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Jade Fournier alza la vista en cuanto escucha aquellas dos palabras.
«Mi pulguita».
Durante un instante no es capaz de reaccionar.
Ha oído esa expresión cientos de veces. Demasiadas. Pero siempre pronunciada por la misma voz.
La de Isaac Le Floch.
Cuando levanta la cabeza descubre que dos desconocidos la observan con una atención difícil de interpretar. Es fugaz, pero basta para que una incómoda sensación se instale en su estómago.
Aparta la mirada enseguida.
Hace algún tiempo estaba acostumbrada a que los turistas la mirasen.
Lleva toda la vida viendo caras nuevas aparecer y desaparecer de la isla.
Familias, parejas, mochileros, grupos de amigos...
Todos llegan, disfrutan de unos días junto al mar y vuelven a marcharse.
Es el ritmo natural de aquel lugar. Nadie se queda el tiempo suficiente para echar raíces. Salvo ella, claro.
Ella aprendió esa lección demasiado pronto.
De adolescente esperaba con impaciencia el comienzo de cada verano. Era la época en la que la isla se llenaba de gente desconocida y, con ella, de oportunidades para sentirse distinta. Más interesante; más deseada.
Le encantaba esa sensación, al menos, durante un par de décadas.
Se colaba en fiestas improvisadas, terminaba riendo con grupos de turistas y enlazaba una aventura con la siguiente sin preguntarse jamás qué ocurriría al día siguiente.
Porque la historia siempre terminaba repitiéndose. Por mucho que soñara con encontrar al hombre ideal y construir junto a él una vida próspera y maravillosa, quizá lejos de aquella isla que adoraba y detestaba a partes iguales, el final nunca cambiaba. Todos regresaban a sus ciudades.
Pero ella seguía allí.
Al principio le dolía. Después se convirtió en una rutina que entendía y aceptaba.
Se conformó con esos pequeños espejismos de afecto que duraban una noche, dos si había suerte.
Durante unas horas conseguía convencerse de que su vida no era solo una sucesión de días idénticos sin nada interesante que hacer.
Era mentira, pero una mentira agradable.
Con los años, toda la isla acabó conociendo su forma de vivir.
Los comentarios empezaron a circular de terraza en terraza, de tienda en tienda, de vecino en vecino.
Poco a poco dejó de ser Jade para convertirse en la mujer de la que todos hablaban cuando ella no estaba delante y a la que se encasilló en un rol difícil de abandonar.
Las puertas se fueron cerrando sin que lo advirtiera.
Ningún hombre quería construir una vida con ella y, además, no tenía mucho donde elegir. Su vida laboral era un desastre, pues nunca se preocupó por ello, y su entorno familiar no ayudó. Los trabajos estables tampoco llegaban. Cada decisión equivocada parecía facilitar la siguiente.
Entonces llegó el alcohol.
Al principio lo consumía como cualquier mujer joven a la que le apetece divertirse alguna noche que otra. Después también se divertía por las tardes. Y luego aparecieron las mañanas difíciles, aquellas en las que la tristeza la azotaba con tal fuerza que solo quería evadirse.
Cuando su madre falleció, la realidad terminó por alcanzarla.
Su padre las había abandonado a ambas cuando Jade tenía cuatro años. Durante mucho tiempo fue su madre quien sostuvo las dos vidas con un esfuerzo silente que no valoró hasta que era demasiado tarde. Sin aquel sustento, todo se desmoronó.
Fue entonces cuando apareció Grégoire como un clavo ardiendo al que agarrarse. No era el hombre del que se había enamorado. Era el hombre que le ofrecía lo poco que tenía a cambio de su compañía y, por muy poco que fuera, era mucho más de lo que ella tenía.
Aceptó convivir con él en su triste caravana convencida de que el cariño acabaría naciendo con el tiempo.
Nunca ocurrió.
Su matrimonio terminó convirtiéndose en un pacto conveniente para ambos, pero inestable en la práctica. Y mientras los dos fingían que aquella era la manera en la que habían decidido vivir, ella seguía comportándose a espaldas de él como había hecho durante toda su juventud.
Las relaciones breves y los encuentros furtivos se sucedieron sin que Grégoire, un hombre de evidentes carencias intelectuales, se percatase.
Entre sus escarceos, hubo uno en especial que se repetía con asiduidad: Isaac Le Floch.
Había sido su primer novio, aunque su efímera relación solo duró el primer mes de un verano.
Sin embargo, entre ellos siempre había existido esa atracción que los llevó a verse a escondidas durante toda una vida.
Aunque ya no lo volverá a ver porque murió hace unas semanas.
Los dos hombres continúan mirándola cuando vuelve a levantar la cabeza y siente una inquietud creciente.
El hombre moreno del gesto endurecido ha terminado de hablar por teléfono y ha guardado su teléfono. El otro mantiene una sonrisa burlona que la descoloca desde que su amigo ha dicho «Mi pulguita».
