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Oriol piensa que la finca que Jason ha alquilado en la isla es perfecta.
Para su sorpresa, aunque la vivienda no está nada mal, no es una casa ostentosa; está pensada para desconectar.
La fachada, revestida con piedra clara, se integra con el paisaje, aislada cerca de una playa que alterna la arena con zonas cubiertas de cantos rodados y afloramientos de roca que se adentran en el mar.
El jardín desciende por una escalera de madera que se eleva sobre una duna cubierta de hierba.
Más allá, el Atlántico se extiende tranquilo bajo la luz anaranjada del final de la tarde.
En el interior todo resulta amplio y luminoso.
El salón ocupa casi toda la planta principal, con enormes ventanales orientados al mar, una cocina abierta y una larga isla central de madera donde podrían comer diez personas sin apreturas.
Hay una chimenea, un sofá enorme, una biblioteca bien surtida y una terraza cubierta con una mesa exterior desde la que se escucha el romper constante de las olas.
Jason acaba de bajar de uno de los dormitorios de la planta superior y coloca su ordenador en la mesa de madera que hay junto al sofá. Parece haber decidido que ese será su centro de operaciones.
El aroma a pescado que sale del horno impregna toda la casa.
Después de la conversación con Jade Fournier, condujeron hasta el puerto donde compraron un rodaballo que Jason ha preparado con mantequilla, limón y un poco de sidra.
Al inspector Duarte le sorprende la capacidad de Jason para disfrutar de los pequeños placeres incluso cuando están inmersos en una investigación que podría cambiar por completo un caso sin resolver desde hace casi veinte años.
Mientras Oriol busca entre las bolsas de la compra algo que mate el hambre hasta que esté lista la cena, Jason conecta otro monitor sobre la mesa del salón.
—Me fastidia lo de esa mujer.
—¿Te refieres a Jade Fournier ?
—Sí. Es evidente que sabe algo más. Muchísimo más. Se le veía en la cara. —Empieza a desenredar un cable HDMI—. Estaba midiendo cada palabra.
Oriol asiente despacio.
—En este trabajo hay que saber aceptar que no siempre se consigue lo que uno pretende —dice Oriol.
Jason resopla.
—Lo sé. Pero puedo expresar mi frustración, ¿verdad? —contesta Jason con sarcasmo mientras se sienta e inicia su ordenador.
—Quédate con lo bueno. No ha sido una pérdida de tiempo. Ahora sabemos quién es. Tenemos un nombre, Jade Fournier, además de saber que ella e Isaac mantuvieron una relación durante años y que se veían en una caseta de la que nadie tiene constancia.
—¿Tú tampoco sabías lo de esa caseta? —pregunta Jason.
—No. Esa información no aparece en ningún lado. Estoy seguro. Por eso creo que nuestro siguiente paso debería ser encontrarla. Quiero averiguar qué escondía allí Isaac, además de su aventura con Jade.
—Dame unos minutos. Con la descripción que nos dio, puede que consiga localizarla por satélite. Si realmente está cerca del extremo este, junto al faro, no debería ser complicado encontrar una construcción aislada.
Los dedos empiezan a desplazarse con rapidez sobre el teclado.
Oriol lo deja trabajando. Sabe que no le gusta que le molesten cuando está concentrado.
Sale al exterior cerrando suavemente la puerta corredera. La terraza de madera mira directamente hacia la playa.
A esas horas casi no queda gente. Una pareja pasea descalza junto a la orilla mientras un perro corre delante de ellos persiguiendo las olas. Más lejos, dos pequeñas embarcaciones regresan lentamente hacia Port-Joinville dejando una estela blanca sobre un mar casi inmóvil.
El viento llega cargado de sal y mueve las altas hierbas de las dunas con un rumor constante.
Oriol apoya las manos sobre la barandilla y se distrae observando a un grupo de cuatro niñas que ocupa un tramo de arena frente a la casa. Tendrán unos diez años, y han apoyado un teléfono móvil sobre una pequeña mochila para grabar lo que parece una coreografía.
Una de ellas se equivoca y las demás se lo recriminan entre carcajadas mientras vuelven al punto de partida. La escena consigue arrancarle a Oriol una sonrisa.
A unos cincuenta metros, un grupo de adultos conversa formando un círculo con unas sillas plegables. Uno de los hombres abre una nevera portátil, reparte varias cervezas y levanta una de ellas mientras comenta algo que provoca las risas del grupo. La tranquilidad del lugar parece absoluta.
Oriol deja que su mirada se pierda más allá de la costa. Ante él se abre el océano Atlántico. Inmenso e interminable.
Piensa en la cantidad de kilómetros de agua que se extienden frente a él antes de alcanzar otro continente.
Su imaginación viaja hasta las corrientes que recorren el fondo marino.
Hasta los barcos hundidos, restos arqueológicos, especies todavía desconocidas y secretos que jamás llegarán a descubrirse.
Es inevitable preguntarse si Célia Tessier fue a parar allí. Si así fuera, nadie la encontrará.
