El regalo (Inspector Oriol Duarte 5) 3 #3
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—De acuerdo, entonces tenemos al hombre que vieron los Williams coincidiendo con el momento y el lugar de la desaparición —recapitula Jason.

—Aproximadamente. A cuatrocientos metros, para ser exactos, y relativamente cerca del punto que marcó el perro detector de cadáveres.

—Quizá el testimonio de los Williams justificó una de las principales líneas de investigación. La teoría de que aquel hombre que transportaba a la niña era Philipp Werner —dice Jason, alzando la foto.

Oriol observa la imagen sin decir nada.

—Ciudadano alemán —continúa Oriol—. Vivía y vive… si no ha decidido mudarse recientemente, en la isla de Yeu. Había sido detenido anteriormente por delitos relacionados con el abuso de menores.

—Leí sobre él. Un tipo peculiar. Aunque nació en Alemania, su padre era mitad francés. Cuando Philipp tenía siete años, su padre aceptó el puesto de farero en la isla de Yeu. Sus padres y él residían en el faro de La Pointe des Corbeaux, en el extremo más oriental de la isla.

—Así es. Werner creció en la isla. Desde pequeño fue un niño muy peculiar que se metía en problemas constantemente.

Cuando murieron sus padres, vivía prácticamente como un vagabundo.

Dormía en una tienda de campaña que instalaba en distintas playas de la isla.

Las autoridades intentaban echarlo constantemente, pero él simplemente recogía sus cosas y montaba el campamento unos cientos de metros más allá.

Era un personaje conocido por los vecinos. También por la gendarmería.

Hace una breve pausa antes de continuar.

—Quizá su presunta implicación se debió a la oportunidad.

La isla solo tiene unos cinco mil habitantes.

En verano esa cifra puede duplicarse por el turismo, pero sigue siendo un lugar pequeño.

Cuando desaparece una niña de tres años y descubren que un pedófilo conocido estaba allí, resulta imposible no investigarlo a fondo.

—Además era un ladrón de poca monta. Se dedicaba a cometer pequeños hurtos. En una ocasión intentó robar la cartera a un turista y acabó con la nariz rota.

—Sí. Digamos que Werner no era precisamente la mejor publicidad para la isla —confirma Oriol.

Jason se prepara para realizar una pregunta comprometida que tenía preparada.

—Pero aquí hay algo que me llama muchísimo la atención y quizá tú puedas ayudarme a entenderlo.

Oriol levanta la vista.

—Dispara.

—Según una declaración de la fiscalía alemana, Werner sigue siendo el principal sospechoso. Afirman disponer de indicios suficientes para sostener esa conclusión, pero nunca han presentado una acusación formal. ¿Sabes cuáles son esos indicios?

Oriol niega despacio.

—No. Y créeme que lo he intentado. En varias ocasiones he solicitado oficialmente que se redactara un informe para compartir la información, pero la investigación depende de la fiscalía alemana.

No responden ante la Interpol y pueden reservarse parte del material si consideran que compromete la instrucción.

—Ya veo —contesta Jason, resignado.

—Aunque he de decirte que me sorprende la pregunta porque estoy seguro de que tú ya has rebuscado en sus archivos —dice Oriol.

Jason deja escapar una risa breve.

—Obviamente lo he hecho.

—¿Y?

—Nada.

La respuesta sale cargada de frustración.

—No hay absolutamente nada —continúa Jason—.

He buscado hasta debajo de las piedras. Rastreé servidores, repositorios internos, copias de seguridad...

lancé búsquedas con más de mil palabras clave diferentes relacionadas con Werner, Célia, la isla de Yeu, la investigación...

Nada. Es como si ese expediente nunca hubiera existido.

Así que solo se me ocurren dos posibilidades: o están mintiendo... o alguien destruyó ese archivo.

—En caso de haberlo eliminado, ¿no debería quedar algún tipo de rastro?

Jason niega con la cabeza.

—Depende de quién lo hiciera. Borrar un archivo de forma que resulte prácticamente irrecuperable no es tan complicado si sabes lo que haces. Cualquier informático medianamente competente puede conseguirlo.

Oriol permanece pensativo unos segundos.

—También existe otra posibilidad. Que ese material nunca llegara a digitalizarse.

—¿Te refieres a que trabajasen con un expediente físico? —inquiere Jason.

—No sería extraño. Estamos hablando de una época en la que muchas fiscalías estaban incorporando la informática.

Algunos jueces y fiscales seguían confiando más en los archivadores que en los ordenadores, especialmente en procedimientos sensibles por el miedo a un hackeo .

Y pocos casos fueron tan mediáticos como este.

No me sorprendería que determinadas pruebas o informes continuaran guardados únicamente en papel.

Jason tamborilea con los dedos sobre la mesa.

—¿Y qué crees que es eso que tiene la fiscalía alemana? ¿Por qué están convencidos de que Werner fue el responsable?

Oriol no responde de inmediato.

—Por una acumulación de circunstancias. Vivía en la zona cuando desapareció Célia. Delinquía en la zona. Tenía antecedentes por delitos sexuales contra menores. Al día siguiente de la desaparición cambió la titularidad del vehículo que utilizaba habitualmente…

Jason guarda silencio unos instantes.

Recuerda perfectamente el informe del vehículo.

—Leí lo de ese coche. Era una ranchera Ford Sierra bastante destartalada. Según Werner, no funcionaba y decidió venderla al día siguiente a un taller de la isla para que la enviaran al desguace y sacar algo de dinero.

Oriol junta ambas manos, entrelazando los dedos.

—También cabe la posibilidad de que la fiscalía cometiera un desliz a través de su portavoz e hiciera unas declaraciones que la prensa sacó de contexto y ahora sea demasiado tarde para rectificar.

Quizá tú no lo viviste de cerca porque estabas en Estados Unidos, pero la presión mediática fue muy fuerte.

Se limita a mirar la fotografía de Philipp Werner unos segundos más. Jason lo observa y se percata de que él también ha perseguido la respuesta a esa pregunta.

Seguirá siendo un misterio, de momento.

—Y por último tenemos a Isaac Le Floch, el vecino y el responsable de que estemos hoy aquí reunidos después de enviar ese mensaje misterioso sobre la desaparición de Célia —apunta Jason.

Oriol da una palmada con ambas manos sobre la mesa y se levanta.

—Sí, pero eso vamos a hablarlo de camino a la isla. Coge lo que necesites y vamos para allá. Quiero encontrar a la mujer a quien iba dirigido ese mensaje que envió Isaac.