El regalo (Inspector Oriol Duarte 5) 4
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No pierden un segundo más.

Jason carga con el portátil y lo guarda en una maleta cuyo contenido lleva preparado desde hace días. Contiene un par de mudas, el ordenador, varios discos duros externos donde almacena el software especializado, accesorios diversos y un dispositivo portátil de acceso Wi-Fi. No necesita nada más.

Oriol, en cambio, ni siquiera tiene equipaje. Por suerte, Jason ha sido precavido y también ha preparado una maleta con lo básico para él.

Abandonan la antigua estación de semáforos marítimos y echan a andar por la isla desierta hacia la pequeña cala donde permanece fondeado el velero.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —pregunta Oriol mientras descienden por el sendero.

—Un par de semanas.

—No tardes demasiado en limpiar todo esto. El edificio está lleno de tus huellas y de tu ADN.

Jason deja escapar una breve carcajada.

—Oriol, eres incapaz de imaginar la cantidad de problemas que puede solucionar el dinero. No quiero parecer un cretino, pero eso es porque no lo tienes.

El inspector Duarte se detiene en seco y lo mira.

—¿Has tomado medidas?

—Gracias por preocuparte por mí, es conmovedor.

Pero no es necesario. Hace horas que avisé a mi limpiador.

Él se encargará de dejar la estación exactamente igual que antes de que yo llegara y se llevará la moto de agua, no sufras.

No quedará absolutamente nada. Supongo que recuerdas que no es mi primera vez.

Jason observa la expresión de incredulidad de Oriol y no puede evitar sonreír de nuevo.

Son polos opuestos.

Él siempre ha preferido delegar. No tiene inconveniente en pagar una elevada suma de dinero y confiar un trabajo que implica desvelar parte de sus secretos a alguien.

Confía en que nadie es tan tonto como para matar a la gallina de los huevos de oro.

Oriol, en cambio, es bastante reacio a ello.

No confía en nadie y le cuesta un mundo encontrar a alguien con quien trabajar.

Minutos después alcanzan la playa. El velero los espera balanceándose suavemente sobre el agua.

Jason suelta el cabo, arranca el motor para abandonar la cala y, una vez ganan profundidad, despliega la vela mayor. El viento termina de impulsar la embarcación hacia el norte.

Su destino se encuentra a unas veinticinco millas náuticas. Poco más de treinta kilómetros separan la Île du Pilier de la Isla de Yeu, una travesía que, con aquellas condiciones, no debería llevarles mucho más de cuatro horas.

Durante el recorrido repasan el plan a petición de Oriol; quiere tenerlo todo controlado y supervisar las excentricidades de Jason.

No llegan a la isla como investigadores, lo hacen como dos turistas más.

Un velero de recreo tan pequeño como ese no despertará sospechas en una isla acostumbrada a recibir embarcaciones que van y vienen cada día.

Una vez en Yeu, se centrarán en la nueva pista derivada de la conversación que Isaac Le Floch tuvo con una persona aún por identificar.

En caso de que esa pista no lleve a ningún lugar, la investigación habrá terminado y regresarán, Oriol a Cantabria y Jason a donde quiera que haya establecido su residencia en la actualidad.

En ese aspecto Jason ha manifestado su desacuerdo y ha propuesto una serie de escenarios en los que podrían continuar investigando, pero Oriol ha sido claro al respecto.

No tiene sentido desenterrar un caso que ha sido observado al milímetro y levantar viejas heridas con ello.

Cuando se acercan a la isla, Jason toma la emisora y contacta con la capitanía de puerto de Port-Joinville para solicitar un amarre.

La respuesta llega solo unos segundos después. Les asignan un pantalán y les indican el número de la plaza.

—Perfecto —dice Jason mientras anota los datos.

Las siguientes horas transcurren con tranquilidad. El mar permanece relativamente estable y el viento mantiene un ritmo constante.

Poco antes del mediodía aparece una silueta azulada en el horizonte.

Al principio solo es una línea irregular, después empieza a distinguirse el contorno de la isla.

Mide unos diez kilómetros de largo y cuatro de ancho.

Pronto pueden observar los acantilados de la costa occidental, el perfil del faro y las primeras construcciones que asoman entre la vegetación.

Antes de acceder al puerto, la isla revela su auténtico tamaño.

Casas blancas dispersas, pinares que avanzan casi hasta el agua y pequeñas playas escondidas entre las rocas forman una imagen mucho más acogedora que la desolada Île du Pilier.

El puerto de Port-Joinville bulle de actividad repleto de veleros, catamaranes, barcos de pesca y ferris que comparten espacio.

En los muelles, decenas de personas pasean con bolsas de playa, bicicletas o maletas de ruedas.

Hay niños corriendo, terrazas llenas y el inconfundible ambiente de un destino turístico.

Jason reduce la velocidad y sigue las indicaciones del personal del puerto hasta localizar el amarre asignado. Se ubica junto a un velero italiano de unos doce metros de eslora.

