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—Desde el momento en que Colette dio la voz de alarma, los cuatro adultos se dividieron para buscar a la niña por los alrededores.
—Era lo lógico.
Oriol se levanta y señala el plano de la zona que hay colgado en la pared.
—Registraron las calles próximas, los jardines, las piscinas, llamaron a las puertas de los vecinos y revisaron varios apartamentos turísticos.
El personal del restaurante La Pointe des Vents abandonó momentáneamente su trabajo para colaborar en la búsqueda.
Incluso algunos turistas que se encontraban cenando o paseando por la zona, al ver el revuelo, se sumaron espontáneamente.
Jason completa la idea.
—Y uno de ellos llama a la policía.
—Correcto. Fue un turista quien realizó la llamada de emergencia, no la propia familia.
Jason levanta la vista.
—¿Y no crees que eso podría...?
Oriol niega con calma.
—Solo los hechos, Jason. De momento, solo los hechos. Créeme, es mejor no juzgar a nadie hasta que tengamos algo sólido entre las manos. Sé que cuesta, pero hay que intentarlo.
Jason suspira y termina asintiendo.
—De acuerdo.
—La policía local llegó pocos minutos después y comenzó a recoger las primeras declaraciones. Aquí es donde entramos en uno de los capítulos más criticados de toda la investigación.
Jason, que intuye por dónde van los tiros, cruza los brazos.
—También hay que entender el contexto. La policía de la isla nunca había tenido que enfrentarse a un caso semejante.
Allí rara vez ocurre algo grave. Como mucho intervienen en alguna pelea entre turistas que han bebido más de la cuenta, uno termina con una brecha en el centro de salud y el otro pasa la noche en el calabozo.
Nada más. Aquello les superaba por completo.
—Es cierto —admite Oriol—. Pero también lo es que se cometieron errores importantes.
Desliza otra fotografía sobre la mesa.
—Durante las horas siguientes, una gran cantidad de personas entró y salió de la vivienda de los Tessier sin que nadie aislara la escena.
Familiares, vecinos, voluntarios, agentes...
Cuando a la mañana siguiente la gendarmería envió un equipo de policía científica desde el continente, la casa ya estaba excesivamente contaminada.
Cualquier resto de ADN perteneciente a alguno de los asistentes a la cena había perdido todo su valor probatorio.
Jason observa la imagen de la habitación donde dormía Célia.
—También conviene recordar que no apareció sangre ni ningún indicio evidente de violencia.
—No. A simple vista no había nada especialmente llamativo. Salvo un detalle: la ventana abierta que Colette aseguró haber encontrado cuando descubrió que su hija no estaba.
Jason se encoge ligeramente de hombros.
—Soy el único al que una ventana abierta a finales de junio no le resulta especialmente llamativa.
—Eso es lo de menos, tampoco había huellas útiles ni ningún otro elemento que permitiera afirmar que el secuestrador hubiera entrado o salido por allí. Podía ser una pista... o no significar absolutamente nada.
Oriol pasa varias hojas del expediente hasta detenerse en un apartado subrayado en amarillo.
—Veo que has resaltado uno de los puntos clave: los perros.
—Solo un ciego no lo vería —dice Jason.
—Uno de los aspectos más inquietantes de todo el caso que curiosamente llegó meses después.
—Tres meses después de la desaparición, para ser exactos.
—Es cierto que habían pasado demasiados días —dice Oriol—.
Aun así, creo que merece la pena tenerlo presente.
Uno de los perros, especializado en detectar olor asociado a cadáveres humanos, no marcó ningún punto en la casa.
Lo curioso es que lo hizo fuera, a medio kilómetro de la casa, en dirección hacia la costa del sur.
Fue extraño porque se trataba de una zona de vegetación densa por la que es complicado caminar.
—¿Por qué no se investigó más a fondo? —inquiere Jason.
Oriol entrelaza las manos.
—Se recogieron centenares de muestras. Se analizaron una por una y ninguna permitió extraer una conclusión sólida.
No apareció ninguna prueba científica que explicase el comportamiento de los perros.
Por ese motivo nunca llegó a considerarse una prueba válida y no pudo utilizarse como una vía factible de la investigación.
—Ya... pero ¿no te parece demasiada casualidad?
Oriol sostiene su mirada.
—Te vuelvo a decir lo mismo, Jason. Lo que tú o yo creamos es irrelevante.
Nuestro trabajo consiste en investigar con aquello que puede demostrarse.
El punto marcado por el perro es solo un indicio.
Una herramienta que puede orientar una investigación, señalar un camino o justificar nuevas diligencias.
Pero por sí solo no demuestra absolutamente nada.
Hace una pausa antes de concluir.
—Y nosotros necesitamos hechos. No intuiciones ni sospechas. Hechos que puedan sostenerse por sí mismos.
Jason contempla a Oriol; lo admira. Siempre le ocurre lo mismo cuando habla con él.
