Año 2007
Philipp Werner termina de montar la tienda de campaña cuando ya casi no queda luz en la playa de Soux, un lugar que ha elegido por la protección que ofrece el elevado acantilado que se levanta a su espalda.
Allí, cerca del extremo sur de la isla, el terreno forma una pequeña barrera contra el viento y, si coloca bien la tienda, puede pasar bastante desapercibido desde el camino.
No es el mejor sitio en el que ha dormido durante los últimos años, pero tampoco el peor.
Durante el día suele haber muy poca gente.
Algún pescador, algún turista que se aventura por las rocas y, de vez en cuando, esos dos niños gemelos tan guapos.
Philipp no sabe por qué le llaman tanto la atención, quizá porque son idénticos: dos críos rubios, de ojos claros, delgados, siempre juntos y casi siempre sonrientes.
Los ha visto jugar varias veces en la playa, persiguiéndose entre las piedras, buscando cangrejos o lanzando cosas al agua.
Cuando uno corre, el otro va detrás; cuando uno se ríe, el otro lo imita.
Cuando llega la tarde, aquella playa se queda desierta, y eso le gusta. No le gustaría tener que volver a cambiar de sitio tan pronto.
La última vez que tuvo que levantar el campamento fue por culpa de la madre de los gemelos cuando lo vio cerca de La Croix.
Esa mujer es una amargada que parece haber convertido su presencia en un asunto personal.
Cada vez que encuentra su tienda en algún rincón de la isla llama a la policía.
No importa que Philipp no moleste a nadie, que recoja sus cosas o que desaparezca durante el día. Lo ve y llama. Sin excepción.
Termina de asegurar la entrada y se frota las manos.
La noche es más fresca que las anteriores.
Philipp lleva más de diez años viviendo como un nómada solitario.
Al principio pensaba que sería algo temporal, unos meses, quizá un año, pero después dejó de contar el tiempo y comprendió que se conformaba con poco para seguir adelante.
Un lugar donde dormir, algo que comer y un botellín de cerveza cuando consigue dinero suficiente.
Nunca le ha gustado interaccionar con los demás.
Las personas dan problemas. Siempre tienen preguntas, quieren saber de dónde vienes, qué te ha pasado, por qué no buscas trabajo, por qué bebes.
Hace mucho que Philipp dejó de dar explicaciones.
Se agacha y entra en la tienda. El espacio es reducido.
Un saco de dormir sucio ocupa casi toda la superficie y junto a él se amontonan dos bolsas de plástico con ropa, una mochila vieja, varias latas vacías y una linterna que funciona cuando le da la gana.
En una esquina guarda una botella de agua y otra de vino barato de la que queda menos de la mitad.
Hay también un paquete de galletas abierto y un pequeño cuchillo que utiliza para comer.
Se quita las zapatillas sin desatarlas y se deja caer sobre el saco.
La cabeza le da vueltas ligeramente porque ha bebido más de la cuenta durante la tarde, aunque no tanto como para quedarse dormido de inmediato.
Busca la botella de vino junto a la mochila, bebe directamente de ella y la deja a un lado antes de cerrar los ojos.
De repente, escucha algo fuera.
Abre los ojos y permanece inmóvil. Primero un paso, después otro, el sonido inconfundible de las piedras desplazándose bajo el peso de alguien.
Durante unos segundos intenta convencerse de que puede ser cualquier cosa, algún animal, una piedra desprendiéndose del acantilado o incluso el mar arrastrando grava hacia la orilla, pero vuelve a escucharlo con más claridad.
Alguien está caminando cerca de la tienda.
Philipp se incorpora y recuerda lo ocurrido un mes atrás.
Aquella noche fueron cuatro y ni siquiera le dieron tiempo a salir.
Uno golpeó la tienda con el pie mientras otro gritaba que se largara de la isla y, cuando consiguió incorporarse, ya estaban rodeándolo.
Recibió una paliza que acabó con varios puntos de sutura y dos dedos rotos.
Si esos cobardes hubieran peleado como hombres, Philipp tiene claro que el resultado hubiera sido muy distinto.
Isaac Le Floch estaba entre ellos. Él no olvida una cara, mucho menos la de un hombre que le advierte que un día aparecerá flotando en el Atlántico si continúa metiendo las narices donde nadie lo llama.
Detesta a ese hombre, y algún día se vengará.
Se inclina hacia la entrada de la tienda y agarra el pequeño cuchillo. Se acerca a la cremallera y la abre solo unos centímetros.
Mira hacia fuera.
La luna llena ilumina buena parte de la playa y el cielo está despejado. Las piedras adquieren un tono blanquecino bajo aquella claridad, aunque las sombras junto al acantilado siguen siendo demasiado profundas. Philipp espera unos segundos, tratando de localizar algún movimiento.
No ve nada.
—¿Quién anda ahí?
Nadie responde.
Si es Isaac, o cualquiera de los otros desgraciados que lo acompañaron aquella noche, prefiere verlo venir. No piensa quedarse encerrado esperando a que alguien empiece a patear la tienda, así que abre la cremallera por completo, saca primero la cabeza y después un brazo hasta abandonar su refugio.
Se queda agachado unos instantes y escucha.
Quizá sea un perro. No sería la primera vez que algún turista llega a la isla con un animal y regresa al continente sin él.
Después los perros vagan durante días hasta que alguien los encuentra o hasta que ocurre una desgracia.
El año anterior hubo un dóberman abandonado que sobrevivió varias semanas por su cuenta y acabó entrando en la propiedad de una mujer de Marais Salé, donde se comió a su yorkshire.
Philipp recuerda perfectamente el revuelo que se organizó.
Durante días parecía que en la isla no existía otro tema de conversación.
Se incorpora por completo sin soltar el cuchillo y avanza unos pasos sobre las piedras.
Mira primero hacia la parte abierta de la playa y después hacia el sendero, pero no distingue nada.
Sus ojos necesitan un poco más de tiempo para acostumbrarse a la penumbra después de haber permanecido dentro de la tienda.
Entonces se vuelve hacia el acantilado.
Hay alguien allí.
Una silueta permanece inmóvil a unos treinta metros de distancia. Philipp entrecierra los ojos y durante un instante solo distingue la forma de un hombre, hasta que este avanza un par de pasos y la luz de la luna alcanza parte de su rostro.
Philipp baja lentamente el cuchillo.
Lo reconoce de inmediato. No es la primera vez que ve a ese hombre y sabe que no ha venido para pegarle.
Lo que quiere es algo muy distinto.