Se gira y encuentra a Jason ensimismado con su portátil.
Desde la terraza distingue el mapa satelital de la isla ocupando casi toda la pantalla. Va ampliando la imagen poco a poco, desplazándose hacia el extremo oriental. El faro aparece unos segundos antes de que vuelva a hacer zoom, buscando alguna construcción aislada entre la vegetación.
Cuando devuelve su vista a la playa, descubre que algo ha alterado lo que hasta ahora era un paisaje perfecto.
Un hombre acaba de aparecer por uno de los accesos de la playa.
No es un hombre cualquiera. Oriol lo observa con atención.
Es voluminoso. Viste unos pantalones demasiado grandes, una chaqueta desgastada pese al calor del verano incipiente y unas botas cubiertas de arena.
Su pelo es largo, grisáceo y apelmazado.
La barba, descuidada desde hace semanas, le cubre casi todo el rostro.
Sobre un hombro carga un viejo petate militar.
El hombre se detiene cerca del lugar donde las niñas siguen intentando grabar la dichosa coreografía.
Ellas ni siquiera reparan en su presencia. Continúan riéndose entre toma y toma.
Él las observa con demasiada atención durante unos segundos. Después deja caer el petate sobre la arena.
Extrae con parsimonia una caña telescópica de pescar, empieza a desplegar sus tramos uno a uno y termina clavándola en la arena.
Oriol siente un nudo en el estómago. Probablemente, los padres de esas niñas que continúan tomando cerveza y riendo a pocos metros, no saben quién es ese hombre. Pero él sí. Lo ha reconocido nada más verlo.
Se trata de Philipp Werner. El ciudadano alemán que hoy en día sigue siendo el principal sospechoso de la desaparición de Célia Tessier.
El mismo hombre condenado años atrás por delitos de abuso sexual infantil.
Su aspecto es aún peor que en las fotografías del expediente. En persona resulta mucho más inquietante.
Philipp se sienta de espaldas al mar junto a la caña, con la mirada fija en el grupo de niñas y Oriol ya está bajando las escaleras de la terraza antes incluso de ser plenamente consciente de haber tomado la decisión.
Cruza el jardín a paso firme y alcanza la arena.
Las niñas siguen bailando.
—¡Eh! —grita.
Las cuatro se detienen y lo miran confundidas.
—Estáis haciendo demasiado ruido. Volved con vuestros padres y dejad de molestar.
Las pequeñas intercambian miradas sin entender nada.
Una de ellas señala el teléfono, pero no se atreve a decir nada.
A unos metros, una de las madres levanta la cabeza al percibir la escena.
—¡Chicas!
Las niñas recogen el móvil apresuradamente y echan a andar hacia los adultos mientras la madre dirige una mirada desconcertada hacia Oriol, pero la discusión no escala.
Solo cuando las cuatro niñas están ya junto a sus padres, Oriol vuelve la vista despacio hacia Philipp Werner.
El hombre continúa junto a la caña de pescar. No ha movido un solo músculo. También lo está mirando.
Ninguno aparta la mirada.
Al cabo de unos segundos, se gira despacio y emprende el camino de regreso hacia la finca.
Jason continúa inclinado sobre el portátil cuando oye abrirse la puerta principal.
Levanta la vista.
Oriol entra con paso firme. Trae arena pegada a los zapatos y la mandíbula tensa.
—¿Te pasa algo? —le pregunta.
—No. Solo había salido a dar un paseo por la playa. ¿Has encontrado algo?
Jason lo observa un instante más, dudando. Luego gira el portátil hacia él.
—Creo que sí. Mira.
Oriol se acerca.
En la pantalla aparece una imagen aérea de la parte oriental de la isla de Yeu.
El mar ocupa buena parte del monitor, de un azul oscuro que contrasta con el verde irregular de la vegetación.
Jason comienza a ampliar la imagen hasta el punto en el que apenas se distingue una estrecha pista de tierra serpenteando entre los arbustos que se pierden junto a la costa.
Un rectángulo blanco destaca entre la maleza.
—Con esta imagen, tomada desde arriba, no se puede distinguir el color de la puerta.
—¿Hay alguna más que se ajuste a la descripción? —pregunta Oriol.
—He revisado toda la costa este. No hay muchas edificaciones aisladas por esa zona.
Estas son las únicas que encajan con lo que contó.
Están lejos de cualquier vivienda, escondidas y comunicadas únicamente por caminos estrechos que prácticamente desaparecen entre la maleza.
A unos quinientos metros hay otra… Pero estas imágenes son mediocres.
¿Por qué no probamos con el software de la Interpol?
—Olvídalo. Eso dejaría un rastro y no quiero que nadie sepa que estoy aquí contigo.
—Puedo encargarme de eso, lo sabes, ¿no?
—No merece la pena, Jason. Es una isla relativamente pequeña. Mañana haremos un poco de turismo y averiguaremos cuál de esas dos casetas pertenecía a Isaac Le Floch. Ahora vamos a cenar.