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Oriol toma asiento frente a una mesa. Todavía le sorprende la determinación de su amigo. No ha conocido a nadie tan decidido como él.
En tan solo una semana, ha convertido una antigua estación abandonada de una isla del Atlántico en un puntero centro de operaciones. Todo tiene el propósito de ofrecerle soporte en su actividad como hacker , en la que no hay nadie en el mundo como él.
Los ordenadores ocupan un lateral junto a varios monitores donde se distribuyen imágenes de las cámaras instaladas por la isla.
La seguridad es siempre una de sus prioridades.
En la pared del fondo, un gran corcho reúne fotografías, mapas, notas manuscritas y líneas que conectan unos nombres con otros.
Hay archivadores clasificados por fechas, impresoras, discos duros, baterías de respaldo y una pequeña cocina improvisada para pasar allí días enteros sin necesidad de salir al exterior.
Aunque no lo quiera reconocer en voz alta, no se le ocurre un mejor compañero para investigar un crimen sin resolver que Jason Bennett.
Además, le encanta que apunte tan alto. Debe sentir alguna especie de liberación tratando de encontrar respuestas para las historias más grises.
Quizá sea su propio pasado quien lo empuja a ello. ¿Quién sabe?
Es un privilegio contar con él y sería imperdonable rechazar el regalo que acaba de brindarle.
Mientras observa la logística, Oriol se da cuenta de que ha pisado comisarías de distintos países con menos medios que los que Jason ha conseguido reunir en aquel rincón olvidado del océano.
Jason deja su taza sobre la mesa y se acomoda frente a él.
—Deberías solicitar un puesto en la Interpol. Estoy seguro de que te gustaría trabajar allí —bromea Oriol.
—¿Y correr el riesgo de que me asignen un compañero como tú? Ni hablar.
Oriol sonríe.
—De acuerdo. Repasemos lo que tenemos hasta ahora.
Jason asiente y le hace un gesto con las manos para que empiece.
—Célia Tessier desapareció en junio de 2007. Estaba en su propia casa, donde también dormían los gemelos Clairmont, que eran los hijos de Rémi y Élodie, unos amigos de sus padres y vecinos de la isla.
—Así es. —Jason entrelaza las manos—. Esa noche, los Tessier cenaban junto a sus amigos los Clairmont en el restaurante La Pointe des Vents.
Los cuatro habían decidido dejar a los niños durmiendo en la casa de los Tessier, que se encontraba a unos cincuenta metros del restaurante y habían acordado turnarse cada veinte o treinta minutos para ir a comprobar que los niños seguían durmiendo e iba todo bien.
Después de lo que sucedió, esa decisión fue duramente criticada.
Oriol recuerda perfectamente las imágenes de los titulares ocupando portadas durante semanas. Los programas especiales y las tertulias interminables.
—La prensa se cebó con ellos —dice—. Nadie entendió que dejaran a tres niños pequeños solos mientras cenaban y tomaban unas copas.
Jason asiente despacio.
—Según la declaración de Henri Tessier, mecánico naval y padre de Célia, a las 21:05 entró en la vivienda y comprobó que los tres niños estaban bien.
No detectó nada extraño y regresó al restaurante.
Veinticinco minutos después, sobre las 21:30, Rémi Clairmont se quedó sin tabaco y abandonó la cena para comprar en otro establecimiento cercano, porque el restaurante donde se encontraban, La Pointe des Vents, no vendía.
Como necesariamente tenía que pasar por delante de la casa de los Tessier, todos dieron por hecho que aprovecharía para echar un vistazo a los niños.
Sin embargo, en su declaración oficial afirmó que solo abrió la puerta y se asomó, pero que no llegó a entrar en las habitaciones.
Oriol frunce ligeramente el ceño.
—Exacto. Dijo que se asomó y no vio nada raro. Pero después admitió que no llegó a ver a los niños, con lo que no podía afirmar que Célia estuviera o no en la casa. Durante ese tiempo, nadie se preocupó porque todos creían que esa revisión rutinaria ya estaba cubierta.
—Habría que ver cómo de en serio se tomaban esas revisiones rutinarias. Me imagino a cuatro adultos bebiendo copas en una terraza, riendo y pasando un buen rato… No sería descabellado pensar que los horarios que dan son aproximados —comenta Jason.
—Es bastante probable. En cualquier caso, no es hasta las diez de la noche cuando Colette, la madre de Célia que hasta ese día trabajaba como dependienta en un supermercado de Port-Joinville, se dirige a la casa para realizar la siguiente comprobación.
Cuando entra en la habitación, descubre que su hija ha desaparecido.
Los otros dos niños siguen dormidos en sus camas. Solo falta ella.
Se forma un breve silencio durante el cual Oriol baja la vista hacia la fotografía de la niña, colocada en el centro del tablero.
Diecinueve años después, esa secuencia de cincuenta y cinco minutos continúa siendo el mayor agujero de toda la investigación.
Si alguien se llevó a Célia, tuvo que hacerlo dentro de esa franja de tiempo.