Jade se pregunta el motivo de su actitud. ¿Por qué esa sonrisa? ¿Sabrán algo?
No. Es imposible. Durante décadas han sido cuidadosos. Le resultaba divertido que nadie en la isla pudiera llegar a imaginar que se veía a escondidas con Isaac. Jamás se habían mostrado afecto en público. Ni una caricia. Ni una mirada demasiado larga. Ni una sola imprudencia.
Ese era uno de los muchos secretos que escondía la Isla de Yeu.
Jade mira a un lado y a otro buscando a otras personas en un intento de vencer su incomodidad. Los Chevalier se han marchado tras terminar la partida de cartas junto a Hugo Perrin y ahora está a solas con ellos.
Grégoire, su marido, sigue en la caravana. Seguro que continúa hablando con la pesada de su prima.
Siempre es igual.
Lo llama, se pasa una hora entera contándole desgracias y, cuando ya lo tiene suficientemente enternecido, llega la petición de dinero alegando cualquier problema inventado: una avería, el alquiler, un retraso en la factura de la luz. Siempre una historia distinta.
Como él es estúpido, termina enviándole doscientos o trescientos euros que jamás volverá a ver.
Sin previo aviso, los dos desconocidos se levantan y vienen hacia ella.
Respira hondo y se obliga a mantener la calma. Tal vez solo busquen recomendaciones para comer. Los despachará rápido, no tiene el menor interés en ponerse a explicarles dónde sirven las mejores ostras de la isla.
—Hola —saluda el hombre moreno que hablaba por teléfono con una educación impecable.
Su compañero, bastante más expresivo, toma asiento frente a ella sin pedir permiso. Se siente invadida.
—Hola... —responde por pura cortesía mientras vuelve la vista hacia el sendero con la esperanza de ver aparecer a Grégoire en cualquier momento.
—Me llamo Oriol. ¿Vive usted aquí, en este camping?
Ella alterna la mirada entre los dos.
—Sí. Así es. ¿Os puedo ayudar en algo?
—Pues lo cierto es que sí. Somos familiares de Isaac Le Floch. ¿Lo conocía?
«Mierda», piensa.
¿Qué hacen allí unos supuestos familiares preguntándole por él? Nadie sabe lo que ocurrió entre ambos. Nadie. Esto no tiene sentido.
Fuerza una expresión de duda.
—Me suena el nombre... Pero no estoy segura.
La mentira sale con naturalidad.
Oriol asiente despacio con cara de estar poco convencido.
—Vaya… Somos sus sobrinos. Mi tío Isaac falleció hace poco y ha dejado un testamento un tanto complicado.
Algo se enciende inmediatamente en el interior de Jade.
¿Un testamento ha dicho? Eso lo cambia todo.
—Ah... claro. Isaac. Por supuesto que sé quién es. Perdón, no había caído por el apellido. Nos conocemos desde pequeños, de hecho, nos llevábamos muy bien. Crecimos aquí, en la isla. Lamento mucho vuestra pérdida. Me enteré hace unos días.
—Llevaba tiempo delicado. Es una lástima, pero al menos nos consuela pensar que no sufrió demasiado.
—Sí... eso siempre es un alivio.
Durante un instante ninguno habla hasta que es ella quien rompe el silencio.
—¿Qué es lo que sucede con ese testamento? —pregunta.
El hombre que ha dicho llamarse Oriol se inclina hacia delante y baja la voz.
—Resulta que mi tío le ha dejado algo a una persona que no conocemos, creemos que era su amante e intentamos localizarla. No queremos que nuestra tía se entere de esto y por eso le hemos dicho al abogado que nos encargaríamos personalmente. La estamos buscando.
Jade siente hormigas en el estómago y las palabras salen disparadas de su interior.
—Soy yo. Yo soy la mujer que estáis buscando.
Oriol se aparta inmediatamente y pone gesto de incredulidad.
—¿Seguro? No me estará engañando, ¿verdad? Dígame su nombre.
—Me llamo Jade Fournier y he tenido una relación a escondidas con vuestro tío los últimos veinticinco años.
El hombre que acompaña a Oriol sonríe. Jade no es capaz de entender qué le hace tanta gracia, pero prefiere eso a que le recriminen la infidelidad.
—¿Conocía mucho a nuestro tío? —pregunta el hombre de la sonrisa.
Jade lo mira con recelo.
—¿A qué te refieres?
—Nos resulta curioso que la haya incluido en el testamento.
Las palabras parecen detener el aire a su alrededor.
—¿Perdón?
—Nunca nos había hablado de usted. Pensábamos que todo iba bien con la tía Agnès.
Jade tarda unos segundos en reaccionar.
—¿Vais a decirme cuánto me ha dejado? —pregunta Jade tratando de encauzar la conversación a sus intereses.
Oriol mantiene la calma mientras la observa atentamente.
—Le propongo un trato, señora Fournier. No la conocemos.
Nos gustaría que nos hablara un poco de nuestro tío.
De cómo era y de la relación que mantenían ustedes dos.
