sobre la moto. La manera en la que lo inmovilizó y le hizo perder el conocimiento. Ese hombre sabe pelear y además no está solo.
Son dos. De eso está seguro.
Ha escuchado pasos en distintos puntos de la habitación, movimientos que se solapan, una respiración cerca mientras otra persona caminaba unos metros más allá. Dos personas lo han llevado hasta allí. Dos personas lo mantienen atado.
Las últimas semanas han sido convulsas para él.
Una serie de decisiones equivocadas lo han conducido a una difícil situación.
Era consciente de ello. Sabía perfectamente que debía responder y solucionar el problema en el que se había metido.
Pero su ignorancia lo ha cegado, haciéndolo sentir a salvo cuando, en realidad, no lo estaba.
Empieza a hacerse una idea de quién puede estar detrás de todo aquello. De quiénes son esos dos hombres o, mejor dicho, para quién trabajan.
Y eso no es bueno. En absoluto.
Sin embargo, hay algo que no logra comprender, incluso cuando sabe que su mente está colapsada y ese podría ser el motivo por el que no encuentra esa relación.
¿Por qué demonios están en esa caseta?
Ha reconocido el lugar en cuanto lo ha visto. Es la caseta de Isaac Le Floch.
Hacía muchos años que no entraba allí. Sin embargo, no la olvidará jamás. ¿Cómo iba a hacerlo?
Ha pensado en ese lugar muchas veces durante su vida adulta, demasiadas. A veces el recuerdo aparecía sin previo aviso cargado de vergüenza; otras, era él quien regresaba deliberadamente a aquella época, intentando ordenar imágenes que con el paso de los años se habían vuelto confusas.
La caseta forma parte de un secreto que muy pocas personas conocen.
Las ideas se agolpan en su cabeza sin darle tiempo a detenerse en ninguna. Aparecen, desaparecen y regresan transformadas en posibilidades cada vez más inquietantes.
De repente, recuerda algo que hace aún más extraño que lo hayan traído a ese lugar.
Isaac Le Floch murió hace una semana. Su padre se lo contó. El hombre arrastraba una larga enfermedad. Todos en la isla lo sabían.
Así que Isaac no puede estar involucrado en esto.
—¿Habías estado aquí antes?
La voz llega desde su espalda.
Clovis contiene el aire.
Es la misma voz que le ha hablado en el maletero. La misma que, hace unos minutos, se inclinó junto a su oído y le aseguró que todo iría bien, que nadie pretendía hacerle daño.
Cada vez que la escucha, el vello de sus brazos se eriza.
No responde.
—Contesta a la pregunta —insiste la voz—. ¿Habías estado aquí antes?
Clovis humedece los labios.
—Sí.
Se escucha un movimiento detrás de él. Después, silencio.
—¿Cuándo?
Clovis no consigue controlar su acelerada respiración.
¿Por qué quiere saber eso?
Nunca ha hablado con nadie sobre lo ocurrido allí. Con nadie salvo con Edme, claro. Ni siquiera cuando eran niños se atrevieron a contárselo a sus padres. Los dos juraron que guardarían el secreto y, hasta donde él sabe, su hermano ha cumplido su palabra durante todos estos años. Igual que él.
—Por favor —dice Clovis, de repente—. Por favor, no me hagáis daño. Solo necesito una semana para reunir el dinero.
Se obliga a hablar despacio, aunque nota la boca seca.
Se alarga un silencio que rompe él mismo.
—Confié en la persona equivocada, ¿vale? Fue un error. Pero voy a solucionarlo. Os lo prometo. Y si no consigo todo el dinero, pondré de mi parte lo que falte. Tengo algunas cosas que puedo vender. No es mucho y puedo conseguirlo.
Nadie contesta sus palabras y Clovis empieza a preguntarse si continúan allí.
Inclina ligeramente la cabeza.
—No te gires.
Clovis rectifica enseguida.
Unos pasos se aproximan. La voz vuelve a sonar detrás de él. Esta vez más cerca.
—No sé a quién debes dinero ni me importa.
—A partir de ahora quiero que lo único que hagas sea contestar mis preguntas. Si haces lo que te digo, te dejaremos marchar.
Clovis traga saliva.
—¿Cómo sé que me decís la verdad?
—Es la última vez que te digo que te limites a contestar mis preguntas. ¿Lo has entendido?
Aprieta los labios. No tiene muchas opciones.
—Sí.
—¿Cuándo estuviste en esta cabaña por última vez?
—No lo sé. Cuando era pequeño.
—¿Por qué viniste?
Baja la cabeza. Hay recuerdos que nunca se cuentan, que quedan encerrados en un lugar al que resulta más cómodo no regresar.
