Año 2007
Colette espera con paciencia el instante adecuado.
La terraza del restaurante está llena de conversaciones cruzadas, vasos que chocan y alguna carcajada que se escapa hacia el paseo marítimo.
Frente a ella, Élodie Clairmont permanece inmóvil desde que su marido se ha marchado a por tabaco hace ya un rato, parece que se le haya agotado la energía.
No ha probado la comida, jugueteando distraídamente con el borde de la servilleta.
Colette intenta sacarle conversación con naturalidad, mirando de reojo a su marido. Henri tiene la mirada perdida en el mantel y no parece interesado en participar.
Qué forma tan triste de desperdiciar una noche de su vida, piensa Colette. La vida es demasiado corta para malgastarla así.
Cuando calcula que ya ha pasado el tiempo suficiente, aparta la silla.
—Me toca ir a ver a los niños —dice Colette.
Élodie levanta la cabeza.
—¿Estás segura? Puedo ir yo si quieres. No me importa hacerlo.
—Descuida. Vuelvo enseguida. Y tú pídete una cerveza de una vez, que llevas toda la noche con el mismo vaso.
Élodie desvía la mirada.
—No tengo muchas ganas.
La sonrisa que dedica a Colette muere al cabo de medio segundo. El tiempo que ella tarda en darse la vuelta y abandonar la terraza.
A cada paso que da, las voces del restaurante van apagándose.
Primero desaparecen las carcajadas de otras mesas.
Después el tintineo de los cubiertos. Finalmente, solo queda el rumor constante del Atlántico rompiendo a lo lejos contra las rocas y el canto difuso de algún insecto escondido entre los jardines de las casas.
Las farolas proyectan círculos de luz sobre el pavimento. Entre uno y otro se extienden pequeñas franjas de oscuridad que convierten las calles en un tablero de sombras. Las fachadas blancas de los adosados se alternan con alguna que otra ventana iluminada.
Entre dos de ellas, las cuales llevan vacías más de dos años, se forma un callejón estrecho y oscuro repleto de matojos.
De repente, una mano rodea su cintura y tira de ella hacia un estrecho callejón oculto entre dos hileras de viviendas.
Ella ni siquiera se sobresalta.
Al contrario. Se deja arrastrar mientras busca los labios de Rémi.
El beso llega antes de que ninguno pronuncie una sola palabra. Largo. Contenido durante demasiadas horas. Cuando por fin se separan, Colette le muerde con suavidad el labio inferior antes de soltarlo.
—Ya empezaba a pensar que no ibas a venir —dice Rémi, sonriente.
—He tenido que esperar el momento.
Ella le acaricia la barbilla.
—Dime una cosa... ¿De verdad has ido a por tabaco?
Él mete la mano en el bolsillo y saca un paquete medio aplastado.
—Sí. —Lo agita delante de ella—. ¿Quieres uno?
—Por favor.
Rémi enciende primero el cigarrillo de Colette y luego el suyo. Durante unos segundos fuman en silencio, expulsando el humo hacia el cielo oscuro.
—No sé cómo consigues aguantar esa mesa —dice él al fin.
—¿Y tú?
—Peor todavía. No sé qué he dicho antes, pero a mi mujer le ha cambiado el humor de repente. Podría ser cualquier cosa, así que…
—Estamos cenando con un par de idiotas que no ven más allá de sus narices —dice Colette.
—¿No te da miedo que alguien nos vea?
Colette niega despacio.
—Lo que me daría miedo es echar mi vida a perder.
Rémi mantiene la mirada fija en ella.
Colette deja caer el cigarrillo al suelo y lo aplasta con la punta de la sandalia. Después vuelve a acercarse y lo besa otra vez, esta vez más breve.
Cuando se separan, le acomoda el cuello de la camisa con una sonrisa traviesa.
—Tenemos que darnos prisa. Voy a subir a echar un vistazo a los niños y regresaré al restaurante antes de que alguien empiece a hacer preguntas.
Rémi le sujeta la mano antes de que se marche.
—¿Quieres que suba contigo... y nos entretenemos un poco?
Colette arquea una ceja. Luego sonríe, le da un ligero golpecito en el pecho con la yema del dedo y se aparta.
—Compórtate, Rémi. Todo a su debido tiempo.
Sin darle opción a responder, abandona el callejón y vuelve a caminar hacia la casa con la misma tranquilidad con la que había salido del restaurante, dejando que él la observe desaparecer entre las sombras de la calle.
La noche ha terminado de adueñarse de la isla. A esas horas apenas queda gente por la calle desierta, donde el viento hace vibrar suavemente las hojas de los árboles que bordean la urbanización.
Mientras avanza, siente una incómoda impresión que no sabe explicar. Tiene la sensación de que algo ha cambiado durante los pocos minutos que ha estado ausente.
Reduce el paso al llegar frente a su casa. Algo capta su atención en la acera de enfrente, donde viven Isaac Le Floch y su mujer.
Está casi segura de que ha visto algo de soslayo; un movimiento rápido tras una de las ventanas del piso superior. Pero al dirigir su mirada solo encuentra quietud.
Continúa caminando, aunque ahora presta más atención a cuanto la rodea.
Introduce la llave en la cerradura de su casa.
Al abrir la puerta, una corriente de aire frío le acaricia el rostro.
Se queda quieta al darse cuenta de que el aire procede del interior.
Empuja la puerta con rapidez. No recuerda haber dejado ninguna ventana abierta. Tal vez su marido…
Cierra tras de sí y atraviesa el salón casi corriendo.
Lo primero que hace es asomarse a la habitación de su hija, donde ahora duermen los gemelos Clairmont. La tenue luz que entra desde la calle le basta para distinguir sus pequeñas siluetas bajo las sábanas. Los dos respiran acompasadamente, dormidos.
Un breve alivio la invade, pero solo dura un segundo.
Se dirige entonces a su dormitorio; la puerta está cerrada.
La ventana, completamente abierta de par en par, golpea suavemente contra el marco impulsada por el viento nocturno.
El visillo se agita hacia el interior.
Pero eso no es lo más relevante.
Lo que deja a Colette petrificada y sin capacidad de reacción es que su hija no está.