Se pregunta cómo pudo suceder sin dejar una huella; sin que todavía nadie haya descubierto la verdad.
Oriol mantiene la vista fija en la imagen unos instantes antes de hablar.
—Hasta aquí, si damos por buena la declaración de todos los implicados, si aceptamos que los cuatro adultos, los Tessier y los Clairmont, contaron la verdad, se plantean varias posibilidades.
Hace una pausa. Al cabo de un segundo, levanta un dedo.
—La primera, que alguien entrara en la casa durante uno de los intervalos en los que ninguno de los adultos estaba allí y se llevara a la niña.
—Parece la más lógica —añade Jason.
—La segunda, que Célia se despertara, se asustara al verse sola y saliera a buscar a sus padres al restaurante. Una vez fuera, alguien con malas intenciones pudo cruzarse con ella y llevársela.
Jason se inclina hacia delante para añadir la tercera posibilidad.
—Y la última, que Rémi Clairmont mintiera en su declaración y sí viera a Célia en el intervalo de tiempo en el que fue a comprar tabaco.
A partir de ahí se abren dos escenarios.
Que él mismo le hiciera algo a la niña, o que se lo hubieran hecho sus hijos, los gemelos que por aquel entonces tenían ocho años, y que él reaccionara con rapidez, decidiera protegerlos y sacara el cuerpo de la casa antes de que nadie más apareciera.
El silencio se alarga mientras Oriol toma un folio de la mesa.
—Es una hipótesis factible —comenta el inspector Duarte—, aunque poco probable.
Se calculó el recorrido que Rémi Clairmont hizo aquella noche.
Tardó exactamente veintisiete minutos en ir hasta el bar Le Goéland , situado a unos trescientos metros del restaurante donde cenaban, comprar tabaco y regresar.
Un testigo ocular lo sitúa a esa hora en la máquina de tabaco.
A un paso tranquilo, recorrer seiscientos metros entre la ida y la vuelta lleva aproximadamente doce minutos.
Eso significa que solo habría dispuesto de quince minutos para encontrar a Célia sin vida, asumir que sus propios hijos eran responsables, convencerlos de que volvieran a acostarse y fingieran estar dormidos para después sacar el cuerpo de la casa y ocultarlo sin dejar rastro.
Es posible, pero en ese caso tuvo que hacerlo rápido.
Jason se acaricia la barbilla con la mirada perdida en una pared.
—Es poco tiempo, estoy de acuerdo, pero creo que esa línea no se investigó lo suficiente. En ningún informe se menciona que se analizase el maletero de Rémi Clairmont, o su casa, por ejemplo.
—No quiero preguntarte cómo has tenido acceso a esos informes.
Jason ignora el comentario de Oriol, hace un gesto con la mano, se gira y desplaza varios expedientes hacia el centro de la mesa.
—Los investigadores revisaron los antecedentes de los cuatro adultos que estaban cenando aquella noche. Los dos varones arrastraban algún episodio controvertido.
Abre la primera carpeta.
—Sobre Henri Tessier circulaban desde hacía tiempo rumores de malos tratos hacia su esposa. Después de la desaparición, varios vecinos declararon haber escuchado discusiones constantes y aseguraron que no era precisamente un hogar tranquilo.
Pasa la página.
—Rémi Clairmont, por su parte, había sido expulsado durante un mes de la universidad de Nantes donde estudió en su juventud para licenciarse en Económicas.
El expediente disciplinario recogía un comportamiento inapropiado con una menor que participaba en un campamento de verano organizado por la propia universidad.
—Él tenía diecinueve años y la chica quince. Lo recuerdo —dice Oriol.
Jason toma otra carpeta y la abre en busca de un informe.
Oriol da un par de golpes sobre la mesa.
—Centrémonos en lo que ocurre cuando Colette da la voz de alarma —sugiere.
—Adelante —dice Jason, cerrando la carpeta.
—En cuanto se dio cuenta de que su hija había desaparecido, Colette apareció corriendo en el restaurante. Como es lógico, completamente fuera de sí. Según coinciden prácticamente todos los testigos, entró gritando: «¡Célia no está! ¡Alguien se la ha llevado!».
Jason piensa durante un instante.
—Me llama la atención esa frase. ¿Cómo sabía que se la habían llevado? ¿Por qué no pensó que la niña se había despertado y se había perdido? Una niña de tres años ya corre, ¿verdad?
—Célia tenía casi cuatro. Le faltaban un par de semanas para cumplirlos. Y sí, a esa edad los niños caminan y corren sin ningún problema. No son especialmente rápidos ni coordinados, pero pueden desplazarse solos perfectamente...
—¿Y no te parece extraño? —pregunta Jason.
—Según relató en su declaración, había visto una ventana abierta cuando entró en su casa.
La casa de los Tessier tiene dos plantas.
El dormitorio donde dormía Célia está en la de arriba y se puede acceder a él fácilmente a través de una ventana que da a una terraza abierta que cuenta con unas escaleras.
Ella no recordaba haberla abierto. Quizá por ese motivo lo asoció.
Jason asiente con una mueca que muestra su desacuerdo. Oriol continúa.