Tenemos algunas preguntas. Después nosotros le explicaremos lo referente al testamento.
Comprenda que para la familia todo esto ha sido una sorpresa.
Jade vuelve la cabeza hacia la caravana.
Grégoire sigue sin aparecer, pero el tiempo se agota.
Regresa la mirada hacia ambos hombres.
—De acuerdo... os lo contaré. —Hace una pausa—. Pero si mi marido aparece, esta conversación debe terminar inmediatamente.
Jade baja la voz hasta convertirla en un murmullo.
—No puede enterarse jamás de lo que hubo entre Isaac y yo —añade.
Oriol intercambia una breve mirada con el hombre que lo acompaña.
—De acuerdo —dice sin alterar el gesto—. Cuéntenoslo todo.
Jade vuelve a mirar hacia el sendero. Ni rastro de Grégoire. Por una vez espera que su prima alargue mucho la conversación.
Respira hondo.
—Supongo que ya da igual ocultarlo. Como os he dicho, Isaac y yo teníamos una relación.
—Baja la vista hacia la mesa y pasa la mano por la madera—.
Nos conocemos desde niños. Crecimos juntos en esta isla.
Él siempre estuvo enamorado de mí. Desde adolescentes.
Yo... no sé... me gustaba sentirme importante para alguien.
Al principio solo tonteábamos. Luego fuimos novios, aunque duró muy poco, éramos unos niños.
Con el tiempo conocí a Grégoire e Isaac conoció a Agnès.
Sin embargo, no dejamos de vernos nunca.
Oriol arquea ligeramente una ceja.
—¿Sin que nadie lo supiera?
—Sin que nadie lo supiera —confirma Jade.
—Isaac era muy meticuloso. Decía que un secreto solo seguía siendo un secreto si lo conocían dos personas y nunca una tercera.
Oriol mantiene la mirada fija en ella.
—¿Cómo conseguían verse?
Jade sonríe por primera vez, aunque la sonrisa dura muy poco.
—Siempre encontraba una excusa. Yo decía que iba a pasear, a recoger conchas, a buscar trabajo en el puerto... Él aparecía un rato después. Nunca caminábamos juntos. Teníamos un escondite.
—¿Cuál era ese escondite?
—Una caseta de pescadores, muy pequeña, que Isaac le compró a Antoine Vasseur antes de que muriese. Era un hombre solitario que vino a vivir a la isla de Yeu cuando se jubiló. Nadie sabía que esa caseta pertenecía a Isaac.
—¿Dónde está esa caseta? —pregunta el hombre de la sonrisa permanente.
—Al final del extremo este de la isla, cerca del faro.
Está bastante apartada del sendero principal.
La fachada es de madera envejecida y la puerta está pintada de azul, aunque la pintura casi ha desaparecido.
Es difícil de ver porque está rodeada de matorrales altos.
Me encantaba ese sitio. Aunque hace tiempo que no voy. ¿Me ha dejado esa caseta?
Oriol no responde.
Ella insiste.
—¿Dinero?
—Después hablaremos del testamento.
Jade hace un gesto de impaciencia y vuelve a mirar hacia la caravana.
Oriol se toma un segundo antes de volver a hablar.
—Doy por hecho que conocía muy bien a mi tío.
—Así es. Probablemente era la única persona con la que podía hablar de cualquier cosa. Con todo el respeto, más que con Agnès, o eso solía decirme.
Oriol decide dar un paso más.
—Hay algo que mi hermano y yo queremos preguntarle. En su lecho de muerte, Isaac habló de un secreto relacionado con la familia Tessier.
Toda expresión desaparece del rostro de Jade.
—¿Los Tessier?
—Sí.
Pone cara de asombro y se encoge de hombros.
—No sé nada de eso.
No piensa añadir una palabra más.
Jamás.
De repente le da igual la caseta y el posible dinero que Isaac le haya dejado en el testamento. No quiere tener ninguna relación con Célia Tessier.
Nunca ha contado a nadie lo que Isaac le confesó sobre el día que ella desapareció. Nunca. Nadie ha relacionado su nombre con aquella tragedia. Nadie ha llamado a su puerta para hacer preguntas. Y está decidida a que siga siendo así.
El golpe de una puerta al cerrarse capta la atención de los tres.
Jade gira la cabeza y ve cómo Grégoire acaba de salir y camina hacia ellos.
Devuelve la mirada a Oriol con evidente nerviosismo.
—No digáis nada... por favor. —Habla en voz muy baja—. No quiero que mi marido oiga una sola palabra de todo esto.
Oriol se pone en pie.
—Ha sido un placer conocerla, señora Fournier.
El otro hombre también se levanta.
—El abogado de la familia se pondrá en contacto con usted muy pronto. Él le explicará el contenido del testamento —añade Oriol antes de marcharse.
Cuando se han alejado unos metros, Jade cae en la cuenta de que tanto Isaac como Agnès eran hijos únicos y, por tanto, no tienen sobrinos.