9 #2
Jason sostiene la mirada unos segundos más sobre el retrovisor. Finalmente asiente, vuelve a cambiar de marcha y el Suzuki reanuda el camino hacia la segunda caseta marcada en el mapa. Ninguno de los dos lo dice en voz alta, pero ambos entienden la relevancia de lo que acaban de ver.
El Suzuki avanza por la estrecha carretera que serpentea hacia el extremo oriental de la isla de Yeu.
A medida que se aproximan al faro, el paisaje cambia poco a poco.
Los claros desaparecen y la vegetación gana terreno hasta formar un túnel de pinos, encinas y matorrales que invade ambos lados del camino.
La isla se estrecha allí de forma evidente.
A la izquierda, el Atlántico golpea una línea de acantilados oscuros.
A la derecha, otros paredones de roca caen también hacia el mar, de manera que durante unos cientos de metros da la sensación de circular sobre una estrecha lengua de tierra suspendida entre dos abismos.
Finalmente, la silueta blanca del faro aparece elevándose por encima de las copas de los árboles. Su torre cilíndrica domina el horizonte. Hace años que dejó de funcionar, pero es un emblema de la isla y se mantiene en buen estado.
Jason detiene el coche donde el camino termina.
—Esto es lo más cerca que podemos llegar.
Ambos bajan del vehículo e inspeccionan el terreno en busca de la manera de llegar a la caseta que han distinguido en las imágenes satelitales.
Frente a ellos no existe ningún sendero claramente definido, pero Oriol distingue varios surcos irregulares. La vegetación crece de forma distinta a ambos lados de aquella línea casi imperceptible. Parece que la naturaleza comienza a reclamar el territorio que hace algún tiempo le fue arrebatado.
Jason consulta el GPS en su teléfono y comienza a caminar, abriéndose paso entre la maleza.
—Por aquí.
Avanzan cerca de cien metros esquivando ramas, helechos y zarzas hasta que, entre los árboles, aparece la construcción.
Ambos la contemplan. La caseta responde a la descripción de Jade.
Las paredes, antaño blancas, conservan escasos restos de pintura bajo las manchas de humedad y las grietas que recorren la fachada.
La puerta sigue siendo azul, aunque el color ha perdido intensidad y grandes escamas de pintura descansan sobre el suelo.
Desde fuera parece poco más que una humilde construcción de pescadores.
Perdida entre aquella vegetación, cualquiera podría pasar a menos de veinte metros sin advertir siquiera que existe.
Jason agarra el pomo y empuja.
—Está cerrada.
—Lo suponía —contesta Oriol.
El inspector Duarte introduce la mano en el bolsillo del pantalón y extrae un pequeño estuche negro. Dentro descansa un reducido juego de ganzúas y tensores perfectamente ordenados. Su viejo kit SpyTool.
Hace años, cuando aún era un adolescente interno en un centro de menores, jamás habría imaginado que aquellas habilidades aprendidas por pura curiosidad terminarían resultándole útiles como inspector de la Interpol.
Se arrodilla frente a la cerradura.
Introduce el tensor, busca el primer pistón y comienza a trabajar con precisión y destreza. Muy poco tiempo después, un leve chasquido rompe el silencio.
La cerradura cede. Jason sonríe satisfecho y empieza a aplaudir.
Oriol le lanza una mirada.
—No hagas ruido.
Empujan la puerta con cuidado.
El aire inmóvil del interior permanece encerrado desde hace años. Una gruesa capa de polvo cubre absolutamente todo, pero la estancia conserva cierto orden.
La cama ocupa casi todo el espacio disponible. Frente a ella hay un pequeño mueble de madera sobre el que descansan varias copas y tres botellas de vino todavía cerradas. Oriol desliza un dedo sobre una estantería y dibuja una línea limpia entre varios milímetros de polvo acumulado.
Nadie ha puesto un pie allí desde hace muchísimo tiempo.
Detrás de la cama descubre una estrecha abertura que conduce a un pequeño espacio de almacenamiento. Allí el suelo cambia por completo. Desaparecen las viejas tablas de madera y bajo sus botas solo hay tierra seca y compacta que cruje ligeramente a cada paso.
En las paredes cuelgan redes enrolladas, boyas de corcho ennegrecidas, carretes antiguos, un bichero, varias cajas metálicas con anzuelos y sedales endurecidos por el tiempo. Todo permanece donde alguien decidió dejarlo por última vez.
Sobre un viejo aparador descansa un espejo rectangular.
Oriol abre uno tras otro los cajones.
Están vacíos.
Solo encuentra algún recibo ilegible, una linterna sin pilas y un par de guantes de trabajo completamente rígidos.
—Ni siquiera sabemos si esta caseta era de Isaac —dice Jason mientras revisa la cama y el interior de un armario.
—Es lo más probable. En cualquier caso, registrémoslo todo. Quizá encontremos algo.
Los dos comienzan a revisar la estancia.
Jason examina las botellas, golpea las paredes buscando dobles fondos y registra los estantes superiores.
Oriol inspecciona cada mueble sin alterar demasiado la disposición original, fijándose más en aquello que parece fuera de lugar que en los objetos evidentes.
Cuando mueve ligeramente el espejo para comprobar si está sujeto a la pared, nota una resistencia extraña.
Lo separa unos centímetros.
Detrás aparece un hueco oculto.
La sorpresa viene cuando descubre que hay una caja de madera en su interior.
—Creo que tengo algo, Jason —comenta.
Jason abandona inmediatamente lo que estaba haciendo.
—Mira tú por dónde...
Oriol deposita la caja sobre el aparador y levanta la tapa con cuidado.
En su interior encuentra decenas de recortes de periódico, fotografías arrancadas de revistas y páginas plastificadas. Todo gira alrededor de una única historia.
La desaparición de Célia Tessier.
Pero hay un detalle que llama inmediatamente su atención. Los artículos no están centrados en la niña.
Alguien ha conservado únicamente aquellos en los que aparece Isaac Le Floch.
Entrevistas concedidas a la prensa. Fotografías tomadas durante las búsquedas.
Declaraciones sobre cómo eran sus vecinos antes de que la desgracia precipitase.
Incluso varios reportajes en los que algunos medios especulan abiertamente con la posibilidad de que él hubiera sido el responsable de la desaparición.
Isaac había reunido durante años cada palabra escrita sobre sí mismo. Una especie de megalomanía difícil de entender.
Oriol aparta lentamente el último montón de recortes y descubre algo aún más inquietante: una pequeña llave de acero perfectamente conservada con el número 154 grabado.
La reconoce al instante.
La forma del cuerpo, el perfil dentado y la numeración grabada junto al cabezal resultan inconfundibles.
Es la llave de una caja de seguridad.