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Jason Bennett observa a Oriol mientras pierde la mirada a través del parabrisas del Suzuki, sentado en el asiento del copiloto. Lleva varios minutos en la misma postura, sin inmutarse, con un codo apoyado junto a la ventanilla, probablemente pensando en sus siguientes movimientos.
Han avanzado bastante en la investigación durante el día y medio que llevan en la isla.
Más de lo que Jason esperaba cuando desembarcaron allí.
Han encontrado a Jade Fournier, descubierto la existencia de la caseta junto al faro y localizado la puerta azul que ella describió.
También tienen la llave que encontraron oculta tras el espejo y una hipótesis bastante sólida acerca de lo que abre.
Pero hasta mañana no podrán comprobar su teoría.
La llave, por su forma y diseño, parece similar a las de las cajas de seguridad que hay en los bancos.
En la isla de Yeu solo hay uno que está cerrado desde hace horas, por lo que tendrán que esperar a que abra para averiguar si alguna de sus cajas de seguridad utiliza una llave compatible con la que encontraron.
Jason confía en que sea así. Isaac Le Floch nació en esa misma isla y vivió en ella hasta el día de su muerte.
Por todo lo que han podido averiguar sobre él, tampoco fue un hombre con demasiado interés por conocer mundo.
Viajó al continente en contadas ocasiones y nunca durante demasiado tiempo.
Lo lógico es que, si tenía una caja de seguridad, estuviera en la sucursal de Crédit Mutuel que se encuentra en Port-Joinville.
Cómo conseguirán arreglárselas para acceder a las cajas de seguridad es otro asunto del que tendrán que ocuparse más tarde.
Porque en este momento, no tienen tiempo de pensar en eso.
Son casi las once de la noche y el Suzuki está aparcado cerca de la playa de la Belle Maison, en el suroeste de la isla.
Han dejado el coche apartado en un camino de tierra que se estrecha progresivamente hasta desaparecer entre los árboles.
Las ramas y la maleza ocultan buena parte del vehículo y Oriol le ha pedido a Jason que apagara las luces mucho antes de detenerse. Necesitan pasar desapercibidos.
Jason baja un poco la ventanilla.
Frente a ellos no hay prácticamente nada.
La Belle Maison es uno de esos rincones solitarios de la isla.
Situada en el extremo suroeste, se trata de una playa pequeña rodeada de vegetación abundante y caminos pedregosos que se bifurcan antes de perderse entre los árboles.
No hay restaurantes. Ni chiringuitos. Ni viviendas cercanas, ni farolas... Nada.
A esas horas, cualquiera que transite por allí lo hace porque tiene un motivo.
Y ellos lo tienen.
A unos ciento cincuenta metros, en un claro próximo a la playa, arde una hoguera.
Cinco jóvenes están reunidos alrededor del fuego. Jason distingue sus siluetas cuando las llamas crecen. Se escuchan risas y música procedente de algún altavoz portátil. De vez en cuando, uno de ellos levanta una botella o se acerca a una nevera que han dejado en el suelo.
Uno de esos chicos es Clovis Clairmont. Hijo de Rémi y Élodie y uno de los dos únicos testigos que estaban a escasos metros de Célia Tessier la noche en que desapareció.
Jason y Oriol llevan toda la tarde siguiéndolo
Lo encontraron por pura casualidad en el camping de La Meule, donde esperó a que su novia terminara el turno como camarera. Después se subieron juntos en la moto de Clovis y se dirigieron a Port-Joinville, donde entraron en un pequeño apartamento situado en una calle próxima al puerto.
Allí se han quedado varias horas, para desesperación de Jason, que ha tenido tiempo de comprar los utensilios necesarios para llevar a cabo su plan, revisar dos veces los archivos que guarda en el portátil, jugar una partida al buscaminas, buscar información sobre el banco de la isla y preguntarse en varias ocasiones por qué accede a todas y cada una de las locuras de Oriol.
Clovis no ha vuelto a aparecer hasta bien entrada la tarde.
No les ha hecho falta demasiada imaginación para hacerse una idea de cómo han empleado el tiempo él y su novia.
Por lo que han averiguado, ella trabaja muchas horas durante el verano y Clovis, que no reside en la isla, tampoco parece tener precisamente una agenda vacía.
Probablemente han intentado recuperar el tiempo perdido durante los días en que no han podido verse.
Poco después de las nueve el joven Clairmont se ha despedido de su novia y se ha subido de nuevo a la moto.
Ha recorrido varias calles de Port-Joinville antes de detenerse en un ultramarinos donde solo ha empleado cinco minutos. Al salir llevaba una bolsa de plástico que, por la forma alargada que marcaba uno de sus lados, contenía una botella.
Luego ha colocado la compra bajo el asiento y ha vuelto a arrancar.
Jason y Oriol lo han seguido sin acercarse demasiado.
En una isla como aquella no resulta sencillo seguir a alguien sin llamar la atención.
Hay pocas carreteras principales, el tráfico disminuye a medida que avanza la noche y un mismo coche detrás de una motocicleta durante varios kilómetros puede resultar demasiado evidente.
