El regalo (Inspector Oriol Duarte 5) 10
37%

10

El camping La Meule está bastante más concurrido que el día anterior.

Oriol lo percibe nada más entrar en el edificio principal.

Hay varias mesas ocupadas y, al otro lado de las ventanas, en la zona del merendero, una familia ha juntado dos bancos para comer.

Más allá se distinguen las caravanas de larga estancia, inmóviles bajo un sol que cae con fuerza sobre los tejados.

Jason se detiene a su lado.

—Sigo sin entender por qué hemos tenido que volver aquí a comer con la cantidad de sitios decentes que hay en el puerto.

—Porque necesito comprobar algo.

Oriol continúa caminando sin añadir nada más.

Jason lo sigue hasta una de las mesas del interior.

—¿Y lo has comprobado ya? ¿Podemos irnos?

Oriol toma asiento y dirige la vista hacia el exterior. Desde allí tiene una perspectiva bastante buena del merendero y de una parte del terreno donde se encuentran las caravanas. No todas son visibles. Algunas quedan ocultas por el propio edificio y otras por los setos que separan las parcelas.

—No. Aún no.

Jason resopla mientras aparta una silla.

—¿Y qué hacemos si aparece Jade Fournier y nos pregunta por la herencia?

—No lo hará.

—Parecía bastante interesada.

—Tiene mucho que perder. Así que no te preocupes por ella.

Un ventilador situado sobre una estantería gira de un lado a otro y remueve el aire del local.

El calor comienza a ser insoportable en la isla pese a que el verano ni siquiera ha empezado oficialmente.

En el exterior casi no hay sombras y la mayoría de los clientes que ocupan el merendero han arrastrado las mesas hasta colocarlas bajo los árboles.

Oriol se fija en la camarera en cuanto la ve salir de detrás de la barra.

Por suerte, es la misma chica del día anterior, joven y atractiva. Hoy también lleva el pelo recogido en una coleta alta. Su piel está repleta de tatuajes. Se acerca con una sonrisa que le favorece.

—Hola otra vez.

—Hola —responde Oriol.

—¿Al final encontrasteis un sitio donde dormir?

—Sí, tuvimos suerte. Gracias por el interés.

—Me alegro.

La chica está a punto de preguntarles qué quieren cuando Oriol se adelanta.

—Aunque te confieso que hemos vuelto por otro motivo. Ayer vi un bocadillo que serviste a uno de los comensales y se me hizo la boca agua. Esta mañana le he dicho a mi amigo que teníamos que venir aquí a comernos uno de esos.

Jason levanta lentamente la vista hacia él; no tiene ni idea de a qué está jugando Oriol.

—¿Cuál? —pregunta la camarera.

—No sabría decir, ese es el problema. ¿Tienes una carta?

—Sí. Espera.

La chica regresa a la barra.

Jason aguarda hasta que se aleja.

—No sé por quién me tomas, pero no como bocadillos desde que iba al colegio.

Oriol no responde.

La camarera coge una carta plastificada de un pequeño expositor situado junto a la caja y vuelve hacia ellos. La sostiene por una esquina y se la ofrece a Oriol.

Él extiende el brazo y afloja deliberadamente los dedos cuando se la pone en la mano.

La carta cae al suelo.

—Vaya. Perdón.

—No pasa nada.

La chica sonríe y se agacha para recogerla.

Oriol no mira la carta.

Mira su nuca. Concretamente el tatuaje que tiene detrás de la oreja.

El pelo recogido deja al descubierto la zona que ayer no pudo distinguir al no tenerla tan cerca. El pequeño tatuaje comienza detrás de la oreja izquierda y desciende ligeramente hacia el cuello. Esta vez tiene el ángulo perfecto y consigue leer todas las letras.

La camarera se incorpora y vuelve a entregarle la carta. Oriol la coge con firmeza esta vez y comienza a ojearla.

Jason, completamente ajeno a la maniobra, abre su mochila y saca el portátil. Lo coloca sobre la mesa, levanta la pantalla y empieza a teclear mientras Oriol recorre la carta sin prestar demasiada atención a lo que lee.

Bocadillos, hamburguesas, ensaladas. Señala uno llamado «El capitán».

Piden agua y cerveza. La camarera recoge la carta y vuelve a la barra.

