El regalo (Inspector Oriol Duarte 5) 2 #3
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—No intercambiaron ni un solo mensaje más. Ni ese día... ni nunca. Al cabo de un par de semanas, Isaac empeoró de manera repentina y murió en el hospital de la isla de Yeu.

—Así que tienen un hospital y todo en esa isla —comenta Oriol, sorprendido.

—No es gran cosa. Es bastante pequeño, de hecho, pero supongo que Isaac se encontraba en situación terminal y no merecería la pena trasladarlo.

Oriol sostiene la mirada de Jason unos segundos más. Después baja la vista a los folios, les da un par de golpecitos con la yema de los dedos para alinearlos y los deja caer sobre la mesa.

—Has hecho un buen trabajo. Te felicito.

Jason no responde. Agradece el cumplido inclinando la cabeza.

—La conversación podría servir para tirar de ese hilo y averiguar qué era eso que atormentaba a Isaac respecto a Célia —continúa Oriol, apoyando las manos en la mesa—. Sin embargo, no sirve de mucho. Imagino que estás al tanto de que el caso está cerrado.

Jason arquea las cejas.

—Sí. ¿Y qué?

—Pues que lo que tienes no es suficiente.

Ningún juez autorizará que se reabra el caso con esto.

Además, la familia no va a colaborar lo más mínimo.

No atienden a periodistas ni a investigadores privados.

No sé si recuerdas que fue un caso muy mediático.

Tanto que las autoridades francesas tuvieron que intervenir y desde entonces son muy estrictas con este asunto.

Jason deja escapar una risa breve, incrédula.

—¿Y ya está? ¿Dónde está el Oriol que yo conozco? ¿Vas a cruzarte de brazos después de lo que acabo de enseñarte?

El inspector Duarte desvía la vista hacia la fotografía de la niña. La sonrisa de Célia permanece intacta, ajena a la conversación que gira en torno a ella.

—No van a darme autorización para reabrir una investigación como esta. Ha sido el caso más mediático de los últimos veinte años. En el momento en el que descubran cómo he obtenido esa información sobre Isaac… Además, solo es un mensaje que podría no significar absolutamente nada.

Jason niega lentamente con la cabeza y se cruza de brazos.

—Pensaba que eras un hombre de los que no renuncian un desafío si el resultado merece la pena.

—¿De verdad no habías caído en todo esto? Eres mucho más listo que eso —recrimina Oriol.

—He alquilado un apartamento en la isla —dice Jason—. La temporada de verano está a punto de empezar. Los turistas comienzan a llegar y nosotros solo seremos dos más. No necesitaremos mucho tiempo. Una semana. Dos como máximo. Si no encontramos nada, nos damos la vuelta y asunto terminado.

Oriol permanece en silencio, meditando su decisión. Jason lo conoce lo suficiente como para entender que solo necesita que insista un poco.

—¿Puedes encontrar a esa usuaria? Lameule56 —pregunta Oriol.

Jason asiente enseguida.

—Tengo algo.

Abre una carpeta en el ordenador y gira la pantalla hacia él.

—Conseguí una dirección IP que, efectivamente, pertenece a la isla. El problema es que no procede de una vivienda particular.

Oriol levanta una ceja.

—¿Entonces?

—Corresponde a un camping.

Jason se gira hacia uno de los monitores y con un golpe de ratón abre un programa en el que puede verse una imagen por satélite de la isla. Amplía y señala un punto cercano a la costa sur.

—¿Ves este pequeño puerto? —pregunta Jason.

Oriol asiente mientras se inclina hacia la imagen. Apoya el codo sobre la rodilla y la barbilla sobre el puño. La fotografía muestra un pequeño muelle encajado entre una exuberante vegetación. Varias embarcaciones de recreo permanecen amarradas junto a una escarpada costa de roca.

—Se llama Puerto de la Meule. En esta zona —dice Jason, señalando un bosque tras el puerto—, se asienta una comunidad hippie entre caravanas y tiendas de campaña.

Comparten una misma conexión a internet que gestiona un camping.

Desde allí se enviaron los mensajes dirigidos a Isaac con el nick de Lameule56.

— Hippies con Internet… Curioso cuanto menos —apunta Oriol.

—No debería ser muy complicado encontrar a una mujer de una edad parecida a la de Isaac, casada y que haya vivido toda su vida en la isla. ¿No te parece?

Oriol cruza las manos y pierde la mirada en la fotografía aérea del puerto de la Meule.

—Tengo que reconocer que has hecho algo bien —comenta el inspector Duarte.

—Gracias por el cumplido.

—Gracias al circo que has montado, al menos nadie en la Interpol sabe que estoy aquí, así que… Quizá podamos tomarnos un respiro y conocer la isla. Es un lugar precioso.

Jason esboza una sonrisa.

—Sabía que ibas a aceptar. ¿Por qué te haces el duro? ¿A quién quieres engañar?

Oriol lo ignora.

—Antes de empezar a perseguir fantasmas, quiero verlo todo —dice, señalando con la barbilla las cajas apiladas junto a la pared, los archivadores abiertos y el tablero cubierto de fotografías, fechas y anotaciones.

Jason ladea la cabeza.

—¿Otra vez? Te lo sabes de memoria.

Oriol aprieta los labios y asiente.

—Otra vez.

Jason señala el camino con la mano sin mostrar oposición. Camina hasta uno de los archivadores metálicos y extrae una carpeta. La lanza sobre la mesa y el golpe sordo del cartón rompe el silencio.

—Empecemos.