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Colette avanza despacio por la rue du Pressoir, en el pequeño barrio de La Croix, al sureste de la isla.
Repite el camino cada jueves desde hace varios años y lo hace con la cabeza agachada, sin levantar la vista.
A esa hora Henri, su marido, está conectado a una máquina en el único centro de diálisis de la isla de Yeu.
Pasará las cuatro horas siguientes inmóvil mientras la tecnología hace el trabajo que sus riñones ya no pueden hacer.
Un hombre que se cruza en su camino se aparta y murmura algo que Colette no alcanza a entender, una expresión de lamento le parece. ¿Qué más da?
Con el paso de los años aquello se suavizó. Fue duro aguantar las miradas y las muecas de la gente cada vez que la veían, pero ahora ya hace mucho que nadie menciona el nombre de Célia delante de ella.
Recuerda cuando recibía miles de cartas, de llamadas, de mensajes.
La visitaban en su casa. Cada vecino tenía una teoría distinta, una palabra de ánimo, una esperanza nueva que ofrecer.
Eso duró un par de meses, tal vez tres. Después llegaron los silencios incómodos, las miradas condescendientes, las frases incompletas. Y, finalmente, el vacío.
Ha leído mucho al respecto y por lo que ha podido averiguar, las desapariciones siguen una especie de patrón en cuanto a la repercusión de la que gozan.
Las primeras horas, todos esperan que la persona desaparecida aparezca viva.
Después de los primeros días, empiezan a prepararse para encontrar un cadáver.
Con el paso de los meses, la búsqueda ya no se centra en la víctima y se traslada al culpable. Se trata de minimizar daños y que, al menos, alguien pague por el daño causado.
Cuando transcurren los años, el mundo continúa girando sin que ya nadie se acuerde de lo que sucedió.
Nacen otros niños. Mueren otros vecinos. Llegan turistas. Abren restaurantes. Cierran comercios.
La tragedia acaba convertida en una leyenda que solo reaparece alguna noche entre copas o cuando un periodista necesita rellenar unas páginas durante el verano.
A pesar de lo que digan los expertos sobre las fases comunes a todas las desapariciones, Colette nunca atravesó ninguna de esas etapas.
Desde el primer momento comprendió algo que jamás le dijo a nadie.
No iban a encontrar a Célia.
Ni viva ni muerta.
La certeza ha sido siempre absoluta, lo cual no lo hace más llevadero. Al contrario: cada mañana abre los ojos con la sensación de haber fracasado en la tarea más importante de su vida, proteger a su hija.
Ni siquiera fue capaz de eso.
Podría haberse marchado de la isla de Yeu hace años. Vender la casa. Empezar de cero en Nantes, en Burdeos o en cualquier ciudad donde nadie la conociera o incluso cambiar su nombre. Quizá allí nadie la señalara por la calle y su vida podría haber sido algo más normal.
Pero nunca lo hizo.
No quiere concederse ese privilegio. Hacerlo sería algo así como pasar página, algo similar al perdón.
Y ella no lo merece.
La permanencia en la isla es la condena que se ha impuesto. Allí, cada calle conserva un recuerdo. Cada rincón le devuelve la imagen de una niña de casi cuatro años riéndose mientras corre unos metros por delante de ella.
Continúa caminando por el barrio del sureste de la isla en una mañana cálida y luminosa.
La rue du Pressoir conserva el mismo aspecto de siempre.
Fachadas blancas rematadas con persianas azules, jardineras rebosantes de hortensias y bicicletas apoyadas contra los muros de piedra.
A esa hora, una pequeña furgoneta descarga cajas de fruta frente a una tienda de alimentación y, unos metros más adelante, la panadería Martin acaba de sacar la primera hornada del día.
Julien Martin, el dueño, está de pie junto a la puerta con un delantal cubierto de harina. Durante un instante su mirada se cruza con la de Colette.
Se conocen desde que tenían seis años.
Compartieron aula durante el colegio. Jugaban en el mismo patio. Incluso una vez, cuando tenían seis años, él le regaló una rosa.
Hace más de cincuenta años que conoce a Julien. Y desde hace veinte no han cruzado una sola palabra.
En cuanto la reconoce, él desvía la vista con rapidez y desaparece en el interior de la panadería fingiendo estar ocupado.
Colette sigue caminando sin detenerse, no se siente ofendida por eso.
Ya no.
Con los años ha descubierto que el silencio puede resultar mucho más cómodo que la compasión.
Está segura de que Julien, como tantos otros, recuerda los registros los días posteriores a la desaparición de Célia, los helicópteros sobrevolando la isla, las cámaras de televisión invadiendo las calles, los curiosos llegando en el primer ferry de la mañana únicamente para contemplar el escenario de una desgracia ajena.
Como también recuerdan algo más.
Los rumores. Los susurros. Las versiones que iban deformándose cada vez que se contaban. Las acusaciones que la tachaban de ser una mala madre; de formar parte de un matrimonio roto que no antepuso a su hija; de estar envuelta en asuntos turbios…
Al menos, todo eso acabó por evaporarse.