Jason no aparta los ojos de la pantalla.

—Espero que tengas hambre porque no pienso comerme lo que sea que hayas pedido. Mientras encuentras aquello que buscas, yo voy a seguir trabajando en otro asunto.

—¿Qué asunto? —quiere saber Oriol.

—Te diría de qué se trata, pero como la costumbre es andarse con secretismos, no quiero romper la tradición.

Oriol sonríe.

—No te lo tomes a mal. Es mi manera de trabajar.

—Ya. Eso dices siempre.

Tras la barra, la camarera solicita la comanda al cocinero y coloca dos vasos sobre una bandeja. En ese momento su teléfono vibra junto a la caja. Lo coge de inmediato.

Oriol la observa por encima del hombro de Jason.

Ha recibido un mensaje que lee con una amplia sonrisa dibujada en su rostro. Después, se inclina hacia un lado para mirar a través de la puerta abierta que comunica el local con el exterior. Busca algo, o a alguien, durante un par de segundos.

Baja la vista al teléfono, escribe una respuesta rápida y vuelve a dejarlo junto a la caja antes de continuar con su trabajo.

Oriol mantiene la mirada allí un instante más.

Una pareja entra en el local y ocupa la mesa situada junto a la puerta.

El hombre pregunta si aceptan American Express y la camarera responde que sí mientras saca otras dos cartas.

Fuera, un niño cruza corriendo el merendero con una pistola de agua.

Su madre le grita que tenga cuidado con las mesas y él continúa sin hacerle demasiado caso.

Oriol vuelve a mirar a Jason.

—Dime, ¿en qué estás trabajando? —insiste Oriol.

Jason deja de teclear.

—Tú primero.

La camarera pasa junto a ellos con una bandeja cargada de bebidas.

Oriol espera a que se aleje. Después vuelve la vista hacia Jason.

—De acuerdo.

Dirige fugazmente la mirada hacia la barra. Después mira a Jason.

—¿Te dicen algo los nombres de Clovis y Edme?

Jason aprieta los labios y extiende el cuello. Después niega con la cabeza.

—Pues no, la verdad.

—Seguro que si añado su apellido y te digo que se llaman Clovis y Edme Clairmont, es diferente. ¿Verdad?

Jason golpea la mesa con la palma por instinto sin hacer mucho ruido.

—Los hijos gemelos de Rémi y Élodie.

—Tenían ocho años cuando desapareció Célia. Sus nombres no son muy habituales. Una de las comprobaciones que llevé a cabo cuando investigué los informes de este caso fue el censo de la isla. En el año 2007 no había ningún otro Clovis ni ningún otro Edme viviendo aquí.

Jason cierra el portátil.

—No recuerdo haber leído sobre ellos en ningún informe. Tampoco en ninguna nota de prensa.

La camarera se mueve detrás de la barra preparando un café para uno de los clientes. Oriol la observa colocar una taza bajo la máquina, pulsar un botón y girarse después para recoger un plato.

—Uno de los grandes errores de la investigación inicial fue que nunca se interrogó a los únicos testigos que estaban en la escena del crimen.

—Joder, es cierto. Los gemelos dormían en la habitación de al lado, a solo unos metros del lugar donde desapareció Célia. ¿Por qué nunca hablaron con ellos?

La camarera deja el café sobre una bandeja y sale de detrás de la barra. Al pasar junto a su mesa vuelve a sonreírles. Oriol le devuelve el gesto y espera a que se aleje antes de responder a Jason.

—Aquí es donde entra la especulación. Te recuerdo que yo no formé parte de la investigación en el año 2007.

Lo que yo pienso es que hubo varias razones para que no se obtuviese un testimonio de los gemelos.

La principal fue lo que ocurrió aquella noche.

Cuando Colette entró en la casa y descubrió que Célia había desaparecido, empezó a gritar.

Entonces Rémi y Élodie corrieron a buscar a sus hijos y según declararon estaban durmiendo y no se enteraron de nada.

Jason lo mira y asiente sin pestañear.

—Así que se dio por hecho que no habían visto nada —balbucea.

—Ni oído nada. Esa fue la conclusión. Habían estado durmiendo durante todo el intervalo de tiempo en el que supuestamente alguien entró en la casa, bien por la puerta, bien por la ventana, llegó hasta la habitación de Célia y salió con ella.

