5
Jason estaciona el Suzuki y ambos bajan del vehículo.
El sol aprieta en el punto álgido de la tarde.
Una gran cantidad de bicicletas estacionadas ocupan la mayor parte de la explanada frente a la entrada al camping sin ningún orden aparente.
El edificio principal ofrece un aspecto decadente a diferencia del resto de la isla, o al menos lo que han podido ver hasta ahora.
Un cartel descolorido al que le falta la M de «Meule» anuncia el nombre del establecimiento junto a varias macetas resecas.
Jason saca el teléfono del bolsillo y comienza a fotografiar el edificio, la entrada, un grupo de bicicletas apoyadas junto a una valla de madera y hasta un viejo cartel con las normas del camping.
Se mueve despacio, cambiando de ángulo continuamente, igual que haría cualquier turista decidido a documentar sus vacaciones en redes sociales.
Después rodea a Oriol con un brazo por encima de los hombros y levanta el móvil frente a ambos.
—Sonríe.
Oriol no tiene tiempo para reaccionar antes de que Jason capture el momento.
—Métete en el papel —masculla Jason entre dientes sin dejar de sonreír para la cámara.
—No soy tan buen actor como tú.
Jason hace otra fotografía. Oriol se aparta y lo fulmina con la mirada.
—¿Tu plan incluía la manera en la que vamos a conseguir que alguien nos hable de los residentes del camping y de quién podría ser la amante de Isaac Le Floch? —pregunta Oriol.
—No. La parte creativa de la investigación te la dejo a ti. Alguna utilidad tendrás que demostrar, ¿no crees?
Oriol no responde.
Ya esperaba aquella respuesta y por eso ha pensado al respecto.
Es su manera de trabajar: anticipa los momentos a los que el devenir del caso pueda llevarle y decide cómo actuará llegado el momento.
Así gana fluidez y capacidad de reacción.
Son muchos años buscando respuestas allá donde los demás no encontraron nada.
No tiene la menor duda de que si alguien sabe quién es esa mujer, encontrará la forma de averiguarlo.
Cruzan la pequeña terraza exterior, donde varios grupos de turistas disfrutan de cerveza fría.
El interior resulta peculiar. A la derecha hay una barra de bar clásica con una cafetera industrial, una vitrina de helados y varias botellas alineadas sobre estanterías de madera.
A la izquierda, en cambio, un largo mostrador recuerda más a la recepción de un hostal que a un camping.
Detrás cuelgan decenas de llaves identificadas con pequeñas placas numeradas y un panel repleto de folletos turísticos de la isla.
Solo hay una persona atendiendo.
La camarera levanta la vista al oír la puerta.
Es joven, morena, con varias mechas rubias que le iluminan el cabello recogido en una coleta alta. Lleva unos vaqueros cortos y una camiseta blanca de tirantes que deja ver sus brazos plagados de tatuajes. Su sonrisa aparece con naturalidad al verlos entrar.
—Hola. ¿En qué puedo ayudaros?
Jason da un paso al frente con una expresión amable preparada para iniciar la conversación, pero la mano de Oriol se posa suavemente sobre su pecho.
Sin mirarlo siquiera, se adelanta. Parece que al inspector Duarte le ha llamado la atención algo de esa mujer.
—Buenos días. Estamos buscando alquilar una caravana. Algo económico. Hemos venido a pasar una semana en la isla. Habíamos reservado un apartamento cerca del puerto, pero nos cancelaron la reserva en el último momento y ya no encontramos nada disponible. La joven hace una mueca de resignación.
—Oh... Lo siento. Desde el auge de los alquileres vacacionales, eso pasa todos los días.
Lo odio. —Se apoya un instante sobre el mostrador antes de continuar—.
El camping no es ninguna maravilla, prefiero serle sincera.
Todas las caravanas están ocupadas por residentes de larga estancia.
Hoy se queda libre una cabaña, pero tienen que arreglar el aire acondicionado.
Si no... solo nos quedan parcelas para tiendas de campaña.
Oriol asiente fingiendo estar disgustado y coloca los brazos en jarra.
—Mi amigo es un poco especial para dormir al aire libre —dice, señalando a Jason con el pulgar.
Jason le devuelve una mirada que encaja a la perfección con el papel.
—¿Crees que podríamos echar un vistazo? Estoy seguro de que debe de ser un sitio precioso —pregunta Oriol.
La joven sonríe.
—Claro. Podéis pasar sin problema a la zona común. Más allá de la valla ya es la parte privada del camping. Esa zona está reservada exclusivamente para los residentes de larga estancia.
—De acuerdo. Gracias.
Abandonan la recepción y atraviesan una pequeña puerta de madera que conduce a un amplio merendero cubierto por una pérgola.
Jason reduce el paso mientras observa discretamente a quienes ocupan el lugar. Se escucha el agradable sonido del ukelele sonando al otro lado.
Una anciana de pelo completamente blanco sostiene las cartas muy cerca de la cara mientras juega una partida con un hombre de unos setenta años, delgado, con una gorra azul marino y unas gafas de cristal grueso.
Ninguno parece tener prisa; discuten en voz baja sobre quién ha hecho trampas en la mano anterior.
Un poco más allá, una pareja que apenas supera la treintena comparte un banco corrido frente a una mesa de madera.
Ambos mantienen la cabeza inclinada sobre sus respectivos teléfonos móviles.
Sus pulgares no dejan de deslizarse por la pantalla.
Están tan absortos que cualquiera diría que han olvidado que el otro está sentado a menos de medio metro.
Jason pasea la mirada por el resto del merendero.
El camping resulta mucho más agradable desde allí. Las caravanas se distinguen al fondo, alineadas tras una valla baja de madera que delimita la zona residencial. Frente a ellas se abre el merendero en el que se encuentran, con largos bancos de madera junto a mesas desgastadas.