Un hombre de unos setenta años permanece sentado en la bañera de popa con una gorra blanca, unas gafas de sol y un puro entre los dedos.

Tiene la piel curtida por el sol y el aspecto de quien lleva media vida navegando.

Da una larga calada antes de inclinar la cabeza hacia la escotilla abierta que comunica con el camarote.

A viva voz le pide a su mujer que le lleve una cerveza. La voz de ella suena desde abajo amortiguada desde el interior.

El hombre levanta la vista al escuchar el roce de los cabos de Jason contra el noray.

—Buongiorno.

—Buongiorno —responde Jason mientras asegura la última amarra.

El anciano les dedica una sonrisa afable y vuelve a acomodarse en su asiento justo cuando una mujer aparece por la escotilla con una botella de cerveza. Él la recibe con un gesto de agradecimiento, deja el puro sobre el cenicero de cubierta y brinda levemente hacia los recién llegados.

Poco después abandonan el puerto caminando entre las terrazas repletas de turistas y las pequeñas tiendas de material náutico hasta llegar a una empresa de alquiler de vehículos.

Jason había hecho la reserva días atrás, así que solo tardan unos minutos en recoger un discreto todoterreno gris. Un Suzuki Vitara.

Cuando abandonan Port-Joinville, Oriol observa el paisaje por la ventanilla.

La isla tiene poco que ver con el islote deshabitado del que acaban de salir.

A ambos lados de la carretera aparecen casas bajas de fachadas blancas, jardines perfectamente cuidados y pequeños muros de piedra que delimitan parcelas cubiertas de hortensias.

Más adelante, el asfalto deja paso a largas rectas flanqueadas por pinares y praderas donde el viento agita la hierba sin encontrar obstáculos.

Dentro, Oriol observa el coche y le llama la atención lo sucio que está. En el asiento de atrás hay una lata vacía y una llave inglesa de gran tamaño que alguien ha olvidado allí.

—No parece que limpien los coches entre clientes —anuncia.

—Ya veo. El asiento de atrás parece una chatarrería.

Jason se saca una caja pequeña de plástico negro. Abre la guantera y la guarda allí ante la atenta mirada de Oriol.

—He alquilado una finca cerca de la Playa de Gournaise —anuncia Jason—. Será nuestra base durante estos días. Iremos después.

Oriol asiente.

—Dime por favor que se trata de algo discreto.

Jason ríe.

—Puedes estar tranquilo. No había gran cosa donde elegir. Así que no esperes un palacio. Tiene un jacuzzi, eso sí.

Oriol niega con la cabeza e introduce el destino en el navegador. Se dirigen hacia el sur, a la playa de la Meule. Concretamente al camping de caravanas donde Jason localizó la IP del ordenador desde el que alguien cruzaba mensajes con Isaac Le Floch.

La carretera vuelve a estrecharse hasta desembocar en un solitario camino de tierra.

El todoterreno avanza entre pinares, matorrales bajos y parcelas donde, de vez en cuando, se distingue alguna vivienda aislada entre la vegetación.

A ratos el océano reaparece entre los árboles, brillando bajo el sol antes de volver a ocultarse tras las dunas.

El escenario es idílico y eso a Jason le resulta curioso, consciente de que los lugares más bellos también esconden historias oscuras.

Cuando el navegador indica que faltan menos de un kilómetro para llegar, Oriol rompe el silencio.

—¿Llegaste a leer algo sobre el pasado de Isaac Le Floch?

—Sí. Aunque casi todo procede de los testimonios de la familia Tessier.

Oriol desvía la vista hacia él.

—No se llevaban especialmente bien. De hecho, ese fue uno de los motivos por los que durante un tiempo se le llegó a considerar sospechoso.

—Eso no lo sabía. ¿Por qué le consideraron sospechoso?

Oriol da unos golpes con los dedos sobre el salpicadero.

—Desde el primer momento se involucró demasiado. Su casa estaba justo enfrente de la de los Tessier. El día de la desaparición, cuando oyó los gritos, bajó corriendo y empezó a colaborar en la búsqueda.

Jason se encoge ligeramente de hombros.

—Eso parece lo que haría cualquier vecino normal. Si escuchas que un niño ha desaparecido, sales a ayudar.

—Claro. El problema no fue ese. Lo que despertó recelos fue todo lo que vino después.

Se implicó con una intensidad que muchos consideraron excesiva.

Quería participar en cada búsqueda, estar presente en todas las reuniones, acompañar a la familia constantemente.

Incluso llegó a ofrecerse para hablar con los periodistas y actuar como portavoz.

Jason arquea una ceja.

—Ya veo...

—Hubo quien interpretó su actitud como una búsqueda de protagonismo. Lo cierto es que los Tessier no mantenían una relación especialmente cercana con él antes de que Célia desapareciese. Se conocían porque eran vecinos, poco más. De hecho, tuvieron algún que otro encontronazo.

Jason gira lentamente el volante para esquivar un bache.