Tiene la sensación de estar envuelto en una partida de ajedrez contra alguien capaz de anticipar varios movimientos por delante.
No sabe cuándo fue la última vez que repasó el caso de Célia Tessier, pero no le hace falta volver a hacerlo para seguir la conversación.
Lo recuerda todo. Fechas, declaraciones, contradicciones, horarios, nombres. Su memoria es simplemente increíble.
Debe reconocer lo evidente.
Durante años, siempre se ha considerado mucho más inteligente que las personas con quienes interactuaba.
Esa seguridad le ha abierto tantas puertas como le ha cerrado.
No ha sido alguien muy sociable debido, en gran parte, al aburrimiento que eso le producía.
Lo mismo le suele suceder con las mujeres.
Sus relaciones rara vez sobreviven más allá de una noche.
El interés se vuelve efímero porque necesita estímulos constantes, alguien capaz de sorprenderlo, de discutirle una teoría con argumentos sólidos, de exigirle, de enseñarle, de hacerle ir más allá.
Oriol pertenece a ese reducido grupo de personas capaces de todo ello.
Por eso forman un equipo extraordinario.
Si no fuera un fugitivo internacional, esa broma de Oriol proponiéndole trabajar para la Interpol no habría sonado tan descabellada. Muy al contrario, habría sido una oferta difícil de rechazar.
—He estado repasando las principales vías de investigación —comenta Jason.
Oriol asiente despacio.
—Las recuerdo todas. Y supongo que habrás seleccionado únicamente las más consistentes.
Cuando este caso estalló, la presión mediática convirtió la investigación en un espectáculo y la policía terminó dando palos de ciego durante meses.
Fue un desastre. Por eso suelo ser muy reticente con la prensa.
Jason desliza uno de los folios sobre la mesa.
—Creo que la pista más relevante sigue siendo la que aportó la familia Williams.
—Yo también. Es la que más reduce el campo de búsqueda. Martin Williams, un ciudadano irlandés, declaró haber visto a un hombre transportando a una niña en brazos cerca del apartamento la noche de la desaparición.
—Una niña rubia, con un pijama rosa y una edad muy parecida a la de Célia —añade Jason.
Oriol asiente.
—Y hay otro detalle importante. La familia Williams no estaba formada únicamente por Martin.
Habían viajado nueve personas a la isla de Yeu para pasar allí una semana de vacaciones.
Los nueve aseguraron haber visto exactamente la misma escena.
Que un solo testigo pueda equivocarse entra dentro de lo normal.
Que nueve personas describieran el mismo episodio de forma independiente ya es mucho más difícil de ignorar.
Jason se encoge de hombros.
—También podía no ser Célia y ser cualquier otra niña rubia de tres años con un pijama rosa.
—Claro que podía no ser ella y ser solo una casualidad. Pero el contexto importa. La hora también. Y, sobre todo, la forma en que aquel hombre la transportaba —afirma Oriol.
Jason levanta las cejas.
—¿A qué te refieres?
—Martin Williams aseguró que la sujetaba con los brazos completamente extendidos. La niña parecía dormida y los brazos le colgaban sin fuerza, balanceándose a cada paso.
—¿Y por qué eso es relevante para ti?
Oriol se aclara la garganta antes de contestar.
—Un padre no suele cargar así a su hija, menos aún si está dormida.
Lo habitual es acercarla al pecho para sujetarla mejor.
Cuando un niño duerme busca una postura cómoda, se acurruca contra el cuerpo del adulto.
Llevarla con los brazos totalmente separados del torso resulta incómodo para ambos.
Me cuesta imaginar a un padre haciéndolo.
Jason hace una mueca, luego guarda silencio antes de levantar un dedo y añadir un dato.
—Sin embargo, años después, Martin Williams concedió una entrevista y dijo que la forma de caminar de Henri le recordaba a la de aquel hombre.
Oriol niega despacio con la cabeza.
—Ese comentario tiene muy poco valor. Llega muchos años después, cuando Henri ya había aparecido cientos de veces en televisión y el caso estaba contaminado por documentales, tertulias y teorías de todo tipo.
La memoria no funciona como una grabación.
Se reconstruye continuamente y es muy vulnerable a la información que recibe después.
—¿Crees que se lo inventó? —inquiere Jason.
—Si realmente aquella manera de caminar le hubiera resultado tan característica, ¿por qué no lo dijo al principio, cuando Henri ocupaba portadas a diario?
¿Por qué esperar tantos años? Es muy fácil establecer conexiones retrospectivas cuando conoces el desenlace o cuando llevas media vida escuchando hipótesis ajenas.
Por eso prefiero quedarme con su declaración original.
Esa sí fue prestada cuando el recuerdo todavía estaba fresco.
Y en ella no menciona nada sobre los andares ni sobre un supuesto parecido entre aquel hombre y Henri Tessier.
Jason pasa otra página y apoya un dedo sobre una fotografía en blanco y negro de un hombre delgado, con el pelo largo y barba descuidada.