El regalo (Inspector Oriol Duarte 5) 11 #2
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Jason no sabe hasta qué punto habla en serio Oriol cuando menciona la posibilidad de abandonar la Interpol.

Ni siquiera sabe si tendrá elección cuando todo esto termine.

Lo que están haciendo en la isla de Yeu difícilmente puede encajarse en ningún reglamento policial y, si alguien descubre hasta dónde están dispuestos a llegar esta noche, un despido podría convertirse en el menor de sus problemas.

Un movimiento en la playa reclama su atención.

—Mira.

Oriol ya lo ha visto.

La reunión parece haber llegado a su fin.

Uno de los jóvenes echa arena sobre los restos de la hoguera mientras otro vuelca agua encima. El fuego se encoge hasta convertirse en un resplandor rojizo. La música se apaga. De pronto, en medio de aquella oscuridad, las voces parecen mucho más claras.

Jason se incorpora.

Un chico se despide del grupo y recorre el camino hasta un viejo Peugeot estacionado cerca de los árboles. Los faros se encienden y barren durante un instante parte del sendero. Jason se hunde instintivamente en el asiento, aunque el Suzuki está demasiado oculto para que puedan verlo desde allí.

El Peugeot arranca y desaparece.

Los cuatro que quedan continúan hablando junto a los restos de la hoguera.

Jason distingue algunas palabras sueltas, bromas, una despedida. Alguien propone algo para el día siguiente y Clovis responde que le escriban.

Dos de los chicos emprenden el camino juntos después de abrazarse.

El tercero se marcha poco después y Clovis se queda solo, ofreciendo a Oriol y Jason la oportunidad que llevan esperando todo el día.

—Ahora —dice Oriol.

Ambos salen del Suzuki.

Clovis ya está subido a su moto, pero todavía no ha arrancado. Contesta mensajes en su teléfono con un pie apoyado en el suelo. Se detiene. Lee una respuesta. Vuelve a escribir.

No los ve acercarse.

Jason lleva en la mano una capucha gruesa de tela oscura que ha comprado en Port-Joinville esta tarde junto a unas bridas y una lámpara de gas.

No le gusta especialmente esta parte del plan.

En realidad, no le gusta nada. Pero Oriol le ha dejado claro que necesitan impedir que Clovis sepa quiénes son antes de llevarlo hasta la caseta.

Si los delata, es muy probable que los Clairmont o los Tessier avisen a las autoridades y, si eso sucede, pueden dar por concluida la investigación.

Clovis escucha algo acercarse.

Gira la cabeza, pero es demasiado tarde.

Jason le coloca la capucha y la baja de un tirón hasta cubrirle por completo la cabeza.

El joven reacciona de inmediato.

—¡¿Qué coño...?!

Se revuelve con violencia. La moto se inclina y cae de costado con un golpe seco. Clovis lanza un brazo hacia atrás y está a punto de alcanzar a Jason, pero Oriol ya lo tiene sujeto. Le controla una muñeca, le bloquea el otro brazo contra el cuerpo y lo obliga a inclinarse.

Todo sucede con una rapidez que impresiona a Jason.

Clovis intenta soltarse. Tiene veintiséis años, está en buena forma y el miedo multiplica su fuerza, pero no sabe utilizarla. Oriol sí sabe exactamente dónde colocar las manos, cómo desequilibrarlo y cuánto tiene que apretar.

—¡Suéltame! ¡Hijo de puta! ¡Suéltame!

Oriol cambia el agarre y Clovis forcejea durante unos segundos más.

Después deja de hacerlo. Su cuerpo pierde tensión debido a la presión que Oriol le ha ejercido sobre las arterias carótidas.

Jason lo mira.

—Joder… ¿Qué le has hecho?

—Está bien. No te preocupes.

—¡Ha caído a plomo! Espero que tengas razón.

—La tengo. Trae el coche y abre el maletero.

Jason recoge el teléfono de Clovis del suelo y luego corre hacia el Suzuki.

Cuando regresa, detiene el coche al lado de la moto. Oriol tiene al joven tumbado en el suelo. Entre los dos lo levantan y lo llevan hasta el coche. Lo introducen en el maletero y Oriol le asegura las muñecas con las bridas.

Después señala hacia la moto.

—Escóndela.

—¿Dónde?

—Detrás de esos matorrales. Que no se vea desde el camino.

Jason vuelve hasta ella, la levanta y comprueba que el golpe no parece haber causado demasiados daños. La empuja varios metros entre la vegetación y la deja oculta detrás de una masa espesa de arbustos.

Cuando regresa al coche, Oriol ya está al volante.

Jason ocupa el asiento del copiloto esta vez. Cuando cierra la puerta y el vehículo comienza a moverse, sabe perfectamente a dónde se dirigen.

Él había propuesto llevar a cabo su plan en la finca que han alquilado junto a la playa, al oeste de la isla, pero según Oriol no era una buena idea.

No está lo suficientemente aislada y hay otras viviendas a poca distancia, además de algún sendero cercano por el que la gente sale a pasear incluso por la noche.

No pueden arriesgarse a que esas personas escuchen gritos.

Sin embargo, la caseta de Isaac Le Floch es diferente.