Toman asiento en una de las más alejadas.
El viento entra desde la costa y arrastra hasta ellos el rumor constante del mar.
La playa queda tras la terraza del edificio principal, alejada solo unos doscientos metros.
Desde allí se alcanza a ver un pequeño puerto donde varias embarcaciones de recreo descansan fondeadas cerca de la orilla.
Algunas familias se bañan en aguas poco profundas y un grupo de niños intenta mantener una pelota hinchable en el aire entre risas y chapoteos.
—¿Qué tienes pensado hacer? —pregunta Jason.
—De momento, observar —responde Oriol con la vista fija en las caravanas—.
Fíjate. Hay seis. La chica ha dicho que las ocupan residentes de larga estancia.
La mujer que buscamos debe de tener aproximadamente la edad de Isaac Le Floch.
Unos sesenta años, teniendo en cuenta que, según los mensajes que interceptaste, crecieron juntos aquí, en la isla.
Jason sigue la dirección de su mirada hacia las caravanas, a través de una valla desnuda donde todavía permanecen enredadas las ramas secas de una vieja trepadora que hace tiempo dejó de recibir agua.
—Son pocas. No debería ser complicado dar con ella.
—Esa caravana de la izquierda parece abandonada. Así que, en realidad, solo nos quedan cinco posibles.
Jason asiente lentamente.
—También hemos de tener en cuenta que podría tratarse de alguien que simplemente viniera a conectarse al wifi.
—Posible, pero poco probable. Hoy en día cualquier persona tiene internet, no necesita buscar lugares desde donde poder conectarse. —Hace una pausa y se aclara la garganta—. ¿Puedes saber por la IP si se conectó desde un teléfono o desde un ordenador portátil?
—Yo sí, por la huella digital. Utilizó un teléfono Android —alardea Jason.
—En ese caso, estoy convencido de que debe ser alguna mujer de esas cinco cabañas. Los teléfonos cuentan con internet, solo un residente lo conectaría al wifi.
—Podría ser esa mujer, la que juega a las cartas.
Oriol hace una mueca con los labios.
—Difícil saberlo a simple vista. Las personas que engañan a sus parejas no suelen llevarlo escrito en la frente.
La pareja joven se mueve de repente, guardan por fin los teléfonos en los bolsillos y abandonan el merendero sin intercambiar una palabra entre ellos.
Al mismo tiempo, un hombre aparece por el sendero que desciende de la zona de caravanas acompañado de un Jack Russell de pelo blanco con manchas marrones. El perro avanza con energía, olisqueando cada poste de madera que encuentra a su paso.
Saluda con familiaridad a la pareja que sigue jugando a las cartas. La conversación fluye con naturalidad. Oriol se limita a escuchar sin mirar directamente hacia ellos. Están algo lejos y no hablan levantando la voz, por lo que solo capta frases sueltas.
—Hace demasiado calor por las noches...
El hombre del perro se abanica con una mano mientras habla.
—Voy a intentar conseguir un ventilador.
La mujer de las cartas deja una carta sobre la mesa.
—Espera a que terminemos esta partida y vamos contigo.
El perro mueve la cola alrededor de las piernas de todos mientras recibe varias caricias.
En ese momento una nueva figura aparece descendiendo por el camino de tierra que comunica la zona de caravanas con el merendero.
Una mujer de estatura pequeña camina despacio con el gesto serio.
Jason la observa con atención. Por algún motivo su intuición se despierta.
Debe de tener algo más de sesenta años y por su aspecto físico encaja con el perfil que busca.
Su piel es muy morena. El tiempo, el sol y el salitre han dejado su huella. Por su rostro surcan pequeñas arrugas que se concentran alrededor de los ojos y la boca. Lleva el cabello recogido de cualquier manera y viste una camisa de lino clara sobre unos pantalones cortos.
Al llegar al merendero saluda con cortesía a varios vecinos antes de sentarse a pocas mesas de Oriol y Jason.
La joven recepcionista aparece entonces con una libreta en la mano.
—¿Y bien? ¿Os convence? —les pregunta.
Oriol levanta la vista.
—Todavía no nos hemos decidido. ¿Podemos tomar un café mientras lo pensamos?
—Por supuesto.
La chica les dedica otra sonrisa y desaparece hacia el interior del edificio. Pocos minutos después regresa equilibrando una bandeja metálica.
Deposita dos tazas blancas sobre la mesa junto a un pequeño cuenco con sobres de azúcar, otro con sacarina y dos cucharillas. Una fina columna de vapor asciende lentamente del café recién hecho mientras el viento la deshace antes de que llegue a la altura de sus rostros.
Jason bebe un pequeño sorbo. Hace rato que no hablan, pero no le hace falta. Conoce demasiado bien a Oriol y sabe que está esperando el momento adecuado.
La pareja que jugaba a las cartas ha terminado su partida. Se levantan y caminan junto al hombre que pasea al Jack Russell hacia la salida. Antes de irse, se despiden con la mano de la mujer morena.
Solo unos segundos después Oriol deja la taza sobre el plato haciendo más ruido del necesario. Finge que su teléfono vibra dentro del bolsillo del pantalón.
Lo extrae, observa la pantalla durante unos segundos exagerando el gesto y después se lo lleva a la oreja.
Entonces alza deliberadamente la voz.
—¡Hola, mi pulguita! ¿Cómo estás?
La reacción es inmediata.
La mujer morena levanta la cabeza de golpe.
Sus ojos buscan instintivamente el origen de aquellas palabras.
Todo transcurre en un segundo, pero resulta suficiente.
Ambos lo han visto y Jason no puede evitar que una sonrisa discreta aparezca en la comisura de sus labios.