Año 2007
Henri apura la última cerveza de un solo trago y pierde la mirada en el vidrio vacío. Ya ha perdido la cuenta de cuántas ha bebido. Levanta la vista hacia su mujer. Colette está sentada en el extremo opuesto de la mesa. La luz cálida de la terraza suaviza sus rasgos. Hoy está especialmente guapa.
Se obliga a apartar esa idea antes de que eche raíces.
Hace demasiado tiempo que entre ellos solo quedan conversaciones cargadas de resentimiento y una espiral continua en la que ambos se recriminan todas sus acciones.
La rutina ha ido ocupándolo todo hasta acabar con cualquier rastro de lo que antes fue una relación cariñosa en la que dos personas se amaban y se lo daban todo.
Ahora es diferente. Quizá se precipitaron y decidieron darse el sí quiero demasiado pronto atrapados por la impetuosidad de la juventud.
Ya nada queda de eso. Ni siquiera recuerda la última vez que compartieron la cama.
Al principio pensaba que sería pasajero. Que cuando su hija conciliara el sueño durante una noche sin interrupción, ambos podrían dormir, su humor mejoraría y volverían a ser marido y mujer.
Pero no fue así. Hace tiempo que Célia duerme del tirón y nada entre ellos ha cambiado.
Las voces de los Clairmont se mezclan alrededor de la mesa.
Hablan de un vecino que ha vendido su barco, de las obras en el puerto, de un matrimonio que se separa después de veinte años.
Henri escucha fragmentos sueltos sin prestar verdadera atención.
Nada de lo que dicen logra captar su atención.
Lleva semanas sintiendo que todo ocurre a cierta distancia, lejano.
Parece que el mundo siguiera avanzando mientras él lo observa pasar.
Desvía la mirada hacia su reloj.
Las nueve.
Empuja la silla hacia atrás.
—Voy a ir a ver cómo están los niños —dice.
Nadie responde.
No sabe si lo ignoran deliberadamente o es tan poco relevante que nadie lo escucha.
Rémi continúa riéndose de una anécdota que acaba de contar él mismo y gesticula de manera exagerada mientras su mujer niega con la cabeza entre sonrisas.
Se siente tan ajeno.
Henri abre la boca con intención de repetir que va a ver a los niños y alzar la voz esta vez.
Al final renuncia. ¿Para qué?
Da media vuelta y abandona el restaurante sin despedirse.
La casa está a poco más de cincuenta metros. Por el camino se cruza con algún vecino que regresa a su apartamento e intercambia saludos cordiales.
Célia está durmiendo hoy en la habitación de matrimonio, ya que los gemelos Clairmont, cuyo hogar se sitúa en el otro extremo de la isla, ocupan su habitación hasta que sus padres se cansen de beber cerveza y decidan que es hora de llevarlos a casa.
Le irrita profundamente que Rémi Clairmont, el padre de los gemelos, ni siquiera haya insinuado levantarse para echar un vistazo a sus propios hijos.
Da por hecho que siempre habrá otro adulto pendiente de ellos.
Es una costumbre que Henri lleva soportando demasiado tiempo y que nunca ha terminado de aceptar.
Recorre los últimos metros hasta su casa con las manos hundidas en los bolsillos. Está a punto de sacar las llaves cuando la puerta de la vivienda de enfrente se abre.
Su vecino, Isaac Le Floch, asoma la cabeza y en cuanto lo reconoce comienza a caminar directo hacia él por el pequeño sendero que conduce a su jardín.
Henri suspira para sus adentros, anticipándose a lo que viene.
—Hola, Henri.
No responde.
Isaac se detiene a un par de metros.
—¿Podemos hablar de lo de tu coche? —pregunta Isaac.
Henri deja escapar una risa seca.
—¿Qué coño quieres, Isaac?
—Estás aparcando delante de mi casa, en mi hueco. Y lo haces solo por fastidiar.
—Tú mismo dijiste que los sitios de la calle son de todos. No sé de qué te quejas ahora.
Isaac hace un gesto con las palmas, indicando calma.
—Ya... pero desde entonces estoy respetando los huecos. Estoy poniendo de mi parte.
Henri niega despacio.
—Déjame en paz, Isaac. No tengo ganas de gilipolleces.
—Henri, somos vecinos. Deberíamos intentar convivir.
Aquellas palabras solo consiguen irritarlo todavía más.
Da un paso hacia él.
—¿Y por qué no dejas de espiar a mi familia por la ventana, puto pirado?
El comentario cae como una losa.
Isaac parpadea. Durante un instante parece debatirse entre marcharse o responder.
Al final opta por lo segundo.
—Te vendría bien saber las cosas que veo cuando miro por la ventana, Henri. Sobre todo, cuando sales por la noche a pescar.
Henri entrecierra los ojos y su mirada se torna hostil. Avanza otro paso hasta situarse a solo unos centímetros de él.
Sus manos se cierran con lentitud y aprieta los puños.
Isaac traga saliva. La seguridad con la que había iniciado la conversación desaparece de inmediato. Sus hombros se encogen, se hace pequeño y el color abandona su rostro.
En ese preciso instante, se escucha un ruido al otro lado de la casa. Un arbusto se ha movido, tal vez debido al viento o a la presencia de algún animal.
Henri gira la cabeza de forma instintiva hacia la puerta.
—Espera un segundo. Voy a comprobar que los niños estén bien. No te vayas.
Da media vuelta con rapidez y, al hacerlo, está a punto de chocar contra un hombre que pasa justo por detrás de él caminando por la acera.
Henri ni lo mira.
Saca las llaves del bolsillo y abre la puerta.
Isaac consigue controlar el rápido latir de su corazón tras la discusión.
Lleva esperando más de diez minutos. Pensaba que sería algo rápido y ha pensado en marcharse un par de ocasiones. Solo que no quiere empeorar la relación con su vecino; le gustaría terminar con tanta hostilidad.
Finalmente, la puerta se abre y Henri aparece de nuevo con la misma expresión de odio dibujada en su rostro.
—¿Todo bien? Has tardado mucho.
Henri se acerca y lo mira sin pestañear.
—No vuelvas a molestarme o habrá consecuencias.
Isaac sostiene la mirada unos segundos.
—Pero yo solo quería…
—Eres un puto don nadie, Isaac. Fuera de mi vista.
Los labios de Isaac se curvan en una mueca de desprecio.
¿Le está faltando al respeto? ¿Quién se ha creído que es? Por supuesto que habrá consecuencias, pero no las que él espera.
Parece dispuesto a contestar, pero no reúne el valor necesario.
Se limita a girarse y regresar despacio hacia su casa.
Cuando alcanza el umbral, se vuelve y encuentra a Henri en el mismo lugar, con la mirada clavada en su espalda.
Ninguno de los dos puede imaginar que ese intercambio de palabras tan vulgar será la última conversación que mantendrán antes de que todo salte por los aires.
Solo faltan unos minutos para que sus vidas cambien para siempre.