El regalo (Inspector Oriol Duarte 5) 7
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Markus Graff lleva casi una hora al volante del Seat Ibiza que ha alquilado en el aeropuerto de Bilbao y piensa que es uno de los trayectos más bonitos por los que ha conducido jamás.

La carretera discurre durante algunos tramos muy cerca del mar.

El Cantábrico aparece y desaparece entre las elevaciones del terreno, luciendo un tono azul oscuro que se extiende hasta un horizonte limpio.

A un lado se levantan paredes de roca cubiertas de vegetación; a otro, enormes praderas verdes terminan de pronto en acantilados que caen hacia pequeñas calas.

Hay vacas pastando a pocos metros de precipicios que despiertan el vértigo de Markus.

Reduce la velocidad al tomar otra curva.

Su preocupación por Oriol ha crecido en las últimas horas. Tenía la esperanza de recibir una llamada o un mensaje que pusiera fin a su aventura por España, pero no ha sido así.

Su compañero sigue sin dar señales de vida después de haber recibido un misterioso paquete. Aunque sea una de las personas más excéntricas que conoce, no hay nada que justifique una ausencia tan prolongada.

Markus cambia de marcha y adelanta a una furgoneta que circula a baja velocidad.

Piensa en el motivo por el que Lefebvre no ha querido aún alertar a las autoridades españolas para que colaboren en la búsqueda de un agente internacional. Es evidente que no quiere pasar por la vergüenza de tener que justificar alguna de las extravagancias del que es considerado su mejor agente.

Quizá él sea capaz de poner fin al misterio con una simple visita a su cabaña de la costa cantábrica y con eso se evite una escalada burocrática innecesaria.

Mira fugazmente hacia el asiento del acompañante.

Gisèle continúa allí, recostada sobre el asiento, con los ojos cerrados mientras escucha un audiolibro a través de los auriculares.

Ha sido la única agente disponible que no ha puesto demasiadas objeciones en acompañarlo.

Durante los últimos meses, la popularidad de Oriol dentro de la Interpol ha sufrido cierto desgaste.

Nadie discute su capacidad. Ni siquiera sus mayores detractores se atreverían a hacerlo.

El inspector Duarte resuelve los casos que otros abandonan sin dudarlo, detecta conexiones que nadie ve y tiene una perseverancia que roza lo enfermizo cuando está convencido de que existe algo oculto bajo la versión oficial.

El problema no es su capacidad; son sus métodos.

Oriol interpreta la normativa con una flexibilidad demasiado laxa. Ha cruzado líneas. Ha ignorado órdenes. Ha seguido investigando cuando se le había exigido detenerse.

Aunque compense todo aquello con resultados, de eso no hay duda, es ahí donde nace el conflicto.

Durante años, sus éxitos han dejado en segundo plano sus infracciones, pero últimamente algunos empiezan a preguntarse cuándo dejarán de consentirle.

Markus no comparte muchas de las decisiones de su compañero. Se lo ha dicho a la cara en más de una ocasión. Incluso han discutido por ello. Pero existe una diferencia enorme entre pensar que Oriol es un irresponsable y dejarlo tirado cuando puede estar envuelto en un problema serio.

Una señal indica una desviación hacia un pueblo costero. Markus continúa recto.

El navegador marca 9,8 kilómetros hasta el destino.

—Diez kilómetros —dice.

Gisèle no reacciona.

Markus la mira de reojo.

—Gisèle.

Nada.

Levanta un poco la voz.

—¡Gisèle!

Ella da un pequeño respingo y se quita el auricular.

—¿Qué? —contesta con un hilo de voz.

—Que estamos a diez kilómetros.

—Vale.

—Gracias por tu entusiasmo.

Gisèle pulsa la pantalla del teléfono para detener el audiolibro.

—Estaba interesante.

—Ya veo. ¿Qué libro es?

—La chica que se llevaron, de Charlie Donlea.

Markus asiente fingiendo que esa información le aclara algo. Ella resopla y guarda el teléfono en el bolsillo.

El navegador anuncia que deben abandonar la carretera principal dentro de dos kilómetros y en ese momento el paisaje comienza a cambiar.

Las construcciones se vuelven más escasas y las grandes extensiones de terreno ocupan casi todo cuanto alcanza la vista.

Algunos hogares aparecen desperdigados entre los campos, la mayoría hechos de piedra y protegidos por muros bajos. Más allá continúa el mar.

Oriol eligió bien el lugar, piensa Markus. Si alguien quisiera aislarse durante una temporada, escribir un libro, olvidar el mundo o simplemente conseguir que nadie le molestara, esta parte de Cantabria parece perfecta.

Gisèle se incorpora un poco en el asiento.

—¿Conoces bien a Oriol Duarte? —pregunta Gisèle.

Markus aparta la vista del navegador durante un instante.

—Sí. Somos viejos amigos.

Ella asiente despacio.

—¿Tú lo conoces? —pregunta Markus.

—No personalmente. Lo he escuchado en alguna conferencia y he leído bastante sobre él, pero nunca hemos trabajado juntos.