Por eso han tenido que dejarle ganar distancia varias veces y confiar en que Jason pudiera anticipar su recorrido guiado por el ruido de la moto y su instinto.
Ha funcionado.
Clovis ha terminado aquí, en esta playa aislada.
Ahora está sentado sobre un tronco junto a cuatro amigos, bebiendo, riendo y disfrutando de una agradable noche de verano sin sospechar que dos hombres lo observan desde un coche oculto entre los árboles.
Jason mira la hora en la pantalla del teléfono.
22:53.
—Llevamos aquí casi dos horas —dice.
Oriol no aparta la vista de la hoguera.
—Duérmete si quieres. Te avisaré si sucede algo.
Jason gira la cabeza hacia él.
—¿Has hecho esto muchas veces?
Oriol traga saliva antes de responder.
—Muchas más de las que me gustaría. Es parte de mi trabajo.
Jason vuelve a mirar hacia los jóvenes.
Uno de ellos se levanta y arroja algo al fuego. Las llamas crecen durante unos segundos. Clovis dice algo que Jason no alcanza a escuchar y los demás estallan en carcajadas.
Parece que lo está pasando bien.
Cuando Oriol le ha contado a Jason su plan, le ha advertido que requería paciencia.
No pueden presentarse ante Clovis sin más y preguntarle qué recuerda de una noche ocurrida veinte años atrás. Si lo hicieran de esa manera, con total seguridad el chico pensaría que son unos periodistas o peor aún, unos curiosos que quieren destapar de nuevo el episodio más oscuro de su vida.
Tampoco pueden presentarse como policías, porque la investigación que están llevando a cabo no es oficial y, además, Jason no deja de ser un prófugo buscado por la justicia.
Por eso han ideado un plan que puede funcionar. Arriesgado y poco ortodoxo, por supuesto, pero probablemente muy eficaz.
Jason observa de nuevo a su compañero.
—¿Y si se quedan hasta las cuatro?
—Esperaremos hasta las cuatro.
—¿Y si se quedan a dormir en la playa?
—Dormiremos aquí.
Jason apoya la cabeza contra el reposacabezas.
—Te recuerdo que fuiste tú quien vino a buscarme y me envió una invitación para venir a investigar —añade Oriol.
Jason no contesta. Lo de enviar el regalo fue una idea brillante.
Sabía que la única manera de que Oriol pudiera trabajar en un caso cerrado sin posibilidad de reabrirse era sacarlo de su cabaña de Cantabria cerca de la playa sin que nadie supiera dónde estaba.
Para ello era necesario que no se identificara en ninguna frontera, que ninguna cámara captase su matrícula.
Ahora nadie sabe dónde está. Y ambos pueden seguir la nueva pista que Jason encontró sin las limitaciones que impondría la Interpol.
Lo que no pensó es que aquella brillante idea incluyera tantas horas seguidas de vigilancia sentado en un coche de alquiler.
Fuera, en la playa, alguien vuelve a reír. Esta vez más cerca.
Oriol se incorpora unos centímetros en el asiento.
Jason lo imita.
Uno de los jóvenes se ha levantado. Camina hacia el sendero que conduce a la playa mientras consulta el móvil. Otro lo sigue poco después.
Clovis permanece junto al fuego con los otros dos.
Los siguientes minutos se hacen interminables observando las siluetas alrededor de la hoguera. La conversación entre los jóvenes llega hasta ellos convertida en un murmullo confuso que se mezcla con la música.
—¿Has pensado a qué vas a dedicarte? —pregunta Jason.
Oriol aparta por fin la vista de la playa.
—¿De qué estás hablando?
—Bueno... Eres consciente de que te van a despedir por lo que vamos a hacer, ¿no?
Oriol se encoge de hombros y vuelve a mirar al frente.
—Quizá sea el momento de buscar otras metas. ¿No crees?
Jason sonríe.
—Puedo darte trabajo si quieres.
—Ah, ¿sí? ¿Necesitas un detective?
—Yo estaba pensando en alguien que me limpiara la piscina.
Oriol se ríe. Es una risa breve, pero a Jason le basta. Lleva demasiado tiempo viéndolo con esa expresión seria, consumido por una investigación que oficialmente ni siquiera debería estar llevando a cabo.
—Ya sabes que a mí lo que me importa es la verdad —dice Oriol—. Hay veces en las que llegar a ella requiere ciertas prácticas que están mal vistas.
Jason vuelve la cabeza despacio hacia él.
—El fin justifica los medios.
—Así es, Maquiavelo.
—Yo pensaba que estaba chiflado hasta que te conocí, Oriol Duarte.
—Gracias, me lo dicen mucho.
Ese comentario hace reír a Jason.
—En cualquier caso, lo digo en serio. Si dejas la Interpol... quizá podamos encontrar la manera de trabajar juntos.
Oriol lo mira durante un instante.
—¿Además de limpiarte la piscina?
—Eso sería durante el periodo de prueba.
Esta vez los dos sonríen.