—Eso tampoco lo he leído en ningún informe.

Oriol hace una mueca.

—No todo está en los informes, amigo.

—¿Qué es lo que sucedió entre ellos?

—Una tontería de vecinos. En la calle donde viven se puede aparcar sin demasiados problemas durante casi todo el año, pero en verano cambia la historia. Vienen muchos turistas desde Fromentine con sus propios coches y eso hace que encontrar un hueco donde aparcar se convierta en una pequeña odisea.

—Creo que empiezo a entender por dónde van los tiros —comenta Jason.

—Un día Isaac, cansado de no encontrar aparcamiento, ocupó el hueco donde los Tessier solían dejar el coche, justo frente a su casa.

Cuando Henri y Colette regresaron y lo vieron, tuvieron una discusión.

Se gritaron un poco, intercambiaron algún reproche y ahí terminó todo.

No hubo amenazas ni llegaron a las manos.

Jason asiente despacio.

—Imagino que eso fue suficiente para que, cuando desapareció Célia, algunos vieran aquella discusión con otros ojos.

—Exactamente. Además, era reciente, lo del aparcamiento sucedió un par de semanas antes de la desaparición de Célia.

Jason tiene que aminorar la marcha por las inclemencias del camino.

—Entonces, ¿por qué lo descartasteis?

Oriol tarda unos segundos en responder.

—Lo descartaron. Yo no he participado de manera activa en este caso nunca.

Jason resopla.

—¿Por qué lo descartaron? —corrige Jason con tono burlón.

—Porque no apareció nada. Ni una sola prueba que lo relacionara con la desaparición. Revisaron sus movimientos, analizaron sus llamadas, sus coartadas... Todo cuadraba. Lo único que tenía en contra era ese comportamiento tan particular.

—¿La necesidad de ser protagonista?

—Exacto. Hay personas que, cuando ocurre una tragedia, sienten un deseo casi enfermizo de formar parte de ella.

Algunos quieren ayudar de verdad, otros buscan reconocimiento.

Isaac parecía pertenecer a ese segundo grupo.

Le gustaba que le prestaran atención, que lo entrevistaran, que lo vieran colaborando…

Pero de ahí a secuestrar a una niña hay un abismo.

Jason asiente lentamente.

Durante unos instantes solo se escucha el rumor de las ruedas sobre la gravilla.

—Los Tessier siguen viviendo en la isla —dice Jason rompiendo el silencio.

Oriol gira la cabeza.

—¿Sabes cómo les va últimamente? —inquiere Oriol.

—Digamos que les he seguido la pista.

—No quiero ni preguntar cómo.

—Pero seguro que quieres saber lo que he encontrado, ¿verdad?

Oriol hace un gesto con la mano para que continúe.

—Accedí a su router pensando que podría encontrar algo interesante, pero nada. Se pasan prácticamente todo el día en casa. Consumen una cantidad abismal de series, documentales, películas... No hacen otra cosa. Sus rutinas son muy repetitivas.

Oriol se masajea la frente con ambas manos.

—Algún día tendremos que hablar seriamente sobre eso de invadir la intimidad de las personas.

Jason sonríe.

—Diferentes maneras de trabajar, Oriol.

El inspector Duarte desvía la mirada por la ventanilla unos segundos antes de hablar de nuevo.

—La desaparición de Célia les destrozó la vida. Nunca lograron salir de ese agujero. No los juzgo. Han vivido el peor infierno que puede atravesar un ser humano. Intentemos mantenerlos al margen de todo esto mientras sea posible. No quiero que sufran más. Ya han tenido suficiente.

Jason asiente. En eso están completamente de acuerdo.

El navegador anuncia que quedan doscientos metros para llegar al destino.

El camino desemboca en un pequeño claro abierto junto al mar.

Lo primero que encuentran es un bar de fachada blanca con contraventanas azules y una terraza bajo varias sombrillas descoloridas donde se acumulan turistas bebiendo cerveza.

Dos ciclistas descansan con unas bebidas frías mientras una camarera toma nota de lo que van a pedir.

Unos metros más atrás, separado por una hilera de pinos, aparece un terreno cercado por una sencilla valla de madera, donde un cartel pintado a mano da la bienvenida.

«Camping La Meule».

Detrás se extiende un pequeño campamento donde conviven caravanas, viejas furgonetas adaptadas y varias tiendas de campaña desperdigadas entre los árboles.

Una mujer de cabello gris recogido en largas trenzas toca distraídamente un ukelele sentada sobre una manta.

Un hombre descalzo, con una camisa de lino abierta y un collar de cuentas de madera, remueve algo en un hornillo portátil.

Más allá, dos jóvenes con pantalones amplios y el pelo recogido en rastas preparan café mientras un perro mestizo duerme plácidamente a la sombra de una Volkswagen Transporter de los años setenta cubierta de pegatinas descoloridas.

Jason aparca el Suzuki a un lado del camino y observa cómo Oriol clava su mirada en el acceso a la zona de acampada.