Markus espera. Hay algo en la forma en que Gisèle ha pronunciado la última frase que le hace sospechar que no ha terminado.

No se equivoca.

—Por lo que cuentan, está un poco chiflado —añade.

Markus gira la cabeza.

—¡Eso no es cierto!

La respuesta sale con más brusquedad de la que pretendía. Gisèle arquea las cejas, sorprendida por su reacción.

—Solo digo lo que se comenta…

—Pues se comentan muchas tonterías. —Markus vuelve a concentrarse en la carretera—. Reconozco que no siempre sigue el camino más fácil. Y que tiene una manera muy particular de hacer las cosas. Pero es alguien en quien se puede confiar. Es mi amigo.

—¿Incluso cuando te apuntó con tu propia pistola?

Markus se queda sin palabras.

Mira a Gisèle. Ella mantiene una expresión inocente que no engañaría a nadie.

—¿Quién te ha contado eso? —replica Markus.

—Entonces, ¿es cierto?

Markus no responde.

La sonrisa que empieza a dibujarse en los labios de Gisèle confirma que el silencio le ha proporcionado exactamente la respuesta que buscaba.

Niega con la cabeza, molesto. No piensa explicarle lo sucedido en Alemania. Y mucho menos para alimentar una de esas historias que circulan por los pasillos de la Interpol y que van deformándose cada vez que alguien las cuenta.

Al cabo de unos segundos, habla.

—Déjame decirte algo. Si alguna vez mi vida dependiera de un investigador, se la confiaría sin dudar a Oriol Duarte.

Gisèle deja de sonreír.

Markus mantiene los ojos en la carretera.

—Es buena persona —añade—. Eso es lo que muchos olvidan cuando cuentan todas esas historias sobre él.

Gisèle lo observa durante unos instantes y termina encogiéndose de hombros.

—Reconozco que tengo curiosidad por descubrir en qué asunto turbio se ha metido esta vez.

—Yo preferiría que no se hubiera metido en ninguno.

La indicación del navegador interrumpe la conversación.

Markus aminora la marcha y toma un desvío a la izquierda. El asfalto desaparece poco después y da paso a un camino estrecho que obliga a avanzar despacio. Consulta la pantalla. Solo quedan unos cientos de metros.

Markus continúa hasta que la vegetación se abre y aparece una pequeña construcción apartada del camino.

—Ahí está.

La cabaña se encuentra en una parcela sin vallar, rodeada de terreno irregular y árboles. Es sencilla, con paredes de piedra y tejado inclinado. Dos ventanas flanquean la puerta principal. No hay ningún vehículo aparcado en los alrededores.

Eso es lo primero que llama la atención de Markus. Lo segundo es la absoluta falta de actividad.

Avanza unos metros más y estaciona el Seat junto a la entrada.

Gisèle mira la casa.

—Acogedora.

Markus abre la puerta y los dos bajan del vehículo.

La actitud de Gisèle cambia en cuanto pisa el terreno. Desaparece el tono despreocupado de la conversación. Examina los alrededores, al igual que Markus.

No ven a nadie.

El inspector Graff avanza hacia la cabaña sin dirigirse directamente a la puerta. Primero observa las ventanas. Después se fija en el terreno alrededor de la casa, buscando cualquier elemento fuera de lugar que pueda indicar que alguien ha estado allí recientemente.

Gisèle se desplaza hacia el lateral opuesto.

—Tampoco hay coches detrás —comenta.

Markus mira hacia el camino por el que han llegado. Desde allí distingue a lo lejos, apoyada en un poste de la carretera, la cámara que les dio la pista que les ha traído hasta aquí.

Se acerca a una de las ventanas delanteras.

El interior está demasiado oscuro para apreciar gran cosa a través del cristal.

—¿Ves algo? —pregunta Gisèle.

—No.

Ella prueba suerte con la otra.

—No hay nadie —comenta.

Continúan bordeando la construcción. Ninguna ventana está abierta. No encuentran daños visibles ni señales evidentes de que alguien haya forzado una entrada.

Después de completar la vuelta, regresan a la puerta principal.

Gisèle sube el pequeño escalón y extiende una mano hacia el pomo.

—Espera.

Se detiene.

Markus introduce una mano en el bolsillo y saca dos pares de guantes de vinilo.

—Póntelos.

—Oriol te ha contagiado su obsesión con los guantes.

Ella sonríe mientras se los pone. El gesto de Markus permanece serio.

Él se coloca los suyos y hace un gesto con la cabeza. Gisèle agarra entonces el pomo y trata de girarlo.

No cede. Lo intenta una segunda vez.

—Cerrada.

—Lo imaginaba.

—¿Sabes abrir cerraduras?

—No, pero Oriol siempre deja una llave de repuesto cerca. Es una costumbre que tiene.

—Eso no parece muy propio de alguien tan obsesionado con la seguridad.

—No la deja debajo del felpudo.

Markus se dirige hacia una de las ventanas.

—Suele esconderlas en los marcos.