Colette se detiene al final de la calle, en el número 67, frente a una vivienda de fachada blanca encalada, adosada a otras casas idénticas que forman una hilera uniforme a ambos lados de la calle. Ha llegado a su destino.
Antes de llamar escucha el ruido de un motor aproximándose.
Levanta la vista.
El coche avanza por la rue du Pressoir. El conductor lleva un brazo apoyado sobre el marco de la ventanilla abierta. Pero no es él quien llama su atención. Es el hombre sentado a su derecha.
Desde el asiento del copiloto mantiene la vista fija en ella. No aparta los ojos. No sonríe.
Simplemente la observa con una intensidad impropia de un desconocido.
Colette intenta reconocer su rostro. Sin embargo, está convencida de que es la primera vez que ve a ese hombre.
Durante un instante piensa que será uno de los muchos turistas que desembarcan cada verano para recorrer la isla en bicicleta o perderse entre sus playas. Un visitante más. Pero hay algo en aquella forma de sostenerle la mirada que le resulta desagradablemente familiar.
La devuelve muchos años atrás, cuando salir de casa significaba encontrarse con periodistas apostados en cualquier esquina, con fotógrafos esperando un descuido o con desconocidos intentando averiguar si su sufrimiento era tan auténtico como parecía en televisión.
—No vayas tan rápido.
Jason levanta un instante el pie del acelerador y el Suzuki pierde velocidad mientras las ruedas crujen sobre el camino de tierra.
—¿Qué sucede?
Se dirigen hacia la segunda ubicación que Jason ha señalado en el mapa como posible refugio de Isaac Le Floch.
La primera no ha servido para nada. Tras recorrer un sendero cubierto de matorrales, solo han encontrado un viejo pozo circular sellado con una gruesa losa de hormigón agrietada por el paso de los años.
Se han cruzado con un pescador que desenredaba unas nasas apoyadas sobre las rocas.
Le han preguntado por el pozo y por la existencia de una caseta blanca con una puerta azul.
Entonces, el anciano les ha sonreído y les ha dicho que no tiene ni idea de qué caseta hablan, pero que ese pozo alberga una de las mejores historias de la isla.
Les ha explicado que en aquel lugar se levantaba una pequeña casa perteneciente a un caballero al servicio del castillo de Vieux-Château durante la guerra de los Cien Años.
Que el hombre, nacido entre privilegios, se enamoró de una joven pescadora de la isla.
Renunció a su posición, abandonó la fortaleza y levantó una humilde vivienda junto al océano para vivir con ella lejos de la corte.
Lo único que sobrevive de todo aquello hoy en día es el pozo.
Después les ha contado la parte que convierte la historia en leyenda.
Dicen que un perro rabioso mordió al antiguo caballero durante una cacería.
Nadie comprendió entonces la gravedad de aquella herida.
Con el paso de las semanas comenzó a comportarse de forma violenta, presa de una locura que los vecinos atribuyeron a una maldición.
La tradición sostiene que, en uno de aquellos ataques, empujó a su esposa al interior del pozo antes de morir pocos días después consumido por la enfermedad.
La historia les ha entretenido unos minutos, pero no les ha acercado ni un centímetro a Célia.
Oriol mantiene el silencio hasta que el Suzuki toma otro camino estrecho rodeado de pinares.
—¿Has reconocido a esa mujer? —pregunta Oriol.
Jason frunce el ceño.
—¿Qué mujer? No me he fijado. Ya es bastante complicado conducir por estos caminos. ¿Quién era?
—Era Colette. La madre de Célia. Bastante envejecida, pero era ella. Estaba extremadamente delgada.
Jason se gira, pero la calle donde estaba Colette ya no es visible.
—Lo último que sé de ella es lo que te conté. Hackeé su rúter y no encontré nada interesante. Ya ni siquiera trabaja en el supermercado donde lo hacía. Se pasa prácticamente todo el día en casa. Solo sale para hacer la compra o dar algún paseo de vez en cuando.
Oriol continúa observando por el retrovisor.
—Pues lo que acabo de ver me resulta bastante interesante.
—¿Por qué?
—Porque estaba en la puerta de la casa de Rémi Clairmont.
Jason abre la boca, asombrado, y detiene el Suzuki junto al borde del camino, rodeado por un paisaje donde el verde de los pinos termina por engullir cualquier rastro del pequeño barrio que acaban de atravesar.
—No me jodas... En algún sitio leí que la relación entre las dos familias se rompió por completo.
—A decir verdad, los Tessier rompieron cualquier tipo de relación con todo el mundo y nunca volvieron a recuperarla... o eso creía.
—¿Quieres que echemos un vistazo? —pregunta Jason mientras engrana la marcha atrás.
Oriol niega despacio.
—Por ahora no. Como te dije, prefiero mantener a la familia al margen, salvo que sea absolutamente necesario. Ya han sufrido bastante.