Jason vuelve a abrir completamente el portátil.

—Tenían ocho años. No eran tan pequeños.

—Estoy de acuerdo. Con ocho años ya guardas recuerdos —dice Oriol—.

Quizá incompletos. Quizá deformados por el tiempo o por lo que escuchas después.

Pero recuerdas cosas. Un ruido que te despierta, una puerta, una voz, haber ido al baño durante la noche.

Cualquier detalle podía haber sido importante y se echó a perder.

Una de las familias del exterior comienza a recoger su mesa haciendo más ruido del necesario.

—Piensa que también eran niños y aquello se convirtió rápidamente en un circo —prosigue Oriol—.

Toda la isla se llenó de periodistas, cámaras, fotógrafos, curiosos...

Una de las pocas consideraciones que tuvo la prensa con las familias fue dejar a los gemelos al margen.

Sus padres tampoco querían exponerlos. No se les mencionaba en las noticias y, cuando lo hacían, normalmente ni siquiera se publicaban sus nombres, por eso ni te sonaban.

Jason comienza a teclear.

—Veamos qué ha sido de ellos.

—No hace falta que lo busques, ya lo he hecho yo —dice Oriol.

—¿Y has encontrado algo?

—Nada extraordinario. Han tenido vidas normales. Estudios, amigos, parejas, trabajos. Se marcharon de aquí cuando llegó el momento y siguieron adelante.

A Jason le resulta difícil no pensar en el contraste. Aquella noche había tres niños durmiendo bajo el mismo techo. Dos crecieron, estudiaron, eligieron dónde vivir y qué querían hacer con sus vidas. Célia desapareció.

Se limita a guardar silencio. Sabe lo mucho que afectan a Oriol los casos sin resolver. Especialmente los que involucran niños.

—Edme Clairmont estudió Derecho en Nantes —continúa Oriol—. Después empezó un máster relacionado con comercio internacional y ahora está en Canadá haciendo las prácticas.

—¿Y Clovis?

—También abandonó la isla, aunque no se fue demasiado lejos.

Vive en Saint-Gilles-Croix-de-Vie. En la costa que se sitúa justo enfrente de esta isla.

Entrena a un equipo de fútbol de allí. Y, por lo que pude averiguar, sigue viniendo en ferry con cierta frecuencia para visitar a sus padres y a viejos amigos.

Jason vuelve a mirar hacia la barra.

—¿Cuántos años tienen ahora?

—Veintiséis.

El ruido de un motor se aproxima desde el exterior.

Al principio queda amortiguado por las conversaciones del local, pero aumenta rápidamente hasta detenerse justo delante del edificio.

La camarera levanta la cabeza; la reacción llama la atención de Oriol.

No necesita mirar por la ventana para saber quién acaba de llegar. Se le nota en la sonrisa que aparece en su rostro.

La joven deja lo que está haciendo, se desata el delantal y lo coloca sobre la barra, después se dirige hacia la puerta.

Oriol la sigue con la mirada.

—¿Y por qué es importante todo esto de los gemelos ahora? —inquiere Jason.

Oriol no responde inmediatamente.

La camarera llega al exterior.

Una moto está detenida frente al local. El conductor acaba de quitarse el casco. Es un chico joven, cabello corto y piel bronceada. Lleva una camiseta clara y unos pantalones vaqueros. Al verse, ambos se abrazan y se dan un beso apasionado.

—Porque la camarera lleva tatuado el nombre de Clovis detrás de la oreja —dice Oriol señalándola con un gesto de la cabeza.

Jason se gira bruscamente.

—¡No me jodas!

—Eso es lo que quería comprobar cuando hemos venido. Ayer me fijé en su tatuaje, pero no pude leerlo entero. Solo distinguí algunas letras. Tenía que estar seguro.

— Touché , inspector Duarte —comenta Jason.

—Después de comprobar que, efectivamente, estaba en lo cierto y esa chica tenía tatuado su nombre, iba a pedirte que lo localizaras. Pero creo que hemos tenido un golpe de suerte y no va a ser necesario.

La mirada de Oriol se cruza con la del chico joven que acaba de llegar con la moto y ambos se contemplan durante unos segundos.

Tendrán que buscar la manera de que Clovis Clairmont acceda a hablar con ellos.