Pasa los dedos enguantados por la parte superior del marco de madera. Nada.

Comprueba uno de los laterales.

Vacío.

Gisèle lo contempla desde la entrada.

—¿Me estás diciendo que el gran Oriol Duarte esconde las llaves de su casa encima de las ventanas?

Markus ignora el comentario y pasa a la segunda ventana de la fachada.

Palpa lentamente la madera. Recorre el borde superior y después los laterales.

Nada.

Rodea la esquina de la cabaña. Encuentra otra ventana en el lateral, más pequeña que las anteriores. Markus se acerca y examina primero la parte superior del marco.

Tampoco encuentra nada. Después desliza los dedos hacia el extremo derecho.

Entonces nota algo. Una pequeña resistencia bajo la yema del índice.

Se detiene y vuelve a pasar la mano.

Hay un objeto encajado entre el marco de madera y la pared, oculto desde cualquier ángulo normal de visión.

Markus introduce dos dedos y tira con cuidado.

Una llave aparece entre ellos.

Markus la levanta para que su compañera pueda verla.

—Te lo he dicho.

—No me lo puedo creer —dice Gisèle desde detrás.

Markus regresa hasta la entrada, Gisèle se aparta para dejarle sitio e introduce la llave en la cerradura.

Empuja la puerta y se abre.

—Oriol —llama.

No obtiene respuesta.

Entra con cautela y descubre que la estancia principal ocupa buena parte de la cabaña, un espacio abierto revestido casi por completo de madera, con gruesas vigas atravesando el techo y un suelo de tablones oscuros.

A la derecha hay una pequeña cocina, separada del salón por una barra; a la izquierda, un sofá frente a una chimenea de piedra y una mesa baja.

Al fondo distingue dos puertas que deben de conducir al dormitorio y al cuarto de baño.

Todo está perfectamente ordenado y limpio. No hay muebles desplazados, nada roto, ningún cajón abierto ni objetos esparcidos por el suelo.

—Parece que nadie ha entrado por la fuerza —dice Gisèle.

—Eso parece.

Markus avanza unos pasos sin bajar la guardia.

No encuentra indicios que apunten a una salida precipitada.

La parte que más llama su atención está junto a una de las ventanas delanteras, donde Oriol ha convertido una mesa rectangular de madera en su zona de trabajo.

Sobre ella hay varios archivadores y carpetas colocados en dos pilas, algunos con fechas escritas en el lomo y otros con nombres que Markus no reconoce.

Casos antiguos, probablemente material que Oriol ha traído consigo para revisar durante su estancia.

Junto a las carpetas hay un bloc de notas de tapas negras y un bolígrafo, y el portátil permanece cerrado con el cargador enrollado a su lado.

En una pequeña estantería se acumula una docena de libros de criminología, investigación criminal y psicología forense, algunos colocados verticalmente y otros tumbados sobre sus lomos, con pequeños papeles sobresaliendo entre las páginas.

Todo transmite una normalidad que, lejos de tranquilizarlo, empieza a desconcertarlo.

—Voy a mirar el dormitorio.

Gisèle asiente, aunque no lo sigue. Markus comprueba primero el baño y después entra en la habitación. La cama está hecha, hay ropa en el armario y una maleta abierta en el suelo, colocada junto a la pared, con varias prendas todavía en su interior.

Cuando regresa al salón, encuentra a Gisèle junto a la mesa de trabajo. No está mirando las carpetas, sino algo que hay encima de ellas.

—¿Qué pasa?

Ella no responde de inmediato. Alarga una mano, coge un sobre blanco y lo levanta.

—Esto es para ti.

Markus frunce el ceño.

—¿Qué?

Gisèle gira el sobre para mostrárselo. En el centro, escrito a mano, aparece un nombre.

«MARKUS GRAFF».

Durante unos segundos se limita a contemplarlo antes de mirar a Gisèle.

—¿Dónde estaba?

—Aquí, encima de las carpetas.

Markus se acerca y Gisèle le entrega el sobre con una sonrisa que él no comparte.

—Creo que sabía que vendrías a buscarlo. Parece que esto comienza a ponerse interesante.

—A mí no me lo parece.

Markus observa su nombre y reconoce de inmediato la letra de Oriol. Introduce un dedo bajo la solapa, descubre que el sobre ni siquiera está sellado y saca una hoja doblada por la mitad. Gisèle se aproxima mientras él despliega el papel y comienza a leer en silencio.

Su expresión cambia poco a poco. Primero frunce el ceño, después alza ligeramente las cejas y, al llegar al final, vuelve al principio para leerlo una segunda vez.

—¿Y bien? —pregunta Gisèle.

Markus continúa mirando la nota.

—Markus —insiste.

Él baja por fin el papel.

—Me saluda cortésmente. Dice que nos ha dejado comida y bebida en la nevera y que podemos disfrutar de la cabaña.

Gisèle dirige una mirada hacia la cocina.

—Cada vez me cae mejor.

Markus no reacciona a la broma.

—También me dice, palabras textuales: «No me busques más. Cuando quiera regresar, lo haré».