Lleva años escondida en el extremo oriental de la isla, abandonada entre la vegetación, sin que prácticamente nadie parezca conocer su existencia. El camino que conducía hasta ella ha sido devorado por la maleza y no existe ninguna vivienda cercana.

Si Isaac consiguió mantener aquel lugar en secreto durante tanto tiempo, ellos pueden aprovechar esa ventaja durante una noche.

Abandonan la zona de la Belle Maison a toda velocidad y recorren la isla hacia el este.

A esas horas no encuentran tráfico. Las carreteras atraviesan pequeños núcleos de casas que van quedando atrás y después vuelven a internarse entre campos y masas oscuras de vegetación. Jason consulta el mapa del teléfono, aunque ya conoce el camino. Lo han recorrido esa misma mañana.

Durante los primeros minutos no hablan.

Entonces escuchan el primer golpe.

Jason mira hacia atrás.

Otro golpe. Esta vez más fuerte.

El coche entero parece recibir una sacudida procedente del maletero.

—Te dije que estaba bien —comenta Oriol.

Los golpes se suceden con más fuerza y frecuencia cada vez. Clovis está dando patadas.

Jason imagina la escena ahí detrás: desorientado, con las manos y los pies atados, la cabeza cubierta, sin saber quién lo ha metido en un coche ni adónde lo llevan.

Cuando llegan al extremo oriental de la isla, Clovis se ha cansado de dar golpes y ahora ha comenzado a gritar.

Oriol abandona la carretera y toma el mismo desvío por el que han accedido durante el día. Avanza despacio hasta encontrar un lugar apartado donde dejar el Suzuki sin que sea visible a simple vista. Apaga el motor.

Clovis lo percibe y guarda silencio.

Jason baja primero. Oriol rodea el coche y abre el maletero.

El chico se revuelve con la capucha puesta en cuanto entra el aire. Intenta incorporarse y golpea una rodilla contra el lateral, pero Oriol se inclina sobre él y lo sujeta con firmeza por la nuca.

—Clovis.

El joven se queda inmóvil al escuchar su nombre. Tan solo jadea.

Oriol acerca la boca a su oído.

—Escúchame con atención. No voy a hacerte ningún daño si colaboras conmigo. Solo quiero hacerte unas preguntas. Tienes mi palabra de que saldrás ileso de esto. Pero si haces ruido, tendré que tomar medidas. ¿Lo has entendido?

Clovis respira tan deprisa que Jason puede oírlo desde donde está.

Intenta mover las manos, pero es inútil, está perfectamente inmovilizado.

—¿Lo has entendido? —repite Oriol.

Esta vez asiente.

—Sí.

—De acuerdo.

—¿Quién eres? —pregunta Clovis—. ¿Por qué me haces esto?

—Te lo explicaré todo. Voy a sacarte del maletero y caminarás a mi lado. No intentes correr. No grites. No hagas una tontería. Hazme caso y dentro de un rato todo habrá terminado.

Clovis vuelve a asentir.

Oriol le libera los tobillos y después lo ayuda a salir. El joven apoya los pies en el suelo con inseguridad. Intenta apartarse en cuanto se incorpora, pero Oriol lo sujeta del brazo.

—Tranquilo.

—No veo nada.

—Yo te guío.

Jason toma una linterna y abre camino.

Avanzan entre la maleza.

El sendero resulta todavía más incómodo de noche. Las ramas invaden lo poco que queda del antiguo acceso y Jason tiene que apartar algunas con el brazo. Detrás escucha los pasos inseguros de Clovis, las indicaciones de Oriol y alguna protesta ahogada cuando el muchacho tropieza con las piedras.

Nadie habla más de lo necesario.

Alcanzan la caseta. La fachada blanca se desdibuja en la oscuridad. Jason abre la puerta azul cuya cerradura forzó Oriol esa misma mañana.

Entran. Y conducen a Clovis hasta la cama. Lo obligan a sentarse en el borde.

Jason cierra la puerta y enciende la lámpara de gas. Una luz amarillenta ocupa una parte de la estancia y proyecta sombras sobre las paredes envejecidas.

Oriol y Jason se colocan detrás del muchacho que continúa con las manos sujetas. Tiene los hombros tensos, le cuesta respirar y mueve la cabeza tratando de averiguar dónde están ellos.

—Voy a quitarte la capucha —le advierte Oriol—. No te gires.

Clovis no responde.

—¿Me has oído?

—Sí.

—Si haces lo que te digo, todo irá bien.

Oriol agarra la tela y retira la capucha.

Clovis cierra los ojos ante la luz y tarda unos segundos en acostumbrarse. Después mira al frente, a la izquierda y luego a la derecha con rapidez.

No se gira.

Clovis observa la pequeña mesa. La pared. La cama en la que está sentado. Después balbucea algo ininteligible y se queda totalmente quieto.

Jason mira a Oriol. Él también se ha dado cuenta.

Clovis traga saliva.

—Esto es...

Se interrumpe. Mira de nuevo alrededor.

—Yo he estado aquí.

Jason siente que toda la tediosa tarde siguiéndolo acaba de adquirir sentido.

Clovis aguarda unos segundos en silencio.

Entonces pregunta:

—¿Eres Isaac?