—Había un tipo en la isla. Se llamaba Isaac. Mi padre me contó que murió hace una semana. Él... bueno... nos hacía regalos a mi hermano y a mí cuando éramos niños. A veces nos traía aquí.
—¿Y qué hacíais aquí?
—Nada, de verdad. Nos sentaba en su regazo y nos contaba historias que se inventaba sobre la isla. Historias de piratas, barcos hundidos, tesoros... Nos daba golosinas y nos decía que ese lugar era nuestro secreto, que nadie tenía que saber que veníamos.
—¿Alguna vez abusó de vosotros?
Clovis levanta la cabeza de golpe.
—No.
—¿Estás seguro?
—Completamente… Sé que esto suena muy raro. Es algo que me da mucha vergüenza, por eso no lo he contado nunca. Ojalá no me hubiera acercado nunca a ese hombre, pero la verdad es que no nos puso un dedo encima nunca. Yo creo que… Simplemente era un tipo raro.
Se hace un breve silencio.
—Nadie sabe esto —continúa Clovis—. Solo mi hermano y yo. Pero Isaac nunca nos hizo nada, lo juro. ¿Por qué…? —No termina la pregunta. Recuerda las instrucciones y se limitará a contestar preguntas.
Se produce una pausa.
—¿Qué edad teníais? —inquiere la voz a su espalda.
Respira profundamente. Trata de situar aquellos recuerdos. Las tardes de verano. Los juegos con Edme. Las escapadas sin que nadie preguntara dónde estaban.
—No lo sé exactamente. Un poco antes de que... —se interrumpe de nuevo—. Tendríamos unos ocho años.
La persona que lo interroga tarda un instante en formular la siguiente pregunta.
—¿Solo veníais tu hermano y tú? ¿Alguna vez vino otro niño u otra niña?
—No lo sé. Nunca hablábamos de esto con nadie. Se suponía que estábamos jugando con los demás niños. Al menos eso era lo que creían nuestros padres.
Clovis vuelve a sentir aquella vergüenza absurda. Han pasado tantos años y, sin embargo, al contarlo en voz alta, todo adquiere un significado diferente. Le repugna hablar de ello.
—Isaac tenía un tendedero fuera de su casa —explica Clovis—.
Cuando quería que viniéramos, metía golosinas en un par de calcetines rojos, como los de Papá Noel y los colgaba entre la ropa.
Nosotros pasábamos por allí todos los días para mirar.
Era nuestra señal. Si estaban los calcetines, sabíamos que Isaac nos esperaba en la cabaña.
Entonces, en vez de bajar a la playa con los demás niños, veníamos aquí.
—¿Y vuestros padres nunca se enteraron?
Esta vez la pregunta la formula otra voz distinta. Su francés es peor, el acento extranjero mucho más evidente.
—No. Mis padres nunca han estado muy encima de nosotros. Unos años después de eso se separaron.
Nadie dice nada.
Clovis intenta comprender qué demonios está ocurriendo.
¿Por qué quieren saber aquello?
¿Por qué les interesa lo de Isaac?
¿Por qué están en esa cabaña?
No encuentra una respuesta que consiga unir todas las piezas y tampoco piensa insistir. Ya le han advertido dos veces. Contestará lo que le pregunten. Eso es todo. Les dará las respuestas que buscan y espera que después cumplan su palabra y lo dejen marchar.
Entonces llega la siguiente pregunta.
—¿Qué recuerdas del día que desapareció Célia Tessier?
Ahí está.
Por fin comprende hacia dónde conduce todo aquello.
Le han hecho esa pregunta muchas veces durante los últimos veinte años. Algún amigo, alguna novia, gente que conocía la historia y terminaba enterándose de que él y Edme habían estado en aquella casa la noche en que desapareció la pequeña.
El caso de Célia Tessier se hizo demasiado famoso para una isla tan pequeña.
Durante años apareció en periódicos y programas de televisión.
Cada aniversario devolvía su fotografía a los medios y con ella regresaban las mismas preguntas, las mismas teorías y esa fascinación morbosa que despiertan las historias que nunca encuentran un final.
Cuando alguien descubría que él había estado allí aquella noche, tarde o temprano las preguntas salían por sí solas.
Pero esto es distinto. Esta manera de preguntarle acerca de aquel día no busca saciar una mera curiosidad.
—Yo... estaba con mi hermano. Estábamos dormidos en otra habitación. No vimos nada.
La voz vuelve a sonar.
—¿Oíste algo?
Clovis abre la boca para responder. Pero no sale ninguna palabra.
Porque lleva veinte años respondiendo que no.
No vio nada. No oyó nada. Estaba dormido.
Eso fue lo que dijeron sus padres. Eso fue lo que terminó convirtiéndose en la versión oficial de aquella noche.
Pero no es verdad.